El destierro según la tradición bodeguera

| Texto: José María Morillo
El otro día, entre conversación lenta y copa apoyada en la bota, salió a relucir una de esas palabras que ya casi no se oyen, pero que en las bodegas siguen teniendo eco propio: la conchinchina. Aquí no hablamos de mapas ni de guerras lejanas, sino de un artilugio humilde, casi poético, que parecía más una caseta de feria en miniatura que un instrumento de trabajo. Una caja de madera, pequeña, con su techo a dos aguas y una abertura frontal donde se encendía una vela, con una chimeneíta por donde salía el humo producido. Nada más y nada menos que eso… y, sin embargo, cuánto decía.
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