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Ocurrió en la Sierra de San Cristóbal (3) #6.589

El Padre Larramendi, la Sierra de San Cristóbal y el origen del vascuence. Historia de una patraña.

| FOTO 1 Imagen generada con IA

| Texto: Enrique Pérez Fernández

Anselmo Ruiz de Cortázar recogió en su Historia de El Puerto de Santa María (1764) algunos relatos curiosos y sorprendentes, tanto de épocas pasadas como del tiempo que le tocó vivir, como el que hoy les traigo a conocer o recordar, protagonizado por un jesuita chalado.

Manuel Larramendi nació en la localidad guipuzcoana de Andoáin en 1690. Al quedar huérfano a los 12 años, su familia lo llevó al colegio de los jesuitas de Bilbao y a los 16 ingresó en la Compañía de Jesús, en la que se ordenó sacerdote. Estudió filosofía en Medina del Campo y teología y gramática en Salamanca. Durante años anduvo enseñando estas materias por tierras castellanas hasta que en 1734 marchó al santuario guipuzcoano de Loyola, donde permaneció hasta que murió en 1766.

| FOTO 2 Busto de Manuel Larramendi en su Andoáin natal

Allí dejó escritas una docena de obras, casi todas sobre el vascuence y lo vasco. La que tuvo mayor repercusión fue el Diccionario trilingüe castellano, bascuence y latín que en dos tomos se editó en San Sebastián en 1745. Ruiz de Cortázar lo tuvo en sus manos, probablemente facilitado por su amigo el marqués de la Cañada don Guillermo Tirry, que en su casa del Campo de Guía atesoraba una espléndida biblioteca.

El caso es que don Anselmo leyó en el Diccionario (cap. VIII del Prefacio) lo que sigue acerca de un supuesto hallazgo arqueológico en la portuense Sierra de San Cristóbal, nombrada Buenavista en el s. XVIII:

El monumento es una lámina o tabla de metal no conocido, que se halló en la cuesta que llaman de Buenavista [cuesta del Toro o del Chorizo, la del parque acuático], sobre el Puerto de Santa María. Tiene dos varas de largo [1,6 m] y algo menos que dos tercias de ancho [5 cm]. Por el peso y sonido se conoció que era de metal, aun antes que la roña pudiese dar paso a la vista. Empezaron a descostrarla y en los saltos interrumpidos del descostrador conocieron que estaba el tablón escrito y así apareció después que quedó limpio y terso. Los caracteres son grandes y de talla sobresaliente, aunque algunos están gastados. A la novedad concurrió multitud de eruditos y anticuarios, que hicieron grandes discursos sobre aquel hallazgo. Los caracteres eran incógnitos y sin afinidad con los que tenían a la vista de otras lenguas para la comparación; y después de grandes conferencias concluyeron que aquella lámina era de siglos más antiguos en España que los Romanos, Cartagineses, Griegos y Fenicios, y también la lengua en que estaban aquellas voces y caracteres.

Supuestamente, en la inscripción del metal, que lo consideraba como la prueba irrefutable de que “el Bascuence es la Lengua Primitiva de España”, se leía (disculpen el pestiño, que fotografío de la obra original para no tener que copiarlo):

Traducido por Larramendi diría:

A nuestro gran hacedor, los Escaldunes, de su mano y sujeción le erigimos esta tabla sólida de metal, al tiempo que se nos han entrado la primera vez los extranjeros de diferente lengua; (lo hacemos) para dar a entender a nuestros venideros que adoramos y muy de veras a uno solo, y no como estos huéspedes, a tantos mentirosos y ridículos dioses.

Vaya tela…

¿Existió la lámina?

Supe de este supuesto hallazgo hace muchos años, cuando preparaba con Manuel Pacheco Albalate la edición de la Historia de Ruiz de Cortázar (1997). Supuse entonces que Larramendi pudo haber estado de visita en El Puerto y acogido por sus hermanos jesuitas, que muy cerca del cerro de Buenavista, junto a la carretera, tenían y explotaban entonces el Olivar de la Compañía (de Jesús), actual suelo del pinar y acebuchal del Rancho Linares (nótulas 4.508 y 6.336). Al paso de los años le pregunté a Manolo Pacheco, ya convertido en un destacado especialista en la vida y desventuras de los jesuitas, si había constancia de la estancia de Larramendi en El Puerto. Y me dijo que no.

¿Pudo ser que los jesuitas, conocedores de que Larramendi era un estudioso de las lenguas prerromanas, le informaran del hallazgo? Es probable y verosímil. La cercanía del supuesto hallazgo al Olivar de la Compañía invita a sospechar que la lámina inscrita realmente existió y que llegó a manos de la comunidad jesuita. Pero también pudo ser que Larramendi, que usaba la mentira como arma ideológica, ubicara al azar un hallazgo inexistente; pero la proximidad del olivar jesuita me inclina a considerar viable la primera opción y en ella me baso para escribir lo que sigue.

| FOTO 5 Imagen generada con IA

El cerro de Buenavista

Larramendi tomó como punto de referencia del hallazgo la cuesta del cerro de Buenavista, un enclave privilegiado desde el que se domina las marismas del Guadalete, El Puerto y la bahía de Cádiz en toda su extensión y, a la espalda, la campiña y la laguna de Los Tercios. Así contó su paso por el camino el historiador Antonio Ponz en su Viaje de España (1794):

Salí del Puerto de Santa María muy gustoso de haber visto las cosas que le he contado a usted, y tomé el camino de Jerez, distante dos leguas por la vía más corta. La primera tirada, hasta cosa de media legua, es bellísimo camino recto, entre olivares, viñas y otras plantas, y luego tuerce a mano derecha la nueva calzada [carretera de El Portal], haciendo algún rodeo hasta dicha ciudad de Jerez. Yo fui por dirección más corta, atravesando un puertecillo que creo llaman de Buena Vista, y si no, se lo llamo yo, pues no puede ser más deliciosa la que presenta de su cumbre, particularmente volviendo los ojos a Cádiz, a la bahía y a todos los pueblos de sus contornos.”

Un balcón tan singular como las tierras del cerro de Buenavista ya fueron ocupadas a comienzos de la Edad del Cobre (hace unos 5300 años). Así, en Las Vetillas (sic), junto al parque acuático, el Museo Municipal localizó vestigios de un poblado y excavó el enterramiento ritual de un ciervo (en nótula 2.416). Y también el fondo de una cabaña con cerámicas tartésicas y fenicias de la primera mitad del siglo VII a.C., que es el horizonte cultural más próximo al que pudo pertenecer la supuesta lámina de Larramendi, con la ciudad de Doña Blanca como referente espacial.

| FOTO 6 Excavación en Las Vetillas (o Beatillas) de un fondo de cabaña fenicio, 1984. Foto, José Ignacio Delgado ‘Nani’

¿Qué se conoce del entorno del supuesto hallazgo en tiempos de Larramendi? El camino de Jerez que salva la cuesta del Chorizo fue abierto en 1660 y rehabilitado en 1735, cuando lindaba, en Las Vetillas, con un olivar del comerciante y cargador a Indias portuense Lorenzo Rodríguez Cortés, que tuvo que cortar 51 pies de olivos para dejar expedito el nuevo trazado del camino (actual N-IV). También era dueño en la cima de la cuesta de la venta Buenavista. Y en la falda sur de Las Vetillas existían varias caleras grandes (una de ellas excavada por Diego Ruiz Mata en 1985). Quizás en algún movimiento de tierra en estos espacios es cuando apareció la misteriosa inscripción; o al otro lado de la carretera (donde está el Toro de Osborne), pero su suelo se perdió a mediados del s. XX al abrirse la gran cantera de áridos que mutiló el paisaje de la Sierra.

| FOTO 7 Desde la falda sur de Las Vetillas. Foto, J.J. López Amador.

De haber sido real la lámina, no es posible determinar su origen y función. Ni siquiera se conoce qué alfabeto tendría ni el metal de su soporte. Sí son conocidos en el Levante y Sur peninsular las pequeñas placas de plomo prerromanas inscritas, frecuentemente dobladas o enrolladas, que son cartas o registros de transacciones comerciales y de carácter mágico o ritual. Como ocurre con todas las lenguas ibéricas, pueden ser leídas pero no traducidas. La única información precisa que aportó Larramendi sobre la lámina es su tamaño (1,6m x 5cm), que podría indicar que se aplicara en algún monumento honorífico o funerario. No necesariamente en época prerromana pues, en nuestra región, la lengua neopúnica perduraba a mediados del s. I a.C., que es la cronología del pebetero o quemaperfumes cerámico que el Museo Municipal halló en tierras del cortijo de La Negra, que tiene inscrito, bajo la figuración de la diosa cartaginesa Tanit, el nombre del dios Baal, su esposo.

| FOTO 8 Imagen generada con IA

Probablemente nunca sepamos si la lámina existió o también fue una invención de Larramendi, como lo fue su absurda traducción o el supuesto debate que generó en multitud de eruditos y anticuarios. Quienes han estudiado la vida y obra de Larramendi lo consideran el precursor de Sabino Arana (1865-1903), fundador del Partido Nacionalista Vasco. Ambos fueron fanáticos y descerebrados impulsores de la supuesta supremacía vasca e inventores de una Historia falsificada construida en base a sus delirios independentistas. Y como tales, precursores del fascismo.

Como argumento principal para defender que el vascuence era la lengua primitiva de España, Larramendi se inventó o manipuló la supuesta lámina que dijo haberse encontrado en la cuesta de Buenavista. Y fuere como fuere, es un relato que forma parte de la historia de la Sierra de San Cristóbal.

| Próxima entrega: Las excursiones a las canteras y la visita de Alfonso XIII en 1930

 

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