«El primer viaje que hice en mi vida fue de siete kilómetros y duró más de un día. Yo tenía ocho años y, en realidad, ya había viajado antes. Mis padres me habían llevado, recién nacido, desde Sanlúcar a El Puerto de Santa María, porque mi padre, que era químico, había encontrado trabajo allí, en la fábrica de vidrio que se levantaba como un barco varado, con su altísima e incansable chimenea de ladrillo, junto a las dunas de La Puntilla. Pero de aquel viaje no me acuerdo, me lo contaron y no parecía que hubiese tenido nada de particular, salvo que lo hicimos en el viejo Hispano de mi abuelo, con el ceremonioso Eugenio, el chófer, al volante. En cambio, aquel otro viaje de sólo siete kilómetros, y de más de un día de duración, lo recuerdo todavía hoy como si lo hubiera hecho la semana pasada, como si fuera un viaje que va a durar toda mi vida.
Las maletas, los ordenadores portátiles y los bebés van de un lado para otro sin guardar en su memoria los placeres y sobresaltos del viaje, por ajetreado o apacible que sea. Es verdad que los bebés lloran una barbaridad, pero yo creo que, aunque nadie les oiga, las maletas y los ordenadores portátiles también lloran, y que también lo hacen como una reacción espontánea de sus engranajes más delicados y misteriosos ante las brusquedades, las tardanzas o los desatinos de algunos trayectos y algunos medios de transporte. Pero la primera vez que el recuerdo se apropia para siempre de los descubrimientos y las emociones de un viaje, uno empieza ya a adquirir una bendita incertidumbre sobre cuál es su verdadero punto de partida y su verdadero punto de llegada.
Mi padre se había comprado un viejo chevrolet con el que se movía por El Puerto con la risueña parsimonia de quien no tiene nada que temer, y a quien nadie tiene que temerle. Pero aquel día de marzo se empeñó en ir a La Rijerta, a llevar una caja de manzanilla a un amigo suyo, y yo me empeñé en ir con él. Mi padre decidió coger por los caminos del pago de La Jara, un laberinto de veredas arenosas por las que no se podía ir ni en bicicleta, pero por los que se cortaba un montón, según él. Entre las revueltas y la parsimonia, se nos hizo tardísimo y, de pronto, el chevrolet se atascó, por fuera y por dentro, y allí nos quedamos el coche, mi padre y yo, la noche entera, en medio de ninguna parte, sin poder avisar a nadie, sin que nadie pasara por aquellas angosturas ni por equivocación. Nunca lo olvidaré: la lentitud del tiempo, el resplandor de las sombras, el olor lejano del mar, los sonidos del campo, lo bien que se estaba acurrucado junto a mi padre dentro del coche, como en el mejor de los hoteles, hasta el amanecer. En cuanto se hizo de día nos echamos a andar, como en las excursiones optativas, y por fin dimos con una venta en la que desayunamos y desde la que pudimos avisar a mi madre, que ya había puesto en jaque a toda la guardia civil. Entre unas cosas y otras, no volvimos a casa, en un autobús de Los Amarillos, hasta la hora de la cena, y mi madre, en cuanto nos vio entrar, montó en un periquete todo un serial radiofónico de lágrimas y regañinas que ni los de Guillermo Sautier Casaseca.
Dicen que, ahora, la mayoría de la gente ya no viaja, que sólo va de un lado para otro, como las maletas y los ordenadores portátiles. Estoy seguro de que no es verdad. Al menos, seguro que no lo es para quien recuerde el primer viaje de su vida, el que le hizo descubrir el placer y la inquietud de salir, de alejarse, de aventurarse, de refugiarse, de regresar. Ese paraíso repentino en el que cometemos el viaje original.» El Viaje Original.
Eduardo Mendicutti es escritor y periodista, nacido en Sanlúcar, vivió su infancia en El Puerto, su juventud en Jerez y estudió la carrera universitaria en Madrid, donde reside. Cuando vuelve, lo hace a Sanlúcar y Jerez, donde viven sus contactos y su madre. Y a El Puerto a revivir sus primeras sensaciones, «esas que marcan para siempre a un ser humano».
Eduardo Mendicutti is a writer and a journalist born in Sanlúcar; he lived in El Puerto when he was small, in Jerez as a teenager and went to university in Madrid, where he still lives. When he returns, he visits Sanlúcar and Jerez, where his contacts and his mother live, and El Puerto to relive his first experiences and feelings, “those that stay with you forever”.
Todavía le quedan recuerdos de la chimenea de Vidrieras Palma (VIPA), la fábrica de botellas que tenía un horno que nunca se apagaba, ni de día ni de noche, situada donde hoy se encuentran las viviendas de las puertas azules, frente a la Casa de la Cultura. Entre su obra figuran títulos como “Los novios búlgaros” o “El Palomo Cojo”; ambas fueron llevadas al cine. Es uno de los más destacados escritores de la literatura gay en castellano. Pero lean ahora este texto, irreverente, una maldición en toda regla, de su novela “El Palomo Cojo”, en boca de uno de sus personajes, la Mary, al niño/hilo conductor de su novela/película: «Chivato, cochambroso, malasangre, maricón. Así te zurzan el ojo del culo con una soga embadurnada en alquitrán. Y se te encaje en las tripas un retortijón que te las deje como el escobón de desatascar el váter. Que se te engoñipe hasta la saliva que tragues, que se te llene la boca de gargajos y la lengua de ronchas, que por los dientes se te meta moho y por el ombligo te salga pus. Y que por la leche que mamé, niño, picha-puerca, no encuentres en tu vida ni una sola gachí que te ponga duro el bienmesabe, que con las hembras se te quede lacio como una bicha en invierno, y que hasta con los hombres se te ponga chiquitujo, seco y pellejón, y si alguna vez, por los cuernos del demonio, se te pusiera en forma el alfajor, que te entre una bulla tan grandísima que te salga el gusto antes de catar, que tengas que aviarte haciéndoles gallordas a los barrenderos por una perra chica, y que te apedreen por cacorro, asqueroso y mamonazo.» Ahí queda eso.
"Mis padres me habían llevado, recién nacido, desde Sanlúcar a El Puerto de Santa María, porque mi padre, que era químico, había encontrado trabajo allí, en la fábrica de vidrio que se levantaba como un barco varado, con su altísima e incansable chimenea de ladrillo, junto a las dunas de La Puntilla." El Viaje Original. Eduardo Mendicutti. La fotografía muestra Vidrieras Palma (VIPA) en 1975. A la izquierda las unifamiliarres de la época para gente humilde y el río; a la derecha una esquina del campo de fútbol 'Eduardo Dato' y detrás, las viviendas, unifamiliares también, de los funcionarios municipales, esas que tenían una esclaera de madera para acceder a la planta alta, donde vivió el maestro Francisco Dueñas Piñero, entre otros. A continuación, se atisba uno de los bloques del conjunto Crevillet. (Autor de la Foto: Mata. Colección de V. González Lechuga).



















"De nuevo en ruta, logran escapar de las Sirenas, cuyo canto hace enloquecer a quien las oiga. Para ello, Odiseo ordena a sus hombres taparse los oídos con cera exceptuándolo a él y manda ser atado al mástil. Escapan también de las peligrosas Caribdis y Escila. Consiguen llegar a Trinacria (nombre griego de Sicilia), la isla del Sol."


Su territorio transcurre por La Calita, el puerto deportivo de Puerto Sherry para terminar en Vistahermosa, donde se levanta el Club El Buzo. Una zona de contrastes donde todavía a finales del siglo XX se sigue defendiendo el elitismo y las diferencias sociales, y en la que este personaje llano, ha sabido hacerse un hueco en el paisaje de una playa que durante muchos años fue propiedad privada de la familia Osborne. En su playa, el Papi mantiene el espíritu de sus orígenes con un grito de guerra popular que sacó para suscitar la atención del comprador a raíz de la aparición de algunos imitadores. "El Papi, el auténtico, el genuino, el único", aunque demuestra, por otra parte, un culto a la educación y a las buenas maneras: "Lo que usted disponga, cuando usted lo quiera". Sólo abandona este espíritu servicial cuando trata con los más pequeños que en ocasiones parecen ser amigos de pandilla . Decenas de niños se le acercan y lo primero que le piden es un beso que corresponde de inmediato con una cara que hipnotiza. Pero no sólo los pibes le quieren. Los mayores le respetan y le han dado la exclusividad al comprarle únicamente a él las crujientes patatas fritas de Jerez. Tanta es la admiración que despierta que incluso hace unos años se extendió un bulo por la playa y el club de que el Papi había muerto y en tan solo dos horas se recaudó dinero para hacerle un busto de bronce. "Aquí me quieren mucho y me tratan muy bien", asegura después de que un socio le haya invitado a una cerveza. No oculta que cada año le cuesta más cumplir con su sufrida labor. Con todo, se confiesa fiel a sus principios y asegura que no dejará de hacerlo: "Sueño con morirme en la playa con mi canasto y con la gente pidiéndome patatas".