
En la imagen, Juan Guerrero Villegas, en el exterior de la Plaza, junto al la Frutería de Genaro. Lleva más de 30 años viniendo al mercado portuense desde su Paterna de Rivera natal. Los higos los coge por la tarde en Medina y los prepara y “barre” para, el día siguiente, ponerlos a la venta en El Puerto. Trabaja la temporada del higo de tuna de martes a sábado. La bolsa de 12 unidades, ya sin piel y envasado a la vista de todos, cuesta 2 euros. (Foto JMM).
El ius usus innocui es una institución del derecho consuetudinario que tiene su apoyo nada menos que en el Levítico (XIX, 9, 10) y en el Deuteronomio (XXIV, 19, 20). El ius usus innocui equivale al soutelo o la musga gallegos y al emprìu catalán. Se trata del aprovechamiento de aquello que a nadie puede estorbar, ni lesionar en sus intereses. O dicho como lo decían los romanos: quod tibi non nocet et alii prodest non prohibetur; quod mihi prodest et tibi non nocet, faciendum est. (En la imagen, portada del Libro del Deuteronomio).
Póngase Vd. en el pellejo de un menesteroso, comprenderá perfectamente los latinajos (que más sabe un necesitado que diez abogados) y verá cómo se las ingenia para cubrir todo el ciclo anual con la recogida de las tagarninas, de los cardillos, de las almejas, de las coquinas, de los caracoles, de los espárragos trigueros, de los piñones, de los muergos, de los ostiones, de los cangrejos moros, de las bocas, de las caracolas, de las cañaíllas, de los palmitos, de las moras y de los madroños, del rebusco en las viñas, en los olivares, en los garbanzales...

Piramide de higos de tuna, en el puesto de Juan Guerrero Villegas.
A finales del mes de julio y hasta septiembre, las esquinas de El Puerto se pueblan de improvisados tenderetes que aparecen por la mañana y desaparecen con la calor y vuelven a aparecer por la noche. Se trata, en unos casos, de una Mobilette, con serones de esparto. En otros, de un cajón bocabajo, que sostiene un esportón. En ambos casos, siempre, un cubo con agua, un paño y una buena y afilada navaja. La mercancía la constituyen higos de tuna.

'Vallao' de Tunas existente en los caminos, cañadas, veredas y cordeles de El Puerto.
Antes, todos los caminos estaban cercados de vallados de tunas, de espinos aromos o de pitas, que crecían sobre una alfombra de vinagreras y de matas agrestes de tomatitos del diablo. En las fincas y en los ranchos, había toriles de tunas, donde se encerraba el ganado.
Si Vd. cogía por el camino de los Enamorados, por la hijuela del Tío Prieto, por la del Tío Gilito, por la vereda del Verdugo o la del Presidio, por la Cañada de La Valenciana, por la del Hato de la Carne o por cualquier paraje rústico de nuestro término municipal, seguro que, a un lado y a otro, se encontraría liños de tunas, necesario resguardo para las bichas, los lagartos, los erizos, las ratas, las panarrias, los gallitos-marzo, las mariquitas de San Antón, los escarabajos peloteros, los panales de abejas o los avisperos, que mantenían, entre sí, un admirable equilibrio ecológico. Las pencas de las tunas tostadas, servían para alimento de las vacas, una vez desprovistas, por el fuego purificador, de las púas. (En la imagen, pinchos de aromo con su característica flor amarilla. Todavía se pueden ver por el Camino de los Enamorados).
Vallados había que daban el higo de tuna (el más común, o verde), el higo moscatel (cuya pulpa es amarilla) y el higo chumbo (que tiene el fruto carmesí-rojizo). Valga esta distinción botánica, porque, como dice el Evangelio que por sus obras los conoceréis, había quienes eran verdadera y visceralmente patrióticos. Me explicaré: por los caminos no era raro encontrar alguna deposición, bien vacuna, bien caballar, bien de un rústico humano. En este último caso, alguna había que reproducía, en forma de artística ensaimada, la bandera española. Y es que el autor de la obra, previamente, se había pertrechado las entrañas de higos chumbos y de higos moscateles, a razón de dos partes de la primera variedad y una de la segunda. Claro que eso que relato podía percibirse con asiduidad en los años cincuenta e incluso antes, cuando había que demostrar en todo, incluso en el obrar, la adhesión al glorioso Movimiento Nacional, y no perder ojo, en evitación de tener alguna complicación seria.

Recolección en un 'vallao' preparándolos para su transporte en canastas de esparto que luego serían cargadas por el borrico que aparece en la fotografía. A la izquierda de la imagen podemos ver la herramienta para su recogida: la caña adaptada al tamaño medio del higo. (Foto: Colección Vicente González Lechuga).
Al amanecer, por cualquier camino te podías topar con gente que, con una burra con su albarda y sus serones, armada de una caña (convenientemente cascada por la punta, abierta lo necesario con un tapón de corcho y fijada la apertura con una cuerda de abacá), se dispusiera a hacer suyo el fruto de todo un vallado. Luego, recolectados los higos, debía barrerlos, esto es, desproveerlos de las pequeñas púas. Los higos barridos, restregados por la arena, quedaban en disposición de ser lavados. El agua debía cambiarse varias veces, mas que nada, porque en su superficie quedaban nadando los restos de minúsculas púas, como pelillos, y algunas impurezas. Así, finalmente, los higos quedaban preparados para ser expuestos y expendidos en los tenderetes callejeros.
Fue el alcalde don Luis Caballero Noguera, recordable por tantos buenos motivos, quien dispuso que los puestos de higos debían tener su regulación estética. Así quedaron acuñados los modos de vender higos: en un tablero, flanqueado por unos listones que servían de topes, sobre dos caballetes, se disponían dos pirámides de higos ( los de a chica y los de a gorda). El frontal y los laterales se guarnecían de tela de vichy a cuadros y en las dos esquinas del tablero se colocaban sendas macetas de albahaca. Eran inevitables el cubo con agua, el paño para secarse y la navaja. "--¡Al buen higo!, pregonaban, o ¡Al gordo, al gordo, higo!"
Claro que, desde los pueblos de la sierra, venían algunos a tirar por bajo los precios y a hacer su agosto en la costa: "--¡Higos de Jerez, a una gorda diez!". (En la ilustración, el alcalde Luis Caballero Noguera).
Sin embargo, otros, como el desvergonzado de Cambriles, en su puesto, al lado del Cine Macario, cuando veía pasar a un grupito de muchachas, echaba su pregón: "--¿A quién le pelo el higo?", con un trasfondo marcadamente erótico que no voy a permitirme explicar. Pelar un higo es labor altamente difícil y especializada: en un solo movimiento de muñeca, con el higo en una mano y la navaja en la otra, se hacían tres cortes (uno, en la cabeza, otro, en el lado, y otro, en el culillo) y el higo aparecía, como por ensalmo, libre de su pellejo y a disposición del consumidor, que los engullía uno tras otro. Lo importante era llevar el mismo ritmo, esto es, sincronizar eso de higo pelado, higo comido, pero nunca quedarse atrás. Cuando, ahíto, el insaciable comedor, pronunciaba la palabra ¡Ya!, cesaba la tarea de pelar higos. Entonces, la dueña del puesto comenzaba a contar los pellejos, a realizar arqueo y a comunicar la cuenta al repleto viandante. Repleto y bien atascado, porque, según decían, con las pepitas, los higos producían un gran atasco intestinal que no se curaba más que con la enorme y terrible lavativa del Hospital. (En la fotografía, un peso y medidas del actual puesto de higos de tuna de Juan Guerrero Villegas).
Así, aquel verano, cuando un día visité a Rafael Alberti en su casa y le llevé un canasto de higos de tuna pelados, se puso inmediatamente a comerlos y, transportado a sus años infantiles, prorrumpió: "--¡Ja, ja, ja!, me van a tener que poner la lavativa de San Juan." La misma terrible lavativa de la que yo había oído hablar desde chico: la lavativa del Hospital de San Juan, de San Juan de Dios, llena de agua de mar templada; aquella que Felipe Lamadrid, prevenido, amparado en un baby de hule, aplicaba al paciente devorador de higos de tuna, mientras éste, antes de dar el taponazo, sentía por sus entrañas el benéfico alivio de el mar, la mar, sólo la mar, que dijo el poeta. (Texto: Luis Suárez Ávila. Pie de fotos: Redacción).




Manuel Delgado Villegas, “el Arropiero” debía su apodo a que su padre vendía arropías o arrope, un dulce elaborado con higos, a la puerta de los colegios, concretamente a la puerta del Colegio de La Salle donde tuve la oportunidad de verle de pequeño. Las arropías tenían tres colores: frecuentemente rosa, pero también traía en el canasto de mimbre las de color amarillo y verde claro. El pregón que lanzaba el padre era: «¡Arropía de Turquía! / ¡Las llevo largas y retorcías! / ¡Que ricas y que buenas, / llevo mis arropías!». Y en función del público oyente, agregaba nuevos versos: «¡Largas, largas, / como las malas lenguas!». O este otro: «¡Qué larrrrrrrga la tengooooooooooo!». La colaboración de dos policías locales, uno de ellos vecino de la novia del hijo del arropiero, Juan Barrios Quirós y su compañero Manuel García de Quirós, fue decisiva para la detención del personaje a manos del Cuerpo Superior de Policía.
«En septiembre de 1970 decidió trasladarse a vivir al puerto de Santa María con su padre, para ayudarle en la fabricación de arropías y vender golosinas en un carrito por las calles. Pronto hizo amistad con un homosexual, con el que mantuvo secretas relaciones. "Fuimos a dar un paseo en moto y cuando íbamos a salir a la carretera general, me acarició. Le dije que se estuviera quieto, pero no me hizo caso. Enfadado, paré y le di un golpe en el cuello, despacio, pero era tan flojo que se cayó y se rompió las gafas. No respiraba bien y me dijo que lo llevara al fresco, junto al río. Allí intentó otra vez tocarme y, sin pensarlo, le solté un golpe más fuerte y cayó al fango, boca abajo e inmóvil". El cadáver fue localizado flotando a 12 kilómetros del lugar del crimen...» Margarita Bernal.
Cuando fue detenido, confesó 47 crímenes más además del de Paqui, entre ellos el de Francisco Marín, un vecino suyo de El Puerto que apareció ahogado en el Guadalete, una hippie francesa ciega de LSD en Ibiza, un millonario barcelonés que había solicitado sus servicios de chapero, un publicista al que dejó seco de un golpe de karate... De 1964 a 1971, El Arropiero regaba muerte en su vagabundeo. La policía pudo comprobar ocho de esos crímenes, dio verosimilitud a otros 22 y no siguió investigando los demás. Cuando iba en el coche policial, escucharon por la radio el caso de un mexicano al que se le atribuían 49 crímenes. "Este te gana", bromeó el policía. "Señor inspector" -contestó El Arropiero- "déjeme libre tres días más. No deje que ese mexicano me gane".
BERNARDO SÁNCHEZ.
ARROPIERO, EL VAGABUNDO DE LA MUERTE.
José Antonio García Calvo nació en la calle San Bartolomé, 30 en el año 1949. Tiene 59 años. Desde el año 1963 en el que embarcó en "La Rosa de Ortuño" y otros barcos como "La Segunda Venus", "García Agulló" y "Regulus" le llevó a trabajar de marinero por los mares de ambos hemisferios: entre otros bajó al Moro, a Marruecos, Mauritania... pero luego su vida de marinero viver una brusca transición que le hace cambiar de aires y de mares y se fué al Mar del Norte. Hace 10 años, vivió un naufragio el barco en el que trabajaba como pescador en aguas noruegas. --"Estuve nueve horas flotando entre dos cadáveres hasta que me rescataron. Prometí a la Virgen del Carmen que, si salía vivo, recorrería todos los caminos del mundo en peregrinación visitando los santuarios del mundo de las religiones cristiana,
musulmana y del budismo. Media hora después me recogió un helicóptero". Y es que para él una nueva vida comenzó cuando el bacaladero en el que trabajaba en Cabo Norte se fue a pique. Catorce de sus compañeros murieron, pero él tuvo más suerte. (En la fotografía, el Peregrino, esta mañana).
Mucho tiempo ha pasado desde entonces, muchas historias, muchas anécdotas que recoge en un libro personal que titula "Los tres enemigos del peregrino: los curas, los perros (de dos patas) y los pies". Pero su historia tiene poco de idílico: --«Ha sido duro, vivo de la caridad. Pero si tuviese que definirlo todo con una sola palabra, elegiría bonito». Además: abunda "--He rezado sobre el altar de piedra de la catedral gótica de Trondheim, en Noruega; he visto el sol nacer sobre los templos del Tibet y Nepal, en el Himalaya; estuve en la gran mezquita de la Meca, he visitado todos los santuarios de Israel y Palestina". (En la fotografía, en el municipio belga de habla francesa, Morlanwelz, con cuyos habitantes se
comunica a través de Internet).














Su territorio transcurre por La Calita, el puerto deportivo de Puerto Sherry para terminar en Vistahermosa, donde se levanta el Club El Buzo. Una zona de contrastes donde todavía a finales del siglo XX se sigue defendiendo el elitismo y las diferencias sociales, y en la que este personaje llano, ha sabido hacerse un hueco en el paisaje de una playa que durante muchos años fue propiedad privada de la familia Osborne. En su playa, el Papi mantiene el espíritu de sus orígenes con un grito de guerra popular que sacó para suscitar la atención del comprador a raíz de la aparición de algunos imitadores. "El Papi, el auténtico, el genuino, el único", aunque demuestra, por otra parte, un culto a la educación y a las buenas maneras: "Lo que usted disponga, cuando usted lo quiera". Sólo abandona este espíritu servicial cuando trata con los más pequeños que en ocasiones parecen ser amigos de pandilla . Decenas de niños se le acercan y lo primero que le piden es un beso que corresponde de inmediato con una cara que hipnotiza. Pero no sólo los pibes le quieren. Los mayores le respetan y le han dado la exclusividad al comprarle únicamente a él las crujientes patatas fritas de Jerez. Tanta es la admiración que despierta que incluso hace unos años se extendió un bulo por la playa y el club de que el Papi había muerto y en tan solo dos horas se recaudó dinero para hacerle un busto de bronce. "Aquí me quieren mucho y me tratan muy bien", asegura después de que un socio le haya invitado a una cerveza. No oculta que cada año le cuesta más cumplir con su sufrida labor. Con todo, se confiesa fiel a sus principios y asegura que no dejará de hacerlo: "Sueño con morirme en la playa con mi canasto y con la gente pidiéndome patatas".