
| Texto: José María Morillo
Ángel María González, sargento y hasta mediados del mes de agosto jefe del Parque de Bomberos de El Puerto de Santa María, ha puesto fin a más de treinta años de trayectoria profesional dedicada a combatir incendios, intervenir en accidentes y atender rescates y emergencias de toda naturaleza. Representantes municipales y del Consorcio de Bomberos, así como compañeros se sumaron al homenaje del pasado agosto celebrado en el Ayuntamiento con motivo de su jubilación. Padre del concejal socialista del mismo nombre, González cierra una etapa marcada por la vocación de servicio y por una forma de entender el oficio en la que ayudar siempre estuvo por encima de cualquier otra consideración.

Su vinculación con el cuerpo comenzó como bombero voluntario, labor que desempeñó durante un par de años antes de incorporarse profesionalmente. Su primer destino fue Sanlúcar de Barrameda; posteriormente prestó servicio en Jerez y, finalmente, llegó a El Puerto de Santa María, donde alcanzó el empleo de sargento y asumió durante los últimos años la jefatura del parque.
Aquellos primeros tiempos lo enfrentaron muy pronto con la dimensión más amarga de la profesión. Entre los servicios que permanecen en su memoria figura un grave accidente de tráfico ocurrido en Sanlúcar, en el que un vehículo ocupado por tres jóvenes quedó completamente aplastado. Los bomberos consiguieron excarcelar a sus ocupantes, pero dos de ellos habían perdido la vida. Fue una experiencia especialmente dura para quien apenas comenzaba entonces su carrera.
Más doloroso aún resultó el incendio de una vivienda habitada por una familia con escasos recursos, en el que falleció un niño de tres años. González recuerda con emoción la impotencia de aquella intervención, agravada por la ausencia en esos momentos de una ambulancia medicalizada. La muerte del pequeño quedó grabada para siempre en su memoria, como una de esas heridas que el paso del tiempo no consigue cerrar.

Frente a la crudeza de muchos servicios, González destaca la solidaridad y la confianza mutua existentes entre los integrantes del cuerpo. Años de guardias, convivencia y situaciones límite terminan creando unos vínculos difíciles de explicar fuera de los parques: cada intervención exige coordinación, serenidad y la certeza de que la seguridad de cada bombero depende también de sus compañeros. De ahí su convencimiento de que los bomberos constituyen una verdadera familia.
Esa cohesión estuvo igualmente presente durante su etapa como responsable de las instalaciones portuenses. Según recuerda, desde la jefatura hasta el último integrante del turno formaban una piña muy unida. Más crítico se muestra con determinados niveles superiores de la organización, en los que, a su juicio, no siempre encontró el respaldo necesario para afrontar las necesidades del servicio.
Dirigir un parque suponía, además, asumir decisiones urgentes cuando cada minuto puede resultar decisivo. Ante una llamada de emergencia, corresponde al jefe de guardia evaluar la situación, establecer prioridades y distribuir los medios disponibles.

Para González, el uniforme nunca distinguió entre ideologías, condiciones sociales o procedencias. En una emergencia no se pregunta la filiación de quien necesita ayuda: se actúa. Ese principio presidió una carrera en la que atendió tanto a personas como a animales y participó en centenares de intervenciones, muchas de ellas silenciosas y desconocidas para la ciudadanía.
La jubilación abre ahora un periodo diferente, alejado de las sirenas y de los avisos inesperados, aunque pretende conservar algunas costumbres, como levantarse temprano. Atrás queda el joven voluntario que decidió hacer del auxilio a los demás su profesión; delante, una nueva etapa desde la que podrá contemplar una vida de servicio poblada de compañeros, rescates y recuerdos de todo tipo.
