1.185. DE MORIRE HABEMUS.

Yo no sé si Vd. se piensa morir, pero, por lo general, todo el mundo se muere, a menos que Vd. haya concluido que se va a quedar para simiente de rábano o siga a algún Guru que le haya metido en el caletre que se va a reencarnar. A todo el mundo le llega su día, como a todo cerdo le llega su San Martín, que dice el refrán. Dicho de otro modo, o "expressione latina", que diría el Papa: "Hodie mihi, cras tibi", que era el letrero que campeaba en la puerta del cementerio de esta Ciudad y que una tata Antonia que hubo en mi casa traducía libremente: "Por aguantar un peo, aquí me veo".

"Este está para Santa Clara" o "Este está para que se lo lleve Carrurra" son dos frases que indican lo mismo: que se está en las últimas. Porque Santa Clara es el barrio donde está el cementerio de Santa Cruz--que así se llama el de nuestra Ciudad-- y Carrura un sepulturero portuense, que ha quedado en los dichos populares. Pero, además, el barrio de Santa Clara, siempre se ha conocido como "El Otro Mundo". Así, si Vd. recuerda, cuando se llegaba a la aserradora de Pastor, que estaba en la calle Misericordia, y preguntaba por alguien, seguro que se sorprendería, porque le dijeran que ese alguien estaba "en el otro mundo". Y es que "el otro mundo" era el almacén de maderas que tenían en una nave de bodega frontera con la carretera del cementerio "en el quartel de Santa Clara" que dicen los padrones, que es lo mismo que el barrio de "el otro mundo".

Así que si Vd. tiene tragado que se va a morir como todo bicho viviente, no ha pensado quedarse para simiente de rábano, ni cree en la reencarnación, debe saber, también, que, para el caso, está totalmente contraindicado comer carne de grulla. La carne de grulla produce una larga y penosa agonía en quienes la han comido alguna vez en su vida y exhalar el espíritu supone un largo proceso, a menos que sus deudos y familiares caigan en la cuenta y llamen a especialistas, que los ha habido--no sé si ahora los hay-- que, en la escalera de la casa donde se encuentra el moribundo, imite a la perfección el canto de la grulla, con cuya armonía, muere placidamente el agonizante.

Lo de toda la vida, en las familias de orden y de concierto, ha sido llamar al cura. No debe dejarse para el final, porque el moribundo debe ir bien preparado. Eso de ir simplemente "aliñado", esto es, con el "Santólio", aun con ser loable, no es lo más conveniente. El enfermo debe confesar y recibir el viático, recoméndarsele el alma y, finalmente, ser responseado con los convenientes hisopazos y gori-goris.

Ser un Don Guido --el de Antonio Machado-- y tener, al final, "un punto de contrición", cono Don Juan Tenorio, no está mal tampoco. Pero lo de cajón, para poder ponerlo en las esquelas y, en particular para la salvación del alma, es irse al otro barrio "después de haber recibido los Santos Sacramentos y la bendición apostólica de S.S.". Porque, si no, solo se puede poner "auxiliado con los Santos Sacramentos", lo que es lo mismo que bien "aliñado".

Santos óleos.

Por cierto, que caso de ocurrir el fatal desenlace, lo mejor, si es que no disponía de sillería, ni isabelina, ni imperio, ni chipendale, ni victoriana, ni tan siquiera de Benamahoma, es acudir , como toda la vida, a alquilarlas a Pasaje, que las tenía almacenadas en la antigua capilla de Jesús de los Milagros; hacer una buena olla de caldo, tener previsto el aguardiente y, sobre todo, el agua de azahar, por si ocurriera, que casi siempre ocurre, que alguna señora se priva, en pleno duelo, con la aflicción de la pena.

Temible es, en estos casos, la presencia de alicantinas, que se ponen, con la mejor intención y en aras de la salvación del alma del difunto, a entonar padrenuestros por cada clavo del Señor, por las cinco llagas y hasta por los pelos que le arrancaron de la barba, con una vehemencia y tenacidad encomiables, pero también tocantes a la risa. Ya se sabe que los mejores chistes del mundo se cuentan en los velatorios y duelos.

Velatorio. /Foto: Eugene Smith

Pero, atención, mucha atención, muy saludable y de particular interés es echar, de cuando en cuando, una miradita al muerto. Con el parpadeo de la llama de los cirios, con el reflejo del cristal de la tapa del ataúd, y con la sugestión que cada uno tenga, a veces, parece que el difunto ha movido los párpados o la boca. Casos se han dado, que el muerto no era tal. Así, quien tenga edad que lo recuerde, Carmen Vila, la portera de Acción Católica, pudo haber sido enterrada hasta dos veces viva. Sucedió que con la entonación de los latines del cura y del sochantre se reanimó, ante el pasmo general. A la tercera, fue la vencida. Y es que  algunos humanos, por la razón que sea, hacen lo que yo llamo "el ensayo general" para comprobar cómo se portarían, en ese trance, los herederos y parientes.

Lo normal, es que llegado el caso, en la casa doliente, lo primero que ocurría era la entrada de Luis Muñoz, diligente agente funerario, que tomaba cartas en el asunto. Lo segundo, la entrada de Ruperto, para tomar medidas. Lo tercero, el encargo de la caja a Enrique , el de los Muertos (aunque es de notar que si el entierro era en el hospital, de caridad, o en en Asilo de las Hermanitas de los Pobres, el ataúd lo hacía, de pino, teñido de nogalina y con una cruz de cinta morada, Teodomiro Alcántara, que tenía su taller frente por frente al Hospital y, era ,además, un gran ebanista).

Gente prevenida, como Angelito Martínez García, el artesano de los muñequitos de nacimiento, ha habido pocos. Ángel Martínez tenía, hecho de su propia mano --pues era, también, carpintero--, su ataúd, de madera de ciprés, colocado bajo la cama y, con su diseño, un panteón, en el primer patio del cementerio, ejecutado por el célebre marmolista sevillano Rovayo.

Curiosa inscripción en una lápida del cementerio.

Dispuesto todo eso que digo, hora era de ponerse los lutos. El luto riguroso, consistía en todo negro y, en las mujeres, además, las medias y el velo, el corto y el largo, llamado "la pena". Se revolvían armarios, roperos y arcas en busca de ropas de ese color y, caso de no hallarlas, se recurría a los consabidos tintes "Iberia" o a que familiares y amigos la proporcionaran.

Acto seguido, alguien allegado, se dirigiría a los balcones de la casa, si los hubiera, y alzaría los rodapiés, signo inequívoco de que la familia habitante estaba de luto. Otro que tal, se encargaría de poner en la casapuerta, cerrada a media hoja, una mesa con una bandeja, para las tarjetas y pliegos para las firmas de pésame. Fulanita de cual, proporcionaría el hábito de San Francisco para amortajar al difunto, el cordón y el escapulario de la Orden Tercera, la cera para sellarle los ojos y el pañuelo para forzarle a apretar la boca, de tal manera que algún recién fallecido parecía más padecer de un flemón que ser un verdadero muerto.

Los amigos le dedicaron una original esquela a su presidente.

Conviene que alguien, con buena caligrafía, rellene los nombres, apellidos y direcciones en las esquelas, de acuerdo con la lista que entre todos los circunstantes se preparaba, no bien llegaran las esquelas de la imprenta de Pérez, porque, del temprano y buen reparto, dependía la afluencia de gente a la casa y, luego al entierro. Y un entierro, bien poblado, es signo del singular afecto que el difunto y la familia gozan en la ciudad y fuera de ella.

Así que, durante toda una noche y, una mañana, discurría el velatorio, entre entradas y salidas, llamadas telefónicas, telegramas, rezos, ayes de dolor, llantos incontenibles, palabras de pesar, chistes verdes y marrones, más rezos, tazas de caldo, de café y copas de aguardiente, según los casos, pero siempre, ante el cuerpo presente del muerto, beatíficamente quietecito, con el crucifijo y el rosario en las manos entrelazadas, y, por lo que se oye comúnmente, el más bueno de la tierra, porque no hace falta más que morirse para ser bueno.

Monumento funerario de Enrique O'Neale Ybray, entrando en el cementerio, a mano izquierda.

A la hora señalada, a la vez que de la Iglesia sale el clero, con la cruz alzada, el sochantre, para dirigirse a la casa mortuoria, en la propia casa se organiza la cabecera del duelo. En la habitación más capaz, o en el patio, se forman los hombres más allegados, como en media luna y van recibiendo la "cabezada" de todo aquel que, por curiosidad, o por cariño al difunto o a la familia va entrando y saliendo. En la calle se forma un grupo, grande o pequeño --que, escrito quede-- hay entierros que dan pena verlos de poco público, y al poco se ve llegar al clero, con uno dos, tres y hasta ocho caperos revestidos con ornamentos negros, (según fuera de primera, de segunda o de tercera) con la Cruz alzada, los ciriales, el sochantre, el monaguillo con el libro , el acetre y el hisopo, y todos entonando, por lo alto o por lo bajo, latinajos, más o menos familiares para los asiduos a estas manifestaciones, de los que se pegan al oído, lo de"A porta inferi, erue, Domine, anima eius", y "Requiescant in pace, Amén", aparte de alguna otra palabra suelta de cuyo significado no queda constancia, y "Pater noster", al rociar de agua bendita, con el hisopo, el cadáver que, a manos de los más próximos, se acerca a la casapuerta, ante escenas de dolor. Luego, una dos, tres cuatro... posas, es decir paradas, desde la casa al cementerio, según se haya concertado, y en cada posa, un responso: otra vez latines inteligibles con la voz perruna del Padre Lobo, cánticos de Dueñas, agua bendita, y andando.

Traslado a pie de los féretros de las víctimas del accidente de la calle San Juan, ocurrido en febrero de 1963, desde la Iglesia Mayor al Cementerio Campal.

Por lo común, cualquiera que fuera el domicilio de donde partiera el entierro, a hombros --porque aún no se había establecido la moda del coche-- siempre se subía la cuesta de la calle Santa Clara hasta el cementerio. Al entrar, recibido por Carrurra, por Cándido, el Conserje, y por don Tomás o don Anastasio, sacerdotes capellanes de la Ciudad, se procedía a la cristiana sepultura del cadáver.

Tapia derruida del antiguo Cementerio Inglés. (Foto: AGR).

Si el difunto era disidente, moro, suicida o cosa parecida, nada de esto es aplicable. Para eso había un cementerio contiguo, detrás, con un letrero de caracteres arábigos, en donde se enterraban, además del llamado cementerio de los ingleses, que estaba justo donde el "CARREFOUR" [antes PRYCA y mas antes HIPER)], que acogió a muchos de los primeros bodegueros que se instalaron en la zona.

Y, aunque lo que valen son las oraciones y sufragios por los difuntos, había quienes le encargaban coronas de flores a Antonio "Carabina", a Macías, el de la "Cerería" o a "Paco Teleras" que hacían verdaderas obras de arte y le añadían perifollos y cintas con letreros laudatorios y recordatorios del difunto.

Curioso enunciado en la esquela de Doña Petra XX XX.

Dije antes que por la calle Santa Clara pasaban todos los entierros. No he dicho que, inmediatamente detrás del féretro iba la cabecera de duelo. Pues lo digo. Y quiero recordar a aquel hijo doliente que, calle Santa Clara arriba, detrás del cadáver de su padre se quejaba: «Ya lo llevan a donde no se vive; ya lo llevan a donde no se come; ya lo llevan a donde no se bebe…» Y "Saldiguera" que, borracho, estaba apoyado en una ventana exclamó: «--Vamos, a que lo llevan a mi casa». (Texto: Luis Suárez Ávila).

14 comentarios en “1.185. DE MORIRE HABEMUS.

  1. Aberasturi

    Viene que ni pintado, concejal de mantenimiento urbano, pues frente al cementerio el paso de peatones no se ve, practicamente invisible y no es porque la pintura presente un estado lamentable es que no queda nada, poniendo en peligro la seguridad de los peatones. La renovación de la pintura de los pasos de peatones en general debido al estado en que se encuentran debe acometerse sin dilación.

  2. Teresa Marroquin Nieto

    Señor Luis. Yo tengo muy claro lo de la muerte, nunca le he tenido miedo, le tengo un poco a como me voy a morir. Pero de todas maneras he disfrutado de esta notula. Muy curiosa y graciosa a la vez. Lo ha puesto Usted......como diria yo?, con un poco de humor. Quizas algunos que le tenga terror al dia "finale" se rian y no lo vean tan oscuro. Yo siempre he dicho que la muerte en un sueño profundo, y que lo hacemos todas las noches, lo interesante de esto es que en el ultimo no nos vamos a despertar. Un cordial saludo.

  3. Nolask

    ¿Porqué quitaron el lema "Hodie mihi cras tibi"? su significado, "hoy por mí; mañana, por tí", es bastante didáctico para todos, visitantes o no, ya que tarde o temprano acabaremos allí.

  4. AGL

    Para FJCO:

    ¡¡¡¡¡¡Espero que dures tanto que cambien la normativa mortuoria, y los usos y costumbres imperantes cien veces!!!!.

    Lo del viaje a Cádiz en " el vaporcito", dalo por hecho... EN PEORES GUERRAS NOS HEMOS VISTO TU Y YO.

  5. FJCO

    Para AGL:

    Aunque lógicamente tenga mis preferencias, la modalidad de velatorio la dejo a elección de los que se queden y, cómo no, a la normativa mortuoria vigente y a los usos y costumbres imperantes a la fecha de producirse el óbito.

    Lo del viaje a Cádiz me apetece mucho. Eso sí, tendríamos que ir en el "vaporcito". ¿Lo crees posible?.

    Trasaladré tu felicitación.

  6. AGL

    Querido FJCO:

    No me ha quedado claro si quieres "velatorio tradicional o tanatorio" (de tus disculpas por las molestias que puedas ocasionar, parece desprenderse que quieres "frialdad tanatoria").

    Velaré por tus intereses y prometo incluso ganar la indulgencia plenaria para ti, siempre que Dios Padre me llame después, cosa que dudo, pues soy muchísimo mayor que tu.

    Una última cosa: El año que viene, si Dios nos da salud, prometo llevarte al mercado de Cádiz, que siguen disfrazando a pollos y cochinos por "tosantos".

    Un fuerte abrazo y "expresiones" a tu distinguida esposa en tan señalado día.

  7. FJCO

    Genial el artículo de LSA. Lo felicito.

    Qué pena que se hayan perdido los velatorios en los domicilios particulares. Cierto que para los allegados del difunto pueda resultar un trastorno añadido. Ahora bien, no me negarán que una vez se superaba el espinoso trance de la llegada al duelo y dadas las preceptivas cabezadas de pésame, los ánimos comenzaban a relajarse y los encuentros con los viejos conocidos hacían distendir las charlas, sucediéndose las anécdotas y chistes hasta límites inapropiados. Confieso que en más de un velatorio he reído como nunca.

    Pues bien, todo esto formaba hasta hace poco parte del ritual de la muerte, y sobre todo, de sentido homenaje al verdadero protagonista de ese día, el difunto o difunta de que se tratase. Eran tiempos en que no había prisas en quitarse al muerto de enmedio.

    Toca ahora alejar cuanto antes el dolor propio de estas ocasiones. Acudimos a los cómodos y asépticos tanatorios en los que tras una corta visita de rigor -casi siempre en los pasillos- y como si estuviésemos en la antesala de un juicio, cumplimos con cuatro saludos a los allí congregados, y sin solución de continuidad despachamos al finado con un sencillo responso, siempre repetitivo, calculado y medido. Y no se te ocurra retrasarte cinco minutos que la cabezada la tienes que dar en la acogedora antesala del crematorio. Por supuesto el difunto quedó sólo la noche anterior, tras el frío cristal, en su sala privada cerrada bajo llave, para permitir que la familia pudiera descansar y reponerse para la agotadora jornada del día siguiente.

    Yo desde luego, como humilde pecador que soy, dispongo que llegado ese día, celebren por mí una misa como Dios manda, oficiada por Presbítero revestido de casulla morada, que platique sentida homilía -aunque no la merezca- y sea generoso con el hisopo (chun, chun, chun,...), y por supuesto, con su cabecera de duelo de las de toda la vida, que por si alguien lo ha olvidado sirven precisamente para agradecer la asistencia a todos los que han tenido la deferencia de rezar por el difunto y acompañar a la familia en momentos tan penosos. ¡ Qué no es que pasen casualmente por allí y ete aquí que aprovechan y entran a oir misa ! ¡Que no !.

    Y por último, que mis familiares, amigos, conocidos y demás allegados perdonen todas las molestias, inconvenientes y traslados (tanatorio-Iglesia-tanatorio/Campo Santo) que ello les pueda reportar, ¡ pero es que uno sólo se muere una vez !.

  8. Francisco

    Eso de la carne de grulla es verdad. Aquí había una antigua familia, de apellido Abelenda, muchos de cuyos miembros sabían imitar el canto de la grulla. Los llamaban en cuanto uno que había comido de esa carne estaba agonizando. En la casapuerta o en la escalera imitaban el canto de la grulla y el moribundo descansaba en paz.

  9. Antonio Pérez Brea

    Luis, estupendo el relato de la ( muerte ), con el buen humor que te caracteriza.

    Es la triste realidad del final de la vida. Pero a ninguno parece que nos va a llegar, vamos viendo como se van los demás, pero cuando nos toque a nosotros, lo veran los que queden, bueno, pensemos en otra cosa, que lo que tenga que llegar, llegará, pero que tarde, que es lo desea todo el mundo.

  10. Vicente

    Luis, eres único. El otro día estuve leyendo un árticulo que escribiste, sobre el cementerio, en el Diario de Cádiz, en la seción de Puerto Escondido, en el año 1994, y reí de lo lindo, ya que no conocía la lápida de "EL". Se cuenta, no se si será verdad o simple anecdota, que de los Cartujos se saludaban con el "Morire habemus" y que uno le contestó "Ya lo sabemos".

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