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El Coto de la Isleta y Valdelagrana. Geohistoria de un espacio entre el mar y las marismas #6.649

De Enrique Pérez Fernández

| Texto: José Antonio Ruiz Gil *

Por motivos personales he aceptado hacer la reseña de este libro. Mi cercanía al autor exigía, tal vez, una pluma (un ordenador) más imparcial. Vaya, como contraprestación, mi parcialidad acompañada de algunos comentarios hacia el tendido del vecindario. En este sentido, quiero comentar que se trata de una nueva colaboración entre Enrique Pérez (como lo conocemos familiarmente) y su editor, Eduardo Albaladejo, también un camarada conocido desde hace tiempo.

Pues bien, el tiempo —y la crisis— ha permitido que Ediciones El Boletín se haya convertido en la editorial de El Puerto. ¡Quién se lo diría hace tan solo unos años! Tras tres libros en su haber, el tándem formado por Enrique y Eduardo, autor y editor, nos presenta este libro sobre Valdelagrana. Un libro escrito, en su primera versión, hace tiempo y que, en aquellos años de la abundancia, nadie quiso apoyar. En efecto, yo sé del devenir de este trabajo. Por eso quiero dar a Eduardo Albaladejo su sitio… y su valor.

Tras esta licencia tan personal, me centraré en la propia reseña del libro. El índice y la estructura de la obra responden a una ordenación lógica de la información disponible. Es un libro escrito para todos los públicos, pero de investigación. Cuenta con un cuidado aparato crítico, con apéndices y anotaciones al final de cada capítulo. La obra se inicia con material bibliográfico, haciendo una síntesis sobre la formación geológica y la evolución geomorfológica del lugar estudiado. Se expone de forma fácil de entender y mediante un texto de amena lectura.

Tras esto, y como consecuencia de seguir un esquema cronológico, nos presenta los hallazgos arqueológicos de mayor relevancia en el área, de cuyo conocimiento fue artífice el propio autor. Aquí apunto que, para el tipo de publicación, las imágenes montadas sobre color tal vez no sean las más acertadas, pues pierden mucha calidad. Del mismo modo, los montajes, tan reducidos de tamaño, a veces no permiten su correcta observación.

En los capítulos 3 y 4, el autor nos muestra su pericia en el tratamiento de fuentes tanto de archivo como de otras menos tradicionales: prensa, fotografías, pinturas y grabados. Es en estos capítulos donde podemos apreciar esa fina escritura que desarrolla a la hora de concatenar sucesos históricos populares. Tarea nada sencilla, al tratarse de cuestiones locales, pero, a la vez, alejadas en el tiempo.

Y es que Enrique Pérez hace muy buena historia local, como podemos comprobar en el capítulo dedicado a los diferentes propietarios que Valdelagrana ha tenido. Un sistema de propiedad que ha sido el causante de la escasa población y de la también somera utilización de sus tierras, hasta que pasaron a ser de titularidad pública. Incluso así, los intereses tampoco favorecieron a los más menesterosos. Diversos proyectos y solicitudes de aprovechamiento agrícola fueron anulados por otros intereses, como el coto de caza o las tierras de pastos.

Recursos todos ellos tratados en el sexto capítulo del libro. Unos aprovechamientos que recoge históricamente desde que existe documentación. Un lugar vital para el «cultivo» de pinos, sobre todo para la obtención de madera, leña y piñas. Y es que estamos ante un bosque que, ya desde el siglo XVII, es el resultado de diversas plantaciones.

Este bosque, llamado de los Conejos, fue dedicado a la caza precisamente por este motivo. Una caza ilustre cuando se la relaciona con la visita del rey Felipe V, quien instaló en nuestro Puerto una breve corte de verano. Y, como Coto de la Isleta que fue, también contó con la correspondiente vigilancia, en especial a partir de la existencia de puentes que facilitaron el acceso de los seres humanos y de sus ganados. Estos ganados conllevaron una sobreexplotación del bosque y los consabidos litigios con los ganaderos.

Otro de los aprovechamientos, si bien a espaldas del Coto de la Isleta-Valdelagrana, fue el de las salinas. Enrique aprovecha la oportunidad para introducirnos en la historia de las salinas de El Puerto, un tema sobre el que la mayor parte de los historiadores hemos sobrevolado y que resulta clave, al menos, en una parte de nuestra historia. Creo que ha sido prudente, pues este asunto, de haber sido tratado con mayor extensión, podría haber desequilibrado el conjunto del libro.

Perfectamente nos podría haber contado cómo las recientes excavaciones en Pozos Dulces están mostrando infraestructuras portuarias relacionadas con el almacenaje y el comercio de la sal, o cómo la destrucción de estas por las fuerzas holandesas que ocupaban la ciudad fue realizada concienzudamente, tras haber constituido un elemento negociado por ellos mismos.

 

Enrique se guarda cosas. Tal vez para otra ocasión; tal vez para otro libro. Siempre que presenta uno, nos comenta que ya está pensando en otro o escribiéndolo. Os comentaré ahora cómo, discretamente, incluso ladinamente, Enrique encontró —y nos lo muestra en el libro— el origen del topónimo Valdelagrana, que durante algún tiempo creímos relacionado con la grana, cuando en realidad procede del título nobiliario de ese nombre. El conde de Valdelagrana llega el último y da nombre al lugar. Así está escrita esta historia.

Una historia que continúa narrándonos la contemporaneidad en el capítulo octavo, dedicado a la vida en el Coto, y en el noveno, centrado en la urbanización y el turismo, fenómenos ya del siglo XX, especialmente de su segunda mitad. Una actualidad que nos lleva casi hasta el presente, sobre todo cuando se refiere a El Boquete, cuyo propietario creo que fue quien abrió la Bodega Jerezana, o al querido Ramón Muñoz, tan conocido en Valdelagrana.

En este capítulo realiza una digresión sobre los orígenes del turismo en El Puerto de Santa María. Este dato me ha resultado muy gratificante, pues, en aquel año de 1846, el alcalde era Francisco González de Quevedo, tatarabuelo de quien les escribe. Y esta cercanía natural con el lector es la que destila este libro.

* Universidad de Cádiz

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