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A diario, desde hace algo mas de dos años, Juan Garrucho pasa los días y las noches aquí. Antes, dormía en el interior que daba soporte al cajero automático; tras la obra de sacarlo a la calle, duerme al raso junto al mismo. Los clientes de la entidad bancaria lo sortean para acceder al teclado.

Los vecinos han recogido firmas para que se vaya. En el banco han puesto un seguridad, pero solo en horario de mañana, por lo que al finalizar la jornada laboral, indefectiblemente, Juan regresaba a 'su' banco’ de la calle Luna. Ha estado en un albergue, pero no cumple las normas y se marcha o le invitan a irse. Entidades públicas, religiosas y privadas se han interesado por él, sin tener éxito para que abandone su asentamiento diario. Juan Garrucho permanece, como preso de una maldición bancaria, sin trabajo y con la salud mermada, en el entorno de la Placilla. Allí está su portal, entre mantas, cartones, mientras unos silenciosos maniquíes --sus vecinos en la calle Luna-- comparten espacio, junto a una farmacia, ante las múltiples y variadas miradas de los viandantes. Es el Portal de Juan Garrucho.

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Juan Segura Lobo, nace el 20 de Septiembre del 1913 en El Puerto de Santa María, hijo único de Manuel Segura Pérez natural de Puerto Real y Carmen Lobo Rodríguez de ésta. Su padre, Manuel, trabajaba de guardagujas en la línea Jerez-La Parra y allí vivía la familia hasta que decide dejar este trabajo y abrir una taberna de vinos en el centro de El Puerto. A partir de aquí, existen dos versiones: , según un informe de la policía, Manuel abre el bar ‘El Chorro’ el 19 de Mayo de 1922 y según la mutua laboral de trabajadores autónomos el 20 de abril de 1921. Sobre esa fecha Manuel alquila la casa situada en la calle Ganado núm. 23  -entonces calle de Calvo Sotelo-- para vivir en ella y también alquila el local situado en el número 9 de la mísma calle, donde comienza la aventura del bar.

El nombre ‘El Chorro’ creemos es debido a una fuente que había un poco más arriba donde hoy esta Bankia, antes Banco Central, esquina con la calle Larga. Juan tiene por entonces 7/8 años y estudia en el colegio de Ricardo Alcón situado en la planta superior del bar, también va a Bellas Artes y da clases de Francés en la calle Larga, hasta que cierra el colegio (no sabemos por qué ni el año) y su padre lo pone a trabajar en el bar ya que este va marchando bien y lo necesita para que le ayude.

En el interior del Bar El Chorro, el padre de nuestro protagonista, Rafael Álvarez Santander, suegro de Ricardo 'el de las gomas' y Juan con su hija mayor en brazos, María del Carmen.

Fruto de este periodo fructífero, el 28 de Mayo de 1941 Manuel compra la casa completa a la dueña: Vicenta Serrano; esta casa da a dos calles, Ganado y Ricardo Alcón, decidiendo entonces la familia irse a vivir a la planta superior y dejar la de abajo para el bar que aumenta el espacio a casi toda la planta colocando mesas y sillas en un patio interior; también alquila un local situado enfrente justo del bar que utiliza como almacén y donde coloca varios toneles de vino.

Juan, en Sevilla, con algunos compañeros de hostelería.

Entre el año 40 y 50 del siglo pasado, nuestro protagonista, Juan comienza a llevar el peso del bar y le vemos en algunas fotografías con otros empresarios de la hostelería de El Puerto en reuniones que hacían en Sevilla todos los años.

También, en estos años, en un desplazamiento a Málaga, Juan conoce a la que sería su esposa, Magdalena Mercader Pérez, una mujer maravillosa, guapa, simpática y querida por todos. Magdalena deja su Málaga natal y se casa con Juan el 17 de Junio de 1951 y en Diciembre de 1952 nace su primera hija María del Carmen, en 1955 Victoria, en 1957 Manoli y en 1961 el único varón, Enrique.

Durante cuatro décadas, el bar se llenaba de clientes sobre todo a la salida de los trabajadores de los bancos y comercios y también los domingos, cuando había toros, era un trasiego de gente entrando y saliendo.

En el año 1952 Manuel, ya mayor, pasa todos los poderes  del bar a nombre de su hijo. Pero en la década de los sesenta la venta de vino en estos locales empieza a decaer y en el año 1961 Juan pide permiso para poner un futbolín; más adelante, en 1967 también solicita permiso para poner un televisor, para animar un poco las ventas pero estas siguen bajando y el cierre era ya inevitable, creemos que entre 1972 y 1975 el bar ‘el Chorro’ cierra sus puertas.

De derecha a izquierda vemos a los hijos de Juan y Magdalena: Manoli, Victoria, Carloti (una prima) María del Carmen y Enrique. A la madre, Magdalena, la vemos situada entre una pareja amiga, al parecer en feria.

Juan alquila parte del local para ganar algún dinero a una tienda de electrodomésticos con el nombre de "La casa de los Martínez". Aunque Juan sigue vendiendo vino algún tiempo más en el local que tiene enfrente de su casa hasta que en el año 1982 aproximadamente cesa toda actividad. Ya en su jubilación Juan se dedica a dar largos paseos por la ciudad y no había obra que se estuviese realizando en El Puerto que él no conociera.

Juan al fondo de la imagen, con algunos clientes en primer término.

Era muy buen amigo de los dos hermanos Roque --el de la zapatería, ver nótula num. 675 en GdP-- y el de la droguería --ver nótula núm. 280 en GdP--, así como de Manolo Carrillo el vendedor de periódicos --ver nótula núm. 076 en GdP--. Aficionado a los toros, la playa, andar y el vino. Falleció el 21 de diciembre de 1999.

Nuestro agradecimiento a José Cordón Quintana.

Juan Segura Lobo, propietario del desaparecido Bar ‘El Chorro’, situado en la calle Ganado, con salida a Ricardo Alcón, en el centro de la imagen. A la derecha, su cuñado Enrique, casado con su hermana Magdalena. A la izquierda, Vicente, propietario de los desparecidos electrodomésticos ‘La Casa de los Martínez’. Agachados, su hijo Enrique y un amigo.

En próximas fechas, publicaremos en Gente del Puerto una nótula sobre Juan Segura y su afamado bar ‘El Chorro’.

Desde 1838, este casco de bodega se encuentra en la desembocadura  del río Guadalete a la Bahía de Cádiz atlántica. Los vientos secos de Levante y húmedos de Poniente provenientes del Oeano Atlántico regulan la humedad ambiental manteniendo las condiciones óptimas para los vinos. /En la imagen, cuando era propiedad de A & A Sancho.

La estabilidad y calidad de los vinos Gutiérrez-Colosía están garantizadas por una esmerada crianza por el sistema de criaderas y soleras, siguiendo la mejor tradición de la comarca. La estructura de las bodegas es conocida en la zona como "nave de catedral". Son edificios de gran altura y numerosos arcos que exponen los vinos a la influencia del clima especial del que goza la comarca del Jerez.

Herederas de una larga tradición vitivinícola: La primera nave fue construida en 1838 y se conserva prácticamente igual que entonces. Pasó por varios propietarios hasta que a principios del siglo xx la compró José Gutiérrez Dosal, bisabuelo de la última generación de la familia Gutiérrez-Colosía.

Imagen aérea de las actuales bodegas Colosía, con el vapor al fondo.

En 1969, la familia Gutiérrez-Colosía compró las ruinas del Palacio del Conde de Cumbrehermosa -cargador de Indias-, que ya tenía una bodega, y en su lugar hicieron construir dos naves más, hoy en desuso bodeguero. Las Bodegas Gutiérrez-Colosía son las únicas que actualmente dan directamente al río Guadalete lo que le aporta la humedad perfecta para la crianza biológica de los vinos finos bajo el velo "en flor" (microorganismos que se reproducen en la superficie del vino).

Más información de Bodegas Colosía: nótula 707 en GdP, Juan Carlos Gutiérrez Colosía

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(continuación)

Calles del centro, escenarios de recorridos de procesiones del Corpus y de la Virgen de los Milagros, olores a romero y nardos que anunciaban el comienzo y el final del verano. Olor a primavera, a azahar, a Semana Santa, a cera, incienso y a naftalina de las dalmáticas de los monaguillos. /En la imagen, el arcipreste de la Ciudad, Manuel Salido y el miembro de la Archicofradía del Santísimo, Ramón Jiménez Loma, en una procesión del Corpus de los años sesenta.

A veces, siempre en compañía de mi hermano, me aventuraba para explorar nuevos límites, nuevas calles hasta lo que hoy llamamos Barrio Alto. Nuevas sensaciones, gitanos de la calle de la Rosa y un olor nuevo, el de alhucema quemada (parece que para favorecer el sueño), miré a mi hermano y le dije: "¡Huele a vieja!". Recuerdo el olor de otra aventura, me intrigaba un indigente al que veia algunas veces sentado en una casapuerta comiendo pan y pescado frito (o "mijitas", no lo sabía). Quise experimentar esa sensación de "ser pobre" comprando su misma comida en el freidor de la calle Nevería y adentrarnos en calles oscuras, donde nadie nos viese, y vivir a fondo la sensación de ser mendigo por un instante. Tal vez fue mi forma de ser solidario con su injusta desventura.

Muchos adolescentes de mi edad frecuentaban el salón de juegos de la calle Palacios, billares y futbolines a los que mis padres me prohibían el acceso, pero no pusieron pega para apuntarme a Acción Católica, donde había un futbolín y una mesa de ping-pong. Nuevos olores de comida benéfica los domingos, donde se instalaba un comedor (con acceso,por la calle Diego Niño) gestionado por las Damas de la Caridad y donde colaborábamos instalando y sirviendo las mesas. A partir de ahí, mi hermano se integró en una pandilla de amigos y me cambió por los guateques de azotea.

La pubertad llegó al mismo tiempo que el turismo. Olor a coco del bronceado de las guiris del "Cangrejo Rojo", las niñas de mi pandilla preferían sin embargo un preparado de aceite de oliva, Inma y Carlota olían a ensalada en el Club Náutico. /En la imagen de la izquierda, publicidad del Cangrej Rojo, luego Club Mediterráneo.

Los olores de la plaza no formaron parte de mi primera infancia. Algunos recuerdos de ver a animales disfrazados, creo que por Todos los Santos o la Inmaculada. Funesto y grotesco. Nada que ver con el olor a chicharrones y manteca colorá, tan poderosos como el de los puestos de pescado. Olor a hierbabuena, apio y fruta del Vela en la Placilla.

El tiempo vuela y el otoño del 68, el otoño de las nuevas ideas y ansias de libertad, me lleva al último Preu de los Jesuítas (luego sería Cou), Pepe Buhigas, Miguel León, Javier Díaz, Tony Castillo, Emilio Flor, compañeros, amigos. Colegio de los Jesuítas y la casa de Faelo en la calle Larga, puntos opuestos en la distancia y tal vez en la mente de los curas, pero genialmente complementarios para comprender que la cultura es hermana de la libertad. Olores denlas calles Santa Lucía, Durango, Conejitos, San Francisco. Visita por las tardes a casa de Faelo, olor a jazmines y dama de noche, embriaguez de perfumes, de música clásica, poesía y de alguna copita del barrilito de fino. Placer infinito y paz interior en las puestas de sol de Fuentebravía.

Sopa de Tomate, hecha con pan duro a fuerza del Levante.           

A todo esto, ¿y el Levante?. De entrada, el Levante huele a Estrecho, a los Alcornocales y a las colinas de Vejer, a Valdelagrana y a Guadalete, a sirena del vapor en la azotea y a gaviotas que se adentran en tierra. El dolor de los juanetes de mi abuela, los brincos repentinos de los gatos, el "pato" de las niñas de la pandilla y los delirios de más de cuatro anunciaban su llegada. Para saber más sobre la influencia del viento de Levante recomiendo el opúsculo escrito por el bueno de Enrique Bartolomé. Y si el Levante pone el pan duro, bienvenidos sean la sopa de tomate, el ajo caliente y las torrijas, todo tiene su parte buena, para eso somos del Puerto.

Vivir en Francia me aportó innumerables beneficios ideológicos, culturales, profesionales y familiares. Cuando veníamos de vacaciones dejábamos la autopista en Jerez y no en Puerto Real para buscar un sentimiento apoteósico: divisar El Puerto desde lo alto de la cuesta de Matajaca, el mar, las salinas... y oler, oler El Puerto, porque los olores de lo vivido son eternos.

Pisa de la uva por el sistema tradicional.

¿Qué diferencia puede existir entre el olor a vino fino en una calle bodeguera de El Puerto y en otra de Jerez? La respuesta merece detenerse un instante. Cuando los 20 o 30 millones de células olfativas captan un olor, la información llega al sistema límbico y al hipotálamo, que son las regiones cerebrales responsables delasmemociones, sentimientos, instintos e impulsos. Ese olor va a modificar directamente nuestro comportamiento y las funciones corporales (producirá emociones, sentimientos de adhesión, rechazo). Sólo más tarde, parte de la información olorosa alcanza la corteza cerebral y se torna consciente.

Al tornarse consciente, el olor se racionaliza, se cataloga y se generaliza: en todas las calles bodegueras del marco de Jerez el olor a vino fino es el mismo, pero el que percibo en El Puerto es el mío, el que descubrí, el que generó en mí determinadas emociones antes de aprenderlo y guardarlo en la memoria para reconocerlo en otros lugares. Donde quiera que huela a vino fino, mi memoria dirá: "¡El Puerto!"

En base a esta premisa he pretendido describir olores que, desde la infancia, jalonaron mi vida, crónica del conocimiento, emociones y vínculos que estructuraron y definieron mi personalidad afectiva y mi conciencia de pertenencia a esta tierra. (Texto: Diego Utrera Sánchez)

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Leyendo el otro día el bellísimo canto a las calles de El Puerto de Pilar Paz Pasamar me vino a la mente el recuerdo de una multitud de olores, identificando todos ellos lugares y momentos de mi porteña vida.

Ultramarinos La Argentina /Foto: Quico Sánchez. (Centro Municipal de Patrimonio Histórico).

¿A qué huele El Puerto? Un profesor de Psicología genética del niño nos comentaba la experiencia llevada a cabo en una maternidad con lactantes de pocas semanas que lloraban y sólo se calmaban si se les ponía al lado una prenda de la madre. El recién nacido integrará esas primeras sensaciones viscerales que le permitirán reconocer y discriminar el olor de su madre entre todos los demás. Es esa genialidad hipotalámica del olfato como generador de vínculos la que me lleva a recordar olores que, de alguna forma, definieron mi vida y mi entorno, por lo que siempre serán únicos.

Todos los hogares portan la impronta de la vida de sus moradores. Mi casa olía a leña para la cocina, a brasero de invierno en el que no era raro un tufillo de goma quemada de zapatilla. El punzante olor de Zotal de la ferretería de mis tios subía hasta casa mientras los clientes hablaban de fútbol en invierno y toros en verano. La calle Luna, recorrido desde casa hasta el colegio de Doña Paquita en el que ya mi madre fue alumna. Olor a café tostado de La Giralda, a pipas del carrillo de Severo y a zapatos "Gorila" comprados en Rialto a principios de curso. Misa de ocho de la tarde los domingos en la Prioral, "vuelta al ruedo" con mis padres visitando todas las capillas a la espera de los actos litúrgicos de los siete domingos de San José, olores propios a beata, a incienso y velas con música de órgano del maestro Dueñas. Bajada por la calle Ganado para ver el resultado del partido del Racing en el tablero de la Secretaría del club junto al colegio de La Merced y el almacén de mi padre, compra semanal de dulces en "La Perlita" y vuelta a casa.


En la imagen, personal de Confitería 'La Perla': Pía, Vaca, ...

Mi vida se limitaba a un espacio tan reducido como repetitivo, recorridos en los que se incluía la visita a mi padre a la salida del colegio mientras mi madre ponía la mesa. Calle Nevería, olor a Floïd de la barbería de Pepín y a chamusquina en la hojalatería cerca de la esquina con Ganado, con gatos en la puerta con el pelo ennegrecido.

El tramo de Ganado, entre Larga y Nevería, tenía una vida bullanguera, olor a telas en Moresco, novias y niños de Primera Comunión que inmortalizaban esos trascendentes momentos en Fotos Pantoja, cuadrillas de toreros en la Pensión Loreto, de donde emanaban olores de cocina popular y de pescado en tartera, muy distintos, evidentemente, del olor fuerte, acre y punzante de la droguería de Roque. Amas de casa que volvían apresuradas de la plaza con las provisiones para la comida.

Mi padre olía a los jamones y chorizos colgados con puntillas en las vigas y de los que en verano caían gotas de grasa que impregnaban el babi de faena y prolongaban el olor hasta la casa. Olor a serrín, a aceite de oliva a granel y a papelillos de café antes de que llegara el café Saimaza empaquetado. Era costumbre tener uno o dos gatos, mi padre decía que los machos se iban con el celo y las gatas eran más fieles..., nada nuevo bajo el sol de los humanos. Los gatos se alimentaban de los restos de comida de casa y algunas sobras extra del Loreto. Cuando no había sobras, mi padre mandaba a comprar en la plaza un poco de pescado de escaso valor, solían ser pequeños jureles. Tomando una vez una cerveza en Almería, donde ponen sistemáticamente una tapa sin tener que pedirla, le pusieron a mi amigo un jurel a la plancha (en Almería no saben freír el pescado por no tener la harina apropiada) y, al verlo, me dije: "¡Pero si esto es comida para gatos!". Y nunca comí un jurel.

Propaganda de 'Las Novedades'.

Cuando se acercaba la Navidad, volvíamos a casa por la calle Larga para ver los juguetes en el refino de la viuda de Luis Pérez Grant, que olía a Heno de Pravia.

Mi padre nos llevaba algunos domingos al fútbol en el Eduardo Dato, donde olía fuertemente al potingue con el que "el Chicharito" embadurnaba las piernas de los jugadores mientras los aficionados combatían el frío con los vasitos de coñac que vendía "el Palote". La zona me resultaba familiar puesto que donde hoy está La Ponderosa había una pequeña finca de recreo que mi padre alquiló en verano en algunas ocasiones. Los siguientes, y así todos los restantes, mi abuela cargaba con siete nietos tomando el coche de Bootello hasta la playa de La Puntilla, donde se afanaba tejiendo mallas de seda amarilla para las botellas de Centenario mientras el moderno transistor emitía las venturas y desventuras de los protagonistas de "Ama Rosa", "Sangre Negra" -con guión de Guillermo Gautier Casaseca- decía el locutor al presentar las novelas. Mientras tanto, nos ocupábamos para hacer pasar las rigurosas tres horas de digestión antes de bañarnos, dos horas y media para mojarnos los pies. El Poniente nos hacía tiritar a la salida del baño, lo que mi abuela atenuaba con un sorbito de vino dulce que guardaba en un botellín de cerveza. Paseos hasta el Castillito y las dunas, olores a eucalipto, pinos y retama, olor a ostiones con marea baja y a cangrejos moros en la escollera desde donde algunos adolescentes cruzaban a nado el "canal" atentos al paso del Vapor. Olor a arropía pregonada por "el Sevillano" y a sardinas del Bar Ramoní, que se anegaba con las mareas de Santiago. A veces perdíamos el último autobús, caminata de vuelta a lo largo del río, la vista de la Pescadería y el olor de las redes nos anunciaban la proximidad del Parque.


El padre del autor del artículo, Diego Utrera, junto a Matiola, conserje del Banco Central.

El paso de los años nos proporcionaba autonomía y la posibilidad de extender el perímetro del espacio de nuestra vida cotidiana. La Plaza de Peral en invierno (rodillas desolladas por las caidas en el albero), el Guarda Clemente disuadía de jugar a la pelota y de pisar los jardines, olor a flores, a naranja agria (que mi madre utilizaba en la coliflor frita), araucarias luego trucidadas por ávidos gobernantes... El Parque en verano, sublime olor a bajamar cerca del puente de San Alejandro, impregnado en las casas y soportales de enfrente, rincón marinero de mi infancia. El muelle del vapor, el olor de "La Mezquita" y de la bodeguilla de González, donde mi madre me enviaba a comprar vinagre y vino de guisar. Olor a carburo del carrillo del Cine Macario. Olores a perfumes del refino de Maraver en la calle Larga, donde tenían el gel Moussel. (Texto: Diego Utrera Sánchez).

(continuará)

La vespa con matrícula CA-21988, matriculada en 1959 y conducida por Pepe Cabrera, lleva de ‘paquete’ a dos intrépidos motoristas Juan Monge Reinado y Paco Dueñas Redondo. La imagen, tomada desde la acera del antiguo ayuntamiento, muestra dos peculiares camiones de la época delante de uno de los laterales de la plaza de Isaac Peral.

En la imagen, inferior, los Renedo Varela, en su casa de la calle San Bartolomé, 14,  De izquierda a derecha, Domingo, María Teresa --que vive en Estados Unidos--, Pilar, Javier, Jaime, la madre Hortensia Varela Moreno esposa de Domingo Luis Renedo Fernández, Hortensia, José Ignacio, María del Carmen y Natividad, que vive en Tucson (Arizona, EEUU). Faltan tres hermanos en la fotografía.

Imagen actual del patio donde fue tomada la fotografía, donde hoy se encuentra la pensión o ‘Bed an Breakfast’ de Penny y Alan, de nombre ‘Casa Número 6’.

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A José Luis Tejada y Manuel Martínez Alfonso

Arcos. Arenas. Aurora.
La de la Capillería.
De las Cruces. La cruz Verde.
De la Chanca. Los Meleros.
La del Durango. Espelete
y la de Jesús Cautivo.
La Larga. La de la Luna,
de los Descalzos y la
de las dos Misericordias,
vieja y nueva. La Mostaza.
Calle de las Neverías.
Del Palacio —o los Palacios—.
De la Palma. De los Pozos
Dulces... (¡De los Pozos Dulces!)
De Pozuelo. De la Rosa.
De la Ribera del Río.
La de San Bartolomé.
La de San Juan. Sebastián.
Santa Fe. Santa Lucía.
La de la Santa María.
La del Sol. La de Valdés.
La del Vicario y la Yerba.
De la Zarza. Del Castillo.
(Ya plazas.) De las Galeras.
La Plaza de la Herrería.
La Iglesia. La del Peral
y aquella de los Jazmines.
La del mercado de abastos,
la de la Pescadería,
la plaza del Polvorista,
la otra de San Francisco.
Paseo María Cristina
y la ronda del Vergel.
Viejo barrio de la Guía.
El ejido de San Juan,
el otro de San Francisco.
La Cocina. La Marina,
los muelles y el Portalón
marinero, y la Victoria...

...Estos nombres componen el poema,
se han ensartado unos con otros
como manos de romeros en fiesta.
El pueblo les nombró con lo que tiene:
cielo, pozo, alba, cruz, luna, sol, yerba…
Los otros son los nombres temporales,
pero esta es la feliz nomenclatura,
los nombres quietos como las chumberas
detrás de los tapiales, frente al mar,
por sí mismos se cantan en un trino invariable.
Pájaros los destejen por las mañanas suaves,
redes les aprisionan por las tardes doradas,
ancianos los encalan de luz con la memoria,
muchachas y chiquillos repiten como besos,
poetas los mastican como la yerbabuena...
¡Calles del Puerto! ¡Nombres en cadena,
antiguo puerto de la sal, espacios
que son versos escritos en el aire!

Él fue quien dijo, el pueblo, y se quedó
diciendo para siempre, como dijo el poeta
de Moguer. Se recogen como peces: cielo, alba,
cruz, luna, sol, estrellas...
Se agrupan en el labio, se confunden,
los decimos despacio, enarbolados
hacia el lugar que habitan las cigüeñas.

Pilar Paz Pasamar.

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Querido Salvador, la muerte de Juana Cortés Jiménez, tu Juani, me ha dejado sin palabras. Con rabia y dolor, he marcado el número de teléfono de tu casa, pero la llamada se ha perdido por el aire de los cables, sin posibilidades de retorno ni aviso. Ahora no sé dónde depositar esta pena que me consume y acompaña todo el día. Como sabes, estoy lejos, imposibilitado de darte un abrazo y empaparme para compartir contigo ese amargor que cierra tu garganta impidiéndote respirar.
A pesar de quererlo con todas mis fuerzas, no tengo para el amigo el consuelo de la palabra que tranquiliza, y desconozco cómo hacer para que se obre el milagro de devolvértela que es lo que tú quisieras ahora. Ni siquiera sé cómo llenar ese inmenso vacío que te consume en estos momentos. Me resisto a rezar al Dios que ha consentido que la Muerte te la arrebate tan joven y tan llena de esperanzas; ahora, justamente ahora que empezabais a revivir… Lo siento, no deseaba traer a tu memoria recuerdos que sólo portan amarguras. Espero vernos pronto para abrazarte con fuerza, y pedir juntos que allá donde quiera que esté, ella siga iluminando tu vida, que continúe dando los consejos de esposa, madre y abuela. Ella ya es libre. Somos nosotros los que seguimos esclavizados en el día a día. Ya descansa en paz y brilla en ella la luz eterna de la verdad. Que así sea. (Texto: Alvaro Rendón Gómez).


Durante la presentación del libro de Salvador Cortés Núñez ‘el Chigüi’, vemos a  su mujer Juana Cortés Jiménez a la derecha de la imagen, junto a Luis Suárez Ávila que prologó el libro ‘Alma Gitana’ en las Bodegas Colosía, en enero de 2010. En la instantánea, familiares y amigos del matrimonio, junto a Manolo Pico, presidente de la Academia de Bellas Artes, el cantaor Pansequito y el alcalde de la ciudad, Enrique Moresco.

Salvador y su mujer Juana han trabajado como vendedores ambulantes, oficio que no es ajeno a los gitanos. En la puerta de Simago, en la calle doña Blanca de Jerez, planta sus reales, como vendedor. Luego en los mercadillos semanales de Jerez, Cádiz, San Fernado, El Puerto, Sanlúcar. Su mercancía son las medias de señora. Con las medias ha logrado llevar su casa adelante y tener de su matrimonio con Juana, cuatro hijos que le siguen en los negocios: Esperanza, con tienda abierta en la calle Santa Lucía, Rocío, con establecimiento en la calle Ganado; Francisca con tienda en Valdelagrana y Salvador que atiende a los mercadillos, tiene puesto en la Plaza de Abastos y, sobre todo tiene una exclusiva de Alonso para vender camisetas en los Campeonatos del Muno y en ls concentraciones moteras. (Texto: Luis Suárez Ávila).

Hace 46 años, el Colegio La Salle 'Santa Natalia' organizaba, con motivo del Domingo Mundial de las Misiones (conocido por el acrónimo de DOMUND) la conmemoración anual en la que la Iglesia Católica promovía el espíritu misionero de evangelización en países del entonces llamado ‘tercer mundo’, entre otras actividades, con una cabalgata con mas voluntad que medios, por las calles de El Puerto.

Alumnos, profesores y padre de familia se implicaron en aquella celebración, con furgonetas, tractores, disfraces improvisados, grupos en bicicletas, coches particulares y el espíritu de hacer cosas formando a los más pequeños, que siempre imperó en dicho centro educativo.

Aquel 23 de octubre de 1966 --el Domund se había fundado en 1926, cuarenta años antes-- el lema era ‘Domund de la Paz’, recogiendo unas palabras del papa Pablo VI a la ONU «Jamás la guerra, jamás los unos contra los otros».

Una cabalgata pasando por la calle Vicario, procedente de la Iglesia, en el cruce con la la calle San Juan. Vemos a Garrucho, Thuillir, Romo, entre otros sobre la carroza y, a la derecha, entre el público a Pepe Morillo y a su mujer, Mariquita Sánchez.

Habitualmente se organizaban cuestaciones con huchas de cerámica, simulando caras de niños de lugares remotos, recordando las diferentes razas que enseñaba la Enciclopedia Álvarez: «El criterio de clasificación más extendido y admitido es el que divide a los hombres en cinco razas: teniendo en cuenta el color de su piel: blancos, negros, amarillo, cobrizos y aceitunados o malayos». ¡Siempre me pregunté de chico, al leer y memorizar aquello como serían los niños cobrizos o aceitunados!

Algunos modelos de huchas de cerámica del DOMUND.

Así que, entre organizar actividades públicas que llamaran la atención sobre el hecho misionero, estimulando las vocaciones para ir a evangelizar el mundo y reflexionar sobre como andaba el globo terrestre en esto de la fe católica, los niños de los colegios religiosos nos dedicábamos a ir, casa por casa con aquella hucha pidiendo ‘una limosnita para los negritos’.

Una vista de la plaza de la Iglesia, con el paso de la cabalgata. En primer término la banda de cornetas y tambores de la Cruz Roja. /Foto: Monclova.

Todo venía de antiguo, en 1926 el papa Pío XI publicó en su encíclica ‘Rerum Ecclesiae’ la importancia y urgencia de los objetivos misioneros programados al principio de su pontificado, una frase grandilocuente de aquel documento papal lo recuerda: «La Iglesia no tiene otra razón de ser sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, dilatando por todo el mundo el reino de Cristo».

Un batallón de 'chinos' en bicicleta, con el slogan de aquel año: 'Domund de la Paz'.

A mi ya me empezaba a mosquear ver como imágenes con representaciones religiosas que eran adoradas de la forma mas pagana, estaban rodeadas de innumerables joyas, mientras en el mundo los niños se morían de hambruna y sequía.  Y nosotros, por las casas pidiendo, un año más, ‘una limosnita para los negritos’.

Y los disfraces, del Siglo de Oro, indios y vaqueros (yo iba de vaquero y mi hermano de chino), romanos, todo cabía en una cabalgata que buscaba llamar la atención sobre el hecho de las misiones.

Todos implicados: repartiendo folletos, con huchas, disfrazados, hasta Caílla iba con su furgoneta colaborando para la ocasión.

Pero bueno, en abril de 1926 el Prefecto Cardenal Vicco, de la Sagrada Congregación de Ritos, firmaba un documento por el que se fundaba el Domingo Mundial de las Misiones. El acrónimo Domund fue creado por Ángel Sagarminaga, primer director de las Obras Misionales Pontificias de España en 1943.

Poco ha cambiado desde entonces, y ya hace 46 años, el método de tracción de las carrozas: un tractor servía entonces para transportar a los niños y hoy para las cabalgatas de Reyes o Carnaval.

La banda de cornetas y tambores de la Cruz Roja a su paso por la calle Vicario y plaza Juan Gavala. La cabalgata, procedente del Colegio de La Salle hasta la Iglesia Mayor, regresaría dando la vuelta en la plaza de la Iglesia, al centro educativo.

Así, se fijó el domingo penúltimo de cada mes de octubre como Jornada de Oración y Propaganda Misionera en todo el orbe católico. Se celebraría en esta jornada la misa ‘por la evangelización de los pueblos’ y el sermón dominical de la misa tendría carácter misionero, con especial referencia a la ‘Obra de la Propagación de la Fe’.

Según la la propia organización del DOMUND, "El 37% de la Iglesia católica lo constituyen territorios de misión, un total de 1.100 circunscripciones eclesiásticas que dependen de la ayuda personal de misioneros y misioneras y de la colaboración económica de otras Iglesias para realizar su labor. Con los donativos se subvenciona el sostenimiento de los misioneros y sus colaboradores. También se atienden otras necesidades especiales: construcción de iglesias y capillas, formación cristiana, compra de vehículos..., además de desarrollar proyectos sociales, educativos y sanitarios. La Asamblea Plenaria de los Directores Nacionales de las Obras Misionales Pontificias, que se celebra cada año en Roma, distribuye equitativamente entre las solicitudes presentadas por los misioneros la totalidad de las aportaciones llegadas de todo el mundo. Por eso se pide la colaboración con el DOMUND sin hacer referencia a proyectos concretos". /Texto: J.M.M. /Imágenes: Archivo La Salle.

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Sabes..., buscando el significado de tu nombre, no me he llevado ninguna sorpresa, pues es cierto que eras ·”el Jardín de Dios”.  Tu  bondad, perseverancia,  valentía, tolerancia  y tu gran corazón, hacían que el arrullo de tus brazos, efectivamente Cfueran no sólo “el Jardín de Dios” si no el mismísimo Paraíso para tus hijos.

Carmen Durán, con una clienta norteamericana.

La impronta  y el bullicioso carácter de mi padre, -en contra punto con el tuyo-  tan  equilibrado y sereno, podrían hacer pensar, que  no has brillado con luz propia, pero….qué equivocados están! Estoy segura que dirías, ¡déjalo hija, qué más da! Pues esta vez, ¡no lo voy a dejar!, Y ¿sabes por qué? Pues porque -¡al Cesar lo que es del Cesar!

Carmela Durán Valle, nació el 27 de Octubre de 1914 y falleció el 23 de Octubre del 2006. Era la cuarta hija de: Manuel Durán Infante y Josefa Valle Troncoso. Tu padre trabajaba en la Bodega de Caballero, y como la carpintería no se le daba  nada mal, arreglaba Cómodas de Caoba, y todo tipo de muebles. Hacia unas cajitas pequeñas, que eran un primor. Su madre, era una gran  modista, pero solo cosía para la familia. Con tanta niña,  creciendo,  no le quedaba otra que coserles toda la ropa para que todas fueran decentes e impecables. Ocho fueron sus hijas, por más que buscaron al machote  todo fue en vano. Lo que tenían de bueno en aquellos difíciles años era que a la canastilla, no había que tocarla, pasaba de una a otra criatura, sin enmendar colores.

Luisa  fue la mayor, llevaba algún tiempo enferma, no sé con certeza, cuándo le vinieron con la buena nueva, de un medicamento casi milagroso: la Penicilina, probablemente. Se le abrió un horizonte esperanzador, pues  este medicamento, ciertamente, estaba  salvando muchas vidas, sin embargo… para personas como ella --probablemente  alérgica--  fue letal. Sólo tenía diecinueve años, y toda una vida por vivir.   Le seguían: Josefa, Carmen, Carmela --mi madre— y repitieron por dos veces, los nombres de las niñas que murieron, uno de ellos: el de Milagros- Antonia. Emilia y nuevamente, Milagros --la tata-- un ángel para toda la familia-.

SU PRIMER TRABAJO.
Desde los nueva añitos, al ser consciente de la precaria situación familiar, se revistió de una madurez impropia de sus pocos años y  comenzó a aportar --no sé bien si una  perra chica o  perra gorda-- céntimos de las antigua pesetas- o qué? Puede que ni eso, siquiera, tal vez… el beneficio era tener una boca menos a la hora de sentarte a la mesa.
Su vida nunca fue fácil, la enfermedad de su hermana Luisa y el coste de sus medicinas, hizo que las mayores tuvieran que dejar el Colegio, y los juegos de niñas, para enfrentarse al mundo con un delantal, que había que ajustar por todos lados.

Jamás  renegaste, de todo cuánto te tocó vivir. Eras una mujer practica, “--Lo que no tiene remedio, no hay que darle más vueltas”, decías. Lo olvidabas y te centrabas en lo que “había que  hacer”. No implicaba que fueras fría, nada más lejos, tu calidez, se  extendía más allá de la frontera de tu casa.

POLEÁS Y BONIATOS.
En aquellos años de tantas penurias,  tras la Guerra Civil, el sustento de aquella familia, cómo para muchas tantas otras, dependían en gran medida, de la harina para las Poleás,  casi sin aceite siquiera, para refreír la matalahúva y los coscorrones de pan y los Boniatos. Fueron años de muchos sinsabores, no solo por el hambre, si no por la falta de esperanzas.

Trabajaban todas, pero  no había para lujos, porque lujo era  tener que comprarse otros zapatos,  aunque estuvieran gastados los únicos que tenía. Afortunadamente, salieron adelante con mucho esfuerzo, sí, pero como la mayoría de las familias, con el fruto de su honrado trabajo.

A medida que fue creciendo, daba muestras de la esplendida mujer que  sería, y claro está,  esto no paso inadvertido para  un chaval un poco picarón, --para que nos vamos a engañar— (ver nótula núm. 326 de Agustín Vela Mariscal en GdP) que al verla en su caminar diario hacia La Sericícola, en donde trabajaba, comenzó a  cortejarla. Era fácil que le conquistara, tenía lo que se dice ‘mucha labia’·  Desde ese día, las ayudó todo lo que pudo, pues el abuelo Antonio, su padre, tenía una huerta, la que años después se conocería como Granja San Javier y, afortunadamente, no les faltaba de nada. Ni que decir tiene, que les arrimó muchos productos de la hortofrutícolas y  fue un gran alivió para la economía familiar.

GRANJA SAN JAVIER.
Con el paso de los años, tras la muerte de sus suegros --mis abuelos Antonio Vela Aragón y María Mariscal Muñoz— se casaron y trasladaron a la Huerta: la Granja San Javier (ver nótula núm. 783 en GdP). Durante tres o cuatro  años, su felicidad fue completa, pues la providencia le había hecho el regalo más hermoso que a una mujer le podían hacer: dos hijos preciosos: María del Carmen ‘Mari’ y Agustín ‘Tito’.

Nuevamente, aparecieron las dificultades, tenían que dejar definitivamente la huerta y emprender  la dolorosa y preocupante  aventura de sobrevivir,  en un medio que se les antojaba ajeno. No se arredró cual Agustina de Aragón,   enarbolando la bandera del ‘querer es poder’. Y lo lograron.

Él era la fuerza, ella  la perseverancia. Él  la pasión  desmedida por la vida,  ella la serena templanza. Él la alegría, ella la calidez. Él la bulliciosa personalidad, ella  su silente equilibrio. Eras una mujer muy inteligente. Yo diría que sabia, claro que las más de las veces, --el que tu y yo sabemos-- no siempre oía tu certera opinión. Era de una generación, en la que  por la fuerza de la costumbre, presumo que el machismo era bien entendido —las mujeres, les ayudaban a trabajar, criar hijos, pero la opinión que imperaba era la del hombre, aunque después lamentaran no haber seguido la corazonada, o el buen juicio de mujeres tan sensatas como ella. Claro está que hay  excepciones en todo, ¡afortunadamente!

Cuándo Carmela decía que tenía ”la cabeza caliente” sabíamos que le sobraban los problemas, pero… sin perder la calma, sabia  resolverlos, con esa templanza, exenta de frialdad, que le caracterizaba.

Ves mamá, ¿porqué estoy tan orgullosa de ti? Que habría sido  de ese ‘mar bravío’, sin tu  infinita paciencia y tu equilibrio? No sólo  él, fue afortunado al encontrarte,  tus hijos lo fuimos infinitamente más. Tu perdida, ha sido la indefensión más grande, a la que he tenido que enfrentarme. No  por estar sola, ni desamparada ¡nada más lejos! Sabes bien que no, pero…..eras el anclaje de mi vida,  ese puerto seguro en el que ni las mareas  ni el mar de leva, ni mil tsunamis, podían siquiera zafarme de tu cariñoso  y reconfortante abrazo.

Tras abandonar la Huerta, sus amigos: José Brotons, funcionario del ayuntamiento y  su esposa Natividad les acogieron en su domicilio, de la calle Curva, donde nació su tercera hija: Milagros ‘Yayo’.

PRIMERA FRUTERÍA.
La primera Frutería, la pusieron en la calle Luna, frente a Las Esclavas. Manuela Vela Mariscal, su cuñada se la cedió,  y ella cogió un local, en la calle Ganado, frente a la Plaza de Abastos, en  la casa donde vivieron sus suegros los últimos años de vida.  La suegra no soportaba estar en la huerta, después de perder a dos de sus hijos. Se da la circunstancia, que este  primer negocio, también estaba en un local de la casa donde vivía con su familia paterna: los Durán Valle. Su destino se empeñaba en juntarlos, de eso no hay dudas.

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