2.966. El otro loro de la calle Alquiladores.

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A raíz de la lectura de vuestra nótula núm. 2953 “Pepe, la cabra de la legión, en su óbito”, pude leer también por su referencia en el mismo, otra anterior núm. 474 “El loro de la calle Alquiladores”, que no pude hacer en la fecha de su publicación el 23 de noviembre de 2009. Siendo cierta la existencia de dicho animal, no lo es menos que hubo otro loro que debió ser contemporáneo de éste y vecino de la misma calle, y por lo visto con el que algunos lectores han confundido al leer y comentar dicho artículo y del que me gustaría contar su historia. De aquel otro Loro, el Hostal ‘La Orotava’ y el anuncio que quiso hacer Coca-Cola, va esta nótula.

Mi abuelo paterno, Bartolomé Domínguez Taima, por su lugar de origen con el alias de “el Canario”, mandó a construir y fue el primer propietario del hostal “La Orotava”, sito en Calle Larga esquina con Alquiladores, donde hoy se encuentra una notaría de la ciudad. También mandó a construir la casa colindante a dicho hostal por la Calle Alquiladores, antaño número 2 y donde nacimos y criamos servidor --vaya el burro por delante--, mis hermanos y nuestros primos. Dicha casa se componía de planta baja donde vivían mis abuelos, nosotros en la primera planta y nuestros tíos con mis primos en la segunda.

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Bartolomé Domínguez Taima, 'el Canario' quien mandó construir y fue el primer propietario del Hostal 'La Orotava', junto a su esposa Juana García Bernal, en el bautizo de una nieta. En la imagen, a la izquierda, aparece el autor de esta nótula, de niño. Oficiaba la ceremonia el presbítero Carlos Román Ruiloba.

Mi abuela, Juana García Bernal, también nacida en Canarias pero criada en Cuba, era una gran conocedora de la cría y adiestramiento de loros, afición esta adquirida durante su infancia y primera juventud en la isla caribeña. Dicha afición la practicó durante toda su vida con pasión, añorando la numerosa familia, eran catorce hermanos, que dejó en aquellas tierras y que nunca volvió a ver, de la que solo sabía a través de cartas claramente intervenidas por el régimen comunista de Castro, el mismo régimen que disponía de los medicamentos que enviaba y que nunca llegaban a sus destinatarios. Pero eso es otra historia.

Pues bien, a principios de la década de los 60 llegó el que con el tiempo se convertiría en un miembro más de la familia, loro para más señas y lleno de plumas grises, los preferidos por mi abuela, que según decía “ Si un loro gris te sale hablador, destaca con seguridad”, y doy fe de que este destacó.

Pronto me di cuenta que independientemente de las cualidades del animal, lo más importante era repetir innumerables veces los sonidos que quisiéramos que el mismo pronunciara. En ese aspecto mi abuela era incansable, pero incansable de verdad, todavía me pregunto si no hubiera sido capaz de hacer hablar a un grillo, una oveja o cualquier otro animal sometido a su repertorio. De todas formas no le quito mérito al plumado, que si bien repetía las frases y consignas de mi abuela también lo hacía con sonidos cotidianos, como el chirriar de una puerta o el pitido de una olla a presión.

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La edificación del hostal 'La Orotava' y la casa contigua en Alquiladores, mandadas a construir por el abuelo del autor de la nótula.

Este loro formó parte de nuestra niñez, nos encantaba oírlo y darle plátano y otras golosinas para su gusto, hasta el punto que prácticamente todos los enanos de la familia fuimos mordidos por él, tras haber dejado el dedo dentro de la jaula demasiado tiempo.

El loro llegó a conocer por los pasos a quien bajaba las escaleras, al relacionar el sonido de los mismos con el posterior “Ahí baja mengano” que decía su adiestradora y que acababa repitiendo el plumado. También aprendió numerosas frases más o menos largas más o menos dificultosas, pero que pronunciaba con una claridad asombrosa.

No fueron pocas las personas a las que hubo que pedir perdón, cuando no habiendo nadie en la casa llegaba algún cobrador, algún operario de Sevillana o cualquier otro y tras tocar el timbre de la planta baja oía la voz de mi abuela decir “Voy enseguida”. La persona tras un tiempo prudencial volvía a tocar el timbre al tiempo que volvía a oír un “Voy enseguida” y así hasta que se iban completamente indignados, indignación que les duraba hasta que posteriormente y tras pedir explicaciones, se les demostraba que el “Voy enseguida” era pronunciado por alguien que no podía abrir la puerta, lo que generalmente terminaba en unas risas.

Para tomar el sol, su esparcimiento y contacto con el mundo exterior, colocaba mi abuela al pájaro charlatán en la ventana de su casa en la planta baja de dicha Calle Alquiladores, ventana que aún todavía hoy existe y en la que el loro real, esa era su raza, pasaba buena parte de las mañanas de buen tiempo. Pues bien, no eran pocos los curiosos que se paraban a admirar el plumaje pero sobre todo la oratoria del cautivo, entre ellos los repartidores de bebidas, que aparcaban sus furgonetas prácticamente en la misma ventana para servir al bar que existía enfrente y que hacía esquina con calle Larga. Entre dichos repartidores se encontraban los de “Coca-Cola”, que como el resto de espectadores se quedaban sorprendidos al oír recitar, entre otras con parecida dificultad, la frase “Cocacola, cocacola que riiiica cocacola yo quiero cocacola”.

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La marca de refrescos que iba a anunciar el loro de la calle Alquiladores

Por lo visto estos repartidores comentaron las cualidades del loro en su empresa, lo que hizo ampliar aún más su número de admiradores, que querían comprobar personalmente lo que le habían referido del animal, hasta el punto que un buen día se presentaron en la casa un par de señores muy bien trajeados con la pretensión de entrevistarse con los dueños del loro, los mismos que comunicaron a mis abuelos que eran del departamento de publicidad de la empresa Coca-Cola, y que estaban dispuestos a comprarles el loro para realizar un anuncio de su refresco, que por favor pusieran precio, asegurando que con lo que estaban dispuestos a pagar tendrían no solo para otro loro, sino para considerar la operación como un buen negocio.

Aquella propuesta casi provoca un cisma en la familia, un bando capitaneado por mi abuelo, hombre de negocios, dispuesto a vender el loro sin lugar a dudas y de otro mi abuela, con el apoyo sobre todo de los más pequeños, que no quería ni oír hablar del tema. En realidad todos supimos desde un primer momento que en este caso mi abuelo no tenía ninguna opción, como así fue a la postre. Respecto a mi abuela, dicha negativa la mantuvo incluso cuando los de Coca-cola en una segunda propuesta, se ofrecieron a alquilarles el loro el tiempo preciso para rodar el anuncio, basándose en que no se fiaba del trato que iban a darle, y las repercusiones que pudieran tener los posibles cambios de clima y de alimentación en el animal. Dicha actitud hizo desistir de sus intenciones publicitarias para con el loro a la empresa de refrescos.

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Pero ahí no queda la cosa, no había pasado ni una semana del cierre definitivo de negociaciones, cuando al amanecer todos echamos de menos los típicos recitales matutinos del animal, los cuales eran transmitidos y amplificados por el patio interior desde la planta baja al resto de la casa, preludio este como no pudo ser de otra forma de la noticia de su aparición muerto esa mañana en su jaula, en plena juventud y debido según mi abuela a la picadura de un tipo de mosquito. Una oleada de pesar profundo invadió a todos los miembros de la familia, unos por la pérdida del animal, otros por la pérdida del negocio que tan cerca habían estado de hacer y el resto por ambas cosas. De todas formas, lo que aprendimos la gente menuda de todo aquello es que “Más vale pájaro en mano que ciento volando”.

Tuvo después mi abuela algunos loros más, pero ninguno estuvo a la altura de este, y con el que irremediablemente comparábamos.

Y esta es la historia de otro loro de la Calle Alquiladores, que no era tan mal hablado como su vecino, al que yo le debía estas líneas y al cual recordamos toda aquella generación de nuestra familia con cariño, como no puede ser de otra forma, y al que nos referimos innumerables veces cuando nos reunimos y evocamos recuerdos de nuestra niñez. /Texto: Juan Manuel Domínguez Sevillano

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