Ferias y Veladas (1777-1930)

| Texto: Enrique Pérez Fernández
El Paseo de la Victoria no solo fue un hermoso lugar de esparcimiento para pasear y conversar. También fue el marco donde se celebraron ferias y veladas durante el verano. La mención más antigua que conozco de la llamada Feria de la Victoria es de 1777, 43 años después de que el Capitán General Tomás Idiáquez habilitara el paseo. Que compartió el calendario festivo en los veranos de aquel fin de siglo con la Feria de Santa Ana, celebrada durante tres días --del 26 de julio (su festividad) al 28-- en el otro extremo de la ciudad, a orilla del Guadalete, en el despoblado Campo del Socorro, junto a la ermita de Nuestra Señora del Socorro (posterior de San Antón y sucesora de la ermita de Ntra. Sra. de Guía).

La Feria de Santa Ana es el escenario del sainete Los Faluchos del Puerto que en 1834 estrenó un anónimo autor gaditano, cuyo argumento arranca con el embarque en el muelle de Cádiz de muchos viajeros para asistir a la Feria del Puerto, la de Santa Ana. Entonces, la Feria de la Victoria había dejado de celebrarse en año posterior a 1818, cuando documentalmente consta que subsistía. Se recuperó al paso de unos años, en 1846, cuando la ciudad se abrió --por primera vez-- al turismo. En mayo de aquel año se aprobó en el ayuntamiento una exposición de su procurador síndico, Fernando Yelo, en la que decía:
“El interés especial de esta ciudad consiste en la afluencia de forasteros en la temporada de verano. Ninguna de la Provincia, ninguna tal vez de la Nación cuenta con tantos elementos para ello. Soberbio teatro, deliciosos paseos, hermosa y sólida Plaza de Toros, baños de mar flotantes, buenas casas, posadas y establecimientos cómodos, fáciles y baratas comunicaciones con nuevos vapores y elegantes góndolas, y una campiña sin igual por su fertilidad y verdor, hacen como he dicho, que ningún otro pueblo pueda competir con el nuestro.”

Con este espíritu se creó una Junta de Festejos Públicos que consiguió, entre otros logros, la recuperación en 1846 de la antigua Feria de la Victoria durante la segunda quincena de agosto, inaugurada en la festividad de la Asunción --la Virgen de Agosto-- y propiciar la celebración de veladas entre San Juan y el comienzo de la Victoria en el Vergel del Conde, que en 1895 se amplió al crearse el Parque Calderón. Así fue hasta que la Velada de la Victoria se suprimió durante la Segunda República (1931-1936), recuperándose en 1945 en otras fechas con el nombre de Feria de Primavera.
Decía que en 1777 la Feria de la Victoria ya se celebraba. Era la de los sainetes El robo de la pupila en la Feria del Puerto y La feria del Puerto que en años inciertos de fines del s. XVIII escribió el gaditano Juan Ignacio González del Castillo (1763-1800). En el segundo sainete, la primera escena comienza --como el referido de 1834-- en el muelle gaditano con la habitual riña de dos patrones de faluchos disputándose el embarque de los pasajeros para ir a la afamada Feria de la Victoria.

A la Feria… y a las celebérrimas corridas de toros en el coso portuense que como prólogo y epílogo tenían las veladas de la Victoria y del Vergel. Decía en 1852 el periodista gaditano Francisco Flores en el relato Un viaje al Puerto de Santa María en falucho: “...cuando por calles y plazas oí pregonar la papeleta de una famosa corrida de toros que debía verificarse en el Puerto, como es costumbre en la inauguración de la alegre feria de la Victoria.”
Desgranar cómo era y evolucionó la Feria de la Victoria --desde fines del XIX rebautizada como Velada de la Victoria-- es tarea ímproba y de las que no tengo suficiente documentación, por lo que me limitaré a apuntar algunas de sus señas de identidad entre la década de 1890 y 1930. Las propias de las ferias bajo andaluzas.
Por tradición adquirida, todo comenzaba a primera hora de la mañana del 15 de agosto, cuando la Banda Municipal --a veces la del Regimiento de Pavía, radicada en San Roque-- partía del ayuntamiento y recorría las calles tocando diana hasta llegar al Paseo por la calle Larga, engalanada con gallardetes. Se oficiaba entonces una misa de campaña en la capilla de los Caminantes tras la cual la Velada de la Victoria se daba por inaugurada. Que a veces se prolongaba, dada la demanda por la gran afluencia de público, hasta el 7 de septiembre, víspera de la festividad de la Patrona.


La actuación de la Banda Municipal en los kioscos de música (fotos 5 y 7 en la anterior entrega) durante la Feria era diaria, a partir de las 9 de la noche y casi siempre compartiendo repertorio y escenario con la banda de Pavía o la Orquesta Municipal del maestro caballero; habitualmente 5 o 6 piezas cada agrupación: pasodobles, valses, habaneras, mazurcas, polkas, mosaicos de zarzuelas y de óperas… Las bandas municipales en la época que rememoro están unidas a las de dos directores, Domingo Veneroni (1890-1916) y José Joaquín Barba Rocafull (1916-1933), sin olvidar a Francisco Javier Caballero, desde fines del XIX director de la Orquesta Municipal y desde 1912 de la Orquesta Maqueda.


Fue tradicional, pero no todos los años, que una portada a la altura de las Cuatro Estaciones diera paso al recinto ferial (FOTOS 1 y 7), exornado “a la veneciana” con farolillos, guirnaldas y cintas de papel de colores. El Paseo, iluminado con farolas de gas desde 1871, con su tenue luz amarillenta, dio paso a partir de 1894 a la luz eléctrica. De hecho, el Paseo de la Victoria fue el espacio elegido, durante la Velada de 1894, para que la pionera Electra Peral Portuense instalara, a modo de ensayo, un alumbrado eléctrico formado por 19 arcos voltaicos que se prolongaban por la calle Larga hasta la plaza Peral. No fue hasta diciembre de aquel año cuando la conocida como Fábrica de la Luz comenzara a distribuir el revolucionario invento por las calles e inmuebles de la ciudad.
Un efecto visual precioso debió ser contemplar al año siguiente --1895-- muchas ramas de los árboles del Paseo, los arbustos de los parterres y la gruta de la fuente de los patos revestidos con bombillas de colores, “que han convertido la Victoria --decía la Revista Portuense-- en un edén.”


Además de los portuenses y de la colonia de turistas que tenían a El Puerto como estación veraniega, gaditanos y jerezanos eran los más asiduos asistentes a las Veladas. De Cádiz, llegados en faluchos y, a partir de 1840, en vapores que reforzaban el servicio en los días festivos. Y los jerezanos, desde 1854, cuando se inauguró la línea entre Jerez y El Puerto, apeados en la estación del tren, a dos pasos del Paseo.
En el periodo que medió entre 1891 y 1930 (el que he consultado), el Paseo de la Victoria se llenó de vida con variadas atracciones y reclamos festivos, que menciono a vuela pluma... Los teatros de verano. Los cinematógrafos (películas mudas, por supuesto). Bazares. Rifas y tómbolas benéficas, destacadamente la del Asilo de San José (1917-1932) de niñas huérfanas sito en la calle Cielos. La Caseta Municipal (FOTO 10) y de diversas asociaciones, como la de la Liga de Cazadores, fundada en 1876 en la calle Luna esquina a Nevería. Los tiovivos y las cunitas para los pequeños. Los puestos de buñuelos y las neverías (heladerías). Los fuegos artificiales. Carreras de bicicletas en el llamado Velódromo de la Victoria, en derredor del Paseo, organizadas, desde fines del XIX, por el Veloz Club Portuense...

Y por supuesto, los restaurantes, cafés y kioscos de bebidas, entre los que mencionaré algunos de los más populares y tradicionales: el Restaurant La Tauromaquia; la Caseta de Martínez (1896-1909), de madera y techo de lona de cáñamo; el kiosco de Pasage (en foto 8 de la 2ª entrega), los kioscos de José Villarreal, de Luis Bononato, de Juan Carvajal, de Fernando Vega, de Enrique Martínez de Murga, La Sombrilla de Pedro Morro y tantos otros que tanta vida dieron a las Veladas de la Victoria.

En 1930 se celebró la última Velada. Concluyó entonces una tradición que comenzó en 1846, cuando se recuperó la antigua Feria de la Victoria que se celebraba en el último tercio del siglo XVIII y comienzos del XIX. La instauración de la II República en 1931 trajo su eliminación del calendario festivo. El último festejo de la Velada de 1930 fue brillante, organizándose el domingo 31 de agosto --de seis a ocho de la tarde-- una Batalla de Flores y serpentinas. Que consistió en engalanar carrozas, coches de caballos y automóviles con múltiples flores y desfilar por el Paseo mientras las jóvenes ocupantes de los vehículos --miembros de la burguesía local- lanzaban flores, mayoritariamente claveles-- y serpentinas al público, al tiempo que el público las lanzaba, en campal “batalla”, a las jóvenes.





Tras la República y la guerra, las veladas de la Victoria se recuperaron en 1945 con el nombre de Feria de Primavera. Las recordaremos en la próxima y última entrega.

(Continuará)
__________
Paseo de la Victoria (1) La belleza perdida de un vergel
Paseo de la Victoria (2). La belleza perdida de un vergel
