Entrevista publicada en Diario de Cádiz, en el año 2000, a Manuel Jarque 'Chicharito'.
--A falta de dos meses para la feria ya tiene montada su caseta, que regenta este año su hijo Juan Antonio. ¿no está usted ya muy harto de la feria ? --Por supuesto, los años no perdonan y ya estoy mayor para tanto jaleo.
--Resúmame en dos frases su vida. --Desde los 14 años y hasta mi jubilación trabajé en el Ayuntamiento. Durante 60 años he estado en el Portuense como masajista.
--Y ahora ¿qué le une al Rácing? --Pues toda una vida ¿le parece poco? Ahora mismo sigo estando disponible para toda la ayuda que haga falta al club de mis amores.
--Para que el Racing Portuense ganara una copa de la UEFA usted sería capaz de… --¡¡Todo!!, pero de verdad, todo. Por ahora nos tenemos que imaginarlo en la 'pleiesteichon' de mi nieto.
--Pues pida usted otro deseo que quiera que se convierta en realidad.?- --Pues que el actual presidente nos dure muchos, muchos años. Me refiero por supuesto al presidente del Racing, José Cuevas.
--¿El ascensor futbolístico este nos llevará a la planta segunda, la segunda b? --Por supuesto, vamos para arriba. El año que viene estaremos en 2ª B y ya veremos si logramos estar en la 2ª A. Lo que también espero ver con mis ojos es el nuevo estadio, el que merecemos. Por cierto, cerquita de la Feria.
--Supongo que le gustará la ensaladilla con chícharos, con muchos chícharos. --Sin duda, está riquísima, los chícharos dan un sabor requetebueno. Los chícharos es que están buenos con todo, y se llevan bien con todo.
--Y los 'chicharitos' se llevan bien con todo el mundo --Con la buena gente al menos, sí.
--¿Cuando sale la primera ración de menudo? Ya mismo. --La primera olla está a punto de llegar de mi casa y estará para chuparse los dedos. La Feria ya la hemos inaugurado a nuestra manera.
De izquierda a derecha, Lola Muñoz, madre de los Nimo (José Luis, Ramón y Lola); Maruja ‘la del Puesto’ (tenía una pequeña tienda de primera necesidad); desconocida; Milagros González Tinoco, 'Güindate' (suegra de Miguel González, de Espumosos Valdelagrana, con nótula 351 de Gente del Puerto); Milagros Gómez Barroso, gran maestra costurera, conocida como ‘La Ceferina’ por su relación con los Ceferinos, del desaparecido Bar El Refugio, que estaba en la calle Ganado, donde hoy Muebles Palomino, y que tiempo atrás fue un café-cantante); Carmela ‘la de Titi el Carpintero’ (vivía en la calle Santa Clara); Angelita Ramírez, otra gran maestra costurera, que tenía el taller en la calle Cielos 64, antiguo, esquina casi con Cervantes, madre del respostero Pepe Mesa, con nótula núm. 242 en Gente del Puerto. Estaba especializada en trajes de cristianar, de comunión y de bodas); desconocida y Consuelo Moreno.
En aquellos años del primer tercio del siglo XX no existían tiendas de moda, ni grandes cadenas de tendencias. En las casas se cosía en solitario, o en grupos, dirigidos por una maestra. Allí se decidía cual era la moda femenina a seguir en El Puerto de 1928, año en el que está fechada la fotografía, tendencia que se seguía a través de revistas y periódicos o copiando prendas que llegaban del exterior. La fotografía está tomada en la casa donde estaba el refino de Lolita y Serafina, en la calle Luna.
Las niñas, con 11 o 12 años entraban como aprendizas en los talleres de costura, sin cobrar. En unos casos aprendían corte y confección, en otros se profesionalizaban en el mismo taller o se establecían por su cuenta, en sus casas, algunas alcanzando la categoría de oficialas, o ya como maestras. Eran tiempos en los que las niñas no iban al colegio, en las casas aprendían a cocinar y las tareas domésticas y el hecho de colocarse de aprendiza era todo un privilegio.
La casa donde se encontraba el Taller de Costura, en el número 57 actual de la calle Luna, donde estuvo durante muchos años la tienda de Tejidos La Concepción, propiedad de José González Vacas, último propietario, que estuvo al pié del cañón hasta casi el final de su vida y con él se cerró el negocio y se reformó la finca con el aspecto que hoy presenta. El local era conocido como el Refino de 'Lolita Serafina', (Dolores García de Quirós) casada con Vicente Acal, primeros dueños de la tienda de tejidos.Este matrimonio al no tener descendencia, le traspasaron o cedieron la tienda de tejidos a José González Vacas, antiguo trabajador de la misma y más conocido como Pepe Vacas, hijo de José González y María Vacas, antigua sastresa, que vivían al principío de la calle Zarza.
Nuestro agradecimiento a Pepe Mesa, por su aportación tanto de la fotografía principal que ilustra esta nótula, como de los datos de identificación de la misma.
Antiguos alumnos de SAFA, con el que fuera director del Centro, Antonio Ariza.
He leído en algún sitio que la tasa de empleo de los titulados en Formación Profesional en Andalucía es del 90 %, porcentaje que supera con creces el de universitarios ocupados. El mercado laboral acoge, con los brazos abiertos, a electricistas y carpinteros, pero les niega el derecho de admisión a maestros e historiadores. Universitas inoperantium officina est: la universidad es una fábrica de parados (en traducción de Emilio Flor que, como todos ustedes conocen, sabe latín).
La capacitación para el desempeño cualificado de una profesión parece el camino más corto para ingresar en la murga de los currelantes. Se alegra uno del merecido prestigio de la Formación Profesional: antes de pisar las frías aulas de la Universidad, tuve la suerte de ser alumno de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia. En mis tiempos, salvo honrosas excepciones, el que acumulaba virtudes académicas que hacían presagiar una brillante carrera como hombre de provecho, cursaba el Bachillerato Unificado Polivalente. El que "no servía para estudiar" y aún estaban en edad de merecer atención escolar, desembarcaba en los talleres de la Plaza de Elías Ahuja.
Yo entré en SAFA en el curso 1977-1978, en la rama de Administrativo y Comercial. Contradiciendo la opinión de mi tutor, opté por la FP buscando aprender un oficio que, en poco tiempo, me permitiera emplearme en alguna oficina y así poder ayudar a reflotar nuestra maltrecha economía familiar. Pocas veces en mi vida he tomado una decisión más acertada: le debo a aquellos maravillosos años el privilegio de poder contar con un puesto de trabajo que hoy me proporciona una situación laboral estable y desahogada.
Vinieron luego estudios de más enjundia, carreras universitarias que certificaron que sólo sé que no se nada, pero fue aquella formación, basada en el saber hacer, la que me libró de pasar los lunes al sol. La contabilidad, la taquigrafía, las prácticas de oficina, la estenotipia (que descubrimos que no era una enfermedad sino una asignatura) y, sobre todo, la mecanografía, fueron la llave maestra que nos abrió las puertas de muchas empresas.
El Padre Martínez, S.J. en una foto tomada en su 68 cumpleaños.
Todavía hoy, coloco los dedos en el teclado del ordenador y oigo la voz del Padre Martínez diciendo "ya"; el crepitar metálico de aquellas Olivettis 98; el ring que anunciaba que nos acercábamos al margen derecho; el acento, que a veces se atascaba. Y nuestros dedos como galgos, acortando el tiempo, achicando los textos, enfermos de velocidad y pulsaciones. (Texto: Pepe Mendoza).
El seráfico amor por los animales y los seres de la creación de San Francisco de Asís, se ha convertido en cosa de la izquierda por causa de los ecologistas. Y es que se cree, por cierto equivocadamente, que para ser ecologista hay que ser izquierdoso. Pues no. La Iglesia que es Madre y Maestra, en casi todo, lo es también en el ecologismo. No hay que olvidar, además que la Iglesia ha subido a los altares, a una serie de animales compañeros de los Santos: San Antón, con el cochinillo, San Roque con su perro, Santiago, San Matrtín y San Jorge con sus caballos, San Juan, con su águila, San Humberto con su ciervo, San Pablo ermitaño con su cuervo, San Jeremías con un león, San Isaac, con el carnero, San Pedro con el gallo, San Marcos con su león, San Lucas, el toro y hasta el Espíritu Santo en forma de paloma.
Una prueba palpable de ecologismo es nuestra Iglesia Mayor Prioral. Hay que ver con cuánto mimo se conservan, uno y otro año, los musgos, los hongos, las higueras, el culantrillo, en las grietas de los muros, en las gárgolas góticas, en los cuadrifolios del ábside y en todos y cada uno de sus elementos arquitectónicos.
Hay que ver con qué primor se cuidan las colonias de cigüeñas, las de vencejos, las de primillas, las de lechuzas, las de palomas, las de panarrias que sientan sus reales en las cubiertas, en los huecos, en los caracoles y en todos y cada uno de los recovecos del templo. Hay que ver cómo las panarrias vuelan a sus anchas, defecan a placer y se esconden en cualquier resquicio de las naves o de las capillas de la iglesia. En cuanto a las ratas, es lo cierto que la jerarquía desoyó las consignas ecológicas y dispuso su eliminación. Pero no por esto último hay que afear a la Iglesia de ir contra las consignas del ecologismo militante. No hay lugar de la Santa y Consagrada Iglesia Mayor Prioral de esta Ciudad, Monumento Histórico Artístico, hoy B.I.C., que no tenga su parcela ecológica bien cuidada y abastecida.(Texto: Luis Suárez Ávila).
Fotografía tomada a principios de los años 60 del siglo pasado en un Fin de Año. De izquierda a derecha: Milagros Castro Utrera, Manolito ‘el Cochino’, Juan Luis Carrillo Lucero y su esposa, María del Carmen Álvarez Serrano, conocida por ‘Puchi’ hija de Rafael Álvarez y cuñada de Ricardo Palacios Mena, de Vulcanizados Ricardo SL, fallecida recientemente.
Algunas veces entro en Gente del Puerto, y me gusta curiosear sobre los comentarios que he hecho sobre determinadas personas. Al entrar en la nótula de Don Manuel Gutierrez Morillo, he visto en una fotografía que está Manolo con su esposa Milagros y Juan Luis Carrillo Lucero con la suya.
Pero, después de vista la fotografía en la que aparece Milagros Castro Utrera, bella mujer, mi mente me trae recuerdos de cuando, esta señora tuvo el puesto de pescado en la Placilla.
El puesto era un primor, sólo se abría por la tarde, estaba decorado con unas cestas de mimbre adornadas con verduras y en ellas colocados con gran delicadeza y buen gusto salmonetes, lenguados, acedías de Sanlúcar, pijotas de Quinitra, etc, y Milagros en el centro con su sonrisa aconsejándonos a los que comprábamos, que lástima que Juan Lara no pasase por allí, hubiera pintado un bodegón extraordinario.
Hago este comentario, porque a mi juicio, creo que no sería justo en alzar solo la figura de Don Manuel, porque al tratar a Milagros su forma de vender, su talante de buena persona, su honradez, tratando de vender no lo más caro, sino lo mejor, hago la reflexión que detrás de un buen hombre, había una gran mujer y Milagros lo fue.
Que lástima que de forma prematura y cruel dejara huérfana a su familia.
Por eso Don Manuel, permítame que nuevamente que brinde con Vd. y levante una copa imaginaria por Milagros. (Texto: Francisco Bollullo Estepa).
Manuel Gutiérrez Morillo, Manolito ‘el Cochino’; su esposa Milagros Castro Utrera, , María del Carmen Álvarez Serrano, conocida por ‘Puchi’ hija de Rafael Álvarez y cuñada de Ricardo Palacios Mena, de Vulcanizados Ricardo SL y su esposo Juan Luis Carrillo Lucero, con un grupo de amigos en el mismo sitio y año de la fotografía anterior.
Calle de Diego Niño, un marinero de procedencia onubense afincado en nuestra Ciudad; por cierto que Niño es apellido. Otros nombres de la vía fueron Conde de Guevara, y Salinera.
CALLES DE EL PUERTO.
Dedicado a Manuel Martínez Alfonso.
Alcalde de El Puerto de Santa María.
Arcos, Arena, Aurora,
la de la Cantarería,
Capillera de los Cielos,
la calle de la Cruz Verde,
de la Chanca. Los Descalzos.
Del Durango. De Espelete.
De Jesús Cautivo. Larga.
De la Luna. Los Meleros.
La de las Misericordias
--antigua y nueva--. Los Moros.
La calle de la Mostaza.
Calle de las Neverías.
Del Palacio. De la Palma.
¡Calle de los Pozos Dulces!
Pozuelo. Puerto Escondido.
La calle de la Ribera
del Río. La de la Rossa.
La de San Bartolomé.
San Juan y San Sebastián.
La calle de Santa Fe
y la de Santa Lucía.
Calle de Santa María.
La del Sol. La de Valdés.
Del Vicario y de la Yerba.
(Por su orden están, Manuel).
Pilar Paz Pasamar. Octubre de 1976.
Calle de San Francisco. Por otros nombres antiguos, como Portería de San Francisco o Portería, cuyo orígen está en el convento del mismo nombre existente en la calle.
Calle de Santa Lucía. Debe su nombre a la ermita del mismo título que estaba situada donde figura ahora Motos Marín y daba nombre a las dos calles con las que formaba esquina. Para distinguir una de otra, se denominaba "Santa Lucía la Ancha" a la Santa Lucía actual y "Santa Lucía la Angosta" a la actual calle Durango. Representaba al gremio de los zapateros, aunque tambén es patrona de los ciegos y de las costureras. Otros nombres fueron Diego de la Fuente y Ampuerro.
Calle de la Misericordia. El nombre lo toma de la ermita del mismo nombre, luego vendría el hospital y el convento, luego colegio hoy en desuso como tal. Otros nombres fueron Don Critóbal, Juan de Lepe, calle del Aceite, calle de Salvador Cerrato. Otros nombres fueron San Agustín y Dormitorio de San Agustín, y Botica de San Juan de Dios, Py y Margall, y Rufina Vergara.
Plaza del Castillo. También se llamó de Alonso el Sabio. Es, junto con la Prioral y la Plaza de Toros, uno de los tres monumentos más significativos de El Puerto. El monumento a Juan de la Cosa, el cartógrafo que hizo el primer mapa mundi en 1500, se encuentra en un lateral del mismo, en otro, un busto del rey Sabio.
Plaza de la Herrería. También fue llamada Plaza de la Portezuela y Caño de la Villa. Juan Vega Cordonero y Federico Ferrer.
Calle Rivera. También se llamó Ribera del Río y Calle Mayor en el siglo XVIII.
Calle de la Chanca. Por la existencia de una chanca o fábrica de salazones de pescado y/o también secadero y almacén de pescados. Otras denominaciones fueron Ribadesella, de los Sistos, Cruz de los Calafates, Polvera e Imagen.
Calle del Espíritu Santo, por el convento existente de la Orden de Comendadoras del Espíritu Santo. Hoy sigue siendo convento de clausura y colegio de educación concertado.
Calle de la Zarza, inspirada en este arbusto desagradable. Se llamó también Corral Viejo de las Vacas, Juan Márquez, Casares Quiroga y cardenal Almaraz.
Calle de Santa Clara. 'De Santa Clara p'arriba' era ir conducido al cementerio... inspirada su nomenclatura por la ermita del mismo nombre existente frente al camposanto. Otras denominaciones para la vía fueron Misericordia, Catalina Reyes la Portera, Cielos y Carmen Pérez Pascual.
Calle de San Sevastian. o de San Sebastián. Uno de los patronos de la Ciudad, junto con San Francisco. No constan otros nombres en los nomenclator consultados.
Calle de San Juan. Debe su nombre a la iglesia de San Juan de Letrán, existente en el sitio donde se encuentran las viviendas de los marinos, en las proximidades del Ejido de San Juan. También se denominó Calle de los Clérigos. Calle Juan Suárez Clérigo y Plaza de San Juan de Malcozinado. General Torrijos fue la denominación que tuvo durante la II República. Conocidos también y recordados por muchos la fuente y el Pilón de San Juan. El poeta José Luis Tejada dejó escrito: 'Calle de San Juan arriba/ de tanto quererte, tanto,/ cuesta abajo se me hacía'.
Calle de Pan y Naranja. Es la calle o callejón de Espelete. También se llamó calle Nueva.
Mostramos imágenes de una selección de azulejos del siglo XVIII, cuando se encontraban en su emplazamiento original. (El reportaje gráfico es de Carlos Pumar Algaba).
En estos días se están reponiendo en sus emplazamientos, copias de los azulejos históricos con los nombres de las calles que datan del siglo XVIII, cuyos originales fueron retirados en 2005 para evitar su expolio y robo, como ocurrió con ocho de estas piezas entre mayo y junio de dicho año, que al final pudieron ser recuperadas por la Policía.
Calle de Palacio o Palacios. Nombre tomado del Palacio de Medinaceli. en el primer caso y también aludiendo al número de Casas de Cargadores a Indias existentes en dicha calle. Tuvo también las siguientes denominaciones: Calle del Arco, Calle de los Oficiales, José Navarrete y Reyes Católicos.
Calle del Pagador (Natera). Eduardo Palou Flores, clérigo insigne, Doctor de la Iglesia, con cuyo nombre rotularon la calle “Pagador Natera” (Pagador actual), donde estaba ubicada la casa familiar de estos otros Palous, que pasó a llamarse desde 1895 hasta 1979, “Doctor Palou”.También se llamó Fernando Riquelme y San Elifonso (San Ildefonso?).
Calle del Pozuelo. También fue rotulada como Yzco, Yeso, Bartolomé Rodríguez y en la actualidad lleva el nombre de un ilustre hijo de El Puerto: Federico Rubio y Galí.En la parte alta de la vía se encuentra el Palacio de los Marqueses de Villarreal y Purullena (o lo que queda de él, saqueado y restaurado en el siglo XX).
Calle del Ganado. Por donde entraba el ganado a la ciudad para ser llevado al mercado o al matadero existente en la trasera de la actual Casa de los Leones. Estuvo dividida en dos tramos: desde la Avda. de Sanlúcar a Larga: Sangarriana o Zangarriana (que significa bulla, jaleo), Marín de Cubas, Cruz del Ganado, Cruz de la Espartera Estaque, Esquivel y desde Larga a la Plaza de la Herrería, Caño de la Villa, Espartera, Diezmos, Tinte y Mostaza o Moztaza. Luego vendrían los inevitables denominaciones de políticos: Práxedes Mateos Sagasta y José Calvo Sotelo.
Las losetas originales fueron desmontadas por técnicos del Servicio Municipal de Restauración y Conservación en de Bienes Culturales hace cinco años de las esquinas de las casas históricas que las contenían, para evitar el robo sistemático que amenazaba con dejar el casco antiguo sin esta valiosa herencia que contenía nombres del nomenclator que se pierden en la memoria. Las réplicas han sido encargadas en el taller de la ceramista gaditana Teresa Posada, y finalizadas en el año 2008, en un trabajo que respeta los originales, con el mismo grosor y tipo de letras, esmaltado en color y cocido al horno a altas
temperaturas, con la salvedad de que estas piezas llevan unos agarres en el anverso, para dificultar una hipotética sustracción.
Calle Larga. Va de Suroeste a Noroeste, a lo largo del casco histórico. Es una de las calles principales de la Ciudad, acaso la primera. Por tramos, recibió diferentes denominaciones hasta llegar al de Larga: Alhóndiga, Portería de las Monjas, Mercaderes, Julián de Albaraa, .. siendo en la actualidad compartido con Virgen de los Milagros.
Calle de Luna. La Luna llena aparece con toda su fuerza lumínica y tamaño cuando sale sobre el río, contemplándose desde la Plaza de Juan Gavala. Se llamó también calle de Juan Canelas, Calle Génova, Calle Santa Lucía, Calle Olivera, Calle que va a la Carnecería, Juan de Luna, Picazo y por tramos también recibió diferentes nombres. A finales del S. XIX recibió el nombre de Cánovas del Castillo. En 1936, José Antonio Primo de Rivera, retornando a su actual de Luna.
Calle de Sol, que luce con todo su esplendor. Se llamó también Calle de la Vizarrona y Rinconada de la Vizarrona. General Ximénez de Sandoval.
Calle de Cielos o Cielo. Se llamó también Caballerizas del Rey, Federico Laviña, Molino de Romero, Rafael Guillén y, durante la dictadura se llamó General Mola.
Las piezas originales, las 25 desmontadas y otras 8 recuperadas por la Policía, se conservan en depósito en el Museo Municipal,aunque posiblemente algunas sean expuestas en sus salas, dado su valor histórico artístico.
Calle de la Nevería. ¿Existía un almacén de nieve o era una calle sombría?. Un original nombre de la calle fue Manga de Gabán,; otros Pelota, Alonso Carvajal, Panadería, Concepción, Castelar el político y orador y el definitivo de Pedro Muñoz Seca.
Antonio González Morillo, conocido por el sobrenombre de su familia ‘Guindate’, a sus casi 95 años tiene una memoria prodigiosa. Conduce su coche a diario. Toma el café con los amigos en el Bar el Brillante, en las inmediaciones del mercado y luego se pega su partida de dominó con los amigos en la Peña Madridista, en la calle San Juán. Una costumbre que practica a diario. Es una persona culta, leída, y con una interesante filosofía de vida --él, que ha vivido tanto-- y que comparte con quienes tienen la oportunidad de estar un rato en su compañía.
Antonio nació el 2 de diciembre de 1916 en el Ejido de San Juan, cuarto de los cinco hijos de Gabriel González Franco, hermano del Manco de los Cuatro Mil Reales, con nótula 495 en Gente del Puerto, y de Mercedes Morillo Teja. Antonio recuerda que su hermana Milagros falleció el año pasado… Aprendió a leer y a escribir en el campo, en pocos días, enseñado por su padre y «por un hombre que venía por allí, pero que estuvo poco tiempo con nosotros, no teníamos dinero…» Fue un discípulo aventajado como él mismo afirma. Eran las épocas de las novelas por entregas y su tía le dejó novelas y libros, lo que le convirtió en «un lector de primera categoría» que leía a la luz de los carburos, antes de la II Gran Guerra y luego a la luz de los reverberos.
De pequeño su familia se fue a vivir a un campo por Rota, trabajando en La Dehesilla, pero al enfermar su madre regresaron a El Puerto, estableciéndose en el Cortijo de Las Cañadas, por el Pago Balbaína, tierras que se encuentran desde la Prisión en dirección a Sanlúcar. Aquí se apresura a señalar Antonio que dicho nombre viene de Balbo, el romano y, según afirma son las mejores tierras, en las que en su día se aposentaron los romanos.
Hizo el servicio militar entre Camposoto y Córdoba, --aunque fue dilatando su incorporación a filas por unas hernias, al final no se pudo librar-- y estuvo en el frente a finales de 1938, durante la contienda civil, aunque lejos de las trincheras pues estuvo destinado con el Parque Móvil de la Maestranza de Artillería.
Antonio y su mujer, Cristobalina, en una foto de finales de lo cuarenta del siglo pasado.
En Las Cañadas viviría hasta 1965, año en el que se trasladaría a a la finca de Pozo del Tejar, muy cerca del puente de la variante a Rota, a cuya casa de cortijo le pondría ‘Villa Tobalina’, por su mujer, Cristobalina Teja Huerta, fallecida hace 8 años. «Vivimos una vida feliz», recuerda Antonio con añoranza. Allí puso una granja de pollos y allí continúa viviendo, desde que se prejubiló a los 55 años. Y es que Antonio afirma que para ser feliz hace falta no tener problemas. Y el campo da muchos problemas, hay que estar muy pendientes. Y reflexionó que tras una vida de trabajo en el campo bien se merecía un descanso. Y hasta ahora.
'Villa Tobalina', en la finca del Pozo del Tejar, por la variante de Rota, a la altura del puente.
Amigo de Manolo el del bar ‘Er Betis', ya desaparecido, de ‘el Chupito’ que tenía un puesto de pescado en el Mercado de Abastos, juega sus partidas con la gente del campo, con los Quirós, en el Bar Brillante, donde para a diario. Y guarda un buen recuerdo de un compañero de milicias: Aramburu Picardo. CONTROVERSIAS CON LA PRIMERA FERIA DE GANADO.
Las ferias de ganado dejaron de celebrarse en nuestra Ciudad en 1916, en septiembre, ante la decadencia y falta de negocio de las mismas, y que se remontaba a los privilegios alfonsíes y el fuerte empuje que alcanzó en el siglo XVIII. Hasta después de la Guerra Civil no se celebraría la Feria de Primavera, como hoy la conocemos, concretamente hasta 1945. Empero, dos años antes, en el Coto de la Isleta, durante los años 1943 y 1944, se celebraban unas ferias de ganado, según documentación que obra en el Archivo Municipal. (En la imagen, Antonio González Morillo, 'Guindate', en 1940).
Pero Antonio González Morillo, Antonio Guindate, afirma a sus 94 años, y en ello están los investigadores de la historia más reciente, que la primera feria de ganado, tras 1916 y después de la Guerra, fue en 1942 y que él fue testigo de la misma, con 26 años de edad. Lo cuenta en el vídeo que adjuntamos más abajo. Y nos lo contó a nosotros con todo lujo de detalles y, como siempre, haciendo gala de una memoria prodigiosa.
Corría el año 1942 y Fernando Terry del Cuvillo, apodado ‘el Levante’ por su temperamento y viveza, se propuso siendo alcalde durante su corto mandato (08-10-1941 a 03-04-1943) reinstaurar la Feria en El Puerto. En el Casino de Labradores le propuso a Gabriel González Franco, padre de Antonio, que enviara unas bestias al Coto de la Isleta, por Valdelagrana, que quería hacer una Feria de Primavera. Tenía empeño para hacerla competir con Sevilla y Jerez, y quiso situarla en medio de ambas. Y allá que Antonio y un primo se encajaron con las caballerías a la entrada del Coto. (En la imagen, Fernando C. de Terry y del Cuvillo).
Y recuerda Antonio hasta los animales y sus nombres: 2 yeguas, la torda y la castaña; 2 mulos garboso y coronela; 1 burropadre y una jaca colorá (un caballo capado), apodado el tomate, que tenía mucha barriga. Ya instalados en el Coto, llegó el alcalde con Gabriel, su padre en un coche y estuvieron hablando de caballos y ganaderías. Para celebrar la inauguración de aquella primera ‘Feria’, se acercaron a un sombrajo modesto, donde se servían bebidas, atendido por Antonio Aguilar, donde los invitó a una botella de la entonces manzanilla Maruja, cuya etiqueta, por cierto, estaba descolorida, recuerda Antonio.
Imagen de la Feria de Ganado, ya como Feria de Primavera, en 1945, en el Palmar. (Foto: Justino Castroverde).
Al día siguiente, la familia de los García de Quirós, también llevaron sus bestias al Coto. Aquella primera feria duró dos días, sin carteles, sin guardias y sin banderolas. Y Antonio, lo mantiene con su vívida memoria, mientras los investigadores bucean en periódicos y documentos de la época, para corroborar este hecho que, de momento, está recogido de forma oral de boca de uno de sus protagonistas. (Texto: José María Morillo).
Antonio, hablando de la que para él fue la primera Feria de Ganado de El Puerto, en la posguerra.
De pie, de izquierda a derecha, Lupo, Antonio Cárdenas, Guillermo Romero Rivas, Agustín Fernández González, Luis Gatica, Fernando Arjona González y Javier Rendón. Agachados, de izquierda a derecha, Felipe Bononato Saez, Abelardo Gil González, José Antonio Lojo Rodríguez y Juan Romero Rivas.
Partido ‘amistoso’ de fútbol disputado en la Plaza de Toros, entre los empleados de la antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Cádiz (hoy Unicaja), contra los taquilleros de la Plaza. (Foto Fariñas. Colección Vicente González Lechuga).
El autor del libro De cuando Vargas Llosa noqueó a Gabo y otras 299 anécdotas literarias, Luis Fernández Zaurín, considera que "el género del anecdotario es habitual en la literatura anglosajona, pero raro en nuestra literatura" y por esa razón decidió recopilar en un libro anécdotas de autores clásicos y de escritores contemporáneos. El texto incluye las circunstancias que rodearon al poeta Rafael Alberti Merello (El Puerto 1902- ibídem 1999) cuando su nombre sonó como posible Premio Nobel Literatura.
TREINTA VINOS EN ROMA.
En 1972 pensaron en Rafael Alberti para el Premio Nobel de Literatura. Fernández Zaurín cita al abogado, empresario y militante del PCE Teodulfo Lagunero, amigo de Alberti, que en aquella época vivía en Roma, en el Trastevere -de su casa colgaba un letrero que rezaba: "No se hacen prólogos", aunque luego siempre atendía a sus interminables encargos . El escritor porteño al principio estaba emocionado con la distinción, pero cuando ya estaba todo preparado empezó a cuestionarse "qué se le había perdido en Suecia, que cómo iban a entender los suecos Marinero en tierra y su gracia gaditana".
Le concedieron otro premio que se recogía en la propia capital italiana, en la que le regalaban una treintena de botellas de vino y decidió no volar a Estocolmo, lo que terminó de enojar a la Academia Sueca. Ese es el motivo, según Lagunero, y no su militancia comunista como siempre se ha pensado, lo que le dejó sin Nobel de Literatura.
De todas formas, se desconoce cuánto le hubiera durado a Alberti el galardón, al menos en términos económicos. En su libro de memorias La arboleda perdida desvela que cuando le concedieron el Premio Nacional de Poesía, se gastó 4.000 de las 5.000 pesetas que le dieron invitando a helados, durante muchas tardes, a amigos y conocidos.
La nostálgica foto de postguerra del tramo de Larga, entre Chanca y Caldevilla, incluida en la nótula 588, ha originado una docena de comentarios, a los que quiero unir el mío. Sería Rafael Sevilla, uno de los refundadores de la Hermandad del Rocío local, en su etapa como edil, el responsable de devolver a esta gran vía porteña el mismo o similar aspecto que tuviera en su juventud, época a la que, según creo, corresponde la foto cedida por Vicente González, plantando naranjos en las aceras desde el inicio de la calle hasta la esquina con Luja. También rescató de la incuria y olvido en que se encontraba el Paseo de la Victoria, o al menos lo intentó, adecentándolo y creando una fiesta veraniega: la “Feria del Vino” que rememoraba las tradicionales veladas en aquel mismo lugar y época, antes de que fuese escenario de la feria de primavera mediado el siglo pasado. Con el paso de los años, y viendo lo que estamos viendo, estas gestiones puntuales se agigantan hasta convertirse en heroicas, dado que en las últimas décadas el ayuntamiento, mejor dicho, sus responsables, destruyen sin pudor buena parte de lo que de tradicional y genuino crearon los portuenses que nos precedieron, en función de talante o capricho de concejales y alcaldes.
Pero este no es el motivo de mi comentario, que ahora expongo. Todos y cada uno de los trece inmuebles que están edificados a sendos lados del tramo que nos ocupa de calle Larga tienen su propia “historia”, lógicamente.
En esta ocasión me voy a referir a una casa que no figura en el encuadre de la instantánea de la nótula anterior, reproducida en pequeño formato al principio de ésta. Pero que si aparece en la siguiente fotografía.
Calle Larga esquina con Chanca, a la izquierda la casa del Dr. Juan Fabra, a la derecha la casa de Vicente González Bruzón. (Foto Colección: Mata).
Calle Larga esquina con Chanca, en la actualidad. A la izquierda, la casa del Dr. Fabra, reconvertida en pisos y sede de una inmobiliaria, a la derecha la casa de González Bruzón, sede del Servicio Provincial de Recaudación. (Foto: GdP).
Hacía esquina con Chanca y, actualmente, tampoco existe. Ocupa su espacio una construcción de nueva planta, señalada con el número 54. A los que pueda interesarle, de forma muy simplificada, les relataré la pequeña gran historia de sus moradores del siglo XIX, época en la que se la identificaba con el número 110 hasta 1860 y con el 56 a partir de esa fecha.
Patio de la casa de Vicente González Bruzón. (Foto: Colección V.G.L.)
Sala de estar de la casa de Vicente González Bruzón. (Foto: Colección V.G.L.)
En 1800 la casa era propiedad de Benito del Carpio y la tenía arrendada a una señora llamada María Ahedo. Anteriormente, en el siglo XVIII, su padre, un navegante llamado Francisco de Ahedo había sido inquilino de los anteriores propietarios. Cuando los franceses invadieron la ciudad la casa permaneció cerrada. Después, en el primer tercio de ese siglo la ocupaba María del Carmen Vernacci, aunque su propietaria era Rosa Gutiérrez. La inquilina estaba casada con Mateo Cuadrado pero el marido vivía en Madrid, bien por deberes laborales o profesionales o porque estaban separados. Para ayudarse económicamente y no estar sola en toda casa subarrendó el piso bajo a la familia Diaz Noó. En total eran seis personas: el matrimonio, tres hijos y un hermano de la esposa, demente. Esta circunstancia provocó que durara poco tiempo la estancia de Francisco Diaz Noó, dependiente de comercio, al que le relevó en el subarriendo un bodeguero y extractor inglés: Francisco Headl. La moral y buenas costumbres de la época desaconsejaban que ambos estuviesen solos, así que para evitar murmuraciones se instaló en la casa su hermano Joaquín, Ayudante de Marina, la esposa de este, Dolores Moreau, quien a pesar de su apellido claramente francés, era de El Puerto de Santa María y sus cuatro hijos de corta edad. Junto con ellos, pero instalados en la planta baja, dos sirvientes.
En 1875 también compartieron la casa dos vecinos. En el piso principal o alto vivía un viudo de edad madura, natural de Guatemala, llamado Felipe De la Riva y Yela y media docena de sus hijos, con edades comprendidas entre 8 y 16 años. En realidad era viudo por partida doble. De su primera esposa, Ángeles Ruiz, tenía dos hijos que habían quedado en Guatemala con la familia materna. Los seis hijos que le acompañaban era el fruto del segundo enlace con Victorina Nicolau, hija mayor de un prestigioso abogado local, Francisco Nicolau , que tenía su bufete en calle San Juan, en la misma casa en la que lo tiene actualmente Luis Suarez Ávila, un asiduo y magnífico colaborador de este blog. (En la imagen de la izquierda, óleo del patio de la casa de Luis Suárez Ávila, pintado por él mismo, en el actual número 17 de la calle San Juán).
Uno de sus hijos varones, Rafael De la Riva Nicolau, pocos años después se convertiría en un prestigioso doctor, liberal y contestatario, que llegó ostentar la dirección del hospital municipal. Hemos querido citar expresamente esta condición de uno de los moradores de la desaparecida casa esquinera de Larga y Chanca para comprobar la analogía entre este –con un siglo de diferencia- y Don Juan Fabra, el doctor propietario y vecino de la misma, padre de las comentaristas a las que he querido informar de algunos de los habitantes que les precedieron en su casa natal.
Los inquilinos del bajo en estos mismos años eran dos dependientes montañeses y un empleado a punto de jubilarse, un asturiano de Merodio llamado Ramón Colosía.
Varios lustros después, en 1890, ocupaba la casa nada menos que el fundador de una de las pocas firmas vinateras supervivientes en el naufragio bodeguero local: Edmundo Grant Falcone. Londinense de nacimiento, había emigrado desde la capital del Reino Unido a esta pequeña pero floreciente ciudad del sur de Andalucía con solo 17 años, con el apoyo y protección de un pariente, (desconozco el grado) llamado Alejandro Grant, instalado en ésta, dedicado al comercio en pequeña escala que le buscó un empleo en el negocio de exportación de su compatriota Guillermo Oldhan, cuyas bodegas estaban en la actual calle Albareda. En la fecha que hemos citado era un anciano de 76 años y era su hijo Edmundo Grant López el continuador de los negocios familiares. Anteriormente había vivido con su familia en la misma calle, en la casa número 22, reedificada hace varias décadas por el doctor Fernández Prada, un lugar muy cercano a la empresa donde se inició en las tareas vinícolas. Es bastante probable que falleciera en esa casa, dos años después. (En la imagen de la izquierda, etiqueta de uno d elos productos de la Fábrica de Arguardientes y Licores de Edmundo Grant).
En 1895 la ocupan un comerciante y su familia. Ambos son miembros de conocidas y prestigiosas familias de la sociedad local de fin de siglo. Él, José Francisco Barreda Pérez, su esposa, Carlota Miranda Hontoria, nacida en Valencia, hija de un coronel de Caballería y tres de sus cinco hijos: Manuela y Carmen y un varón: José Barreda Miranda, que estudia en San Fernando, en la Escuela Naval. Vienen de residir en el número 41, la casa donde está ubicada actualmente una entidad bancaria, casi enfrente de la que nos ocupa.
Esta familia serán los últimos residente del siglo XIX. En 1904 están viviendo en la casa la familia Maraver Jiménez, pero eso es otro siglo. Y no quiero hacer interminable mi comentario. (Texto Antonio Gutiérrez Ruiz)
Antonio Gutiérrez Ruíz, uno de los fundadores de la hace 10 años desaparecida revista Puerto Guía, hoy reconvertida en asociación cultural de promoción del Patrimonio Histórico porteño, se ha especializado en la realización de estudios e historia de las casas portuenses. Pueden contactar con él directamente en el correo electrónico sedtel@hotmail.com
De izquierda a derecha, Alfonso Ussía, que presentó el libro; Javier Alonso Osborne, su sobrino Bertín Osborne, Carmen Fernández de Blas, directora de la editorial Martínez Roca, y Fernando González Urbaneja, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid. (Foto: Revista Hola).
En la Asociación de la Prensa de Madrid, Javier Alonso Osborne, director adjunto de «Hola», presentó un libro estrictamente histórico y memorial. ¿No queréis memoria histórica? Pues, ea, hijos míos: ahí la tenéis. El libro de Javier Osborne lo escribió su madre, en la guerra. Es el diario de su madre, María Teresa Osborne Tosar, que Javier guardó durante setenta años y que ahora ha transcrito y publica con un título gracias a Dios políticamente incorrectísimo: «A mi marido lo asesinaron en Paracuellos».
He tenido el honor de poner epílogo a este testimonio histórico, que prologa Alfonso Ussía, lo que me ha permitido conocer en manuscrito la inmensa capacidad narradora de María Teresa Osborne. ¡Qué bien cuenta las cosas esta señora! Es como un diario de Ana Frank con acento andaluz del Puerto.
Qué inmensa capacidad para transmitirnos su dolor. Su soledad. Su angustia. Su amor. Su miedo. En el terrible Madrid de la guerra, cuando le acaban de fusilar a su marido, funcionario del Patrimonio Real en El Escorial, y está embarazada de un niño, que habrá de ser nuestro Javier Osborne cuando nazca en aquel infierno rojo.
Y qué maravilla de ciudad el muy literario Puerto de Santa María, que produce estos prodigios de escritura como el largo testimonio, el arrebatador alegato de María Teresa Osborne. La admirable burguesía comercial del Puerto en el primer tercio del siglo XX, la ciudad de Muñoz Seca y de Alberti, produce también personajes tan delicados y refinados, tan cultos como María Teresa Osborne. La autora de este expresionista relato del dolor, el amor y la muerte no era una escritora. No tenía vocación literaria, ni formación humanística. Era una señorita bien del Puerto. Nada más y nada menos que una señorita bien del Puerto, a la que la capacidad narradora, no sé, quizá le viniera de su antepasada Fernán Caballero, a la sombra de las jacarandas en flor del patio de la bodega de Mister Thomas Osborne, sombra morada del martirio familiar, morada de la franja usurpadora colocada a la bandera de España.
Qué temple tenía aquella señorita bien del Puerto de Santa María que escribía como los ángeles. De este libro me ha impresionado la capacidad de tirar para adelante de esta mujer admirable. En las peores circunstancias. Sola de toda soledad en el ojo del huracán de la mayor tragedia de España que vieron los siglos. En un Madrid hostil, sin familia, con los suyos en zona nacional, con el marido asesinado por los rojos y con un hijo en su vientre. Bendito fruto de tu vientre, María Teresa Osborne, que ha guardado este rito de fidelidad a la memoria de su madre y ha podido, ha sabido y ha querido rescatar los papeles escritos con su letra picuda de entereza de señorita bien del Puerto que siguiendo el destino de un amor se tuvo que convertir, a la fuerza, en mujer fuerte en el Madrid rojo, bombardeado, hambriento, oscuro, sucio, donde nadie conocía a nadie ni quería conocerlo, no fuera que lo delatase. Qué cercano nos hace el terror María Teresa Osborne, cómo consigue que lo sintamos con ella, sola, con un niño en brazos, en una España partida en dos, con la familia inmensamente lejos. Tan lejos como la mar de la bahía.
En la fotografía, uno de los lugares donde ocurrieron estos episodios de represión de la Guerra Civil Española, erigido en recuerdo y memoria de los asesinados. Al fondo de la imagen, una cruz blanca de grandes dimensiones, en la ladera del ”cerro de San Miguel”, es visible desde la proximidad del aeropuerto de Barajas.
Gracias, Javier Osborne, por este homenaje a tu madre en forma del libro de su memoria triste, que te honra. Muchas gracias, Javier, porque nunca la masacre de Paracuellos, que es nuestro Auswich en el genocidio que ahora silencian, fue contada con tan hondas, sentidas, certeras, precisas palabras por una joven viuda española a la que le asesinaron el marido. Era una señorita bien del Puerto de Santa María que en la espera y la esperanza de un hijo se creció ante la injusticia del destino, ante la locura colectiva, y nos dejó la reciedumbre en letra picuda e inglesa de este impresionante testimonio de una mujer fuerte en una España martirizada. (Texto: Antonio Burgos).
Javier Osborne ha guardado el diario de su madre durante setenta años y ahora ha decidido publicarlo en forma de relato. Un testimonio real que cuenta cómo María Teresa Osborne Tosar, embarazada de tres meses y sin recursos, huyó de Madrid después de que su marido, Francisco Alonso, fuese arrestado en su casa de El Escorial en noviembre de 1936. María Teresa regresaría a la capital tiempo después para buscarle, pero no volvió a tener noticias de su paradero. Su hijo, por tanto, nunca llegó a conocerle y se enteraría en su casa familiar de El Puerto de Santa María de que fue asesinado durante los primeros meses de la Guerra Civil.
En palabras de Javier Alonso Osborne (en la imagen de la izquierda), su hijo: “Este libro era el ‘reportaje’ que me quedaba por hacer", dijo el autor durante la presentación. En su obra, Javier explica: "No tengo más remedio que responder a las preguntas cada vez más insistentes de mis hijos y mis nietos... De pronto me acordé del diario de mi madre, que tuve olvidado durante setenta años, pero que la "memoria histórica" había desenterrado... por su incesante búsqueda de fosas y trincheras, dormida en la injusticia de los tiempos, para reivindicar a un abuelo muerto, cuando en casi todas las familias españolas hay un padre, un abuelo... cuya foto -ni roja, ni azul- permanece en la cómoda del pasillo, en cualquier cajón, sin que ni los hijos ni los nietos pregunten detalles de aquella guerra que debería ser una lección para aprender a vivir en paz."
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