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Hubo un tiempo en El Puerto que las relaciones humanas se practicaban más fuera de las casas que en las mismas, desde los niños en edad de jugar a los adultos,  había necesidad de estar cerca unos de otros, puede ser que la amistad nos produzca deleite y relacionarnos con los demás nos dá seguridad y  calor humano;  tal vez porque la cultura del momento fuese esa, o porque los medios de comunicación no estaban aún tan difundidos, me refiero concretamente al fenómeno de  la televisión. /A la izquierda el desaparecido Teatro Principal, punto importante de reunión dentro del entorno de calle Luna, en la esquina con San Bartolomé terminaba el paseo por calle Luna. (Foto: Rasero. Colección de Vicente González Lechuga)

Existían lugares más o menos emblemáticos o conocidos, podían ser un casino, una plaza, la calle, la playa, una asociación, un bar, un cine, un teatro,  etc.; estos lugares los podíamos definir como puntos de encuentro. El Punto de encuentro, podía ser algún sitio donde la gente se reunía por cualquier causa, podía ser que hubiera  mucha o  poca gente, dependía de nuestro momento anímico de estar más o menos acompañado;  gente para saludar, platicar, discutir de fútbol, política, ensalzar o criticar al que fuese, hablar de la próxima corrida de toros o el partido de fútbol del Portuense. Había necesidad de verse con los demás, casi nos rozábamos unos con otros en determinados momentos, el punto de encuentro podía ser considerado  un lugar en el que te sentías protegido, un sitio para descansar, vernos rodeado de gentes nos hacía sentirnos seguro, reconfortado, casi feliz; no hay cosa más desagradable que la soledad no deseada.


Antiguo depósito de agua de la Plaza de las Galeras, Punto de Encuentro, lugar que los vecinos del barrio alto denominaban “Allá abajo”. (Fotografía Colección de Vicente González Lechuga)

Me hacía mucha gracia, escuchar en el barrio alto, allá por los años cincuenta del siglo pasado a los muchachotes de más o menos veinte años decir: «--¿Dónde vas?», «--Voy allá abajo». “Allá abajo”, era considerado en el barrio alto en ir desde donde estuvo el Cine Macario hacia el río, más o menos por la plaza de las Galeras, en ese lugar estuvo instalado un depósito de aguas en forma de copa, este depósito tenía en su base una serie de escalones que hacían de él un lugar para el descanso y la contemplación del paisaje de algunos ciudadanos de entonces. Probablemente por los motivos que desconozco, o tal vez por la reordenación del lugar, el Ayuntamiento estimó necesario demoler aquel emblemático Punto de Encuentro. Tal fue el desencanto de muchos portuenses, que la comparsa ‘Los Cuasimodos’ en 1961, dirigidas por el inolvidable Manuel Camacho Francés “El Chusco”, compuso un cuplé lleno de ironía y gracia para denunciar el enfado que produjo en parte de los ciudadanos la demolición del depósito de agua de las Galeras, Punto de Encuentro en aquellos años; espero acertar en la letra, decía así: «Catorce taladradoras/ y setecientas espiochas/ gastaron los albañiles/ en tirar del Parque/ la famosa copa./ Debían de haberla dejado/ en honor a su memoria/ o jugarla en un partido/ entre el Racing y el Vitoria/ lo que más gracia me hizo/ eran dos que había al lado/ que con lágrimas en los ojos/ decían desconsolados/ ¡ Ay mi copa del Parque!/ porque te habrán tirado/ cuando todos los veranos/ le dabas sombra a los parados”.

Calle Larga lugar que paseábamos los portuenses, a la derecha se ve la plaza de Isaac Peral, ahí terminaba el paseo por esta calle.  (Fotografía Colección de Vicente González Lechuga)

Había también un Punto de Encuentro, que era el paseo que los portuenses en aquellas fechas utilizábamos a partir de la festividad de la Virgen de los Milagros, que era el tramo en calle Luna desde San Bartolomé a Larga y calle Larga desde el tramo de Palacios a Plaza de Isaac Peral. Era curioso nuestro comportamiento cuando paseábamos, no había costumbre de pasar de los límites establecidos, es decir que llegabas a aquel entorno buscando a tus amigos o amigas y los encontraba seguro. Era raro ver circulación de vehículos por estas calles en estas horas, si pasaba  decíamos que era alguien de fuera de El Puerto que se había despistado. Este paseo que se utilizaba a partir de la festividad de la Patrona hasta más o menos el Corpus estaba bastante concurrido desde las siete de la tarde hasta las diez y media ó once de la noche, el reloj de Joyería Díaz estaba de guardián permanente para recordarnos la hora de recogida;  había bastantes bares, comercios, pastelerías y sobre todo el aliciente del Teatro Principal. Habría que destacar como lugares de encuentro dentro de este entorno, el Bar Central, Casa Lucas y el Puerto Bar entre otros. Recuerdo el eslogan del Bar Cádiz: “Menudo a la andaluza todos los días en el trece de Nevería“. Había un trozo de la calle Ganado, subiendo desde Larga, que también podía ser considerando paseo, hasta la esquina con Nevería, en ese lugar se encontraba el Restaurante Antigua de Cabo, El Hotel Loreto, la tienda de fotografía de Pantoja que estaba abierta los domingos por la tarde el Bar La Solera, la secretaría del Racing Club Portuense que casi siempre estaba abierta, el Bar Pontevedra y el freidor de pescado de la Familia Villar.

Calle Larga, detrás del coche se vé el restaurante La Fuentecilla (hoy Bankia) paseo de los portuenses en los años cincuenta del siglo pasado. (Fotografía Colección de Vicente González Lechuga)

En  el verano, el paseo se trasladaba al Parque Calderón, este sitio se consideraba el Punto de Encuentro en el verano. El Parque como lo denominábamos era distinto a como está ahora, entonces  el paseo era más amplio y diáfano pero no por que tuviera más superficie sino porque ahora parece más agobiado que antes, prácticamente estaban  los mismos bares y quizás algún quiosco más, menos atracciones de tiovivos, había un lugar para la banda de música que amenizaba las noches  con pasodobles y romanzas de zarzuela, los bancos de mampostería con hierro forjado y las fuente de la ranita y jardines: el paseo del Parque llegaba hasta el comienzo del puente de San Alejandro.


Parque Calderón, Punto de Encuentro en el verano, comprueben ustedes que parece más claro y diáfano. (Fotografía Colección de Vicente González Lechuga)

Poco a poco, los medios de comunicación se hicieron dueños de la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, se popularizó le televisión y la gente que sábados y domingos empleaba la calle como un gran salón social, empezó a poco a poco dejar las calles semidesiertas,  se instalaron  cómodamente en sus casas para ver programas y programas dirigidos exclusivamente para  que el ciudadano, viva para consumir y hacernos sedentarios.

¿Qué les parece a ustedes esta esquina para para iniciar un nuevo Punto de Encuentro? Fijénse en esos paisanos como buscan apoyo para descansar sus piernas de la artrosis que le han ocasionado algún kilo de más. (Fotografía de Vicente González Lechuga)

El Punto de Encuentro, actualmente se ha fabricado para que las gentes vayan a él, están ubicados generalmente en los centros comerciales, no nombraré ninguno. El centro comercial está pensado como un gran edificio funcional, que  la tienda principal es un hipermercado y a su alrededor calles que se puede pasear por ellas, con cantidad de tiendas de artículos de consumo, además incluyen lugares de ocio, esparcimiento y diversión, como cines, bares y restaurantes. Estos Puntos de Encuentros son lugares que tienen exclusivamente un fin comercial y económico. Pero los Puntos de Encuentro situados dentro del casco antiguo de nuestra ciudad en otros tiempos, también tenían una actividad comercial lógica; pero además poseían  una connotación sociológica, pues era un espacio de intercambio  de opiniones y pareceres, que además cumplían ampliamente con los mismos requisitos de las antiguas plazas del pueblo, Punto de Encuentro, lugar de manifestación de intereses de los ciudadanos entre sí. /Texto: Francisco Bollullo Estepa.

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Ahora que en estos días se ha inaugurado la exposición que conmemora los festejos taurinos celebrados en nuestra ciudad hace dos siglos, a los que asistió el efímero rey José I, al que por cierto en estos últimos años los análisis de los historiadores contemporáneos cada vez son más favorable a la gestión realizada -especialmente comparándola con la del "legítimo", el Borbon Fernando VII- al frente de la dirección del estado, quiero dar a conocer un aspecto `poco difundido, tal vez inédito, del nombramiento que este rey en funciones realizó sobre tres autoridades militares y religiosas de El Puerto de Santa María y 217 más del resto de España en diversas fechas. /A la izquierda, el hermano de Napoleón, el efímero rey José I.

El hermano de Napoleón había creado el 20 de octubre de 1808 en Vitoria, ciudad a la que se había retirado después de la derrota sufrida en Bailén, una condecoración para premiar la colaboración de autoridades militares y religiosas con el nuevo régimen de gobierno, los llamados "afrancesados" que llevaba aparejado el título honorífico de "Caballero de la Orden Real de España". Era una especie de "Legión de Honor" española, consistente en una estrella de rubí de cinco puntas sobre un soporte de plata en forma de rayos. Esta orden, bautizada por el pueblo como "Orden de la Berengena" debido al grabado de su emblema, fue concedida a tres autoridades portuenses, como adelantamos en el párrafo anterior: Al marqués de la Cañada Tirry, mariscal de Campo; al marqués de Casatremáñez, Gobernador de la ciudad y a Don Diego de Vergara, Vicario Eclesiástico de El Puerto.

El Diario de Madrid -el boletín oficial de la época- del 6 de abril de 1810 publicaba un decreto, dado en Granada con fecha 18 de marzo de ese mismo año, en el que "Don José Napoleón por la Gracia de Dios y por la Constitución del Estado, Rey de las Españas y las Indias, oido nuestro gran consejo de la Orden Real de España, hemos decretado y decretamos los siguiente: ARTÍCULO I. Nombramos Caballero de la Orden Real de España a..." y relaciona a una veintena y pico de personas por orden alfabético que se inicia con Pablo Andeiro, canónigo magistral y dignidad de arcipreste de la catedral de Granada y finaliza con Diego Vergara, el presbítero portuense. /En la imagen, escudo real de José I Napoleón.

¿Quienes eran estos personajes, colaboracionistas obligados como luego declararán cuando abandonen los franceses la población?

El marqués de la Cañada Tirry, Jose María Tirry Lacy, del que apuntamos algunos datos biográficos hace pocas fechas en otra colaboración dedicada a su hermano Juan Tirry Lacy, tenía 54 años cuando fué nombrado Caballero, pues había nacido en Cádiz el 11 de noviembre de 1755, bautizándose en su catedral de manos de D. Juan Domingo Lasqueti, canónigo de la misma. A la edad indicada, prácticamente retirado del servicio activo, vivía en la casa palacio de sus antepasados, hoy desaparecida, en la calle Aurora. Dos décadas antes, cuando era coronel de Infantería, fue capitán del Regimiento de Ultonia. Precedió al marqués de Casa Tremáñez como gobernador de la plaza. Creemos falleció en 1823 o 1824.

En la imagen, condecoración de la Real Orden de España.

Pedro Regalado Tineo Ramirez de Jove, III marqués de Casa Tremañez, sucediendo a su padre, Francisco Antonio Tineo Alvarez de Nava, aunque él firmaba como Alvarez de las Asturias,  quien, a su vez, lo heredó del primer titular del marquesado, su hijo Jose María Tineo, que había nacido en Gijón, fue gobernador de Ceuta,  Inspector General de Milicias, Comendador de Mayorga en la Orden de Alcántara y obtuvo el título por gracia de Fernando VI, en 1748. Falleció antes de 1780, sin sucesión. El III marqués de Casa Tremáñez, su hermano, era, en la fecha que estamos refiriendo, gobernador político militar de El Puerto. Se había instalado, lógicamente, en nuestra ciudad con su familia: su esposa doña Bárbara García Montero de Espinosa, que posteriormente, al fallecer su padre, sería Condesa Baynoa  y sus hijos Pedro Regalado y Maria Dolores Tineo Montero de Espinosa (el García se perdió como era practica habitual en las familias de clase alta o con chic). El primero, nacido en Barcelona en 1795, iniciaría una saga portuense de ese apellido, vinculando el título a nuestra ciudad al casarse en 1819 con María Trinidad Martinez del Monte y Azpillaga, (en este caso, el apellido "vulgar" se ennoblece convirtiéndolo en compuesto),  hija del notario D. José Martinez Azpillaga, que tenía su escribanía en calle Luna número 48 antiguo. Tuvo descendencia, y de ella destacamos a su nieto Pedro Tineo Martinez del Monte, capitán de Fragata, que estuvo una temporada residiendo en Cuba, de donde volvió en 1860, casado con la neoyorquina Trinidad Rodriguez Trujillo y con una hija de un añito, instalándose en la casa número 4 de la calle San Juan. Pedro Regalado Tineo (García) Montero de Espinosa falleció con 75 años de edad, en 1871 en su casa de calle Cielo 106, esa casa esquina con Ganado, que aún conserva el esqueleto de su espléndida portada y que sea por muchos años.

...continúa leyendo "1.485. LOS CABALLEROS PORTUENSES DE LA REAL ORDEN DE ESPAÑA"

El 20 de enero de 1961 se reunían unos amigos y clientes coincidentes en el desaparecido Tabernón Sánchez, en la confluencia de las calles Ganado y Melero, mientras degustaban los vinos de la Bodega González Rico, cuya solera hoy mantienen en la calle Misericordia la familia Basteiro. /Foto: Colección V.G.L.

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En la imagen, Vicente González Bruzón, Javier Fernandez Prada, Antonio Ruiz de Cortazar, Aurelio Sánchez , Domingo Prieto Cressi, Marquez .... en una reunión de amigos en 1954. /Foto: Mora. Colección V.G.L.

 A la corta galería de ilustres personajes portuenses del siglo XVIII que hemos ido confeccionando para GdP en los años en que venimos colaborando en la misma (Jose María Chacón, Francisco de Paula Topete y Jose Ignacio de la Rocha) queremos añadir hoy la figura de Juan Bautista Tirry Lacy, biznieto de Guillermo Tirry, I marqués de la Cañada Tirry, continuador del linaje. Era uno de los seis hijos del matrimonio formado por Guillermo Tirry Tirry y Maria Josefa Lacy de Albebille, tercero de los cuatro varones. /En la imagen, antiguo blasón de los Tirry.

Su hermano José María, que le precedió en el título de marqués, pasó a la historia por ser el gobernador de la plaza de El Puerto cuando la invasión francesa; alabado por unos, al situarlo como paladín del pueblo que le alentaba para hacer frente a los gabachos, sacándolo prácticamente a hombros desde la mesa donde almorzaba, en su casa de la calle Aurora hasta el edificio capitular, y denostado por otros como el historiador José Mª García Rodríguez que en su obra: "Guerra de Independencia, ensayo histórico político de una epopeya española", editada en 1945, comenta refiriéndose a este episodio de nuestra historia y a él: "En Puerto de Santa María recibieron algunos ultrajes y no fue el menor que, a la entrada de Dupont y los generales franceses, estuviese el gobernador de la plaza, marqués de la Cañada Tirry, presenciando unas cucañas. Era un cascarrabias con muchos años sobre las costillas, mayores ganas de mando y entregado de lleno a su alguacil..." Estaba casado José María Tirry Lacy con una sobrina: María Dolores Molina Tirry, hija del marqués de Ureña y Conde de Saucedilla, Don Gaspar de Molina y de su hermana María Josefa. No tuvo descendencia, heredando el marquesado su hermano Juan Bautista, nombre impuesto en honor de su abuelo, de nación francés, Juan Bautista Tyrry Strutch que había casado con la única hija del I marqués, Francisca Patricia y su heredera.

Como veis nuestro personaje tenía un buen "pedigree" por su rama paterna pero, no desmerecía por la materna, pues su madre, conocida como "María Lacy", era camarera de la Reina, hija de Guillermo Lacy, General del Consejo Supremo de Guerra y hermana del Conde de Lacy, Comendador de Casas Viejas de Mérida y ministro plenipotenciario del Rey en Rusia. Sus padres se habían casado en la capilla del palacio real de La Granja de San Ildefonso, el 7 de agosto 1745, oficiando la ceremonia Don Alvaro de Mendoza, arzobispo de Farsalia, del consejo de S.M., su Capellán y Limosnero Mayor, siendo la madrina la Condesa de Montijo.

Ingresó Juan Tirry en la escuela de guardias marinas de adolescente, dedicando buena parte de su juventud al servicio de Real Armada, participando entre otras acciones de guerra en los combates de Gibraltar y Argel. En la última década del siglo XVIII, con la graduación de teniente de Navío fue destinado a Cuba. Allí contrajo matrimonio -20 de agosto- hace 218 años en la catedral de La Habana con María Jesús Loinaz y Lizundia, de la Casa de los marqueses del Real Agrado, hija de del tesorero de la Real Fábrica de Tabaco de La Habana y Consejero de S.M., el vasco Ignacio de Loinaz, casado con la marquesa del Real Agrado, doña María de la Concepción Lizundia, su madre.

ISLA DE PINOS.

Poco tiempo después se encomendó al conde de Mompox, del que era su agregado militar, inspeccionar la Isla de Pinos, la mayor de las islas que rodean a la de Cuba, al sur de la misma, para "examinar si los pinos de que está poblada y los betunes (resinas) que estos producen podrían ser útiles a los bajeles de la Armada." Y Mompox encargó a Juan Tirry esta tarea, siendo ya capitán de Fragata, sorprendiendo a todos con un excelente plano de la isla y un completo y extenso trabajo a modo de memoria titulado "Descripción de la Isla de Pinos por el Capitán de Fragata de la Marina Real, D. Juan Tirry y Lacy".

El documento está fechado el 13 de diciembre de 1797 y en él, aparte incluir todos los datos cartográficos al uso, indicaba era de una extensión de 85 leguas, (480.000 metros, aproximadamente. En la actualidad en municipio, uno de los 26 que tiene La Habana y que comprende esta isla y algunos cayos cercanos tiene más de 3.000 kilómetros cuadrados de superficie) y solamente 76 habitantes. Señalaba en su informe el potencial virgen de la misma, con una gran variedad de excelentes maderas: manajúes, yabas, jaities, guácimas, cedros, almácigas, palmas, peralejos, sabiques... abundancia de arboles de caoba, tan apreciada en Europa y, por supuesto, pinos aptos para la construcción naval. Reunía condiciones favorables para la pesca de carey, tenía manantiales de agua potable y terrenos fértiles en los que poder plantar café y tabaco, así como pastos suficientes para mantener cabañas de diversos ganados.

Como consecuencia de este informe que terminó en el despacho del Príncipe de la Paz, que era el que tomaba todas las decisiones por aquellos años, se inició el proceso para rentabilizar la isla, que pronto sería la Colonia Reina Amalia. Con mucha "vista" Tirry había dedicado el plano y la memoria a Don Juan de Lángara, en esa fecha Capitán Director e Inspector General de la Real Armada, además de Secretario de Estado y del Despacho Universal de la Marina. Paralelamente, argumentando que su hogar conyugal se encontraba en La Habana, solicitaba un traslado de cuerpo, al Regimiento de Dragones, estable en la capital cubana, concediéndole el grado de coronel. Y así fue, aunque solo estuvo provisionalmente como agregado en dicho regimiento.

ALCALDE DE LA HABANA.

Merced a la influencia de sus valedores en la Corte y a sus propios méritos finalizó su carrera militar como Brigadier de Caballería del Real Cuerpo de Ingenieros. Establecido definitivamente en Cuba, donde heredó el marquesado, ocupó el cargo de Gobernador de la provincia de Matanzas, donde era propietario de grandes ingenios y también dentro de su faceta política ejerció como alcalde ordinario electo de la capital: La Habana. Este portuense de cuna, miembro notorio de la Real Sociedad Económica de Amigos del País y Caballero de la Orden santiaguina falleció en Cuba en 1839.

PENDÓN DE EL PUERTO.

A pesar de que tuvo dos hijos varones, su línea sucesoria se realizó a través de su única hija: María Josefa Tirry Lionaz. Una nieta de esta, la que sería la VIII marquesa de la Cañada, Dª María Concepción Wall, que sumaba al indicado los títulos de marquesa de Mejorada del Campo y condesa de Armildez de Toledo, realizó a la inversa el recorrido de su bisabuelo, estableciéndose en España, donde continuaron sus descendientes. Como punto final a esta pequeña semblanza de un notable paisano podemos añadir que, en la finca toledana donde residían los Marqueses de la Cañada, ya en el siglo XX, hubo un incendio y en él se perdió el Pendón de El Puerto, que había sido costeado por Guillermo Tirry cuando fue Alférez Mayor de la ciudad, conservado por la familia durante siglos, especialmente por su valor sentimental pues gracias que fue enarbolado en señal de pleitesía real se le concedió el privilegio de añadir a su blasón dos leones rampantes a sendos lados del mismo. Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. Puertoguía.

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Desde Cruces a Diego Niño, transcurre la antigua calle Lechería, nombrada por Anselmo Ruiz de Cortázar en 1726, hoy Cervantes.  El nombre oficial de Cervantes se lo dio el Instituo Colombino en 1929, pero también se llamó Dueñas de Archite al tramo que transcurre entre Diego Niño y Rosa; Cordonera o Cordonería en alusión a la industria de la jarcia, que tanta importancia tuvo en El Puerto en el siglo XVIII; y otra denominación fue Calle de los Gitanos, por estar aquí aposentados desde épocas pretéritas. El tramo de calle que contemplamos se encuentra cercano al crucero con la calle Zarza. /Foto: Vicente González Lechuga.

El espacio conocido como Las Siete Esquinas, visto desde el mismo ángulo pero en diferentes momentos. La taberna de las Siete Esquinas está cerrada por enfermedad de su propietario, mientras que si permanece abierta la taberna/restaurante El Patio de Las Siete Esquinas, un bonito patio contiguo a la bodega de crianza que realiza funciones como típica taberna de copeo y tapeo regentado por José Luis y Begoña, perteneciente a la Bodega de Edmundo Grant.

La Bodega fue fundada en 1841 por Edmundo Grant Falconell. En la actualidad dicha bodega, que siempre ha permanecido en el seno de la misma familia, realiza las labores de crianza y expedición del vino mediante métodos tradicionales, siguiendo el tradicional sistema de criaderas y soleras. Y cuenta con despacho de vinos en la propia bodega, tanto embotellados como a granel. /Fotos: Vicente González Lechuga.

Visita de Valentín Galarza Morante ministro de Gobernación, natural de El Puerto cuyo domicilio estaba situado  en la calle Larga, 87,  frente al Bar La Perdiz..El coche está situado a la puerta de la vivienda familiar en la calle Larga.

A Galarza debemos la biblioteca municipal.  En la actualidad se encuentra una entidad bancaria y oficinas en los pisos superiores. La fotografía está tomada desde el solar derribado que hoy ocupa otra entidad bancaria, y en el que en su día se construyó Porto Moda). (Foto: Centro Municipal de Patrimonio Histórico).Visita de Valentín Galarza a El Puerto. El coche está situado a la puerta de la vivienda familiar en la calle Larga. (Foto: Centro Municipal de Patrimonio Histórico y Vicente González Lechuga).

En la imagen, la desaparecida fuente con la lámpara que ha tenido otros destinos, (anteriormente en la Plaza de la Iglesia y en la actualidad en la Plaza de los Jazmines). En el espacio que ocupaba la fuente se encuentra en la actualidad un parque infantil.

En el siglo XIX, los lugares que tradicionalmente acogieron el tranquilo deambular de los portuenses –aparte de algunas áreas de ocio, como las caminatas que solían hacerse por el Camino Viejo de Rota al molino Platero, o en ‘la Otra Banda’ al pinar del Coto de la Isleta– fueron, a partir del siglo XVIII, el paseo del Vergel del Conde, ampliado en 1895 con la creación del Parque Calderón, y el paseo de la Victoria, y desde 1889 la plaza Isaac Peral. Hasta principios de nuestro siglo, fueron tiempos en que río y ciudad, fundidos, conformaban un mismo paisaje, materializándose el hecho de ‘vivir cara al río’: A un lado la ciudad, al otro el Guadalete, y en medio el vergel del Conde y su prolongación del parque Calderón. /Foto: Vicente González Lechuga.

El historiador, profesor y político Jesús Pabón Suárez de Urbina (Sevilla, 1902-Madrid, 1976) nació en un hogar tradicionalista (mitad integrista, mitad carlista), siendo el séptimo de diez hermanos. Cuando Pabón inicia en septiembre de 1911 su primer año de bachillerato en el colegio de los jesuitas de El Puerto de Santa María, ya le habían precedido los otros tres varones: José Manuel -futuro catedrático de Griego- y Benito -luego, abogado y diputado anarquista- salen del internado en 1908 y 1910, respectivamente, mientras que con Antonio -que será también abogado- coincide tres cursos, hasta que este termina sus estudios en 1914. /En la imagen Jesús Pabón Suárez de Urbina , en 1968.

El colegio de San Luis Gonzaga al que se incorpora Jesús Pabón en 1911 está próximo a cumplir su medio siglo de historia, que arranca en 1864. De 1909 a 1915 es rector el padre Rodolfo Velasco. Le suceden Raimundo Zamarripa -que desempeña el cargo solo un año- y Martín Mendoza, cuyo mandato concluye en 1920. En el prólogo al libro de Diego Sevilla Canalejas (1956), Pabón evoca con afecto al asturiano P. Velasco, "cuyo rostro ascético (…) nos inspiraba el respeto de una auténtica santidad". También recuerda al prefecto del colegio, Manuel Abreu, a la vez severo y cordial, y a Mariano Ayala, padre espiritual, "en quien la simpatía andaluza era nuestro paño de lágrimas de cada día". ¿Y de qué alumnos se acordará Jesús Pabón, de entre los 215 de media -en su mayoría internos- que había en su época? Sobre todo del novelista sevillano Manuel Halcón, a quien Pabón dedicará su obra Los virajes hacia la guerra (1946) con estas palabras: "Mi memoria no guarda una amistad anterior a la tuya". En el homenaje que los "sevillanos en Madrid" tributarán a Halcón en 1961, Pabón menciona además estos nombres: "Joaquín Peñuela -jesuita hoy, y primer orientalista español-; Julián Pemartín -excelentísima pluma-; un poeta como Rafael Alberti". Manuel Halcón, por su parte, cuenta en "Los dos macferlanes" (1949) cómo Pabón y él mismo, portadores de unos abrigos anticuados, tuvieron que hacer frente común ante las burlas de sus compañeros en el primer año de bachillerato, mientras que en otro relato, "El pecado insepulto" (1959), vemos que Pabón -"con sus ojos vivaces y su imborrable gesto de guasa"- es uno de los castigados de rodillas en el patio central por el P. Hurtado, profesor de Física en el curso 1915-16.

Niños haciendo gimnasia en el patio principal del Colegio.

Jesús Pabón hizo alguna travesura más en el internado, según Halcón: "Juntos, trabajando en equipo, hacíamos reír a las dignidades en las horas de silencio". Pero debemos clasificar a Pabón en el bando de los buenos y de los estudiosos. En el curso 1912-13 pertenece a la congregación de San Estanislao y al año siguiente es admitido -al igual que Alberti- en la de San Luis, cuyo prefecto era el alumno cordobés Ildefonso Porras. Jesús Pabón muestra a edad temprana sus grandes dotes para la oratoria: el 8 de diciembre de 1912, cuando aún no ha cumplido los 11 años, impresiona a la audiencia con su intervención en el mitin católico de protesta contra las escuelas laicas que -organizado por el padre Gabino Márquez- se celebra en el colegio, siendo otro de los oradores su compañero portuense Rafael Muñoz Ávila. En cuanto al rendimiento académico de Pabón, su expediente refleja que a lo largo de los seis años de bachillerato cursa 25 asignaturas, que revalida en el Instituto de Jerez con estas calificaciones: 13 aprobados, 7 notables y 5 sobresalientes. Es sintomático que en las materias de Historia de España e Historia Universal obtuviera la máxima calificación.

Concluido el bachillerato en 1917, Jesús Pabón estudió Filosofía y Letras en las Universidades de Granada y Sevilla, doctorándose en la Universidad Central en 1924. Tanto en la licenciatura como en el doctorado obtuvo premio extraordinario. Dio clases de Literatura Española y Latina en la Universidad de Zaragoza hasta 1930, cuando ganó por oposición la cátedra de Historia Universal Moderna y Contemporánea de la Universidad de Sevilla, de la que pasará diez años más tarde a la misma cátedra en Madrid (ocupándola hasta su jubilación en 1972). De 1931 a 1934 fue director del diario católico El Correo de Andalucía, diputado de Acción Popular (1933-35), Director General de Trabajo (1935) y diputado de la CEDA (1936-39). Designado jefe de Prensa Extranjera por la Junta Técnica del Estado, Pabón rompe con el régimen de Franco tras la Guerra Civil, siendo multado y confinado en Tordesillas (Valladolid) en 1944 por promover el retorno de la monarquía. Entre 1963 y 1966 ejercerá como delegado político de D. Juan, conde de Barcelona, en España (Pabón tuvo como discípulo al entonces príncipe D. Juan Carlos). Ganador del premio Camoens (La revolución portuguesa, 1941) y del Nacional de Literatura (Bolchevismo y literatura, 1949), su obra cumbre es Cambó (3 vols., 1952-1969), exhaustivo fresco de la España de la Restauración. Miembro de la Real Academia de la Historia desde 1952, fue elegido director de la institución en diciembre de 1971 (y reelegido en 1974). Tras su muerte el 26 de abril de 1976, el historiador Carlos Seco Serrano escribió: "Su vida ejemplar ha sido la mejor lección para cuantos nos honrábamos en llamarnos sus discípulos".

El 12 de noviembre de 1912, el jesuita Manuel Abreu interrumpió la cena de los alumnos del colegio de San Luis para comunicarles el asesinato -esa misma mañana- de D. José Canalejas (en la imagen de la izquierda), presidente del Consejo de Ministros, víctima de un atentado anarquista. Luego, puestos todos en pie, rezaron por su alma. Jesús Pabón reflexionará sobre los hechos en 1956: "De una parte, Canalejas, el terrible hombre de izquierda, el gobernante que encarnaba y obedecía al desorden, había caído por obra del anarquismo. Algo no era correcto en mi opinión infantil sobre él. Por otra parte, la Iglesia, sin duda combatida por Canalejas durante su vida, ante su muerte me enseñaba a rezar por él: toda la Iglesia estaba, para mí, en la plegaria del Padre Abreu. (…) Transcurrieron los años y los años. Hablé con familiares, con amigos y con partidarios de Canalejas. Estudié lo que él escribió, dijo e hizo, y cuanto se escribió sobre su vida y sobre su obra. Guiado siempre e invariablemente por las dos verdades que el Padre Prefecto del Colegio del Puerto me enseñó con ocasión de su muerte: le había asesinado la anarquía; y yo debía rezar por él, ejercitar la caridad al recordarle". (Texto: Bernardo Rodríguez Caparrini).

Tal día como hoy, 6 de agosto, hace 115 años, fallecía en Sevilla Emilio Seca Gutiérrez, un culto y virtuoso presbítero portuense al que faltaban dos meses para cumplir 38 años. Era cura en San Gil, la popular parroquia hispalense que toma su nombre del barrio donde está enclavada, casi lindando con las antiguas murallas de la ciudad, sede en aquella fecha –de 1653 hasta 1949- de la Hermandad de la Esperanza Macarena.

San Gil, la popular parroquia sevillana donde ejerció el Padre Seca.

En ese año de 1897 azotaba cruelmente a las cerca de 150.000 almas que poblaban la capital andaluza  una virulenta epidemia de viruela cuya mortandad rompió los parámetros estadísticos de todas las enfermedades infecciosas, que no eran pocas, padecidas por los sevillanos a lo largo y ancho del siglo que estaba a punto de finalizar. Se estimó, decima más o menos, 50 víctimas por cada mil habitantes, cifra esta que situaba a la capital andaluza en un dramático ranking como uno de los “puntos negros” más importantes del mapa sanitario internacional, solo superada por algunas capitales de la India como Bombay o Madrás, según Indica Ángel Pulido en su obra “Saneamiento de poblaciones españolas. Sevilla”.

Nuestro personaje, asiduo visitante de sus feligreses enfermos, a los que asistía humana y espiritualmente, en sus casas y en los hospitales, confortándolos y administrándoles los sacramentos en sus últimas horas, como no podía ser de otra manera,  al estar sometido a un riesgo constante y continuo, fue contagiado con el fatal desenlace que enunciamos en las primeras líneas de esta breve biografía.

Había nacido en El Puerto, en la casa número 2 antiguo de la calle Nevería, amaneciendo el día de la Hispanidad de 1859. Su padre, que era albañil de profesión, se llamaba Pedro Seca y su madre María Josefa Gutiérrez, ambos portuenses. (No hemos profundizado en investigarlo pero creemos que no tenía parentesco con la familia Muñoz Seca, aparte la coincidencia del apellido).

Una semana después, el 19 de octubre, era bautizado solemnemente en la pila bautismal, ahora en desuso, de la iglesia Mayor por don Francisco de Paula González de la Cotera, Cura Teniente y beneficiado de la misma, que le impuso los nombres de Emilio Julio de la Santísima Trinidad. Estudió en el Colegio Portuense, centro para niños en el que se impartía enseñanza primaria, aunque en su nivel máximo o superior, según matiza nuestro paisano Juan Gómez Fernández en su ensayo: “Formar hombres de bien. La enseñanza en El Puerto de Santa María en el siglo XIX”, colegio del que era propietario y también director Don Ricardo Alcón. Al decir propietario me refiero al concepto porque el inmueble en el que se impartían las clases, si no estoy equivocado, era el antiguo convento dominico de la calle Santo Domingo, propiedad del estado. Al menos el Colegio Portuense estaba establecido en el número 29 de esa calle, número que coincide con el del actual centro de enseñanza, antiguo Instituto Laboral, en el que curse mis primeros años de bachillerato.

Convento de Santo Domingo, hoy instituto.

Refieren que fue discípulo del docto Juan de Luna, completando su carrera sacerdotal en los seminarios de Cádiz y Sevilla. Promovido a la dignidad de sacerdote fue nombrado cura ecónomo de la parroquia de un pueblecito de la serranía de Aracena, una parroquia cuya advocación le recordaría a su ciudad natal, sin duda: la iglesia de San Marcos de Alajar, provincia de Huelva. Poco después iniciaría una prometedora carrera al ser elegido por monseñor Pedro Núñez, Obispo de Coria para Secretario de Cámara y Gobierno de su obispado, carrera a la que el mismo renunciaría poco después con motivo del fallecimiento de su padre. Para estar lo más cerca de su madre, reacia a dejar El Puerto para trasladarse a Extremadura, y acompañarla en la soledad de su viudedad, ocupó un curato en Sanlúcar suponemos que hasta la muerte de su progenitora, siendo promovido finalmente a la parroquia sevillana con la que hemos iniciado nuestro relato.

Púlpito de la Prioral, donde predicaría un año antes de su muerte.

Ejerció de portuense a pesar de estar siempre alejado de su tierra natal, manteniéndose en contacto con amigos, familiares y entidades locales. Había ingresado en la Hermandad de San Pedro In Sacri desde que era subdiácono, asentándose en la misma como hermano en 1881. Su último y público contacto con sus paisanos fue en septiembre de 1896, el año anterior a su óbito, predicando desde el púlpito de la iglesia en la que fue bautizado con ocasión de las fiestas religiosas de la Octava de la Patrona.

¡Gloria al Padre Seca y a todos los anónimos y desconocidos que como él, limpios de corazón,  sirven los demás con honradez y sacrificio! (Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. PUERTOGUÍA).

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Cuando se ha  construido una ciudad, paso a paso, y su urbanismo tiene peso, seguro que es producto de las invariantes. Las invariantes se repiten, están en el inconsciente forjador, son elementos imprescindibles de la personalidad y de la idiosincrasia de algo. Así, las invariantes del urbanismo portuense son las calles tiradas a cordel, el urbanismo en damero; los bluendes, esas especies de almenas que coronan los pretiles de las azoteas; los guardacantones de las esquinas; los cierros bajos y altos; los pavimentos tradicionales; los huecos de escalera; los patios; y los soportales, por ejemplo.

Copia idealizada de plano de El Puerto de 1787. Ameneiro. 1970

Cuando el Puerto fue declarado Conjunto Histórico-artístico, yo creí, inocentemente, que sería su salvaguarda. Esta Ciudad de los cien palacios, ha ido, poco a poco, deturpándose y adocenándose, con la permisividad, ciertamente punible, de las autoridades locales. El paisaje urbano se ha degradado hasta límites insospechados, sin que nadie le ponga tasa ni coto. Aquí cualquiera ha dispuesto como suyo de algo que es del común; el paisaje urbano –y el rústico—heredado, preservable, por Ley.  Pero está visto que la Ley no se ha aplicado, ni se aplica; no se tiene conciencia de estar ante una Ciudad singular, a la que poco a poco se le va despojando de sus invariantes, fijadas y forjadas siglo a siglo.

Es el caso de los soportales de la ribera del Guadalete. Desde Pozos Dulces hasta casi el comienzo del Parque de Calderón por la Plaza de las Galeras Reales hubo soportales, magníficos ánditos cubiertos al mismo nivel de la calle; espacios públicos de suelo sin cielo, antesala de las viviendas de gentes de la mar que han ido quedando como testigos, aparentemente roqueños, de las invariantes arquitectónicas portuenses. Y sin embargo, pese a su robustez, llega un cualquiera y los derriba, impunemente. Con sólo repasar las antiguas fotografías puede apreciarse cómo constituían un conjunto muy homogéneo de construcciones que daban la sensación de haber heredado de nuestros repobladores de la cornisa cantábrica una de sus invariantes y haberlas convertido, con el paso de los años, en nuestra.

Pues no, parece que no. En el edificio de Pozos Dulces esquina y vuelta con calle Chanca, se han permitido sus promotores derribar los soportales y la primera crujía del edificio, pese a la prohibición expresa que tenían de hacerlo.  Sea bienvenido el expediente de la Delegación de Cultura y caiga sobre esos desaprensivos todo el peso de la Ley. A ver si, de una vez, se enteran que aquí no se juega ni con las invariantes, ni el paisaje urbano, ni el rústico, ni  con la historia. (Texto: Luis Suárez Ávila).        

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