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4.225. El desaparecido Real Hospicio de Indias

El investigador Antonio Gutierrez Ruiz nos acerca al desaparecido Hospicio de Indias, una institución, lugar de albergue y aclimatamiento para los clérigos que iban a América y que tuvo diversos cometidos a lo largo de la historia. Gutiérrez Ruiz nos aproxima una visión sobre sus dimensiones y entorno. El hospicio, a tenor de los planos estudiados, estaba situado en el lugar que hoy ocupan la plazauela de las Bodegas y la barriada con nombre de tipos de vinos portuenses. | Dibujo idealizado y parcial de plano del Campo de Guía y construcciones anexas | Archivo Militar de Segovia | Foto: JMM.

| Proyecto de Alameda y Campo de Entrenamiento para Tropas de Caballería en lo que conocemos como Campo de Guía. | Archivo Militar de Segovia | Nótula donde se explican los edificios que aparecen en plano |Foto: JMM

Existe muy poca documentación gráfica de este emblemático edificio portuense, que la doctora Carmen Cebrian describe como “en la línea de las casas-palacio o de cargadores a Indias, puesto que su estructura era: planta baja, entresuelo, planta noble, segundo piso y torres o miradores” en cuyo solar, en la década de los cincuenta del pasado siglo se construyeron bloques de pisos de protección oficial denominándose en su conjunto en aquella lejana década Barriada Francisco Franco. [hoy plazuela de las Bodegas]

Realmente solo conozco una representación, la del grabado que reproducimos que parece corresponder a una vista de su fachada principal, representación que parece entra en contradicción con la reproducción de su planta, documento que puede localizarse en el Archivo General de Indias, signatura MP-EUROPA_AFRICA, 62 con el título “Planta del Real Hospicio de Misioneros del Puerto de Santa María a cargo de los franciscanos” y tiene fecha de creación el 6 de junio de 1794, es decir, casi seis décadas después de su terminación, labrada por la Compañía de Jesús para albergar y aclimatar a los religiosos antes de partir a evangelizar nativos del continente americano, aunque no parece probable que sufriera desde su creación modificación en su aspecto exterior, ni tampoco en las dos reparaciones realizadas en 1780 y 1795, por lo que el dibujo antes mencionado parece una idealización esquemática del Hospicio de Indias, siendo realmente la fachada posterior, en la que –-según el plano del AGI-- hay nueve huecos, efectivamente, pero todos ellos de ventanas, y ninguna puerta.

| Planta del Real Hospicio de Misioneros del Puerto de Santa María a cargo de los franciscanos.  | Fecha de creación: 6.6.1794 | Archivo General de Indias. 

El plano de la planta está a escala, en varas castellanas. Nos hemos atrevido a intentar realizar una aproximación a las medidas reales que debió tener, en metros, y estos son los datos que hemos obtenido: El total de la superficie ocupada por su solar, que formaba un polígono hexagonal irregular lo estimamos en 2.000 metros cuadrado. La fachada de entrada, situada en la calle San Francisco la Vieja, actual Fernán Caballero, tendría una longitud de 17,5 metros, con una puerta de entrada y un ventanal. La fachada lateral derecha daba a la calle Comedias, y era la de mayor extensión, calculamos tendría 52,5 metros y 12 huecos de ventanas. Dicha calle lo separaban del lateral de la casa palacio de la familia  Uriarte Borja, (actuales oficinas de la firma Osborne y Cia.), desde cuyas ventanas la madre del que fuera Capitán General de la Armada, María de Borja Lastrero, descendiente de San Francisco Javier, “dialogaba desde los balcones y ventanas de su casa con los jesuitas presos.”  El lateral izquierdo del edificio, en una extensión de 19,5 metros, y una sola ventana en piso bajo, lindaba con la bodega de Imbreck. Al llegar a la altura indicada nacía otro muro con el que forma un ángulo de 90º, que era paralelo a la fachada y se prolongaba 28 metros a su izquierda, ambos no visibles desde el exterior y con dos huecos de ventanas en el primero y segundo piso, formándose otra escuadra con la verdadera fachada lateral izquierda, que tiene una longitud de 39 metros, dando a la calle Sacramento, actual Ximenez de Sandoval. Finalmente, la fachada posterior, daba al Campo de Guía, hoy calle de los Moros y tenía una extensión de 43 metros, figurando los nueve huecos de ventanas ya comentado en las tres plantas.

Bernardo Rodriguez Caparrini en el capítulo 2º de su libro sobre el colegio de San Luis Gonzaga menciona algunas características del Hospicio de Indias: “Era una casa de piedra de tres pisos con dos altas torres laterales mirando hacia la bahía gaditana, a orillas del mar, de donde recibía su brisa… su fachada era llamativa por la gran cantidad de herrajes que cubrían las aberturas que daban a los diferentes aposentos; no tenía jardín, a diferencia de lo que era costumbre en las casas nobles de la ciudad, pero contaba con un patio claustrado con fuente en el centro, de donde manaba agua, contándose entre los escasos edificios que poseían el recurso de que les llegara agua potable desde los manantiales de la Piedad.”

| El Hospicio de Indias estaba situado en la plazuela de las Bodegas y bloques de viviendas adyacentes. | Foto: Google.

Nuevamente nos referiremos a la doctora en Historia, Carmen Cebrián, para de su mano conocer la distribución inicial del inmueble, cuando mediado el siglo XVIII se hospedaban jesuitas de muchos países de Europa, en tránsito para América o Filipinas y también acogía a los que regresaban para instruir a los nuevos misioneros en los dialectos indios que poco a poco fueron descifrando y aprendiendo. 

“En la planta baja se situaba la iglesia, sacristía, cocinas, claustro, refectorio, seis almacenes y una bodega. En el entresuelo encontramos 27 aposentos, 33 en el primer piso, así como cuartos comunes (diversos salones). En el segundo piso diez habitaciones más y, por último, en las dos torres se encontraban cuatro estancias. Así pues, el edificio contaba con 74 habitaciones, además de zonas comunes y de servicio.”

En la iglesia, distribuida en varias capillas, había seis altares y numerosas imágenes y cuadros, “todo decorado con excelente gusto y esmero”, además de numerosos ornamentos, misales y otros utensilios y materiales utilizados en el culto, considerando que, cuando estaba a plena capacidad, allí residían 80 clérigos y aún podía albergar hasta 100. Allí permanecieron los jesuitas casi cuatro décadas, contando el periodo en que, tras la publicación en la Gaceta de Madrid de la Pragmática Sanción de Su Majestad de 2 de abril de 1767, en fuerza de ley, para el extrañamiento de todos sus Reinos de los Regulares de la Compañía, ocupación de sus temporalidades, y prohibición de su restablecimiento en tiempo alguno, el inmueble fue utilizado, como todos los conventos masculinos y casas particulares como el Palacio de Cumbre Hermosa, para alojar a los Regulares de  Sevilla y provincia que en número de 360 debieron permanecer aquí hasta su definitiva expulsión y traslado a Italia. Durante los tres años siguientes fueron llegando desde todas las colonias expediciones de religiosos expulsos que se alojaron allí y en los lugares antes citados cuando su número superaba el centenar,  en espera de ser remitidos a Italia. 

| 'El Puerto: Ciudad clave en la expulsión d los Jesuitas por Carlos III', portada del libro de Manuel Pacheco Albalate.

Es curioso como parece que extendió entre el pueblo la creencia de que el motivo de la expulsión de los jesuitas fue la herejía, y significativo el apoyo del gobernador de la ciudad, el marqués de la Cañada, a los miembros de la Compañía, según se desprende de comentarios realizados por misioneros jesuitas contemporáneos de aquella época, incluidos en un libro editado en 1938 que reproducimos: “Bajo las ventanas donde albergaban a los jesuitas se juntaban muchos mendigos, a quienes los Padres arrojaban algunas monedas envueltas en papel. Un día oyeron exclamar a uno de esos pordioseros: ¡Cuan deplorable es que estos Padres que son tan compasivos y caritativos, sean unos herejes!” y “…el cuidado general de los misioneros deportados, por nombramiento del rey, corría a cargo de un marqués Tirry, irlandés de nacimiento, hombre amable y comprensivo. Respecto a éste, refiere el Padre Bouche, que: Nos visitaba muy a menudo y se informaba diligentemente de todo para estar seguro de que nada faltase, ni en la comida, ni en el vestido…”

*** 

La iglesia quedó desmantelada y muchos objetos repartidos por las restantes iglesias y conventos locales. Sus propiedades fueron vendidas. Mención aparte merece la biblioteca, que fue asignada al Arzobispado de Sevilla, aunque nunca, según Manuel Pacheco Albalate, salió de la ciudad, siendo una incógnita donde fue a parar. ¿Estaría entre los fondos de la del Marqués de la Cañada, que se perdió en un naufragio?  De su composición nos da cuenta fielmente el autor antes citado:  “Creemos que, globalmente, era una buena biblioteca. Estaba compuesta por 860 obras que se distribuían de la siguiente manera: 515 eran los que formaban la verdadera biblioteca, pues 213 se encontraban repetidos y 132 pertenecían a obras incompletas. Los autores de estos libros eran 370, más algún otro sin identificar, ya que se insertan 88 obras que no se dice a quién pertenece. Estaban escritas en latín 508, en castellano 281, en italiano 38, en francés 18, una en inglés y 14 que no se mencionan. No existía ningún incunable, y el libro más antiguo era un ejemplar de 1530 (“Episcopi mediolanensis commet” de autor Divi Ambrosi, editado en París, con una introducción de Erasmo de Rotterdan)

*** 

Después de esta amplia etapa jesuita, habiendo transcurrido menos de medio siglo desde su terminación, el edificio estaba  notablemente deteriorado. En 1780 los peritos designados para evaluar el estado del inmueble informaban “que el todo de dicha casa está maltratado, especialmente las que miran a la parte de levante y vendaval, por los aires salitrosos” indicando  los arreglos imprescindibles: la iglesia, sacristía y claustro, a los que había que solar. Se arreglaron las puertas, se hicieron canales para los cañones de desagüe y se pusieron vidrios en las ventanas. Esta reparación tuvo un coste de 21.600 reales de vellón y se previó que debería destinarse 2.000 reales anuales para su conservación.  Tres lustros después se hicieron otras nuevas obras de reforma y mejora en el edificio proyectadas por Bartolomé Ojea Matamoros, Académico de Mérito de la Real Academia de San Fernando y Maestro Mayor de Obras de El Puerto. Consistió, fundamentalmente, según nos ilustra en su magnífico trabajo sobre el Hospicio Misionero de Indias Cebrián González en “techar y enmaderar algunos espacios de la casa, ampliar la sala de conferencias, recalzar la pared de la iglesia, solar algunas estancias, poner rejas en las ventanas de los dormitorios y cruceta en las torres, componer las dos cocinas existentes y recoger goteras.” El coste de estas reformas superaron los 35.000 reales de vellón.

Después de los jesuitas diversas órdenes ocuparon el edificio, alquilándose casas para alojarlos mientras se realizaban las obras. De allí partieron nuevamente numerosas expediciones misioneras y se utilizó hasta que las colonias se emanciparon. Cuando el número de sacerdotes alojados superaba la capacidad horaria de la capilla, se desplazaban para decir misa a la iglesia de San Juan de Dios y, curiosamente, a la capilla de la Sangre para practicar el ritual del diario sacrificio. 

Con estos datos  hemos querido divulgar y dar a conocer lo que fuera durante casi un siglo un edificio tan notable de nuestra ciudad, cuyos moradores participaron activamente en la sociedad local e hicieron historia. | Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. PUERTOGUÍA.


Bibliografía utilizada:
CEBRIAN GONZALEZ, Carmen. “El Hospicio Misionero de Indias de El Puerto de Santa María”
FÜRDONG, Guillermo; CARABAJAL, Raúl y AMORRORTU, Sebastián. “Entre los mocovíes de Santa Fe”
PACHECO ALBALATE, Manuel. El Puerto: ciudad clave en la expulsión de los jesuitas por Carlos III”
RODRIGUEZ CAPARRINI, Bernardo. “Aportaciones al estudio histórico del colegio San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María. 1864-2014”

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