Un avión del Delta con destino al aeropuerto de Nueva York JFK tuvo que aterrizar de emergencia el pasado día 5 de noviembre por la mañana en el aeropuerto de Madrid-Barajas tras un fallo en el sistema hidráulico que le hizo tener que volver a aterrizar, momento en el que se salió de pista.
El avión Delta B767 despegaba con destino a Nueva York cuando los bomberos avisaron a la torre de control que habían oído un fuerte ruido en el aparato. La tripulación confirmó que tenían problemas por lo que se le priorizó para su aterrizaje para la pista 32L, donde al aterrizar se salió de la pista. En el vuelo iba el porteño Joaquín Perles --productor, actor y responsable de comunicación de la empresa Carbures--. Desde su casa, afirma que tardará unos días en volver a volar. Nos ofrece este relato de los hechos, desde:
«Eran las 5.30 am cuando el viajero reparte besos a oscuras a la familia y cierra la puerta de casa para coger dos aviones que lo llevarían hasta su destino.
Seis horas más tarde, un Boeing 767 de la compañía Delta despega del aeropuerto de Barajas rumbo a Nueva York. Justo cuando empieza a elevarse, un fuerte ruido se oye en la parte derecha. Como si las ruedas hubieran pisado algún objeto en la pista. A pesar de la extrañeza, la ascensión comienza con normalidad. Cuando se alcanza la altitud aproximada de 10.000 pies, unos 3.000 metros, una pasajera rompe a llorar con un ataque de nervios y el viajero avisa a la azafata que tiene a mano y que aún tiene puesto el cinturón de seguridad, para que la atienda. Al mirar por la ventanilla, un agujero en el fuselaje enseña las entrañas del ala derecha, y una pieza suelta desprende un líquido que no se sabe qué es.

A la azafata se le descompone el rostro, y acude a llamar a la cabina del piloto desde su puesto. Transcurren minutos en los que la tensión va creciendo, y la información de que algo serio está ocurriendo se extiende entre los pasajeros. La tripulación circula por los pasillos intentando tranquilizar los ánimos, mientras reparten vasos de agua. Tras unos minutos eternos de vuelo, que se reflejan en las caras de los viajeros, se escucha la voz del capitán en inglés anunciando que se va a volver al aeropuerto para aterrizar debido a un problema en los sistemas electrónicos.
Comienza el descenso paulatino, mientras el ala sigue desprendiendo líquido. “Señores pasajeros: al aterrizar, verán cómo camiones de bomberos se aproximan al avión. Estén tranquilos. No pasa nada. Todo es normal. Está todo bajo control”. Una carcajada se escapó del viajero, como preludio de otra carcajada general. Mezcla de nerviosismo y de incredulidad ante las palabras.
El avión enfila la pista de aterrizaje, y al tocar suelo los dos primeros segundos son suaves, para dar paso a un estremecimiento general de toda la estructura de la nave. Ni un solo centímetro quedaba sin vibrar, mientras los gritos de susto, y los músculos tensos se multiplicaban por los asientos. La pasajera que alertó de la emergencia al principio, está totalmente contorsionada en los brazos de su pareja.
3, 2, 1… El avión se detuvo al fin saliéndose de la pista y arando con su tren de aterrizaje la zona de tierra anexa. Un olor a quemado invadió el interior. “Permanezcan en sus asientos con el cinturón abrochado, por favor. Permanezcan en sus asientos.” Sonaba una voz con acento hispanoamericano por los altavoces, sin poder disimular su nerviosismo. Desde el fondo del avión, otra voz grita “¡Señor, señor! ¡Siéntese ahora mismo! Now!” Un azafato había perdido los nervios, y vociferaba a un pasajero que se había puesto de pie, como si se tratara de un marine en instrucción.
Durante casi una hora, el pasaje se mantuvo inmóvil, mientras desde las ventanillas se veían camiones antiincendios, policía nacional, guardia civil, unidades de UVI, y bomberos con su equipo al completo acercándose y trabajando sobre el motor y tren de aterrizaje accidentados.
Tras 50 minutos de espera tensa, el ambiente tenía una mezcla de alivio por estar en tierra, de angustia por no poder salir al exterior, y de miedo al tomar plena conciencia de lo que acababa de ocurrir en el aire, lo que estaba sucediendo en la pista, y peor aún, lo que podía haber pasado, y no ocurrió.

“A continuación vamos a abrir la puerta delantera derecha por la que saldrán. Muchas gracias por su paciencia con este incidente”, decía una voz educada. “¿Incidente? ¡Abre ya la puñetera puerta de una vez!”, se escuchó. Al abrirse, los pasajeros fueron saliendo entre precipitados, y sin fuerzas; poniendo fin a dos horas de miedo e incertidumbre. Con las caras tensas atravesando un pasillo de fuerzas de seguridad y personal sanitario que bordeaba la escalerilla, los viajeros entraron en autobuses mientras no daban crédito a la visión de un Boeing 767 cruzado en medio de la pista de aterrizaje y con el tren y el ala destrozados…

Era pasada la medianoche cuando el viajero llegó a casa tras 6 horas en coche por una oportuna huelga de trenes y un nudo en el estómago que no se disolvió en todo el tiempo. Se asomó al dormitorio de uno de sus niños para verlo dormir, y al meterse en la cama abrazó muy delicadamente a su bebé de 9 meses y su mujer que lo esperaba con ganas. El agotamiento y el bajón de adrenalina, hicieron que finalmente se durmiera sintiendo en sus carnes esa frase que se suele decir: “Uno nunca sabe lo que le espera cuando empieza el día”. Y sí. Así es.
Cuando despertó, el viajero sintió una necesidad desde las tripas de aprovechar cada momento, el olor de las tostadas con mantequilla, el sabor de los besos de su mujer, el tacto tierno de la piel de sus niños, el calor que entraba por la ventana de la cocina. Cuando despertó, sintió la necesidad de aterrizar de emergencia, aterrizar y no perderse nada por ir en piloto automático. Cuando despertó, ya no quería volver a dormir…" /Texto: Joaquín Perles.






Recordaba Dolores que a diario se gastaban 12 kilos de pan y reflexionaba: «--Mire Vd., no podrían subir las cosas de lujos en lugar del pan, que es una necesidad para vivir?». El mes mas prolífico en cuanto a partos fue enero, en el que le nacieron cuatro hijos. Y el 22 de diciembre dos, uno un año y el otro al siguiente. «--Un año nos lo pasamos en blanco y ¿sabe lo que pasó? que al siguiente nacieron mellizos». /En la imagen de la izquierda, fotografía de boda de Francisco y Dolores.













Macarena Claudia Osborne Heard, única hija de Rafael Osborne Macpherson y Claudia Antonia Heard, de origen norteamericano perteneciente a una familia petrolera de Tejas (EEUU). Fueron quienes construyeron la casa palacio de la Finca ‘El Cerrillo’ edificio que, durante los años ochenta, fue la célebre discoteca ‘Joy Sherry’, gestionada por Pedro Trapote, y de la que Macarena fue propietaria hasta mediados de dicha década. Había nacido en 1951.
Ya ves, después de tantos años, tu recuerdo sigue anclado, en este corazón mío, como huella indeleble de lo mucho que te hacías querer.






Se proyecta en el Teatro Principal ‘El Planeta de los Simios’. Se estrena en la Scala de Milán, un ballet basado en el poemario de Rafael Alberti ‘Sobre los ángeles’, que ese año publica ‘Roma, peligro para caminantes’.


Viaja solo, o en compañía de su pareja, con una mochila, el billete de ida y vuelta y la primera noche de hotel. De los 194 países que existen en el mundo, ha visitado algo más de la cuarta parte: casi 60 y empieza a enumerarlos, consciente de que se olvida de muchos. En Africa: Egipto, Lesoto, Marruecos, Sudáfrica, Túnez; en Oriente Medio: Siria y Jordania; en Asia: Camboya, Malasia, Sri-Lanka, Tailandia, Vietnam; en América del Sur: Argentina, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Guatemala, Honduras, Méjico, Perú; en Europa: Austria donde trabajó de au pair, Bégica, Dinamarca, Escocia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Liechtenstein, Luxemburgo, Rumanía, Portugal, ... /Texto: José María Morillo.

Pero el ejemplo más claro de mimetización en el ambiente era Antoñita la de las flores, la vendedora de iguales a la que, tal como su propio nombre indicaba, le prendió una mañana, una cuarta más arriba del roete, una selección de la vegetación más característica del entorno. También el ecosistema humano era un ejemplo de convivencia. Macario y Bruce Lee se hermanaron en el Cine Playa, en aquellas dobles sesiones en las que el maestro de kung fu nunca se caía de la cartelera por muchos saltos que diera. Ardían los juanillos y las penas en las fiestas de San Juan en la genuina Crevillet. A mediados de julio, los hijos pobres del mar nos recibían en su semana grande, que también encendía las noches de Los Marineros, y el día de la Virgen del Carmen la banda del músico que daba nombre a mi barrio nos despertaba a las del alba con la marcha Reina del Mar. Eran las dos grandes citas festivas de la zona, cuando existían aquellas verbenas populares en las que todavía se estilaba esa cosa tan antigua de salir a la plaza juntos, de trabajar juntos, de sufrir juntos, de celebrar juntos.
Como canta Sabina, aquellos veranos duraron lo que tardó en llegar el invierno. El invierno helado y tenebroso de la droga, que asoló la vida y la esperanza de tantas familias portuenses en los primeros 80. Satanás andaba suelto, y empezó a abrir franquicias, la más importante en mi barriada, que de pronto dejó de llamarse Francisco Dueñas y pasó a ser conocida como el Distrito 21. Los chavales caían como chinches de un caballo llamado muerte que Miguel Ríos recomendaba no montar, el torbellino del tiempo, del negocio y del poder, te empujan sobre unos cascos hechos de sangre y de hiel. Nos hicimos mayores viendo como muchos jóvenes se hicieron directamente viejos antes de convertirse en cadáveres andantes con los brazos taladrados a pinchazos y la mirada ya tomada por la muerte.
Cuando recuerdo algunos de los juegos de mí niñez en El Puerto de Santa María, me río para mis adentros pensando a quien le puede interesar en estos tiempos los juegos simples de cuando éramos pequeños, más o menos sesenta años atrás; pero bueno, era lo que había y si lo analizamos, podemos comprobar que tenía bastante mérito nuestra forma de divertirnos; cualquier material servía para poder desarrollar nuestra inventiva y distraer el tiempo que teníamos libre.
Y ahí empezábamos los niños a escoger los botones para hacer nuestro equipo de fútbol. La condición indispensable del botón para jugar bien, es que se deslizara perfectamente por la mesa, por eso había que escoger el adecuado, algunas veces al poner el botón sobre la mesa no quedaba suficientemente plano, por lo que había que lijarlo, hasta dejarlo a nuestro gusto, El botón que se utilizaba de defensa central debía ser un buen botón con peralte, un tanque, vamos de esos que estuvieron cosidos a un abrigo o una buena pelliza de esas que vendían Julio Cristóbal o Muro. El equipo se componía sobre una mesa lisa, primero se delimitaba la portería que servían dos botones a una distancia uno de otro de veinte o veinticinco centímetros, de portero se utilizaba el tapón de un tintero, a continuación se colocaba la defensa que eran tres botones en línea, a continuación la media compuesto por dos botones y al final la delantera compuesta de cinco botones, el balón utilizado era un botón de nácar chiquitito de camisa. El equipo contrario disponía sus botones igual. Para impulsar los botones utilizábamos otro más fino, con el cual presionamos en borde del mismo que queremos desplazar hacia delante y dándole al botón pequeño que utilizamos como balón.
