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José María Giráldez Deiró. Aquel boticario que hizo barrio en la Zona Norte #6.632

El farmacéutico que no confundió el mostrador con un negocio

| José María en el puente de mando del desaparecido vapor ‘Adriano III’. Una imagen que define la personalidad del boticario que eligió la calle Navegantes para montar su farmacia

En junio de 1976, José María Giráldez Deiró abrió la primera farmacia del extrarradio norte de El Puerto de Santa María en una zona que aún estaba por construir. 50 años después, el barrio que creció a su alrededor recuerda a un hombre que nunca confundió el mostrador con un negocio.

 | Texto: Rafael Morro Rascón

Hubo un tiempo en que El Puerto terminaba bastante antes de lo que hoy marcan sus avenidas. Más allá de la estación de tren y de la Venta Millán arrancaba otro éxodo: el de muchas familias que dejaban atrás las casas de vecinos del centro para mudarse a pisos de nueva construcción. La barriada, ese extrarradio que iba ocupando poco a poco el lugar de lo que antes era casi campo. Allí, en junio de 1976, abrió sus puertas la Farmacia Giráldez. Medio siglo después, el establecimiento sigue formando parte del paisaje cotidiano de la Ciudad, pero su origen fue la apuesta personal de un farmacéutico llegado desde Utrera que acabaría convirtiéndose en un portuense con corazón utrerano.

| El carnet colegial de José María sellado el 1 de junio de 1976. Firmado por el propio boticario, representa el documento fundacional con el que, apenas unos días después, levantaría por primera vez la persiana de la calle Navegantes.

José María no llegó buscando comodidad. Procedía de una respetada saga de farmacéuticos de Utrera y era el mayor de nueve hermanos. Su padre y su abuelo habían ejercido el oficio antes que él, y todo apuntaba a que continuaría la tradición en su tierra natal. Prefirió, sin embargo, abrirse camino por sí mismo. Estudió entre Granada y Pamplona, trabajó en Sevilla para una cooperativa farmacéutica y, cuando surgió la oportunidad de abrir botica en El Puerto, apostó por una ciudad de la que se había enamorado en los veranos de su infancia en la Bahía.

Capeando el temporal en tierra firme

| La farmacia original en la calle Navegantes.

Aquella singladura comenzó mucho antes de abrir la persiana. Durante meses pagó el alquiler de un local en la calle Navegantes que apenas era un espacio vacío entre pilotes, escombros y materiales de obra. Los trámites se prolongaron más de lo esperado y la apertura exigió paciencia, fe y mucha resistencia. Quizá por su querencia al mundo de la mar, tan ligado a El Puerto, José María afrontó aquellos comienzos en esa calle Navegantes, con la templanza de quien gobierna un barco en aguas bravas. En mitad de aquella zozobra nunca estuvo solo: su mujer, Rosario García de Góngora, fue su puerto seguro. También encontró amigos que le ayudaron a mantener el rumbo; entre ellos, el farmacéutico Berbel, cuyo respaldo siempre recordó con gratitud.

 Don José, el boticario

| Una instantanea de José María y Rosario de recién casados durante su etapa en Sevilla. En este momento capturado, El Puerto de Santa María era todavía un horizonte lejano en sus vidas, sin imaginar la profunda estirpe que acabarían creando en nuestra Ciudad.

Con el tiempo, la farmacia creció al mismo ritmo que el barrio. D. José, como le llamaba todo el mundo, resolvía con paciencia y humor las consultas del día a día: la barrita inhaladora que no funcionaba porque no le habían quitado la tapa, el supuesto atún verde que en realidad era el jabón Tantum Verde o las recién paridas que pedían un calmante para "el dolor del tuerto" cuando lo que sufrían era el dolor de entuerto. D. José sonreía, traducía el problema y encontraba el remedio. Por eso se definía con orgullo como un boticario de barrio: conocía a las familias, sabía quiénes eran los padres, los hijos y los abuelos, y anteponía siempre la cercanía a cualquier otra cosa. Detrás del mostrador se fue consolidando también un equipo muy querido, con Mari Carmen Becerra como primera empleada y Chema como auxiliar de siempre, el rostro más reconocido de la casa.

| Una estampa de los ochenta con la Farmacia Giráldez como eje y referencia de la
Zona Norte. Frente a la persiana del bar vecino, los niños se congregan ante un
escenario improvisado de disfraces. Al fondo destaca el descampado de un mapa en
expansión donde aún no se había levantado el instituto José Luis Tejada. Un valioso
testimonio que integra la botica en el paisaje urbano y en las fiestas populares
portuenses.

Fuera del mostrador, José María también supo rodearse de buena gente: con Luis Benjumeda y Mercedes Muñoz comenzó compartiendo oficio y acabó compartiendo mucho más. Rosario los define con una frase sencilla: “fueron la familia que encontraron en El Puerto” cuando llegaron a la ciudad. Aquel mostrador de antes, con su cenicero para las colillas, habla también de otra época: menos vistosa, pero mucho más humana.

La brújula de su vocación

| José María Giráldez Deiró, boticario por convicción, sonriente tras el mostrador que levantó con esfuerzo a partir de junio de 1976.

Ajeno a las apariencias y profundamente práctico, el lujo para José María nunca se midió en palos de golf o en coches. Su verdadero patrimonio era su familia, su comunidad y su botica, junto a esas pasiones que realmente le llenaban la vida: el Betis, la música clásica, el flamenco y el carnaval gaditano. Tenía además una cualidad poco común: se movía con la misma naturalidad ante cualquier condición o ideología. En la farmacia, como en la vida, el mostrador siempre fue el mismo para todos.

Durante años, una libreta guardó las deudas de los vecinos con dificultades. José María jamás lo consideró un problema: prefería dejar dinero en la calle antes que desamparar al barrio."

Su auténtica vocación estaba en el contacto con la gente, algo que confirmó tras su breve paso por un laboratorio de análisis clínicos en la avenida del Ejército: su lugar no estaba en el negocio de la salud, sino en su despacho de la botica. Aquella cercanía se convirtió en una forma de entender su vocación. Durante años, una libreta guardó las deudas de los vecinos que atravesaban dificultades económicas. Algunos pagaban cuando podían; otros nunca llegaron a hacerlo. José María jamás convirtió aquello en un problema.

| En la calle Navegantes estableció la farmacia, cuando el barrio estaba en crecimiento

Su generosidad nacía también de unas profundas convicciones cristianas. Durante años desempeñó responsabilidades en la Iglesia Mayor Prioral, dentro del Camino Neocatecumenal, dedicando incontables horas a la evangelización y al acompañamiento de matrimonios y jóvenes por distintos pueblos de la provincia. Esa fe le dio también la serenidad con la que afrontó los problemas de salud que padeció durante años, sin perder nunca el sentido del humor.

Al despedirle en el cementerio, una desconocida confesó el secreto: él pagaba en silencio las medicinas de su hijo enfermo.”

El mejor retrato de quién fue realmente apareció el día de su muerte el 8 de marzo de 2012. Mientras su familia se despedía de él en el cementerio de El Puerto un día después, una mujer desconocida se acercó a su viuda Rosario para revelarle un secreto: años atrás, su hijo había padecido una grave enfermedad y ella no podía costear las medicinas. José María las había pagado de su propio bolsillo sin decir nada en casa y sin buscar el reconocimiento de nadie. "Su marido tiene que estar en el cielo", sentenció aquella mujer.

De Utrera a la Bahía: raíces que continúan hoy

La llegada en 1976 de José María Giráldez Deiró y su esposa, la también utrerana Rosario, no solo transformó el mapa del extrarradio; también activó un entrañable "efecto llamada" familiar que tendió un puente definitivo entre Utrera y la Bahía. Tras sus pasos, los suegros de José María se instalaron en la ciudad junto a otros miembros de la familia García de Góngora. El vínculo con esta tierra fue tan pleno que los padres de Rosario vivieron, fallecieron y hoy descansan enterrados en El Puerto, donde su hijo menor, José —el pequeño de los hermanos—, sigue residiendo y haciendo vida a día de hoy en nuestra Ciudad.

El Puerto propició además nuevos lazos locales, como el matrimonio de su cuñado Alfonso García con la portuense Antonia Ríos, que trabajó muchos los en el área de urbanismo del Ayuntamiento, sumando tres nuevos eslabones a la ciudad. Incluso el entorno de José María sucumbió al encanto local: su hermano —eminente farmacéutico de prestigio nacional y que fue director de la Clínica Universitaria de Navarra— fijó en El Buzo un refugio costero que sus hijos y nietos siguen disfrutando fielmente cada temporada.

| Su viuda Rosario García de Góngora, sus hijos (José María el titular actual de la farmacia, María del Rosario, Beatriz, Raquel y Joaquín), hijos políticos (Ana Romero, Rafael Morro, Francisco Javier Ferrete, Luis Vázquez) y sus 19 nietos ( Jose María, Juan, Álvaro, Pablo, Julio y Miguel / Rafael, Inés, Lucas, Clara y Rosario / Francisco Javier, Gonzalo, Nacho y Beatriz / Luis, Marta, la recordada María y Antonio). José María llegó de Utrera pero echó raíces para siempre en El Puerto.

Con todo, el verdadero corazón de este arraigo late en la familia matriz que José María y Rosario fundaron en la Bahía. Sus cinco hijos (José María, María del Rosario, Beatriz, Raquel y Joaquín) y sus respectivos hijos políticos (Ana, Rafael, (quien firma esta nótula) Javier y Luis) han sido el motor de una estirpe profundamente portuense. El broche de oro lo ponen sus 19 nietos, quienes hoy viven, crecen y hacen comunidad aquí, demostrando que aquella antigua botica de la calle Navegantes sembró el futuro de una familia que hoy es parte indisoluble del corazón de la Ciudad.

El timón de la segunda generación

| El equipo de farmacia que hoy continúa su singladura de la mano de su hijo José María

Hoy, la Farmacia Giráldez continúa su singladura de la mano de su hijo, José María Giráldez García. Quien firma estas líneas, tras haber tenido la fortuna de ser acogido en esta familia y conocer de cerca la generosidad silenciosa del fundador, sabe bien que la botica queda en manos de un magnífico marinero que —paradojas del destino— ejerce con paso firme como patrón tanto en la botica como en la mar.

| La farmacia cambió de lugar y renovó por completo su diseño.

Con la certeza de que este rumbo seguirá llevándolos a buen puerto, es evidente que aquel mostrador original —donde en los inicios solo había un cenicero dispuesto para la confidencia— cambió de lugar y renovó por completo su diseño, pero jamás su espíritu. Medio siglo después, permanece intacta la memoria de aquel boticario que llegó cuando el barrio estaba por hacer y ayudó a levantarlo con cercanía, humanidad y oficio.

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