2.888. La calle Palacios en los cincuenta y sesenta del siglo pasado.

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En mi infancia cuando mis familiares regresaban de la mar, tras duras jornadas de trabajo, una vez realizadas las tareas de descarga, subastas de las capturas obtenidas y reparto de sus retribuciones, conocido como zafe, solían parar en el Bar Apolo, esquina de la calle Palacios con Nevería, igualmente los días que permanecían en puerto también echaban el rato en la Cervecería Bar La Mina y en la Taberna de Perchiu, bares cercanos a donde vivíamos.

Esta foto, está fechada en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando el Bar Apolo pertenecía a Ramiro Gómez Bernáldez, posiblemente en la fotografía, con traje de calle. Después de este aspecto, el Bar Cervecería Apolo ha sufrido diversas reformas, algunas de la mano de sus actuales propietarios, los hijos de Juan Benítez Verano, con nótula propia en Gente del Puerto  (Foto Colección V. González Lechuga).

Por aquellos años de los 50 el propietario del Bar Apolo era Ramiro Gómez Bernáldez, originario de Galicia que llegó a El Puerto a mediados de los 40. Ramiro, un hombre afable y bonachón, a quien era difícil no estimar, inauguró a mediados de junio de 1959 la Cervecería Bar la Mina, frente al Bar Apolo, en la otra esquina de la calle Palacios con Nevería.
La Mina

Capilla de la Sangre, en la calle Palacios esquina con Nevería, (frente al Bar Apolo y la Óptica, más tarde aquí estuvo la Cervecería Bar La Mina) desde donde está tomada la foto que presenta un precioso empredado de la calle, con aceras de doble losa de Tarifa.

Recuerdo que un día antes de la inauguración, junto a mis primos José María Cruz Vélez (+) y Manuel Fernández Vélez, inspeccionábamos la fachada de la cervecería, siendo las ventanas donde más atención pusimos ya que nunca antes la habíamos visto. Evitando a los trabajadores, nos situamos en la calle Palacios y Manuel que era el más fuerte se puso de rodillas con la cabeza inclinada hacia delante, subiéndonos encima de él, con el fin de llegar a la ventana.

Entonces vimos que tenía dos marcos amplios de madera con su cristalera correspondiente, uno de los marcos fijo y el otro con dos soportes en cada extremo, quitamos los soportes y, al instante cayó sonoramente, haciéndose añicos el cristal

Corrimos cada uno por un sitio, escondiéndome en la Iglesia Mayor ante la que me podía caer encima. La fiesta le costó a cada uno de nuestros padres 55 pesetas porque el dueño del Bar, Ramiro, el hombre afable con aspecto de bonachón, se transformó en aquel momento en una fiera, y no fue para menos.

Un poco más arriba de la Cervecería la Mina y el Bar Apolo, dirección hacía la Plaza de la Iglesia, se encontraba la Taberna conocida por la de Perchiu del cordial Antonio Escobar “Escobalito”, situada por aquel entonces en la esquina de la calle Palacios con San Bartolomé, frente a Ultramarinos La Diana.

Escobalito

Frente a La Diana se encontraba la popular taberna Perchiu, regentada por el sanluqueño Antonio Escobar “Escobalito”. 

 Y hablando de La Diana, con nótula propia en Gente del Puerto, como no recordar al coche de su propio nombre que conducía Antonio Camacho, todo un lujo para la chavalería de los años 50 ya que nos montábamos y paseábamos cada vez que Antonio o su hijo Rafael se descuidaban. Precisamente, el coche de Antonio Camacho transportó el mobiliario y enseres del propietario de la Taberna Perchiu, “Escobalito” desde Sanlúcar de Barrameda hasta El Puerto, donde residió con su familia en una de las viviendas de la desaparecida Barriada 18 de Julio, situada en las proximidades de la Plaza de Toros, calle Valdés y Hospital Santa María, estando también próxima al Colegio de la SAFA.

En la Taberna de “Escobalito” se daba cita la marinería sanluqueña que también aprovechando la bonanza que proporcionaba la pesca se trasladaron a vivir a El Puerto, como fue el caso de mi familia paterna. La extraordinaria afición de “Escobalito” a los pollos ingleses hizo que en la trastienda los custodiara, favoreciendo con ello la presencia de aficionados a los gallos. No debo olvidar los ricos altramuces que ofrecía a los niños, mientras los mayores conversaban y saboreaban la exquisitez de la manzanilla de su tierra y los buenos vinos de El Puerto. /Texto: Antonio Carbonell

 

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