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| La entrada al paseo de la Victoria, en 1905.

Un verano con teatro no precisamente al aire libre, con un corto plantel corridas de toros y muchísimos veladores hasta los topes de personal. En aspectos someros no hemos variado mucho respecto a nuestros bisabuelos. El botellón lo recambiaban entonces por paseos al atardecer de la bajamar, café, copa y bailes castos por las esquinas. A las bicicletas de entonces, se suman los patinetes de hoy. El ocio era más limitado, pero rebosaba de esa ingenuidad de principios de la pasada centuria, cuando las guerras y las hambrunas no había hecho tanta mella en la sociedad. Europa se desperezaba para el progreso y los horrores, extraña pareja que resume el siglo XX.

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