
Localizaciones de las aldeas andalusíes en el término portuense. En verde, las que se rememoran en esta nótula.
Completamos en esta entrega el recorrido por las once aldeas o alquerías andalusíes que iniciamos en la anterior (ver nótula 2.294), las que se distribuían por la campiña portuense hasta que fueron repobladas en 1268, tras la definitiva conquista alfonsí (1264) de las poblaciones y tierras del territorio gaditano-xericiense. Las ya rememoradas, Grañina-Grañinilla, Campix, Fontanina y Poblanina, se emplazaban al norte de la laguna del Gallo y fueron –las dos primeras- las poblaciones más importantes de la campiña, según se infiere del Libro del Repartimiento y de las prospecciones arqueológicas.
Las otras seis se emplazaban al sur y sureste de la laguna y todas teniendo al agua como protagonista de su espacio vital: Finojera junto al arroyo Campillo, derivado del Salado de Rota; Bayna junto al Salado; Villarana en las inmediaciones del Salado y del afluente de su nombre; y al sureste, Bollullos en la laguna Salada y Machar Grasul y Machar Tamarit en derredor de la pequeña marisma de los Tercios, al pie norte de la Sierra de San Cristóbal.

Fotografía aérea de Finojera con la toponimia de su entorno. Abajo, el cruce de las carreteras El Puerto-Sanlúcar y Jerez-Rota
Todas las alquerías andalusíes que existieron en el término portuense dependieron fiscal y administrativamente de Jerez (Saris), la capital de la cora de Sidonia desde la segunda mitad del siglo X. Pequeñas aldeas integradas por pobladores unidos por lazos tribales, que mantendrían el modo de vida islámico que arraigó a partir de la ocupación a comienzos del siglo VIII de la decadente sociedad hispano-visigoda. Las principales poblaciones –Campix, Grañina-Grañinilla, Casarejos, Al-Qanatir- fueron fortificadas con torres y recintos murados y comunicadas por caminos que han perdurado hasta nuestros días. Las viviendas, sobrias, sin mostrar la diferenciación social y económica de sus moradores: las pequeñas ventanas de celosía, para ver sin ser vistos; el zaguán que daba paso al espacio que era el centro de la vida familiar, el patio, con el agua presente en forma de aljibe o pozo y plantas y flores que graduaban la temperatura de las viviendas; y alrededor, los dormitorios, las salas, la cocina y el aseo. Y como centro espiritual de las alquerías, las mezquitas, lugar no sólo donde se realizaba cinco veces al día el obligado rezo o salat, también lugar de encuentro donde se trataban y compartían los asuntos comunitarios. Y al menos en las principales alquerías, los zocos, donde se vendían los productos agrícolas y ganaderos del entorno y las manufacturas necesarias para la vida cotidiana. Y las escuelas coránicas donde se aprendía a leer, escribir y memorizar con rezos las enseñanzas del Profeta.

Fragmento de borde de tinaja estampillada con las palabras ‘La Paz’, procedente de la alquería de Finojera. / Museo Municipal.
FINOJERA
Esta alquería, variación de la voz ‘hinojera’, de ‘hinojo’, se encontraba en el espacio que media entre la torreta del depósito de agua de la carretera El Puerto-Sanlúcar y el cruce de ésta con la de Jerez-Rota, en el cerro de Venta Alta (que alude a la venta-posada que aquí existía en el siglo XIX, mencionada por algunos viajeros románticos), pero su antiguo nombre se ha conservado en las tierras de Hinojosa Alta y Baja, en linde y al sureste de la alquería andalusí. Aquí, junto al cruce de las carreteras indicadas, la alquería recibía las aguas del arroyo Campillo –el que a comienzos del siglo XVI llamaban del Serrano-, afluente del Salado y procedente de las tierras de Bayna, como bien menciona el Libro ubicando el límite sur de Finojera: “parte por término de Vayna por el arroyo arriba”. En linde al arroyo Campillo se encuentran los antiguos Pozos del Duque, por los de Medinaceli, los señores jurisdiccionales de El Puerto, que ciertamente fueron, ya a mediados del siglo XV, propietarios de estas tierras entonces nombradas Inogeruela.

Fragmento de candil con decoración pintada, típico de la región norteafricana, prospectado en Finojera. / Museo Municipal.
Consta la existencia de una mezquita en la alquería y un número indeterminado de casas que en 1268 se repartieron –fronteras a sus nuevas tierras, distribuidas de forma radial- a seis repobladores.
En el plano que encabeza esta nótula marcamos dos puntos en rojo (con interrogantes) situados al este de la laguna del Gallo y al norte de Finojera. Son dos yacimientos andalusíes que localizamos en las prospecciones arqueológicas -en el entorno de las casas de Bulé y María Manuela-, que debieron de ser pequeñas casas rurales vinculadas a las alquerías próximas.

Fotografía aérea de Vaina con los hitos mencionados en el Libro del Repartimiento.

El cortijo de Vaina y las tierras donde existió la aldea andalusí. / Foto, Juan José López Amador.
BAYNA
Al este de Finojera se encontraba Bayna o Vayna (que con ambas grafías lo nombra el Libro del reparto), topónimo que ha llegado a nuestros días en la forma Vaina nombrando a un cortijo y a las tierras donde se levantó la alquería. Acaso su nombre proceda del patronímico latino Baius, o quizás del bayna árabe, con el significado ‘entre’ (de haber sido así, el nombre andalusí completo se perdió porque en su origen aludiría a dos espacios o accidentes geográficos ‘entre’ los que se ubicaría la alquería).

Monedas andalusíes de Vaina: 1 a 3: Feluses de cobre, fechables en los primeros momentos de la conquista musulmana. 4: no identificada, de bronce. 5 a 9: dirhems de plata. Todas las monedas son de la colección de don Manuel Ortega. / Foto, J.J.L.A.
Al pie oeste de la alquería transcurre el arroyo Salado, el río Casarejos del siglo XIII, que debió de estar plenamente vinculado a la población andalusí como vía de comunicación. Consta que hasta las primeras décadas del siglo XX quienes habitaban el cortijo hacían uso de un embarcadero sito al pie de la antigua aldea, donde existía un embarcadero y una barcaza en la que cargaban los productos hortícolas para su venta, vía arroyo Salado, en Rota y Cádiz.

Fragmento de tinaja con decoración estampillada y vidriada en verde, procedente de Bayna. / Museo Municipal.
No se nombra en el documento medieval el reparto en su solar de casas, pero la localización de cerámicas y monedas en su solar prueban su ocupación en época hispanomusulmana, y la conservación del nombre hasta nuestros días, su identificación.

Fotografía aérea de Villarana con la toponimia en torno al yacimiento. Arriba a la izquierda (señalado con un círculo) se sitúa el Vado del Salado.
VILLARANA
Se localiza al sur de Bayna, en un cerro de suave pendiente próximo al Salado (400 m) y al arroyo de su nombre (800 m). El topónimo ha perdurado dando nombre a un caserío que de muy antiguo se levanta sobre el cerro y en torno al cual se encuentra el yacimiento arqueológico andalusí. Al pie sur, junto al cruce donde se unen las veredas de Villarana –que conduce a El Puerto- y la del Vado de Villarana se halla un viejo pozo concejil con abrevadero.

Caserío de Villarana, donde se ubicaba la aldea de su nombre. / Foto, J.J.L.A.

Otra imagen de Villarana, desde el sur. Al pie de la vereda, el antiguo pozo concejil. / Foto, J.J.L.A.
Tampoco se menciona en el documento alfonsí el reparto de casas de la alquería, que obviamente las tuvo, sólo el reparto de lotes de tierras a 133 repobladores, número –el mayor de los que recibieron tierras en la campiña- que habla de la extensión e importancia de sus terrenos, que limitaban con los de las alquerías de Bayna, Finojera, Casarejos (de la parte de la mar) y Bollullos. Posibles ruinas de la alquería –o acaso de construcciones bajomedievales o de la Edad Moderna- son las que Francisco Ciria decía en 1939 que por entonces aún eran visibles “interesantes cimentaciones en el cerro del pozo”.
En la imagen de la izquierda, sepulcro de doña María Alfonso Coronel (1267-1330) en el monasterio de San Isidoro del Campo, Santiponce (Sevilla), señora de El Puerto y propietaria de la aldea de Villarana en el siglo XIV. / Foto, leyendasdesevilla.blogspot.com.
De siempre conformaron las tierras de Villarana –ya en tiempos romanos- un núcleo agrícola muy relevante, principalmente dedicado a la explotación cerealística y durante siglos, la despensa de trigo de El Puerto. Tras la primera repoblación cristiana de sus tierras, pasaron a manos de los señores jurisdiccionales de El Puerto. Así, se conoce que doña María Alonso Coronel, viuda de Guzmán el Bueno y propietaria del señorío portuense, en su testamento, fechado en noviembre de 1330, legó la aldea de Villarana a su hija, doña Leonor de Guzmán, que a su vez, en 1341, la testó a su hijo Juan de la Cerda y así sucesivamente, permaneciendo en manos de los Medinaceli hasta el último tercio del siglo XIX. De antiguo sus tierras (1.081 aranzadas) se dividían en suertes y cuartos: ya en el siglo XV, los cuartos de Hinojal, de Enmedio y de Urraca Alfonso. Este último topónimo se remonta a los mismos tiempos de la repoblación alfonsí, pues la citada Urraca Alfonso fue beneficiada en 1268 con 6 aranzadas en Casarejos y compradora en Santa María del Puerto de dos casas que hasta entonces pertenecieron a otro repoblador, pero el motivo de su vínculo en la toponimia de Villarana lo desconocemos. Acaso fuera familiar de Pero Alfonso, alcalde de Cádiz en tiempos de la repoblación, en la que participó activamente y que en Villarana recibió dos lotes de tierras.
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Manuel Sánchez-Romate, fue Coordinador de Educación Permanente de Adultos en la década de los setenta del siglo pasado, siendo nombrado por el poeta y apóstol seglar de la No Violencia y la Paz en la Escuela, el mallorquín Lorenzo Vidal Vidal, a la sazón, inspector de Educación. Sánchez-Romate, junto a otros compañeros de magisterio, hicieron una importante labor, por la que fueron felicitados en diversas ocasiones. Declina ser protagonista de una nótula en Gente del Puerto, pero amablemente nos remite sus percepciones de lo que supuso aquella experiencia, en el recuerdo. /En la imagen de la izquierda, una fotografía de Sanchez-Romate en 1975, detrás aparece su suegro, Antonio Femenía Máiquez, funcionario municipal y corresponsal de Diario de Cádiz en aquellas fechas.






El ínclito Luis Alberto Balbontín Márquez 





Previamente, en 2012, merced a un intercambio organizado por el mentado Antonio Lozano de la Escuela Taurina jerezana, viajó a Méjico el 24 de diciembre de 2012, alojándose en casa de la familia de José Julián Llaguno Ibargüengoytia, en Saint Alto (Zacatecas), propietario de una ganadería de reses más templadas que las españolas, actuando en sendos espectáculos en Aculco y Moreira y aprendiendo en los tentadores, principalmente en la finca de Arroyo Hondo. /En la imagen de la izquierda, la divisa de José Julián Llaguno.
Francisco Romero Peña, 78 años, nacido en El Puerto de Santa María. Entró como fogonero en los trenes que hacían el trayecto Atocha-Madrid aunque pronto se trasladó a Sevilla integrándose en el servicio de la línea de Cádiz-Madrid en el trayecto entre la Bahía y Alcázar de San Juan, primero con máquina de vapor, después en el Expreso y en el Rápido. Eran tiempos en el que el viaje entre Sevilla y Cádiz se invertían cerca de tres horas y media. "En el viaje que realizábamos en el Expreso, teníamos que realizar una parada de 20 minutos a la espera de otra unidad, acoplándose dos composiciones que se reforzaban con cambios de máquinas lo que alargaba el tiempo de viaje. /A la izquierda, una imagen actual de Paco Romero.
MI VIEJO CANASTO.
Nada que ver con lo que pasaba hace 150 años, cuando comenzó a funcionar la primera línea ferroviaria entre Cádiz y Madrid, con las primitivas locomotoras a vapor y vagones (y asientos) de madera. Entonces, y nos situamos en 1867 (los intentos de unir ambas ciudades datan de 1852), este mismo trayecto consumía 25 horas de duración en cada sentido, ¡más de una jornada!, en un viaje que no parecía que fuera eterno... simplemente lo era y donde a las paradas en las ciudades con estación intermedias se unía las que se hacían para aprovisionarse del agua con la que funcionaba la máquina de tracción. /De joven, abajo a la derecha, haciendo el Servicio Militar en la Unidad de Ferrocarriles de Madrid-Atocha. Año 1955.
FUNDACIÓN DE FERROCARRILES.
En 1970, el viaje ya está por debajo de los 10 horas; 8 en 1980 y poco más de 7 horas en 1990. La Alta Velocidad nacida en 1992 fue ya en no va más, mostrando el contraste de un viaje rápido y cómodo entre Sevilla y Madrid, y el viaje lento y algo menos cómodo entre la capital hispalense y Cádiz, hasta ahora en la que las eternas obras de duplicación de la vía férrea están a punto de terminar el horizonte de bajar de las 4 horas lo que en el origen de los tiempos se hacía en 25 es una realidad al alcance de la mano, y del billete del pasajero. /En la imagen de la izquierda, Francisco Romero (agachado) junto a Ventura, fogonero militar, y Francisco en la Locomota 1.740.

