La belleza perdida de un vergel

| Texto: Enrique Pérez Fernández
Sabido es que el solar del Paseo de la Victoria antes de habilitarse como tal lo ocupaba una parte de las extensas huertas del inmediato convento de Nuestra Señora de la Victoria, que en sus trazas principales se construyó entre 1504 y 1517 bajo el amparo de los duques de Medinaceli en el lugar que hasta entonces existió una ermita con la advocación de San Roque.
Las huertas, además de ocupar grosso modo el espacio del actual Paseo y del Instituto Muñoz Seca, se prolongaban a espaldas del convento hasta el Camino del Tejar (actual avda. de las Américas). Frente a la iglesia los franciscanos tenían un olivar, cuyo espacio sería integrado en el primer Paseo de la Victoria que se habilitó en 1734-1735. Lindaba entonces, hacia el Matadero (1697) y el Caño del Molino (abierto en 1701), con otra gran huerta, conocida como Huerto de Ceballos (quizás propio de Juan o Lázaro Ceballos, ambos regidores del cabildo).

El convento y sus tierras fueron expropiados en 1835 en la Desamortización de Mendizábal. Los frutos de las huertas y del olivar lo emplearon los monjes en su autoabastecimiento y en vender los excedentes para el mantenimiento de la comunidad.
El origen del Paseo de la Victoria está estrechamente vinculado a la construcción del acueducto que desde los manantiales de La Piedad en la Sierra de San Cristóbal iba a suministrar agua a la ciudad, a Cádiz y a los barcos fondeados en la bahía. La obra, que se prolongó entre 1727 y 1748, fue promovida por el síndico procurador del Ayuntamiento Domingo Abad Mercadillo e impulsada por el Capitán General Tomás Idiáquez, residente por su cargo en El Puerto (1725-1737).
En 1733 se culminó el tramo de la conducción hasta la entrada a la ciudad frente a la calle Larga y plaza de los Jazmines. Ahí se construyó entonces el arca o caja principal del agua para distribuirla por las fuentes públicas y algunas casas, y cerca se dispuso una fuente de seis caños para el uso de quienes entraban y salían de la ciudad por el camino de Jerez y un pilón anejo para las caballerías y bestias de carga (en FOTO 2).
En 1755 se levantó junto a la caja del agua, pared con pared, una pequeña capilla, la capilla de la Concepción o de los Caminantes, para preservar bajo techo la imagen de la Inmaculada Concepción que se había instalado en el exterior del depósito unos años antes, probablemente en 1743, cuando se remozó el arca.

Tras ejecutarse las obras del arca y la fuente (ésta perdida en año incierto), Tomás Idiáquez apostó por crear junto a ellas un paseo público que embelleciese la entrada a la ciudad. El ayuntamiento aceptó su propuesta y se habilitó el primer Paseo de la Victoria, en 1734-1735 (año éste de la construcción de la Fuente de las Galeras). Un Paseo que era mucho más extenso --tanto al norte como al este-- que el que ha llegado a nuestros días (230 m).
Al norte se prolongaba 250 m más en linde al camino de Jerez hasta el Camino del Tejar, donde comenzaba el Palmar de la Victoria, tierras baldías de los Propios de la ciudad. Se formó así a comienzos de 1734 una larga alameda con 360 álamos negros en dos calles que daban a una glorieta circular (FOTO 4). Lo recordaba en 1748 un regidor del ayuntamiento, Nicolás de Cañas: “…se plantó otra alameda de 360 pies de álamos negros que siguen a emparejar con el final de las huertas propias del convento de Ntra. Sra. de la Victoria, que se hallan a espaldas de dicho convento, cuya alameda hermosea mucho la entrada de la ciudad por aquella parte y sirve de un ameno paseo.”

Y al este, en perpendicular a la alameda se creó, en marzo de 1735, un naranjal cuadrangular con 445 naranjos delimitado con álamos blancos y cipreses “en cuatro cuadros dejando calles en medio y su circunferencia, lo que hace una deliciosa vista”, decía el regidor Cañas. No obstante, otro testimonio de la época, del comerciante portuense José Miguel Bernal, cifraba el número de naranjos plantados en 572 (127 más), y precisaba que la plantación se realizó en cuatro días y que entre las hileras de naranjos se formaron 23 calles: “El 24 de marzo de 1735 se comenzó a poner la alameda de naranjos delante de la puerta de la Victoria, que constó de 23 calles y en ellas 572 pies, y se acabó de poner en 28 de dicho mes.” Y apuntó que entonces se abrió junto al “Huerto de Ceballos” una calle con 16 álamos hasta el Matadero, otros 9 álamos marcando la separación entre el naranjal y la alameda (el Paseo actual) y “alrededor de la fuente [¿la de 6 caños y pilón del Paseo?] 6 árboles que se trajeron de Holanda.”

Para habilitar el naranjal, que se prolongaba hasta enfrente del convento, fue preciso desarbolar el olivar, acuerdo al que el ayuntamiento llegó con los religiosos a cambio de algunas contraprestaciones, tal como hicieron en la alameda al excavarse el terreno para el paso del acueducto.
Antes y después de fundarse el Paseo de la Victoria, su espacio era conocido como Campo de la Victoria, un terreno, aunque contiguo, aislado de la ciudad. Solo existía en el entorno, desde 1697, el Matadero municipal; desde fines del XIX, algunos recreos en paralelo a la fachada del convento, que fue habilitado como Penal en 1891, y al extremo noreste del actual Paseo, desde 1911, la Estación Sericícola.
La gran transformación del Paseo llegó a partir de que en 1961 se construyera frente al convento el nuevo trazado de la carretera nacional IV -que mutiló en buena parte el naranjal y dividió en dos el espacio de la alameda original- y el nuevo puente sobre el Guadalete, tramo que se inauguró en julio de 1963.

El nuevo tramo de la carretera era previsible y necesario pues a comienzos de los 60 el parque de vehículos en España iba creciendo notablemente y era preciso evitar innecesarios rodeos urbanos. Hasta entonces, el acceso al Puerto desde Jerez se hacía en linde con los límites oeste y sur del Paseo de la Victoria (hoy avda. Fray Bernal Boyl y avda. de la Estación), Pozos Dulces y camino de Puerto Real por el puente de hierro de San Alejandro (1883), o por el colgante (1846) o el de barcas (1779). Y antes, en barcas de paso.

Es comprensible que se acortara el tráfico de la N-IV por donde se abrió, pero lo que fue un enorme error --uno de los grandes atentados al patrimonio de la ciudad en todo el siglo XX-- fue la construcción en 1968, al pie del nuevo trazado de la carretera, del Instituto Pedro Muñoz Seca (10.000m2), desapareciendo lo que quedaba del antiguo espacio del naranjal del Paseo. Y tuvieron que quitar, esquina a la avda. de la Estación, el vivero municipal.
Recordarán los mayores que enfrente, en el entorno de la nueva carretera era donde se ponían los cacharritos y atracciones de la Feria de Primavera en los años que el Paseo de la Victoria la acogió (1945-1965). Por ahí transcurría, como prolongación de la calle Albareda y del camino de Urdax, el que daba al Penal, que supongo debió de crearse por el tiempo que el antiguo convento se habilitó como centro penitenciario en 1891. En la siguiente foto se ve su último tramo, frente a la portada de la ampliación del Penal que se construyó en 1916-1918 delante de la iglesia y claustro. Y en el margen izquierdo, la arboleda del antiguo naranjal, hasta donde alcanzaba desde su origen el Paseo (FOTOS 4-5).

Naranjal que había tenido una larga vida. Antoine de Latour, de su visita a El Puerto en agosto de 1854 -cuando era secretario de los duques de Montpensier-, apuntó: “La Victoria es también el nombre de un bonito paseo donde domina el perfume de los naranjos.” Y una noble francesa, la marquesa d’Auxais Léziart de Lavillorée, el 18 de enero de 1877 escribió: “Hay un bonito paseo que se llama la Victoria. Recorriendo las largas hileras de sus huertos de naranjos frondosos, mirando las ruinas de un viejo convento que está cerca […] Llegando a un cierto punto del jardín, he visto una vaca que gira alrededor de una máquina […] y aprendo que es una noria que sirve para regar los naranjos.” Regresó la marquesa al paso de unos días al naranjal: “He querido sacudir un poco mi melancolía yendo al bonito paseo de la Victoria. No he visto allí más que la vaca negra, que hacía girar la rueda de la noria con su regularidad monótona habitual y que tenía el aire de darme una muda lección de paciencia y resignación.”
La noria que tanto llamó la atención a la marquesa hacía años --quizás muchos años-- que existía enfrente de la caja de agua de 1733, de donde se surtía la noria. Tradicionalmente tirada por vacas, su leche fue costumbre que se ordeñara y vendiera in situ (como se hacía en algunas lecherías de la población, por ejemplo en la que a fines del XIX existía en Ganado esquina a Nevería).
En este detalle de un plano de 1864 --cuando se realizaron reformas en el Paseo-- están ubicadas la noria, la vaquería y otras infraestructuras anejas: la caseta del guarda, un cenador, una cuadra, una pila para los animales y un estanque.

Desconozco cuándo el naranjal --el que subsistía en 1877-- dejó de serlo para renovarse en su arbolado y parterres. Su planta tradicional de calles en cuadros parcialmente se mantuvo, incluida la gran calle en diagonal que unía el comienzo del Paseo por la avda. de la Estación con la iglesia del convento (en FOTOS 4-5).

Quienes hayan cumplido 65-70 años recordarán junto al acceso al Paseo, frente a las estatuas de las Cuatro Estaciones (a la derecha de la FOTO 1), una pérgola-emparrado de hierro con asientos corridos a los lados, “la rosaleda” la llamaban, que desapareció al construirse el Muñoz Seca. En su linde estaba la casa del guarda del Paseo, sucesora de la citada caseta del plano de la FOTO 9. Al extremo Este del antiguo naranjal existió otro emparrado con armazón de hierro, de mayores dimensiones, que creo fue puesto en 1859 --sustituyendo a otro de madera-- y que en la década de 1940 lo arrancó un vendaval.


Y sobre todo tendrán presente quienes eran jóvenes en los 50 y 60 El Cortijo, el célebre bar-restaurante que mediado los 40 se levantó en terreno del instituto próximo a la carretera, que en las Ferias de la Victoria se convertía en caseta de feria y los fines de semana en lugar de baile y de actuaciones musicales. Lo recordaremos en otra entrega. (Continuará)

