José Grado Hidalgo nació en Sanlúcar de Barrameda el 2 de marzo de 1938, hijo de José Grado Romero y Antonia Hidalgo Luque, siendo el tercero de cinco hermanos, Magdalena, Manolín, José, María y Antonio. Con tan solo dos años, su familia se traslada a El Puerto, viviendo en la calle Palacios, 37.
Nació el mismo año que el rey Juan Carlos I, que el cantante italiano Adriano Celentano, que el actor y director teatral José María Flotats, que la escritora y actriz española Ana Diosdado, que el director de cine Pedro Olea, que el actor británico, protagonista de la serie de TV ‘Yo Claudio’ Derek Jacobi, que la bioquímica española Margarita Salas, que la actriz y cineasta y escritora noruega Liv Ullmann y que el poeta español y Premio Nacional de Poesía Carlos Sahagún. Fue el año en el que le dieron el Premio Nobel de Literatura a Pearl S. Buck, el año en el que Alfred Hichcock estrena ‘Alarma en el expreso’ (The Lady Vanishes).
Su padre fue un gran técnico de pesca, algo que hizo que su familia se vinculara fuertemente con el mundo del mar. Su hermana Magdalena, se casó con Bartolomé Sendra, armador del Carmimag. Su hermano Manolín, técnico de pesca. Su hermano Antonio, maestro redero, discípulo de Manuel Vélez, uno de los mejores maestros rederos que ha dado El Puerto. Además, José estuvo trabajando en el Cuarto de Redes del ‘Tecle’, hermano de ‘Pacote’ ambos muy buenos maestros rederos.

José Grado, en 1946, en la fotografía recordatorio de la Primera Comunión.
José, al igual que su hermano Antonio, comenzó el aprendizaje del oficio tan solo con catorce años, en el Cuarto de Redes de Manuel Velez, primo de éstos y padre de grandes rederos, como José Manuel, Fermín, Juan y Gabriel Vélez. Dicho cuarto estaba junto a las oficinas de Miguel Pineda en la Avenida de la Bajamar para, más adelante, pasar al llamado Cuarto de Redes del ‘Tecle’ más adelante de ‘Pacote’, situado en la avenida de la Bajamar, frente a la garita de la Guardia Civil, a la entrada del antiguo muelle pesquero, hoy convertido en aparcamiento público. Por aquellas fechas, 1957, ya era un buen conocedor del oficio.

Nuestro protagonista con el ya desaparecido Juan 'el Coleta', en el Parque María Luisa, de Sevilla, en 1957.
CUARTO DE REDES.
A la vuelta del Servicio Militar que prestó, lógicamente en la Marina en 1958, en Las Palmas de Gran Canaria, algo desvinculado del trabajo en tierra, probó suerte en el mar como redero de a bordo. Así estaría un año, navegndo, para volver luego a trabajar con las redes en tierra. Ya para entonces contaba con su propio Cuarto de Redes, trabajándole a los barcos Dieguito, Antonio Morriño y Pilar Romero. Así hasta los 28 años cuando vuelve a la mar como técnico de pesca y redero de a bordo.
UNA NUEVA FAMILIA.
Ese mismo año, el 15 de mayo de 1966, contrajo matrimonio Rosario Raposo Ruso, mujer luchadora e incansable --como todas las compañeras de los hombres del mar que, cuando sus esposos marchaban a navegar, se quedaban solas, sacando sus hijos adelante--. Fruto de este matrimonio nacieron seis hijos, Antonia (Toñi), Maribel, José, Victoriano, Inmaculada y Miguel Ángel, quienes a su vez, les han dado seis nietos: Ainhoa, Juan José, Borja, Mar, Joaquín y Natalia.

El día de la boda con Rosario Raposo, durante el acto de la firma de esponsales. Arriba, de izquierda a derecha Ana Sánchez Carbonell, ya desaparecida, y esposa que fue de Manuel Grado Hidalgo, Carmen y Ana Raposo Ruso, ésta con la niña en brazos, emigrada a Lérida hace 35 años; la niña es Mercedes María del Rosario Villanueva Raposo, también con residencia en Lérida. En primer término, los novios. Año 1966. En la mesa, a la derecha, el Libro de Famlia.
La vida casi nunca trata bien a los hombres de la mar así que, con José no hizo ninguna excepción. Cuando su hija segunda, Maribel, contaba un año de vida, sufrió una enfermedad que la dejó disminuida psíquica para el resto de su vida. Pasaría a ser la persona más especial de esa casa. Pero aún habría de ser más dura la vida con José y Rosario, dándole el peor golpe de mar que hayan sufrido cuando las Navidades del 2008 falleció su hija Toñi, después de una intervención quirúrgica con tan solo 43 años y ocho meses después de casarse con Juan Pedro Pérez Maqueira, que hoy en día es un hijo más de la familia Grado Raposo.

El matrimonio Grado-Raposo, con la ya desaparecida Isabel Fernández Raposo sobrina de la última y Alfonso Saltares. La fotografía está tomada en 1966.
VUELTA A TIERRA.
La mar desgasta mucho a quienes trabajan en ella. A José lo inhabilitaron con 50 años, por lo que no pudo volver a embarcarse y volvió a sus orígenes como maestro redero. En esta ocasión para los barcos que trabajaban en la Bahía de Cádiz, pues ya no existían embarcaciones que ‘bajasen al moro’.
OFICIO EN EXTINCIÓN.
Ni el mar es ya lo que era, ni los acuerdos entre países y la propia Unión Europea han propiciado que esta industria del sector extractivo fueran a mas, todo lo contrario. Este oficio artesano está cada vez más en decadencia, quedando ya muy pocos profesionales y lo peor de todo es que las nuevas generaciones apenas conocen nada del arte de tejer redes, uno de los oficios más antiguos que existen en el mundo.
Nos resulta increíble que esta profesión, patrimonio etnográfico de El Puerto, esté viviendo sus últimos años. Hace 40 años, la avenida de la Bajamar estaba llena de maestros rederos: los lugares habilitados en el muelle, los cuartos de redes, … tejiendo de forma artesanal esas redes con olor a cáñamo, añapó y anís de algún trozo de coral.

Un día de pesca en 1968, en el río Guadalete. José Grado es el primero por la izquierda, junto al Práctico del Puerto que ocupaba dicha plaza en aquella fecha. Los otros dos, desconocidos.
¿QUE ES EL AÑAPÓ?
El añapó es la materia en suspensión que hay en entre el medio agua y la superficie, cuando ésa se encuentra en calma, se deposita en el fondo marino, formando una especie de ‘pelusilla’, parecida a un alga muy fina de color marrón. Dado que los barcos de arrastre llevan las redes peinando el fondo del mar, esta ‘pelusilla’ se adhiere al telo bajo o reparo del cuerpo del arte; burlón y telo bajo de las bandas del arte, que no se puede desprender de las redes hasta que éstas están secas. Desprende un olor característico a mar, parecido a cuando, en la playa uno se encuentra en una zona de piedras con la marea baja, es el mismo olor. El añapó representa un problema añadido a las artes de pesca, ya que éstas al ir cogiendo más peso, hace que la captura venga con mucha arena y fango.

Fotografía durante la celebración de la boda de una de las hijas de José, que aparece el primero por la izquierda, seguido por la protagonista de ese día, su hija Toñi, la esposa de José, Rosario Raposo, y otras dos hijas del matrimonio, Maribel e Inamculada, una sobrina, Milagros Romero Raposo y el hijo de José, Miguel Ángel. Año 2008.
ESCUELA O TALLER
Desde la familia, su hijo José Grado lanza esta idea: «Se podrían organizar talleres o algo similar para que este oficio no se perdiera y pudiéramos engrandecer así a esto artesanos del hijo y la aguja, que son el rescoldo de todo un sector pesquero portuense que se muere poquito a poco, sin que nadie haga algo para salvarlo».

José Grado ha sido portada del libro de Juan Leiva 'El Puerto de Santa María a través de sus gentes, sus calles, sus tierras, sus playas...', original de Juan Leiva, con nótula núm. 548 en Gente del Puerto. (Fotografía: Cristóbal leiva Fernández).
Sirva este texto para homenajear, en la persona de José Grado Hidalgo, a todas aquellas personas que por alguna razón estuvieron vinculados al mundo del mar, nuestro y al que tanto debemos por cuanto nos ha dado y que también tanto nos ha quitado.
(Con nuestro agradecimiento a José Grado Raposo, que nos ha facilitado la información e imágenes que componen esta nótula).


HOMENAJE A TAN ILUSTRE CARTOGRAFO. OCTUBRE DE 1992." (Foto: Jorge Roa).


Juan de la Cosa, marino y cartógrafo español nacido en Santoña hacia 1460, falleció el 28 de febrero de 1510, en el séptimo y último viaje, herido por más de veinte flechas envenenadas peleando con los indios en las cercanías de Turbaco, cerca de Cartagena. Acompañó a Colón en sus dos primeros viajes y era dueño de la carabela Santa María, antes conocida por La Gallega, hecha según testimonio del Padre Sarmiento, en los astilleros de A Moureira en Pontevedra.
Se ve la isla de Cuba separada del continente en contra de las creencias de Colón y en una posición geográfica que no es exacta. Las líneas del Ecuador y el trópico de Cáncer, que hace de eje de la carta, están en su correcta posición.







Del carajo. Es una de las palabras más usadas en los repertorios carnavalescos, qué carajo. Y por muy gruesa que suene, “carajo” tiene un componente más marinero que genital y el término gaditano de “carajote” está relacionado con la vida náutica. Por eso no es lo mismo “mandar” o “ir al carajo” (gran y verdadero estribillo de Los Falsos, “…tequiarcarajo, Juan”) que “irse al carajo”, sinónimo de naufragar, irse a pique. Cuando un velero se hunde lo último en quedarse a la vista suele ser su palo mayor, lo que coloquialmente se llama, ejem, carajo. Por su inhiesta disposición, el principal palo de los barcos se comparaba con el miembro viril y estaría por ver qué fue primero, el término nabal o el término naval. Por eso las cosas pueden ser “del carajo”, de lo espectaculares o estupendas que se presentan. El carajo era lo máximo en nuestros antiguos barcos. Como término de ida y vuelta, en Cuba y en muchos países hispanoamericanos, también se utiliza con profusión. (A la izquierda, canastilla o carajo del Palo Mayor del Juan Sebastiáin Elcano).
Pero incluso hay un lugar geográfico que atiende de forma exacta el envío que se suele pronunciar de forma airada o cariñosa, como el oído hace unos días entre dos ministros suramericanos. Hay un lugar en el mundo que se llama Carajos, en concreto Carajos Cargados, unas islas descubiertas por marineros españoles y que se encuentra en pleno Oceáno Índico. Un bastinazo. Si merodean en google maps el buscador no tardará ni un segundo en mandarles a Carajos Cargados. Este archipiélago de escasa población y de alargadas superficies (ejem, la foto de la izquierda es real, la de la isla principal) puede deber su nombre, con retintín guasón, por su evidente forma. Pero también los carajos a los que aluden pueden ser las majestuosas palmeras, como altas vigías, que pudieron sorprender a nuestros paisanos allá por el siglo XVII.







(En la imagen de la izquierda, José Fernández Sanjuán, Pepe 'el del Vapor'. Foto: Faly). Antonio Carbonell, Secretario que fue de la Cofradía de Pescadores refería una tarea desarrollada por el Vapor en relación con el mundo de la mar: «Pepe y el Vapor fueron durante muchos años indispensables para el mantenimiento de la actividad pesquera portuense. Pues resulta que antes de construirse los espigones de Poniente y Levante en la desembocadura del Guadalete, obras que finalizaron en 1970, la entrada de arenas que arrastraban las corrientes litorales y formaban la barra en la boca del río, impedían que la práctica totalidad de los barcos pudieran pasar por el Guadalete a media marea o bajamar escorada. Entonces Pepe, a bordo del Vapor, con un instrumento formado por una pesa u otro metal colgado de una cuerda (sonda de mano, escandallo o plomada), no sólo medía la profundidad del río, sino que de la misma manera al colocar cebo en la pieza de metal, con tan solo tocarlo, iba conociendo la calidad de fondo de la desembocadura del Guadalete. Y Claro. Con esta maniobra, le permitía, al esquivar los cascajos y arenas del río, alcanzar la navegación correcta y, así, los barcos, al seguir el rumbo del Vapor, entraban en puerto sin esperar la pleamar. Esta laboriosa operación, además, era fundamental para evitar cualquier desgracia cuando las condiciones meteorológicas eran adversas, como por ejemplo, la niebla.»
El principio del milenio, nos ha llevado otra vez a lo antiguo, a recuperar costumbres y tradiciones que nunca se debieron abandonar, a volver a aplicar tecnología que han sido útiles durante miles de años y que, de forma inexplicable estaban prácticamente desaparecidas en nuestra Bahía de Cádiz.



Estamos convencidos que, cuando las líneas marítimas de pasajeros, numerosas y múltiples en sus recorridos, rápidas y con horarios amplios, frecuentes y flexibles, sean una constante en la Bahía, como lo son hoy los catamaranes puestos en marcha por el Consorcio nuestro Vapor Adriano III volverá a ser el buque insignia de la flotilla de barcos de pasajeros gaditanos, y de quienes nos visiten, pues el uso turístico es su mejor y más claro cometido de presente y futuro.
Tal dignidad no se alcanza de forma gratuita, pues son ya 80 años, desde que aquel lejano 1929, José Fernández Fernández, y sus cuatro hijos, llegasen a bordo del ‘Adriano I’ a aguas de nuestra bahía para cubrir el trayecto de El Puerto-Cádiz. 


Dionisio Capaz y Rendón nació en El Puerto en 1780 y murió en Madrid en 1855. En 1799 sentó plaza de guardiamarina, embarcando en el Conquistador , que mandaba Churruca, y al año siguiente ascendió a alférez de fragata. Participó luego en la expedición francesa de Leclerc a Santo Domingo, y en 1802 en la Comisión cartográfica que debía levantar los planos del archipiélago griego. Asistió a la batalla de Trafalgar, embarcado en el Bahama, y fue hecho prisionero por los ingleses. Al ser puesto en libertad se reintegró a Cádiz, ascendiendo a alférez de navío, y sucesivamente a teniente de fragata y de navío.
MINISTRO DE MARINA.
RETRATADO POR FRANCISCO LAMEYER
Seguramente, para la gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas, el nombre de Blas de Lezo les es desconocido. Quizá hayan oído hablar de una fragata de la Armada que lleva ese nombre y la gente de la vela sabrá que hay una importante regata nocturna que organiza el Club de Mar Puerto Sherry -el pasado 2008 asistió el actual Marqués de Ovieco, descendiente de Lezo-. Pero, por fortuna, en los últimos meses la figura del insigne marino vasco Blas de Lezo y Olavarrieta (también conocido como El Almirante 'Patapalo') ha sido difundida a través de conferencias, artículos periodísticos y radiofónicos, cientos de páginas web -algunas de ellas con errores y anacronismos-, varios vídeos que se pueden visionar en 

se fueron acentuando en los distintos frentes en los que participó. Era tuerto, cojo y manco. (Foto Juan Carlos Muñoz).
Las diferencias de estrategia que mantuvo con el virrey de Nueva Granada, Sebastián Eslava, en la defensa de Cartagena hizo que éste conspirase contra el marino (en el cuadro de autor desconocido que aparece a la izquierda de este texto) y el rey Felipe V actuase de tal manera que su determinación ocasionó a su familia la ruina económica y social, hasta el punto que ni siquiera pudieron pagarle una sepultura digna, por lo que se desconoce su enterramiento. Incluso después de muerto fue destituido. Finalmente y, pasado un tiempo, fue rehabilitada su figura y el 26 de agosto de 1760 el Rey Carlos III le otorgó, a título póstumo, el Marquesado de Ovieco, que recayó en su hijo Blas Fernando de Lezo y Pacheco, el cual fue investido en diciembre de 1771 por el Rey como maestro de ceremonias de la Orden de los Caballeros de las Grandes Cruces de Carlos III. Gracias a este reconocimiento, los descendientes de Lezo empezaron a obtener privilegios y nombramientos y a emparentarse con la aristocracia del país. Tomás de Lezo y Pacheco murió en Santa Cruz (Bolivia) en 1782, siendo gobernador.
Un sobrino de los anteriores, hijo de una hermana, llamado Alvarado Lezo, llegó también a ser Almirante. Blas de Lezo y Castro, Marqués de Ovieco, fue nombrado Académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1815. Otro Lezo, José Lezo y Vasco, durante el período 1858 a 1900, año de su muerte, fue Senador vitalicio, además de llevar el título del Marquesado. En la actualidad, el título está regentado por Antonio Marabini y Bérriz. (En reconocimiento de sus servicios al Rey, este le concedió en 1731 como estandarte para su capitana la bandera morada con el escudo de armas de Felipe V, las órdenes del Espíritu Santo y el Toisón de Oro alrededor y cuatro anclas en sus extremos).
Tras las investigaciones realizadas en los padrones de la época por Miguel Ángel Caballero Sánchez -historiador de Patrimonio Histórico de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de El Puerto- al que agradezco su constancia y dedicación ya que, sin sus aportaciones, no se hubiesen podido divulgar estos datos que se relatan a continuación, hemos podido saber fehacientemente tras el estudio de los padrones de la Iglesia Mayor Prioral que Blas de Lezo, su mujer, Josefa Pacheco Bustos -una criolla peruana con la que se había casado el 5 de mayo de 1725 en Lima- sus hijos y un criado (¿?) afroamericano llamado Antonio Lezo, vivieron desde 1736 en una casa de la calle Larga, para ser más exactos en Larga, 70, hoy reconvertida en apartamentos de alquiler. Tras su muerte, su viuda -conocida en la localidad como 'La Gobernadora'- y sus hijos permanecieron en ella hasta la muerte de ésta el 31 de marzo de 1743. (En la imagen, la 'Casa de la Gobernaora', hoy Apartamentos 'Larga 70').
A la izquierda, firma del Almirante Blas de Lezo. 



El primero de los hijos fue militar, la ultima de las noticias que tenemos es que viajo rumbo a las Américas en el año 1712. El segundo fue sacerdote, y se marchó a Nueva España con un ilustre familiar, D. Juan Antonio Vizarrón Eguiarreta, concretamente a Méjico, donde llego a ser prebendado de la Catedral, donde esta enterrado, y administrador del Hospital del Amor de Dios, falleciendo en el año 1755. Teresa sabemos que falleció a la corta edad de 10 años. Catalina, se casó con Pablo Miguel Vizarrón, con quien tuvo 5 hijos. (En la imagen, el escudo de la fachada principal del Palacio de Valdivieso, en la década de los ochenta, antes de la restauración del edificio).







A finales de este mismo año es nombrado Almirante, cargo que disfrutara poco tiempo, su médico José de Salazar tiene que tratarlo por una enfermedad, que le causó la muerte el 22 de marzo del año 1.691, siendo enterrado en el panteón familiar, que se encontraba bajo lo que hoy es el Altar Mayor en nuestra Iglesia principal. (En la imagen de la izquierda, pintura de Rafael Tardío Alonso).
Alberto Alcaraz Roca (1931-2009), natural de Roquetas (Almería) dejó huella en la Bahía de Cádiz. Murió en los primeros días de este mes de Octubre, tras una larga vida dedicada a la pesca. Con sus barcos, como el Roquetero, Enri, María la Belema, Rosa María Martí, Alver o Nuestra Señora de África, que faenaron en las costas del Mediterráneo y en Marruecos, 'en el moro', se dedicó en cuerpo y alma a su pasión. Mecánico naval en los años 70 se incorpora como armador a la flota pesquera portuense proveniente de Alhucemas y, según recuerdos que me cuenta Antonio Carbonell, quien vivió junto a él como secretario muchas horas de faena en la Cofradía de Pescadores portuense, no escatimaba ningún medio para mejorar la seguridad de sus trabajadores y la bonanza económica de ese puerto pesquero. (En la imagen, Alberto Alcaraz Roca, dirigiéndose a los pensionistas del mundo del mar, días antes de la Navidad, en el restaurante El Resbaladero. Diciembre de 1982). (La foto es de la Colección de A.C.L.)



Alberto fue socio fundador de la Federación Andaluza de Cofradías de Pescadores, llegando a ser su Vicepresidente; fue Presidente de la Federación Provincial de Cofradias de Pescadores de Cádiz y vocal de de zona suratlántica en la Federación Nacional de Cofradías de Pescadores. Ahora, a sus 78 años presidía la compañía de seguros más prestigiosa del sector marítimo: Mutua de Riesgo Marítimo (Murimar) a la que reflotó y dotó de una nueva directiva, nuevos mercados e impulsó nuevos productos. (En la imagen, Alberto Alcaraz, en una fotografía tomada poco antes de su enfermedad).
José López Navarrete, “el Tiriri” nació en nuestra Ciudad el 1 de abril de 1918. Hijo de Antonio y Milagros, fue bautizado como José Joaquín de la Santa Trinidad. Su madre, Milagros, fallece en 1922, cuando José tiene 4 años, quedando solo con su hermano mayor, Antonio, y su padre, del que tampoco disfrutaría muchos años, ya que al poco tiempo falleció, quedando los niños al cuidado de su tía, Carmelita General, y de Ana, que en el futuro sería su suegra. (En la imagen, Tiriri, en una instantánea de finales de la década de los sesenta del siglo pasado).
Respecto a la relación laboral que mantiene en las embarcaciones, sabemos que son generalmente cortas, cambiando constantemente de barco. Repite en varios de ellos muchos años después, incluso en algún barco se enrola 22 años después de haberlo hecho la primera vez, como es el caso del “Victoria”, pero no el único de los 85 barcos en los que estuvo embarcado. (En la imagen 'Tiriri' a comienzos de la década de 1940).
85 BARCOS Y 136 EMBARQUES.
LA FAMILIA DE JOSÉ


AMULETOS DE CORVINA.
UNA GAVIOTA POR MASCOTA.






