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En la casona anexa a la antigua aduana ducal de los Medinaceli que se hallaba y se halla frente a la antigua iglesia de la Caridad, hoy día el abandonado y ruinoso Hospital Municipal de San Juan de Dios, casa que tiene su entrada por la calle del Palacio o de Palacio, llamada anteriormente de los Oficiales y, modernamente, Reyes Católicos, ...

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La casa natal de José Navarrete, en su fachada a Micaela Aramburu.

... aunque al igual que pasan con otras calles como Larga, Pozuelo, Arena, Nevería… el nombre oficial cuenta poco y ésta que nos ocupa es popularmente conocida como Palacio; en ese inmueble, el número 1 de dicha calle, nació José Navarrete y Vela Hidalgo hace 178 años. Su padre, Rafael Navarrete Ortega, tenía  entonces 44 años y su madre, Josefa Vela Hidalgo, roteña de nacimiento, recién cumplido los 20 y también recién casada, pues apenas había pasado un año desde que, en 1835, contrajese matrimonio con el administrador del duque de Medinaceli y padre de nuestro personaje que llevaba instalado en El Puerto poco más de un lustro en compañía de su madre viuda, abuela paterna a la que prácticamente no conoció Navarrete pues falleció dos años después.

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La casa natal de José Navarrete, en su fachada a la calle Palacios, que tomaría su nombre entre 1903 hasta 1935.

Apenas se han difundido a lo largo del pasado siglo XX datos biográficos de este ilustre paisano, amigo y camarada de Pedro Antonio de Alarcón, y de Espronceda, Campoamor, Larra o Bécquer, entre otros muchos escritores, músicos y pintores de su época. Sus simpatías republicanas y su talante liberal sin tapujos habrá influido tal vez para que las generaciones que le sucedieron y el dominante conservador imperante durante más de la mitad del pasado siglo en esta bendita ciudad negasen el “pan y la sal” a este militar y político, pacifista y adelantado a su tiempo, además de articulista, conferenciante, novelista… y, en consecuencia, no fuese resaltado entre las distinguidas “Gentes de El Puerto” de su generación años después y olvidado de la memoria colectiva de los portuenses. Hoy lo traemos a Gente y Habitantes de El Puerto.

martinezalfonso_puertoenlaliteratura_puertosantamariaMartínez Alfonso en su ensayo “El Puerto de Santa María en la literatura española” lo cita dentro de un epígrafe que rotula como “Tres nombres famosos” junto a Javier de Burgos y Federico Rubio, “los tres hijos del Puerto y ganadores de merecido renombre en el ámbito nacional”. Lo define como “militar levantisco, viajero infatigable, liberal impenitente y hasta un tanto demagogo, era, sin embargo, muy buena persona en el fondo.” Una definición inexacta e incompleta, en mi opinión. Inexacta por su calificación de militar levantisco o liberal demagogo, e incompleta por la omisión de una cualidad o característica importante de su personalidad: su gusto por las mujeres. La mejor definición la vemos en el título de una de sus pequeñas piezas teatrales: “Cuantas veo, tantas quiero” comedia en un acto y en verso que fue aprobada por la censura para representarse en los teatros Cádiz, durante los carnavales de 1868 y que, posiblemente, también se estrenase en el llamado “Teatro Viejo” de la calle Misericordia, del que tanta nostalgia tenía Navarrete.

tsantasveocuantasquiero_NAVARRETE_PUERTOSANTAMARIAEn un artículo suyo publicado en el periódico capitalino “El Liberal” titulado “El Trípili”, relata que asistiendo a un concierto en el casino de Niza le sorprendió encontrar en el programa “Jota y Trípili, de M.A. Col” y comenta: “El Trípili, como sabe todo el mundo en España, es una tonadilla muy antigua, pero bonita, y que pertenece al repertorio de canciones andaluzas que no deben jamás confundirse con los cantos importantes de los gitanos. Esta tonadilla, se cantaba medio siglo há (cuando él tenía diez o doce años) en el teatro, que ya entonces llamábase viejo, sito en la calle de Misericordia, en el Puerto de Santa María.” Refiere también una jocosa anécdota de aquellos años infantiles en El Puerto, recordando “al gracioso (actor) Guerrero, un narigón que cantaba El Trípili con una real moza, la cual volvía loco al público de la cazuela con la copla de su invención:

Un capitán de navío
que ha venido de Lisboa,
quiere llevarse a Guerrero
para mascarón de proa.
Con el trípili, trípili, etc.”

Recordando su pasado juvenil y sus padres “veía en la calle de Palacio, frontero al paseo del Vergel y a la iglesia de la caridad un caserón de los duques de Medinaceli, en el cual vivía una señora joven, con los cabellos blancos, bien parecida y de carácter angelical, casada con un anciano valetudinario, seres que ya dieron sus cuerpos a los gusanos y velan por mí desde lo alto…”

Debemos insistir en su condición de “impenitente” admirador de la mujer, mejor dicho, de las mujeres en plural, a las que dedicó toda su producción poética. Fue muy conocida en su época una de estas poesías dedicada a “cierta Concha/más rica que las de nácar” dedicada a una dama madrileña anónima que quisieron identificar con la marquesa de Follevirle. En la primavera de 1879 participó con este poema: “A Concha”, lleno de gracia andaluza y de colorido, y versificado con singular facilidad, en una sesión de lectura poética en el Teatro de la Zarzuela, en la que intervinieron, entre otros, Núñez de Arce, Campoamor y Bécquer.

lasllavesdelestrecho_navarrete_puertosantamariaSu vida profesional se inicia cuando ingresa en la Escuela Militar de Segovia de la que sale con el grado de Alférez. En 1860, con 24 años y ya teniente, participa en la Guerra de África a las órdenes del general López Domínguez, al que dedicará su obra “Las llaves del Estrecho”, publicada en 1882. Por la ocupación de Tetuan, Navarrete, que formaba parte de la Compañía de cohetes del 3º Regimiento de Artillería de a píe, fue ascendido al grado de capitán. En 1862, cuando se evacuó Tetuan fue destinado a Badajoz y, posteriormente a Colmenar. Ya entonces colaboraba asiduamente en la revista “El Mundo Militar” y en otras revistas nacionales. También se adhirió a la Liga Internacional de la Paz, descubriendo en este concepto –la paz- su autentica vocación, iniciando una serie de conferencias  en el Ateneo Militar de Madrid, con títulos tan sugestivos y comprometidos como: “La fuerza pública en sus relaciones con el Derecho” o “¿Cuándo concluirá la guerra? En  otras conferencias censuraba abiertamente la organización de los ejércitos y en todas ella recibió una crítica favorable de la prensa que alabó sus conferencias, “bellas de forma y de espíritu verdaderamente liberal.”

Su alegato como abogado defensor del alcalde de Bornos, Manuel Navarro Laporte, ante el fiscal togado que le encausó como supuesto colaborador de la partida insurrecta de Paúl y Salvochea fue también sonado. El juicio se celebró el mes de diciembre de 1869 en los pabellones de Artillería de Cádiz con un fallo absolutorio a favor de su defendido  por parte del Tribunal Militar.

COMITÉ REPUBLICANO FEDERAL DE EL PUERTO.

Posteriormente, en junio de 1871, fue elegido presidente honorario del comité republicano federal de El Puerto de Santa María, comité que presidía José Asencio y del que formaba parte, entre otras ilustres personas, el bisabuelo de Luis Suarez Ávila, Bonifacio Rodríguez Ávila.  Unos meses después, en abril de 1872, el comité local de coalición republicano lo eligió como su candidato para las Cortes por el distrito de El Puerto de Santa María. Sin embargo, sus duras, aunque justificadas críticas contra el estamento militar a que él mismo pertenecía no pasaron desapercibidas, siendo desterrado a Melilla. La prensa madrileña anunció la situación en que quedaba este “atrevido y pacifista militar portuense”, comandante graduado, a raíz de este destierro que no era otra que “supernumerario sin sueldo”.

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Congreso de los Diputados ABOLICIÓN DE LA PENA DE MUERTE.

En esta situación, suponemos que solicitando su baja del cuerpo de Artillería, resultó electo como diputado a Cortes por el distrito portuense en octubre de 1872 y el 23 de ese mismo mes suscribió junto con otros siete diputados, entre los que figuraba Manuel Becerra, una proposición para abolir la pena de muerte en toda clase de delitos políticos. Presentada en el congreso, la moción fue derrotada por 98 votos en contra y solo 78 a favor. Un primer paso, sin duda, hace casi siglo y medio, para la abolición de la pena de muerte, tal como hoy día figura en nuestra Constitución. Poco después suscribiría otra proposición de ley de un tema que es polémico en nuestros días: los gastos judiciales. En su propuesta para regular los mismos contemplaba que en ningún caso los gastos de las demandas judiciales excediesen del diez por ciento de sus cuantías.

josedenavarrete_nizayrota_puertosantamariaSin embargo, frente a estas dos proposiciones tan razonables, pecando tal vez de ingenuo, encabezó una propuesta que secundaron cuatro diputados más para que fuese incluida como asignatura obligatoria en la enseñanza secundaria ¡el espiritismo!, influido sin duda por una corriente imperante y de moda en aquellos años entre algunos sectores intelectuales. Eso le valdría el mote o sobrenombre de “diputado espiritista”. /En la imagen, portada de su libro 'De Niza a Rota'

Dejando atrás su etapa en las Cortes, donde debió ligar buenas e influyentes amistades, en 1875 volvió a entrar de nuevo en el servicio de armas pues en esa fecha lo encontramos citado como comandante entre los componentes del Gobierno Militar, aunque en el arma de Caballería, si bien se le concede el retiro poco después, en el verano de 1876, con esa misma graduación. Es por esta fecha cuando publica en la Biblioteca de Instrucción y Recreo Desde Wad-Ras a Sevilla, una narración de conmovedores episodios de la Guerra de África. Dedicándose ya de lleno a la literatura, en 1879, publicó En los montes de la Mancha, crónicas de caza y a continuación la novela El drama de Valle-Alegre con prólogo de Pedro Antonio de Alarcón (tenía 500 páginas y se vendía a 14 reales).

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Niza (Francia), donde pasaba largos periodos y donde falleció.

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La Villa de Rota, lugar de nacimiento de su madre, donde solía pasar temporadas.

En 1883, su obra más conocida, la novela María de los Ángeles, elogiada por Carlos Fernández Shaw, cuya acción transcurre en Rota, la villa de su familia materna, donde pasaba temporadas, alternando con Niza, desde donde escribía interesantes artículos para la “Revista Europea” y también con la capital de España, donde era tertuliano habitual de la conocida como “El Parnasillo” que encabezaba Espronceda y asistía el pintor Madrazo y el malogrado Mariano José de Larra.

Al poco de fallecer, en marzo de 1901, la corporación tomó el acuerdo de rotular con su nombre una calle de la ciudad. Y así se llevó a efecto, aunque tardaría dos años en oficializarse dicho acuerdo, pasándose a llamar con su nombre: José Navarrete, la calle en la que había nacido, desde 1903 hasta 1935.

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El café Romántico 'El Parnasillo' en Madrid, que todavía existe.

Finalizamos esta semblanza de nuestro paisano, autor tambien de “Beso a Ud. la mano” y de La Cesta de la compra, con una descripción que de él realiza su camarada de armas y mejor amigo, el también escritor y novelista Pedro Antonio de Alarcón: “De porte robusto, bravo soldado, fumador empedernido, pulcro en el vestir y buen matemático es amigo cariñoso de sus amigos.”  /Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. Puertoguía.

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A partir de 1840 los vapores fueron sustituyendo a los faluchos.

El brazo de mar que une El Puerto con Cádiz, el atajo y la alternativa al largo camino terrestre que bordea el arco de la bahía, fue una vía de comunicación abierta al tránsito de mercaderías y de gentes desde siempre, que es decir desde hace dos mil años, cuando Balbo el Menor fundó en la tierra firme frontera a Gades el Puerto Gaditano. Desde entonces y en todo tiempo la travesía debió realizarse en consonancia al mayor o menor desarrollo poblacional y económico de ambos enclaves en el curso de la Historia.

La primera mención a un pasaje la encuentro en la Crónica  de Alfonso X (1284), donde se refiere que en 1255, sublevado el Infante don Enrique a su hermano el rey Sabio, procedente de Lebrija y camino del destierro en el reino de Aragón, “fue al Porto de Santa María. Y como quiera que el lugar no era aún poblado, estaban  navíos y entró él en uno de ellos y fue por la mar a Cádiz…”.

UN MONOPOLIO DE LOS MEDINACELI

vapores2_2_puertosantamariaUno de los periodos álgidos de las travesías se vivió en tiempos de los Reyes Católicos, durante el último tercio del siglo XV e inicios del siguiente. En 1489 se cobraba a los portuenses por el pasaje 4 maravedís, 6 a los jerezanos y medio real a los demás foráneos, aunque los vecinos de Jerez de continuo se quejaban porque se les cobraba más de lo estipulado. Ya entonces –por antiguo derecho impuesto no sé cuándo- el paso de El Puerto a Cádiz estaba monopolizado por los señores de El Puerto, los duques de Medinaceli, y en sus manos permaneció hasta bien entrado el siglo XVIII, siempre explotado por vía de arrendamiento. /En la imagen de la izquierda, Luis Francisco de la Cerda, IX duque de Medinaceli (1689-1707). Retrato de Jacob F. Voet, hacia 1684. Museo del Prado.

Era la ‘renta del pasaje’, que proporcionaba a las arcas ducales estimables beneficios; y a quien osase contravenir el monopolio, la inmediata pérdida del barco infractor y una multa de 600 mrs. El privilegio provocó en repetidas ocasiones las quejas de los vecinos, hasta que en 1542 interpusieron pleito ante la Real Chancillería de Granada contra el duque, entonces don Juan de la Cerda, “que tiene puesta una Barca de pasaje en el Río que va del Puerto a Cádiz y no consiente que ningún vecino ni otra persona alguna tenga Barco en el dicho río ni nadie pueda pasar por otra parte sino por su Barca y la arrienda y el arrendador lleva excesivos derechos ahora sea rico o pobre el que hubiere de pasar”. Tampoco faltó por estos años la picaresca, porque fue costumbre que los tripulantes de los barcos exigieran a los forasteros “un quarto después que son salidos fuera del río”, leo en documento de 1536.

La exclusividad del pasaje continuó hasta el año 1743 (aun después de que El Puerto dejara de ser –en 1729- un señorío para convertirse en ciudad realenga), cuando una Real Orden de Felipe V eliminó el monopolio en razón a que “no ha habido título de concesión ni otro que la tolerancia anticuada, quiere Su Magestad que se quite enteramente este impuesto”. Pero los antiguos señores no cejaron en su pretensión, pues no fue hasta el año ¡1804¡ cuando la Chancillería de Granada definitivamente dio por zanjado el asunto.

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Navegando frente al Bosque de los Conejos del Coto de la Isleta. / Foto: Colección Miguel Sánchez Lobato.

Durante el siglo XVII, los barcos ducales del pasaje eran embarcaciones de porte, fragatas, los también llamados ‘barcos luengos’, con tres palos con aparejos de cruz y unos 30 metros de eslora. Notablemente mayores que los barcos del pasaje que se generalizaron en los siglos XVIII y XIX, los faluchos (o falúas y falucas), las embarcaciones empleadas desde la Edad Media en todo el Mediterráneo para la pesca y el comercio de cabotaje, arbolado con un palo inclinado a proa y vela latina. Fueron los barcos empleados en la travesía –más o menos acondicionados para ello- desde que se “liberalizó” el servicio en 1743 hasta mediado el XIX, cuando paulatinamente fueron desapareciendo ante la llegada de los “modernos” vapores.

TESTIMONIOS DEL PASAJE

vapores2_4_puertosantamariaLos testimonios de pasajeros que realizaron la travesía y que de ella escribieron son numerosos, especialmente durante el luminoso siglo XVIII gaditano y la decadente primera mitad del XIX. Acaso el más antiguo es de 1593, de un diario que a modo de guía de viaje escribió monseñor Camilo Borghese (1552-1621), a quien el Papa Clemente VIII envió como nuncio ante la corte de Felipe II. Recaló entonces en El Puerto, procedente de Sanlúcar, y escuetamente anotó: “A la salida de Sanlúcar saldrá una guarda para saber si llevan algo que deba aduana. Digan que no. Para ir al Puerto de Santa Maria, les saldrán dos guardas a enseñarles la guía que habían pedido en la aduana y darles algo. Ir a Santa Maria a dormir, y dejar allí las mulas, y pasar a Cadiz por mar, y volverse allí.” Hizo carrera monseñor, porque en 1605, a los doce años de su paso por la bahía,  fue elegido Papa con el nombre de Pablo V (pregúntenle a Galileo por él).   /En la imagen de la izquierda, el Papa Pablo V retratado por Caravaggio. Basílica de San Pedro del Vaticano.

vapores2_5_puertosantamariaPara ilustrar cómo eran aquellos viajes en faluchos surcando la bahía de Cádiz –siempre pintados con llamativos y chillones colores, al modo de las naves fenicias- no encuentro mejor manera que interpolar algunos fragmentos de las vivencias que dejaron escritas algunos ilustres personajes; que juntos pueden componer un pintoresco, aunque incompleto, cuadro. En 1794 el joven poeta sevillano José Blanco White dejó esta impresión de la travesía Cádiz-El Puerto: “…la comunicación entre estos dos lugares es tan constante como la de una gran ciudad con sus barrios suburbanos. Barcos llenos de pasajeros cruzan continuamente  la bahía desde el amanecer a la puesta del sol, aunque el viaje no deja de ser peligroso cuando sopla con fuerza el levante en verano o con los temporales del invierno. En la barra del Guadalete […] hay grandes bancos de arena que cambian de lugar y que todos los años causan no pocas víctimas. Los barcos de pasajeros suelen ir atestados de gentes de todas clases.”  /En la imagen de la izquierda José María Blanco White (1775-1841).

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El muelle de la Pescadería en un grabado de mediados del XIX.

EL EMBARQUE

Tradicionalmente, en El Puerto los embarques en los faluchos se hacían en el muelle de la plaza de la Pescadería y en la orilla inmediata a uno y otro lado (que no se canalizó con muralla hasta comienzos del XX). vapores2_7_puertosantamaria/En la imagen de la izquierda, Joseph Townsend (1739-1816).

Como testimonio de un embarque, plasmaré el de Joseph Townsend (1739-1816), un sacerdote, médico y geólogo inglés que en 1787 vino al Puerto: “Inmediatamente que hube llegado al Puerto de Santa María me informé de un barco de paso para Cádiz. Me dijeron en la posada que no pasaría ese día. A pesar de esa respuesta, fui a la orilla, donde pronto me vi rodeado de bateleros, que me aseguraron todos que había llegado demasiado tarde para el barco de paso ordinario, pero que por dos pesos fuertes podría tener uno para mí. No queriendo verme retenido allí todo el día, acepté la proposición y fui conducido a un barco medio lleno de pasajeros. Después de haber aguardado casi cerca de una hora antes de que estuviese completamente lleno, nos dimos a la vela. Como el viento era bueno, nuestro pasaje fue corto. Al dejar el barco tuve la mortificación de ver que cada pasajero no pagó más que dos reales o cuatro peniques y medio, en lugar de los dos pesos fuertes u ocho chelines, pero hubiera sido inútil quejarse.” Como ven, la misma “picaresca” que en 1489 y 1536, aún en práctica tres siglos después.

LOS REZOS FRENTE A SANTA CATALINA

Fue costumbre adquirida de antiguo que los tripulantes y pasajeros de los faluchos, tras salvar la barra del Guadalete, frente a la ermita de Santa Catalina (fundada en 1472, donde hoy perduran, pese a los estragos del tiempo y del abandono, las ruinas de la fortaleza de su nombre), ofrecieran una oración a quienes habían perecido tras naufragar en la barra y la Punta de Sta. Catalina (la de Alejandría).

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La peligrosa Punta de Santa Catalina. /Foto, Trotones de Arcos

El primer testimonio es el de un anónimo viajero francés que en un falucho rumbo a Cádiz embarcó en El Puerto el 5 de mayo de 1670, y escribió: “El sitio donde va a juntarse el agua de su canal con el mar es muy peligroso. Se llama Santa Catalina. Hay allí una capilla donde los marinos se ponen en oración en ese paso y advierten a los que conducen que se pongan también; porque allí naufragan a menudo los barcos.” 

Al paso de un siglo, otro francés, el diplomático Juan Francisco Peyron, completó en 1773: “allí perecen  a  menudo barcos y los marineros no dejan jamás, cuando están en la barra, de rezar a las almas del Purgatorio para que intercedan por ellos, y la oración no se acaba sin una colecta.” Donativos que se entregaban a la Hermandad de la Santa Caridad, que de antiguo era la encargada de recoger los cadáveres de los náufragos y de sufragar con limosnas las misas de difuntos y sus entierros. (Entre los años 1675-1786 la institución enterró 185 víctimas ahogadas en la barra.) El mayor número se produjo unos años antes de venir Peyron, el 19 de febrero de 1765, cuando un golpe de mar arrastró hasta uno de los bancos de arena, volcándolo, al barco de pasaje llamado El Leoncillo, muriendo todos sus ocupantes. Desconozco cuántos, pero la Hermandad se ocupó de dar sepultura a dieciocho, todos gallegos, que en Cádiz buscaban el sustento. En enero de 1774 naufragaría, cuando transportaba un cargamento de trigo, El Soberbio, uno de los viejos barcos del pasaje aún propio de los Medinaceli.

vapores2_9_puertosantamariaBlanco White continuaba apuntando en 1794: “…en medio de toda esta risa y griterío, en cuanto el barco llega a los bajos, el piloto alza su voz con gravedad digna de un sacristán y se dirige al pasaje con palabras parecidas a las siguientes: ‘Recemos por las almas de los que han perecido en este lugar.’ La piadosa exhortación del marinero tiene un efecto sorprendente sobre los pasajeros, y durante unos minutos cada uno de ellos en particular murmura una plegaria, mientras un grumete recoge unas cuantas monedas de cobre de entre los presentes, que se gastan religiosamente en decir misas por las almas del Purgatorio. Concluida esta ceremonia se reanuda la jarana, que dura hasta el mismo momento de desembarcar.” /En la imagen de la izquierda, Cecilia Böhl de Faber, Fernán Caballero (1796-1877).

Y Fernán Caballero, rememorando el año 1814, recién llegada con su familia a la bahía,  en Elia, o La España treinta años ha: “Pasada la barra, […] quitóse el patrón su sombrero y entonó en alta voz un Padrenuestro por las almas de los muchos que han perecido en aquel peligroso escollo.”

Otro testimonio del mismo tono lo firmó, de la travesía que realizó en 1826, el marino norteamericano Alexander S. Mackenzie (1803-1848). Pocos años después debieron de perderse los tradicionales rezos frente a la Punta de Santa Catalina, seguramente cuando la ermita dejó de cumplir su función religiosa y los vapores paulatinamente se establecieron, al tiempo que los faluchos, los ‘barcos del pasaje’, fueron perdiéndose  hasta desaparecer. Pero no el espíritu y las maneras de la gente de aquí.

LAS FESTIVAS TRAVESÍAS

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Dos faluchos partiendo para Cádiz.

Es de resaltar la insistencia de muchos autores –nacionales y extranjeros- por remarcar el carácter festivo con el que los viajeros, en gran parte de las clases populares, hacían ‘la carrera’, con frecuencia convertida en diversiones populares improvisadas, envueltas por el mar, el olor, el aire, la luz y el cielo de la bahía. Muchos romances, canciones (como la célebre ‘playera’ de Curriyo el marinero), los primeros balbuceos del flamenco, los chascarrillos, las palmas, las voces altas y subidas de tono… De esto, Blanco White, que era más que medio inglés, decía: “Cuando hace buen tiempo y la parte femenina del pasaje no está afectada por el miedo o los mareos, los pasajeros entablan la alegre barahúnda propia del carácter de los andaluces y que se conoce con el viejo nombre español de jarana […] No sé si seré capaz de darle una idea de esta diversión. No admite ninguna libertad de acción, pero tolera todas las palabras y frases gruesas que no constituyan una abierta indecencia. Es, si puedo usar la expresión, como una especie de tiroteo conversacional”. 

A LA FERIA Y LOS TOROS

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Faluchos abarlobados frente a la plaza de la Pescadería y el Castillo de San Marcos

Especialmente significados eran los días en que la bahía se plagaba de faluchos repletos de gaditanos e isleños y portorrealeños que a El Puerto venían a las ferias y a las corridas de toros.

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Un falucho. /Foto: Colección Miguel Sánchez Lobato.

En 1777 ya estaba establecida, en el paseo de su nombre, la Feria de la Victoria, durante la segunda quincena de agosto. Ésta era la del sainete La feria del Puerto, del gaditano Juan Ignacio González del Castillo (1763-1800), cuya primera escena arranca en el muelle de Cádiz con la riña de dos patrones de faluchos disputándose –como ocurría en verdad- el embarque de los pasajeros. La misma escena se repite en otro sainete, Los Faluchos del Puerto (1834), de autor gaditano anónimo, en el que muchos de los que se embarcan en faluchos en el muelle de Cádiz lo hacen para asistir a la Feria del Puerto. Esta no era la de la Victoria –hacía años desaparecida del calendario festivo-, sino la Feria de Santa Ana, ya existente en 1790 y celebrada durante tres días, del 26 de julio (su festividad) al 28, en el Campo del Socorro, junto a la ermita de Nra. Sra. del Socorro, posterior de San Antón.

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La Puerta del Mar y el muelle de Cádiz en 1904

Y los toros... capítulo aparte requeriría, por lo que me limitaré a reproducir dos testimonios. Éste de Pedro Antonio de Alarcón, rememorando su estancia en El Puerto en 1854: “Cuando estuve por primera vez en aquel país se iba al Puerto en vapor o en falucho, en tres cuartos de hora...¡De Cádiz al Puerto!, decían los cantos populares llamados caleseras, refiriéndose con especialidad a la complacencia de ir a los celebérrimos Toros del Puerto, que es como quien dice de este Puerto por antonomasia”.

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Al fondo, el muelle comercial y la plaza de la Pescadería.

Y el barón Charles Davillier,  Caballerizo Mayor de Napoleón III, apuntó en 1862: “Los toros del Puerto es el título de una canción andaluza, popular en toda España y que pinta maravillosamente el entusiasmo de los habitantes de Cádiz por la fiesta nacional.” Ciertamente, ésta fue la canción más popular y más cantada en la España de la segunda mitad del XIX: “dio la vuelta a Europa”, decía Antoine de Latour.  Se estrenó en 1841, con música de Francisco Salas (1812-1875) y letra del político gaditano Luis González Bravo (1811-1871), escrita un año antes de ser nombrado presidente del Consejo de Ministros. Comenzaba con el pregón... Que vivan los cuerpos buenos/ que viva la gente crúa. /¡Avechucho! atrácame ese falucho. / ¿Quién se viene?, ¿quién se múa? / Aquí tengo el cielo abierto, / ¡que se larga mi falúa!/  ¿Quién se embarca para El Puerto? /Texto: Enrique Pérez Fernández. Continuará 

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retratodelgeneralqueipodellano_oleolienzoEl general jefe del Ejército del Sur, Gonzalo Queipo de Llano, fue recibido en septiembre de 1937 en El Puerto de Santa María como un triunfador al estilo de los generales romanos. El militar había sido desterrado, con anterioridad por el gobierno monárquico, por su condición de republicano, cumpliendo su condena en El Puerto en una casa de la calle Cruces donde vivía y trabajaba en una explotación salinera de la Ciudad. Era muy amigo de Abelardo González Franco ‘el manco Guindate’ (ver nótula núm. 495 en Gente del Puerto).

Pero ya en el segundo año de la Guerra Civil, con Queipo de Llano con mando en el ejército sublevado y rebelado contra la II República cuyas ideas defendió, la Comisión Gestora Municipal, presidida Manuel Rives Brest en funciones de alcalde no electo, acordó el 31 de agosto, pocos días antes de su llegada a El Puerto,  nombrarlo Hijo Adoptivo, distinción que recibiría el 5 de septiembre del mismo año, cuando presidió en El Puerto una corrida patriótica a beneficio del acorazado "España". Era un hombre fuerte, un señor de la guerra, al que había que contentar e intentar sacar algún beneficio para la Ciudad. Como ha ocurrido y ocurrirá siempre.

revistaportuense_queipo_puertosantamariaEL PERGAMINO, UN AÑO DESPUÉS

El pergamino con el nombramiento de Hijo Adoptivo de El Puerto, realizado por el calígrafo José Luis Valero, no se expuso sin embargo hasta un año después, en septiembre de 1938, en un ‘céntrico comercio’ de la localidad. Posteriormente, claro, la entrega del pergamino... Aquel día septembrino de 1938, a primera hora de la mañana Queipo de Llano presidió la inauguración y bendición del monumento a los Caídos en la plaza de Cristobal Colón que inauguraba, (ver nótula núm. 1.257 en Gente del Puerto). En la ceremonia pronunció un  discurso el joven Augusto Haupold Agüera. Terminado aquel acto, el general dirigiría junto a su comitiva hacia el Ayuntamiento donde recibiría el el pergamino con el nombramiento de hijo adoptivo de la población que, como hemos señalado, celebró un año antes. Queipo visitó posteriormente el comedor de Auxilio Social y almorzó en la finca La Manuela. /En la imagen, portada de la Revista Portuense que recoge la visita de Queipo de Llano, en su edición del 7 de septiembre de 1937.

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En la imagen el presidente de la Comisión Gestora Municipal en funciones de alcalde en 1938, Antonio Rives Bret, acompañado del General Queipo de Llano, en la inauguración de la plaza de Colón y monumento a los Caídos, ya desaparecido. | Foto: Colección de Juan Antonio Lores Palacios, biznieto de Antonio Rives Bret,

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El Museo ABC (calle de Amaniel, 29. Madrid) presenta una muestra dedicada a Eulogio Varela (El Puerto de Santa María, 1868 - Cercedilla, 1955). Bajo el título 'Modernismo y modernidad', la exposición homenajea a quien fue inspirador de numerosos artistas. Diseñador, ilustrador, pintor, decorador... Un hombre del Renacimiento en la época del automóvil, que se celebrará entre el 30 de enero y el 22 de junio de 2014.

eul_varela_1_puertosantamariaVarela fue un artista polifacético que no solo destacó en la pintura, sino que fue un consumado ilustrador y un portentoso diseñador gráfico y de piezas de decoración, sin olvidar su labor pedagógica y teórica.

En 1898 comienza su colaboración con la revista Blanco y Negro, convirtiéndose en uno de sus artistas más relevantes y duraderos. Esta revista fue su gran plataforma de despegue. Una colaboración que tiene su auge en las primeras décadas del siglo que acababa de nacer y que se apaga con la llegada de la Guerra Civil.

Fruto de esta colaboración, la Colección ABC custodia casi un millar de dibujos originales donde abundan ilustraciones, pero también diseños de caligrafías, adornos o mobiliario. Esta muestra tiene como objetivo poner en valor a un gran artista, rescatarlo del olvido y mostrar por primera vez sus dibujos y diseños como mejor ejemplo de una trayectoria única.

FANTÁSTICO, ESOTÉRICO Y EXÓTICO.

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La muestra que acoge el Museo ABC reúne piezas que viajan desde el costumbrismo al realismo y al Art Nouveau. Encontramos la influencia japonesa, germana y vienesa, los simbolistas prerrafaelistas ingleses, las temáticas wagnerianas y su interés por el medievalismo. Hay hueco para lo fantástico y lo esotérico, lo religioso y lo exótico, para la naturaleza… Entre los temas que podemos encontrar en la exposición destacan la mujer y sus imágenes como esencia de modernidad, disfrutando de su nuevo rol social o en forma de carteles, como reclamo publicitario de una nueva sociedad basada en lo comercial. También hay escenas inspiradas en la vida burguesa, sus ocios y sus preocupaciones o su hipocresía.

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Más información: Homenaje en El Puerto en 1980.

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El Cádiz tras la explosión en el muelle del Vapor. Detrás, en el centro, el Hotel Vista Alegre.

Ocurrió  a las doce y cuarto de la noche del 9 de julio de 1929. Tenía que haber sido una noche más, pero el destino quiso que para el vapor Cádiz fuera la última. Estando atracado en el muelle del Vapor, su caldera explotó al quedarse sin agua. Tres embarcaciones pesqueras, además del vapor, se fueron a pique, ocasionando el estampido el repentino susto a más de medio Puerto así como graves desperfectos en los tablones y herraje del muelle y la muerte a Joaquín Cano Paz, Carichi, un popular vendedor de coquinas que en la Plaza de Abastos se buscaba la vida y que en el Cádiz acostumbraba pernoctar. Se recogieron trozos de maderas y cristales del vapor a más de 50 metros del muelle. En noviembre una grúa pontona extrajo los restos de la embarcación, costando la operación 3.000 pesetas.

El suceso lo reflejaron los Niños vestidos de corto en el Carnaval de 1930. Así decía  la copla de Joaquín Suano: “Cádiz de mis entrañas, vapor del Puerto, Dios lo tenga en la gloria al pobrecillo que se quedó muerto. Estábamos en el Parque con papá Suano, y venían los tablones, las planchas y los pasamanos. Los pasajeros que ahora se embarcan no se marean, ya no molesta el humo que echa la chimenea. Del mismo susto mamá Gatica se desmayó, se le retiró la leche y nos cría a biberón.”

Más allá del funesto percance, la explosión del Cádiz conllevó el fin de un largo periodo y el comienzo de la saga de los Adriano. Después de 89 años surcando la bahía para cubrir ‘la carrera’ (como se llamaba, ya en el siglo XVIII, a la travesía entre El Puerto y Cádiz), los vapores de pasajeros dejaron de cumplir para siempre su tradicional función. Al Cádiz le tocó ser el último vapor. Todo comenzó a fines de 1840…

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El Real Fernando en dibujo de Antonio Fitz, 1819. Museo Naval de la Torre del Oro de Sevilla.

EL BETIS

El 12 de diciembre de 1840 el Ayuntamiento otorgó la primera concesión del ya denominado muelle del Vapor –en el mismo lugar que hoy- a la gaditana Sociedad de Retortillo (promovida por José María Retortillo Imbrech) para el embarque y desembarco de pasajeros y cargamentos de su vapor Betis; que llevaba tras de sí una destacada historia, pues fue, con el nombre de Real Fernando con el que fue bautizado, el primer barco de vapor abanderado en España.

Construido en Triana, en el astillero de Los Remedios, se botó el 30 de mayo de 1817 por la Compañía de Navegación del Guadalquivir  para cubrir la línea entre Sevilla, Sanlúcar y Cádiz. Su casco era de madera, achatado, de poco calado y revestido con planchas de cobre. La máquina, inglesa, impulsada por ruedas de paletas situadas en los costados le permitía navegar a 6 nudos. La chimenea se alzaba en la mitad del casco, y debajo estaba el compartimento de la maquinaria, aislado con una cámara rellena de serrín para disminuir el calor que desprendía la combustión del carbón. El flamante vapor costó 20.000 pesos.

vapores1_3_puertosantamariaAl paso de los años, el Real Fernando o el Fernandino, rebautizado como Betis, cambió las aguas del Guadalquivir por las del Guadalete. En ellas seguía en julio de 1843, cuando en él embarcó un ilustre pasajero: el español más conocido de su tiempo, el general Baldomero Espartero, que alcanzó la más alta instancia del Estado en mayo de 1841, cuando asumió la Regencia. Su gobierno, caracterizado por una decidida política progresista y un talante cesarista, le granjeó en los tres años que duró su mandato la enemistad de muchos. Sublevados al general algunos compañeros de armas (Narváez, Serrano…), comenzó la huida de Espartero hacia el sur…   /En la imagen de la izquierda el general Espartero retratado por José Casado de Alisal. Congreso de los Diputados.

La noche del 29 de julio de 1843, perseguido por una columna militar, entró, a caballo, en El Puerto, siendo aclamado por sus incondicionales en el Café Nuevo, en la calle Larga. Aquí pernoctó, en la casa de doña Manuela del Castillo (la misma en la que en octubre de 1823 se hospedó Fernando VII), y al amanecer, acompañado de sus más fieles seguidores (entre ellos, el alcalde, Francisco Nicolau), en el muelle del Vapor embarcó en el Betis para Cádiz, de donde partiría, en el navío Malabar, rumbo a su destierro en Inglaterra. Lo contó Pérez Galdós en el relato Bodas Reales (cap.V) de sus Episodios Nacionales: “Espartero llegó al Puerto de Santa María sin más ejército que su escolta, sus ayudantes y un grupo de fieles amigos […] Refugiados en el vapor Betis, firmó el Regente su protesta, último resuello de un poder expirante”.

LOS VAPORES DE LASERRA Y DEL CORRAL

vapor1_4_puertosantamariaEl Betis fue remplazado en marzo de 1844 por el Veloz, propio del vecino de Cádiz Rafael Laserra. Pero el negocio no prosperó –los altos impuestos del Ayuntamiento- y a los tres meses el vapor se fue a Sevilla. Lo sustituyeron en agosto del 45 dos vapores de Pedro del Corral, de fabricación inglesa, el Andaluz y el Infante Don Enrique. Éste llegó desde las rías gallegas, donde cubrió la línea La Coruña-Ferrol (la misma que casi un siglo después realizó el Adriano I antes de su arribo al Guadalquivir y a la bahía de Cádiz). En él embarcó, en noviembre de 1846, el autor de Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas, de cuya travesía dejó constancia en su libro De París a Cádiz (1847). Ambos fueron sustituidos en 1848 por un tercer vapor del mismo empresario, el Nerea, que continuó haciendo las travesías durante dos años y para el que se construyó una casilla de despacho de los ‘boletines’ al lado del muelle, frente a la recién inaugurada Posada de Vista Alegre.  /En la imagen de la izquierda, Alejandro Dumas (1802-1870).

LOS AÑOS DE GONZÁLEZ DE PEREDO, 1847-1872

vapor1_5_puertosantamariaLa corta permanencia de estos primeros vapores cambió a raíz de la concesión del servicio que el Ayuntamiento le otorgó en junio de 1847 al santanderino, avecindado en Cádiz, Juan González de Peredo. Durante un cuarto de siglo, hasta 1872, sus dos vapores, el Hércules y el Relámpago prestaron la función de forma simultánea e ininterrumpida. Antes, por encontrarse en ruina, Peredo sufragó la construcción de un nuevo muelle a cambio de su uso exclusivo. Y en la calle Puerto Escondido instaló los almacenes y la fragua de su empresa, y enfrente (antes de que se ganara al río el espacio que en 1895 ocuparía el Parque Calderón) en 1854 levantó otro muelle. Este año, en agosto del 54, recaló en El Puerto otro escritor francés, Antoine de Latour, que hizo la travesía en uno de los vapores. Lo contó en su obra La Bahía de Cádiz: “...a cierta distancia de la desembocadura, se eleva el Puerto de Santa María, o, como lo denomina la gente, el Puerto. Se comunica con Cádiz mediante un servicio de vapores que hacen el trayecto varias veces al día, siguiendo el horario de las mareas. El único obstáculo que encuentran es la barra del río cuya movilidad es a veces peligrosa para las barcas pero que sólo constituye un obstáculo y retraso para los vapores. [...] El vapor, cargado de pasajeros hasta zozobrar no es suficiente para tal número de curiosos; [...] Como ya dije, del Puerto de Santa María se va a Cádiz en un vaporcito que hace la travesía en menos de una hora. Cuando el tiempo es bueno y el mar está en calma es un agradable paseo, sobre todo si algún guitarrista quiere amenizarlo con sus canciones.” /En la imagen de la izquierda, Antoine de Latour (1808-1881).

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Y proseguía contando en verso su experiencia de aquella jornada en el Hércules o el Relámpago cuando un joven ciego acompañado de una guitarra cantó algunos romances y coplas de tono picante de las que circulaban por la Baja Andalucía a mediados del XIX. Debió pagar Latour 5 reales si hizo el viaje en popa, o 3 rs. si ocupó la proa, que entonces eran los precios de los boletines.

LA FAMILIA MILLAN, 1872-1929

Recién disuelta la empresa de González de Peredo, el 28 de octubre de 1872 comenzó la que andados los años se convertiría en la etapa más prolongada -57 años continuados- de la historia de los vapores de pasajeros entre El Puerto y Cádiz, por obra del emprendedor y naviero gaditano Antonio Millán Carrasco, fundador de la ‘Línea de vapores Millán’. Primero solo y luego con sus cuatro hijos (Antonio, José María, Salvador y Federico M. Núñez, bajo la sigla comercial ‘Antonio Millán e Hijos’) conformó, desde sus oficinas de la gaditana calle Nueva esquina a San Juan de Dios, una amplia flota de vapores que empleó en distintas rutas: en la bahía, además de la indicada, de Cádiz a Puerto Real, a La Carraca y al Dique de la Trasatlántica; con destino a otros puertos andaluces: Algeciras, Gibraltar, Sanlúcar, Sevilla y Huelva; a otros puertos peninsulares por las rutas del Mediterráneo y del Cantábrico; a las plazas norteafricanas de Ceuta, Tánger, Larache, Mogador y Casablanca; y a las Canarias. Al fallecer el fundador hacia 1916, los hijos continuaron  su labor agrupados en la sociedad ‘Herederos de Antonio Millán’.

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La plaza de las Galeras desde el muelle del Vapor de Millán. La caseta a dos aguas de la derecha era un urinario público.

En 1891 se instaló en la margen izquierda del río, frente a la calle Valdés, un varadero-emparrillado para la reparación y limpieza de los vapores. Y en 1901, tras largos e infructuosos intentos siempre paralizados por la burocracia municipal, consiguió construir un nuevo muelle del Vapor (el que destrozó el Cádiz en 1929) que remplazó al viejo y destartalado que levantara Glez. Peredo en 1848.

Fue tradicional que la llegada de los vapores al Puerto se anunciara con dos pitadas, al pasar por la plaza de la Pescadería y al atracar al muelle. Y cuando partía a Cádiz, con tres sonoras pitadas, tal como lo continuaron haciendo -¿a que las oye todavía?- los Adriano.

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Que me conste, ocho fueron los vapores de la familia Millán que se emplearon en la línea Cádiz-El Puerto. No siendo posible aquí hacer una detallada historia de cada uno, me limitaré a apuntar la relación de los sucesivos vapores que se incorporaron a la travesía, no sin antes decir que en los primeros años, entre 1874 y 1879, la empresa de Antonio Millán tuvo la competencia de la llamada ‘Vapores del Puerto’, del gaditano Simplicio José Navarro –que había sido su socio-, quien puso en servicio el vapor Luisa, expresamente construido para cubrir la travesía y de la que fue patrón el portuense Andrés Montes.

DE EL PUERTO A CÁDIZ. 

El servicio entre El Puerto y Cádiz lo inauguró en octubre de 1872 el San Antonio, cubriéndolo hasta 1883. Ocupado luego en otras líneas en la bahía, continuaba activo en diciembre de 1902, cuando entró en el Guadalete remolcando una balandra cargada con maquinaria para la fábrica de cervezas de los hermanos Tosar de la calle Larga.

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Imagen propiedad del Centro Municipal de Patrimonio Histórico.

El Emilia (el nombre de la esposa de Millán) prestó la función, siendo su patrón el portuense Joaquín Gómez Roldán, entre 1883 y 1895, compartiendo los viajes a partir de 1888 con el Puerto de Santa María, que continuó hasta 1921, cuando dejó de surcar la bahía transportando pasajeros para reconvertirse en una gasolinera mercante.

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El Vapor Cádiz. /Foto: Archivo Luis Suárez Ávila.

En 1895 se incorporó a la flota el Cádiz, acaso el más emblemático de los vapores de los Millán, el del trágico fin en el verano del 29. (Un año antes sucedió en él otro suceso: al acceder al vapor su patrón, Antonio Bruzón, resbaló, se dio un golpe en el vértice de la cabeza y pereció ahogado. El cadáver se recuperó a los tres días, frente a Luja.) El Cádiz se botó en el gaditano astillero de Vea-Murguía el 6 de marzo de 1894, por iniciativa del naviero gaditano Modesto Martínez Escauriaza, pero no pasó a manos de Antonio Millán, por compra al extractor de vinos jerezano Ricardo Ivison, hasta abril del 45. Tenía 30 metros de eslora, 5 de manga y 2 de puntal, desplazando 183 toneladas con motores de 200 caballos. Fue diseñado por la empresa londinense ‘Novelli y Cía’. Al principio tenía capacidad para 210 pasajeros: 150 en dos cámaras (de primera en popa y de segunda a proa) con dobles hileras de bancos, y 60 bajo una toldilla central con bancos corridos. En 1917 fue reformado íntegramente, pasando a tener cabida para 320 (el Adriano III, con 5 metros menos de eslora, podían ocuparlo 200 pasajeros).

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 A bordo del Vapor Cádiz. /Foto: Archivo Luis Suárez Ávila.

vapores_anuncio_1903_puertosantamariaEn marzo de 1901 comenzó a navegar el Puerto Real, también construido en el astillero de Vea-Murguía y con diseño basado en el Cádiz, aunque algo menor: 27 metros de eslora, 5 de manga y 1’88 de puntal, desplazando 100 toneladas. Tenía la particularidad de que los interiores de las cámaras se decoraron con motivos árabes. Muy bonito, sí, pero sus prestaciones dejaron mucho que desear, originando frecuentes quejas de los viajeros, especialmente por su limitada y desesperante velocidad. Al año de botarse, en abril de 1902 se incorporó a la travesía el Mercedes (el nombre de una hija de Millán), hasta entonces dedicado a la línea  Algeciras-Gibraltar, que al contrario que el Puerto Real, por su comodidad y rapidez contó con el beneplácito de los viajeros. Ambos dejaron de hacer la travesía ya mediado los años 10. /En la ilustración de la izquierda, anuncio del Vapor en la Revista Portuense, año 1903.

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El vapor Cádiz. /Foto: Colección Miguel Sánchez Lobato.

En 1914 se sumó a la flota el Violeta, que no era un vapor, sino un barco con motor de explosión alimentado con gasolina, aunque, por la tradición acumulada, se le continuó llamando vapor, como continuaría ocurriendo hasta nuestros días con las motonaves de los Adriano. Aún cubría la travesía en el verano de 1926, al tiempo que las compartía con el Cádiz y, sólo en ocasiones puntuales en la década de los 10, especialmente cuando en el coso portuense se celebraban corridas de toros, con el Cristina.

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El Cádiz, el último vapor. /Colección Manuel Pacheco Albalate.

Tradicionales fueron aquellos auténticos DÍAS de toros de antaño, cuando la bahía se poblaba de todo tipo de embarcaciones para asistir a los espectáculos. En ocasiones, los vapores –por ejemplo el Infante Don Enrique en 1846- remontaban el río –ay, Guadalete- hasta el embarcadero de El Portal para recoger a los aficionados jerezanos, al igual que lo hacían con los isleños en el puente Suazo.

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A bordo del Cádiz con sombrero jipi japa. /Foto Colección Miguel Sánchez Lobato.

Larga historia la de los vapores de pasajeros entre Cádiz y El Puerto, como después fue la de los Adriano, pero no tan dilatada como la de los legendarios ‘barcos del pasaje’, la de los faluchos que cubrieron la carrera antes de los vapores. De ellos escribiré en una próxima entrega. /Texto: Enrique Pérez Fernández. 

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tomascologanosborne_puertosantamariaTomás Cólogan Osborne nació en El Puerto de Santa María, el 4 de mayo de 1920. Era hijo de Antonio Cólogan Zulueta y de Elisa Osborne Vázquez. Tenía seis hermanos más siendo Tomás el mayor. Su infancia la disfrutó en la casa paterna de la calle Pagador frente a la Iglesia Mayor Prioral, que ahora la ocupa el Museo Municipal.

Del él solo se guardan unas pocas fotos y su breve y triste historia que nunca olvidaremos en mi familia. Sólo tenía dieciocho cuando su vida se terminó y lo hizo de una manera cruel e inhumana. Su muerte cayó como un mazazo en su familia. Moría el hermano mayor, el guía para sus hermanos más pequeños y el orgullo de sus padres. Después de su muerte en 1938 ya nada fue igual.

En la madrugada del 6 de marzo de 1938, Tomás se encontraba embarcado en el crucero nacional Baleares, que navegaba acompañado de los navíos de igual clase Canarias y Almirante Cervera, todos bajo el mando del contralmirante Vierna. En el momento en que la flota partía de Palma de Mallorca se produjo un encuentro fortuito con la flota republicana, procedente de Cartagena, a las 00:45 horas de la noche. La flota republicana estaba formada por el crucero Libertad, el Méndez Núñez y dos flotillas de destructores, que representaban una fuerza superior a la nacional y necesitada de victorias, pues su inactividad estaba ocasionando un debilitamiento de la moral en su bando. A las dos de la madrugada, tras varios contactos entre ambas flotas, se encontraron a tan solo unos 2.000 metros de distancia, abriendo fuego, inicialmente, el crucero Baleares e iluminando con bengalas a la flota republicana. A este ataque respondió el crucero Libertad, y tras él, los destructores Sánchez Barcaíztegui, Antequera y Lepanto lanzaron una andanada de torpedos que impactaron en el Baleares. Inmediatamente se divisó una columna de humo de más de 1.200 metros de altura. Tras el impacto, el almirante republicano González Ubieta, ordenó el alto el fuego y ambos bandos abandonaron el combate.

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Dos destructores británicos, el Boreas y el Kempenfelt, que observaron la explosión, se dirigieron a toda máquina a la zona de combate. A las 3:50 h, el crucero Baleares seguía en llamas y se distinguía a los hombres en el agua. Cuando el Canarias intentó ir al rescate, el Baleares ya se estaba hundiendo, arrastrando a 788 hombres, pereciendo todos sus jefes, la casi totalidad de sus oficiales y la marinería. Solo se salvaron 460 hombres gracias a la ayuda recibida de los buques británicos. Fue el mayor desastre ocasionado en un buque de guerra en la historia de la marina española. A las 07:20 horas, reaparecieron los cruceros nacionales, iniciándose el traslado de los heridos. El Canarias permaneció con las máquinas en marcha y no arrió ningún bote, en previsión de otro posible ataque, que efectivamente se produjo a las 08:58 horas, cuando una formación de nueve Tupolev SB-2 Katiuska bombardearon los buques, llevándose la peor parte el Boreas, en el que se produjo un muerto y cuatro heridos. Triste tributo para una acción tan desinteresada.

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Tomás escribió en 1937 la siguiente carta desde el crucero Baleares y a sólo cinco meses del trágico hundimiento: A bordo 5 de octubre de 1937. ¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!. Sr. D. Juan Lamamié de Clairac: Querido amigo: Como verás te escribo desde el invencible Crucero «Baleares». Por fin pude embarcar y aquí me tienes en Ferrol paseando por cubiertas y sollados o por las calles de esta simpática ciudad. Estoy muy contento, ya que es la primera vez que estoy haciendo algo por la patria en un puesto de vanguardia. Creo que dentro de unos 10 días nos darán permiso a los andaluces para ir a casa, yo me figuro estaré entre ellos, si no es así el día que llegue a esa te pondré un telegrama para que vayas a la estación y podamos charlar un rato. Yo iré con un muchacho del Puerto y  pensamos parar en las principales ciudades para aprovechar la ocasión y poder verlas, así es que espero que irás y nos enseñes algo de Salamanca.  Y de tu familia, ¿tienes buenas noticias?, espero que sí. Me he encontrado aquí a un muchacho de [...] muy amigo de Semprún y que estuvo en Curia el primer año, se llama Maríano Sachamargo, quizás le conozcas.  Bueno Juan, pues hasta pronto, porque espero que me den permiso aunque no me puedo hacer muchas ilusiones. Un abrazo muy fuerte de tu mejor amigo. (Tomás Cólogan Nº 566. Crucero «Baleares». Biblioteca. Ferrol) /Texto: Carlos Cólogan Soriano.

Más información en GdP: Nótula 1.545 Cuatro portuenses en el Crucero Baleares.

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dionisiogomezcarvajal_casa_puertosantamariaDomingo López de Carvajal vivió y murió en El Puerto, aunque nace en el pueblo gallego de Santa María de Duancos en 1697, emigra tras la muerte de su padre a México, regresando a finales de la década de los 30, para establecerse en nuestra ciudad, donde desarrolló su actividad comercial como Cargador a Indias.

Ya en El Puerto se casó con Margarita Carrión Benavides, perteneciente a una familia de la nobleza media urbana de caballeros de hábito. Domingo López asciende socialmente y solicita la hidalguía. Pasó la mayor parte de su vida en El Puerto, donde es recibido como 'hijodalgo' por el Cabildo local. En cuanto a su residencia en nuestra ciudad ocupó la casa que se encuentra junto al actual instituto de Santo Domingo, donde hasta hace poco se ubicaban unas oficinas del Área de Bienestar Social del Ayuntamiento. Perteneció a la alta burguesía de negocios, constituida por cargadores a Indias, aunque de una manera peculiar pues se interesa en la inversión en propiedades inmobiliarias y bienes muebles, siendo propietario en El Puerto de un buen número de fincas. /En la imagen, casa blasonada de Domingo López de Carvajal, en la calle Santo Domingo, donde en el siglo XX estuvo la Academia de Bellas Artes, los Juzgados y el Área de Bienestar Social.

Aunque su actividad comercial apenas ha sido investigada, el profesor Juan José Iglesias dice de él que "estaría entre los tres únicos cargadores que superan o igualan la cantidad de 100.000 reales", comparándolo con Diego Vizarrón. De la documentación consultada no parece que Domingo López fuese naviero además de cargador, más bien tienden a corroborar que cargó las mercancías en barcos que no eran de su propiedad.

domingolopezcarvajal_expediente_puertosantamariaFUNDACIÓN DE ALGAR.

López de Carvajal, vizconde de Carrión y marqués de Atalaya Bermeja funda en 1773 la villa de Algar con el nombre de Santa María de Guadalupe. Dicho noble adquirió las tierras al Ayuntamiento de Jerez por 155.000 ducados. Se dice que lo hizo para cumplir una promesa al naufragar durante un viaje desde México a España. La donación se establecía con arreglo al reparto de 25 fanegas de tierra, una yunta de vacas y casa para cada uno de los 90 pobres de solemnidad reclutados entre las poblaciones de Bornos, Ubrique, Benaocaz y Villaluenga del Rosario. Los favorecidos habrían de abonarle al fundador la octava parte del producto anual, incluyendo ganado, y sembrar la mitad cada año. Algar significa cueva en árabe, y es posible que ello derive de las muchas que existen en su dominio. El pueblo de Algar mantiene una relación especial con el virreinato, ya que ostenta el patronato, único en España, de la Virgen de Guadalupe de México. /En la imagen, portadilla de su expediente de nobleza que se conserva en el Archivo Histórico Municipal.

Aunque la leyenda relaciona la creación de Algar con una promesa realizada por su fundador a la Virgen de Guadalupe, lo cierto es que la iniciativa de López de Carvajal coincidió con la política de colonización y explotación de nuevas tierras, emprendida por la administración.

Sea como fuere, decidido López de Carvajal a establecer una nueva población, compró en 1757 las dehesas de Algar y Mesa de Sotogordo al Concejo de Jerez. Poco después, en 1766, solicitó permiso al gobierno para instalar a 90 colonos con sus familias. El proyecto, que contemplaba la cesión de una casa y un lote de tierra a cada colono -que debería entregar a cambio una octava parte de la cosecha-, fue aprobado por Real Provisión de 13 de octubre de 1773.

virgenguadalupe_puertosantamariaEl nombre está compuesto del artículo 'al' y el lexema 'gar' que significa concavidad o cueva en árabe. Este sustantivo puede deberse a la cantidad de cuevas que existen en sus proximidades. En Algar, el proyecto de López de Carvajal fue haciéndose realidad, siendo completado por sus sucesores, que dotaron al pueblo de casas capitulares, pósito, cárcel, carnicería y posada. Desde un primer momento, sus habitantes se dedicaron a tareas agrícolas y ganaderas, actividades que se combinan en la actualidad con otros sectores económicos como la industria de la piel, el trabajo de la madera y las cooperativas agrícolas y ganaderas. Fue artífice también de la fundación del municipio gallego de Castro de Rei, en 1776.

VIRGEN DE GUADALUPE.

López Carvajal dejó la impronta de su viaje a México fundando Algar y extendiendo en la ciudadanía portuense su admiración por la Virgen de Guadalupe azteca. De muestra, las representaciones guadalupanas de los conventos de las Concepcionistas o Capuchinas o los desaparecidos Monasterio de San Miguel Arcángel o de las Madres Agustinas. Octogenario, vital y perseverante, fallece en El Puerto un hombre que se debatió entre sus universos mentales y materiales, dejando a medias el sueño por cumplir, la consolidación del municipio de Algar, buen ejemplo de la aportación portuense al entorno más cercano. /Texto: Enrique Bartolomé.

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En 1914, mientras el mundo se levantaba en guerra, era alcalde de El Puerto de Santa María, Manuel Ruiz-Calderón y Paz. Los militares porteños se negaban a participar en los desfiles procesionales de aquel año.

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Anuncio en el carné de verano de El Puerto de Santa María, donde se hace un símil entre el bar llamado Verdún, en la calle Ganado y la Antigua de Cabo. En la Batalla de Verdún, los alemanes resultaron vencidos en dicha localidad francesa durante la I Guerra Mundial. /Ilustración: Archivo Municipal.

La Primera Guerra Mundial, también llamada la Gran Guerra, se iniciaría el 28 de julio de 1914 finalizando el 11 de noviembre de 1918, que involucraría a todas las grandes potencias mundiales enfrentadas en dos bandos: los Aliados de la Triple Entente y las Potencias Centrales de la Triple Alianza.

En los años de la Gran Guerra, nuestro país sirvió de sustento a las potencias que intervenían en el conflicto, exportando productos de primera necesidad, lo que elevó los precios del consumo interior, desestabilizando el poder adquisitivo de los trabajadores, dificultando el acceso a los mismos. En El Puerto se vivió una gran agitación social: la clase trabajadora solo veía como beneficiados a los patronos, tomando un fuerte impulso el asociacionismo sindical, pasando de 9 sociedades obreras en 1914, a más de 20 al finalizar la década.

José-Font-y-de-AntaEn 1914 Pedro Muñoz Seca estaba ya consolidado como autor teatral, colaborando con diversos autores, entre los que destacan Pedro Pérez Fernández y Enrique García Álvarez con quienes, ese año, estrenarían ‘Fucar XXI’, obra escrita en común por los tres autores.

En 1914 el pintor Joaquín Sorolla visita El Puerto de Santa María, buscando la inspiración para el que sería su sexto panel para la decoración de la biblioteca de la Hispanic Society of America, una de las cinco obras dedicadas a Andalucía, ‘El encierro’.

El pintor Enrique Estévez Ochoa, más conocido por su firma ‘Enrique Ochoa’ se traslada a Madrid en 1914, con 23 años y, desde su primera exposición el año de la primera conflagración mundial, hasta la Guerra Civil, llegará a realizar una veintena de exposiciones en España, Francia e Italia, además de concurrir a otros certámenes y exposiciones colectivas, como los Salones de Humoristas, la Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, los Salones de Otoño... /En la imagen foto dedicada (4/12/1914) a la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia del violinista y compositor José Font y de Anta que a los 22 años conquistó el primer premio del Conservatorio de Bruselas, y que fue miembro de una generación de músicos -todos muy conocidos en su época- por sus importantes contribuciones sobre todo a la música cofrade y procesional. /Foto y pie: Academia BB.AA. Santa Cecilia.

El fundador de la Revista Portuense, Dionisio Pérez Gutierrez había resultado elegido diputado a las Cortes españolas en 1910, de la mano de Canalejas por el distrito de El Puerto de Santa María, por el partido liberal, causando baja el 2 de enero de 1914. Volvería a ser elegido diputado en las elecciones de 1918, --el año que finaliza la Gran Guerra-- también por El Puerto (obteniendo 2.787 votos de 4.632 votantes), cargo que mantuvo hasta el dos de mayo de 1919.

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Año 1914, en el Colegio de los Jesuitas. José Francisco Añino Gil, quien tuviera el taller de motos y bicicletas en la calle Albareda, es el primero por la izquierda en la segunda fila, con camisa blanca y corbata.

Aquel año de 1914, el Estado cedía al Ayuntamiento de El Puerto de Santa María los terrenos del solar y edificio de la basílica de San Juan de Letran –calle San Juan arriba, esquina con Santa Fe— pero con la condición de su reversión al Estado si al cabo de cuatro años no se edificaba en ellos.

En 1914, el Athletic Foot-ball Club, de El Puerto, recibía la invitación para participar en el Campeonato de Andalucía ‘Copa del Duque de Santo Mauro’, organizado por la Escuela Naval Militar Sporting de San Fernando, según recogía la revista decenal ‘Deportes’, dedicada a los aficionados a las Cienteas, Artes, Literatura, Sports y de Sociedad, que se editaba en Cádiz.

El que fuera Obispo de Kansas (EE.UU.) de la Iglesia Metodista Episcopal e inspector de las misiones de esta confesión religiosa en Europa, conservaba en su archivo privado sendas fotografías monumentales de El Puerto fechadas en 1914.

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Estación de Ferrocarril de El Puerto.

La Compañía Belga de los Ferrocarriles Vecinales de Andalucía, que tenía en servicio la línea Jerez – El Puerto de Santa María, puso en circulación en dicho tramo en 1914, un automotor térmico de dos ejes, motor de gasolina de 50 CV, que disponía de 8 plazas de 1ª clase, trece de segunda y 21 de tercera y furgón. El primero que circulaba con esas características por la vía ancha española. Había sido construido en Francia dos años antes.

Natalicios y óbitos: Nacía el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz Lozano, cuya abuela materna, era de El Puerto de Santa María; nacía, también, el industrial de frutas y verduras Agustín Vela Mariscal. Nos dejaba el músico Rafael Taboada Mantilla.

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Imagen reciente de Guillermo Romero, en su domicilio de 'El Aguila' tomada hace escasamente un par de meses. /Foto: Manolo Morillo.

Guillermo Romero Rivas nacía en el número 9 de la calle Vicario, en la Pensión Bartolo propiedad de su padre el 1 de octubre de 1933 y nos dejaba el día de Nochebuena del 24 de diciembre de 2013 a la edad de 80 años. Hijo de Bartolomé Romero y Josefa Rivas era el octavo vástago de los 11 hermanos que formaban la numerosísima familia, propietaria también del Bar ‘La Bombilla’, en La Placilla.

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 En la fotografía, de izquierda a derecha: Pepe Arjona, Manolo, Joaquín Camacho, Agustín Fernández, Juan Garcelá, José Antonio Lojo, Manolo García (padre de Manolo García Campos, equipado con un gigantesco silbato de árbitro), Guillermo Romero Rivas, Antonio Gil González. Agachados, Manuel Jarque ‘Chicharito’, (ver nótula 262 en GdP) Fernandito Arjona (ver nótula 1.342 en GdP), Carlos Quiñonero Anguiano, Carlos Quevedo Janina, Juan Muñoz Aparicio, Paco Gey Salazar con banderín y Luis Muñoz Cuenca, ayudante de ‘Chicharito’. En el Campo Eduardo Dato, Pepe Morillo (ver nótula núm. 336 en GdP) aparece con un traje oscuro, delante del equipo tras sufrir un infarto relativamente joven, recibió un homenaje de sus compañeros de trabajo de la Caja de Ahorros de Cádiz y amigos. Década de 1960.

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De pie, de izquierda a derecha, José Arjona González, Juan Muñoz Aparicio, María Isabel Morató Payares, Guillermo Romero Rivas, Francisco Bollullos García, Manuel García Sánchez y Jesús Ruiz. Agachado, José Joaquín Camacho, fallecido el pasado 23 de septiembre,  y Antonio Gil González.

Este empleado que fue de la Caja de Ahorros de Cádiz, luego Unicaja, cofundador de la hermandad del Dolor y Sacrificio –formó parte del turno de los cojinetes bajo las Andas de María Santísima del Dolor--, promotor incansable del deporte infantil y juvenil en La Salle era, fundamentalmente, un hombre bueno.

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De izquierda a derecha, Rafael Tejero Gordillo padre del fotógrafo José Antonio Tejero, Miguel Torres (de Puerto Real, quien tenía una escuelita en Valdelagrana), Manuel Colorado Lanzarote portero que fue del Victoria y abuelo de Pinto, actual portero de Barcelona (nótula 1.032 en GdP);Francisco Gómez Ortega, ‘Pacoli’ de la Peña Los Majaras (ver nótula núm. 1.067 en GdP); José Rivera Velázquez, capataz de bodegas Domecq; Guillermo Romero Rivas, empleado de la Caja de Ahorros de Cádiz; Jesús Rodríguez Neto, en representación del Colegio de Árbitros y padre de Vicente Rodríguez Giménez de Sucesores de Ángel Martínez (ver nótula núm. 236 en GdP); Higinio Obregón Agudo, portero que fue del Racing Club Portuense y empleado de la Caja de Ahorros de Cádiz. Agachados, Rafael García Carreto ‘Rafalín’ y Ricardo Palacios Mena, ex jugador del Racing Club Portuense. /Año 1974.

Estaba casado con Lolita Nimo Muñoz, a quién conoció el 14 de diciembre de 1954 en el ensayo de la obra de teatro ‘El Rey Negro’ de Muñoz Seca, representada por un grupo de aficionados al Teatro de El Puerto. Se casaron el 14 de abril de 1961 y tuvo y deja una buena descendencia: 5 hijos, Ramón, Yolanda, Macarena, Begoña, Silvia y 13 nietos. Vivió en la calle Cielos y durante las últimas décadas en la Urbanización ‘El Águila’.

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En la imagen posando hace 45 años, en el centro de la imagen, antes de la comida de la Caja de Ahorros de Cádiz, en el desaparecido Hotel Fuenterrabía. Aparecen delante,  Pepe del Amo, Fernando Arjona Cía, Juan Sepúlveda, Desconocida, y tres desconocidos. En la segunda fila, Pepe Morillo, desconocido, Fernando Arjona González, Carlos Quevedo Janina auditor interno de la antigua Caja de Ahorros de Cádiz, José Luis González-Tánago y Barrera, Desconocido. Tercera fila, Tres desconocidos, Guillermo Romero Rivas, Agustina Pérez, desconocido, Daniel. Moreno, auditor interno Fila superior, Desconocido, Paco Manzano Ortega, Bernardo Ramis, Pepe Arjona, José Antonio Lojo, Desconocido. 26 de junio de 1968.

Ingresó en la Caja de Ahorros de Cádiz, cuando era Agencia y estaba regentada por Fernando Arjona y Cía, como botones a la edad de 16 años, en 1949, prejubilándose como Jefe de 4ª ya en Unicaja a la edad de 62 años el 25 de enero de 1998. Fue director de la Urbana 1, en la Plaza de Colón, donde hoy se encuentran las oficinas de Mapfre. Está en posesión de sendas medallas de Unicaja: la de los 25 y 35 años, siendo presidentes Carlos Bernal y José Ramón del Río, respectivamente, de la entidad bancaria.

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Guillermo, entre Pepe Morillo y el que fuera Jefe de Zona de Unicaja, Fernando Álvarez, cuyo primer destino profesional en Unicaja lo tuvo en El Puerto.

En la Hermandad del Dolor y Sacrificio que ayudó fundar llevaba el Secretariado de Caridad Social. Perteneció a la Junta de Gobierno en diversos mandatos: 1961, 1964, 1996 y 2002. Fue impulsor de la Operación Clavel, de la Campaña de Reyes, de las fiestas que se organizaban para los niños de Apadeni, y siempre estaba junto a los mas necesitados y trabajando por su hermandad. Todos recuerdan la venta de escalones de la Casa del Dolor de la calle Palacios, que si por él hubiera sido, la escalera hubiera llegado al Cielo, del entusiasmo y empuje que le ponía, comprometiendo a amigos y conocidos a “comprarle un escalón”.

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En la entrega a Antonio Marfil de lo recaudado por la Hermandad del Dolor en la III Gala a Beneficio de Apadeni, en presencia del Presidente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías, a la sazón, Adolfo Ortega. Año 1996

Precisamente, cuando iba a ingresar en el hospital del que ya no saldría con vida, pidió a su médico que en lugar de hacerlo un viernes, lo pospusieran para el lunes, dado que estaba pendiente de unos asuntos del Belén de la hermandad. En su última cuestación, llegó a vender 50 talonarios de participaciones, siendo incansable hasta el final en buscar apoyos económicos para la entidad religiosa.

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Despedida a cuatro buenos trabajadores de la Caja de Ahorros de Cádiz, Unicaja, Federido, María Luisa, Guillermo Romero y Juan Muñoz (ver nótula núm. 945 en GdP). Año 1998.

Como recuerdan en el Dolor y Sacrificio: “En nuestra hermandad siempre le recordaremos como un niño grande, contándonos mil y una batallitas de su juventud, haciéndonos reir, pero también enseñándonos a trabajar por los demás; porque Guillermo no solo fue una persona muy activa, sino que tenía un gran don de gentes, ofreciéndose siempre el primero para lo que fuera, pero sabiendo arrastrar a todos sus amigos y conocidos para echar una mano en ayudar al prójimo. En su labor siempre ponía a nuestros Santísimos Titulares y al nombre de la hermandad por delante y junto a Ellos, supo llegar a los corazones de todas las personas con quienes trataba”.

La misa por el eterno descanso de su alma se oficiará el próximo viernes día 3 de enero de 2014, a las 20:00 horas en la Parroquia de La Palma.

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El pasado mes de mayo se cumplieron veinticinco años del adiós definitivo del poeta José Luis Tejada (El Puerto, 1927 – Cádiz, 1988). Para que no se vaya este 2013 sin recordar la efemérides, rescatamos una semblanza del escritor, también portuense, Ángel Mendoza (ver nótula núm. 597 en Gente del Puerto) publicado en el suplemento cultural ‘La Mirada’ del Correo del Andalucía en mayo de 1998, con motivo del décimo aniversario de la muerte del autor de Poemía.

DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE ÉL

Que nos dejara entrar en su casa ya era mucho. Que esas visitas se convirtieran en semanales, unas veces con el pretexto de una “importante” entrevista, otra para que nos corrigiera nuestra “obra última”, me resulta hoy de un mérito inefable y cada vez mayor. Cuánto más nos alejamos de la adolescencia más repelús nos provoca esa época confusa en la que somos, cuanto menos, imberbes incontrolados sin orientación alguna sobre nuestras coordenadas vitales: tipejos insoportables que rompen los nervios del más flemático de los mortales. Y ahí estaba José Luis, don José Luis, perdiendo las tardes con tres o cuatro mocosos que tenían claro, clarísimo, que lo que querían ser en la vida era poetas; nada futuros contables con versitos en sus ratos libres; nada de profesores amargados por no haber podido llegar a lo más alto en la literatura, sino poetas-poetas, únicos y para siempre.

poemia_joseluistejadaNo recuerdo de él un gesto de malestar, una bronca o una palabra fuera de tono. Y eso que a alguno se le reventó una vez en su biblioteca una bolsa de canicas. Y eso que las entrevistas surrealistas a las que lo sometíamos nunca aparecieron en aquellas publicaciones, de edición siempre inminente, pendiente de la subvención juvenil que solía acabar dilapidada en una o dos barbacoas.

Más que un maestro fue un amigo. Un amigo mayor que enseñándonos lo básico de la poesía nos pertrechó de lo esencial para la vida. Que lo que se dice vuela, pero lo que se escribe y se publica, queda. Que la poesía no es la realidad aunque haga por parecérsele. Que cuidado con ir de escritor porque el que va de eso pocas veces lo es de verdad. Y entre las líneas de lo que nos decía íbamos descubriendo los renglones que nunca quiso que supiésemos. Que su obra, ninguneada casi siempre por los influyentes, era una de las más interesantes de la llamada Poesía del Medio Siglo. Que se la jugó con una tesis sobre Rafael Alberti cuando Rafael Alberti y el demonio eran la misma cosa. Que el tardofranquismo aperturista, hortera y feminista de última hora le arrebató un Premio Nacional, minutos después de concedérselo, para ponerlo en las manos de una poetisa que además de mujer tenía pasado más o menos rojo. Que Dámaso Alonso lo había considerado el mejor versificador del siglo XX. Y todo eso viajaba dentro de ese señor, aunque nunca lo oímos de su boca. Él nos daba lecciones prácticas, imprescindibles para poetas-poetas que escribían sonetos de veinte versos y alejandrinos de treintaitantas sílabas. /Texto: Ángel Mendoza.

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Todavía está en la memoria de muchos portuenses vivos, el recuerdo de aquellos trabajadores, muchos de ellos que se buscaban un sobresueldo como porteros o acomodadores en el Teatro Principal, propiedad de la empresa Nuchera, hasta que aquel fatídico día de marzo de 1984, el fuego acabó con sus tablas. Trabajaron para todo tipo de públicos, con espectáculos de teatro, variedades  y cine, y hacían de niñeros en la función infantil de las cuatro de la tarde con las películas dominicales.

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Delante del ambigú del Teatro, que regentaban Rafael (Falu) e Isabel Vélez Rodríguez. De izquierda a derecha, Robles, que además de portero era el conserje del Teatro junto a su esposa Remedios; Garrucho; Guelfo, toda una institución, Marbella quien fue también portero del equipo del Racing y Manuel Enriquez. El ambigú como hemos dicho lo atendía Falu la zona de butacas, palcos y plateas. Paraíso y General lo atendía Isabel, a quienes los domingos ayudaban sus cuñadas Etelvina Varela y Charo, la mujer de Falu y madre de Mari Cheli y Rafael..

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De izquierda a derecha, el policía local Cárdenas, Chano, Manuel Cruz Llamas, "Manolito"; Manuel Gutiérrez García; Manuel Gatica Ramírez, conocido por el "Gordo Gatica", alma mater del fútbol base en esta ciudad durante muchos años fallecido hace algo mas de cinco; guardia desconocido;  Francisco Gatica Ramírez y Antonio Marente Altamirano, fallecido un par de años después de ser tomada la fotografía. En el centro de la imagen,  agachado, Diego Ortega Valenzuela, bombero. Carnaval 1983.

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En la tercera Fotografía,  del Café Bar  ‘La Concha’, propiedad de Prudencio Rábago de Celis, que aparece en la instantánea a la izquierda junto al camarero encargado del bar. 10 de diciembre de 1957. /Fotos: Colección V.G.L.

archivohispalenseEn el número 20 del Archivo Hispalense del año 1946, (Tomo VII. Pgs. 225-227) está recogida esta «Noticia sobre los ‘belenes portuenses’, que el zamorano Angel Peña Martín enviaba a nuestro embajador del belenismo porteño, Vicente Rodríguez Gimenez, --administrador de Sucesores de Angel Martínez-- y que reproducimos para los lectores de Gente del Puerto.

Existen muñequeros populares que realizan durante el año su tarea de figuraría tosca que, por este tiempo cercano a la navidad, se encargan de extender como mercancía de trueque, por toda la región andaluza, expendedores ambulantes, aceptando en cambio los trapos inservibles de las casas, que son enviados luego a los telares regeneradores de tejido. [En el caso de Ángel Martínez, que trabajaba en el Colegio de San Luis Gonzaga, vendía figuritas a los hijos de la burguesía andaluza que estudiaban en ese centro; tuvo una gran producción ayudándole hasta 20 aprendizas, lo que propició que figuritas suyas se extendieran por Andalucía, Extremadura y Sudamérica].

angelmartinez_retrato__puertosantamriaEntre las poblaciones españolas que se distinguen en la producción de figuras de nacimiento, destaca el Puerto de Santa María, con un taller familiar que ha llegado a alcanzar justo renombre en España e Hispanoamérica. Al tratar aquí este tema, no tenemos otro interés que el de registrar en Archivo Hispalense las noticias que hemos podido adquirir sobre el orígen, desarrollo y estado actual de esta industria , que pone el nombre de nuestra región a la mejor altura en este aspecto de la producción de las figuras de nacimiento.

Nuestro colaborador ilustre don Hipólito Sancho afirma que el origen de la industria artesana local de figuras de barro cocido para nacimientos es muy remoto. Tal vez pueda demostrarse documentalmente alguna vez la versión que atribuye a un discípulo de Salcillo la implantación en El Puerto de Santa María de esa labor artesana. De este escultor existen en esta ciudad todavía algunos misterios magníficos, muy superiores a los que aún producen los talleres murcianos de figurería. /En la imagen, Ángel Martínez.

hipolitosanchodesopranis_puertosantamaria copiaLos portuenses que, como suele decirse, peinan canas, recuerdan que hace cincuenta años [es decir, a finales del siglo XIX], aproximadamente, la producción de figuras estaba en manos de algunas señoras particulares de la localidad, especialmente en las de dos que, por más conocidas, se les llamaba las muñequeras en razón de su trabajo. Desaparecidas estas señoras, que mantuvieron hasta hace unos cuarenta años [año 1906] el último taller importante, los continuadores trabajaron con mala fortuna y peor orientación, y por repetir constantemente los mismos modelos, produjeron una lamentable decadencia artística. /En la imagen, Hipólito Sancho.

En realidad, fue siempre una industria en pequeño, estrictamente de artesanía, cuyos productos se extendían sólo en los meses de noviembre y diciembre en tiendas que se abrían expresamente para este menester, en El Puerto, Jerez y Cádiz; poblaciones que absorbían toda la producción, no de mucho volumen por cierto.

am_estantes_puertosantamariaHace cosa de treinta años [año 1916] un hábil carpintero, llamado Ángel Martínez, hombre ingenioso y con temperamento artístico, quiso elevar el nivel de la industria y comenzó sus tarea recurriendo a escultores para que les proporcionaran modelos adecuados; pero fracasó en el intento, pues solo obtuvo figuras amaneradas sin ningún carácter. Ni siquiera tenían la gracia ingenua y fragante de las tradicionales figuritas toscas de nacimiento. Pero el maestro Ángel era tenaz en sus empresas y decidió acometer de nuevo la tarea, comenzando por perfeccionar sus naturales condiciones para el modelado. Logrados los modelos personales que su gusto peculiar exigía, montó taller y horno y lanzó figuras variadas y graciosas, muy correctas dentro del género; con lo cual despertó el interés de los compradores y dio nueva categoría artística y nueva vitalidad material a lo que ya resbalaba por la pendiente del olvido. /En la imagen, estanterías con la producción de Ángel Martínez. /Foto Colección Vicente Rodríguez.

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Grupo costumbrista de Ángel Martínez. Un carretero transporta una bota de vino, junto a un letrero que señala la dirección 'El Puerto de Sª María-Sevilla'. /Foto: Colección Vicente Rodríguez.

Lo que no pudo hacer Martínez fue formar discípulos que continuasen su obrar, mantenida, sin embargo, mientras vivió con la ayuda de su esposa y una sobrina y esforzándose en atender las crecientes demandas nacionales y de los países hispánicos --sobre todo de la Argentina-- que estimaban sobremanera los grupos y figuras portuenses.

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La Anunciación a los pastores, figuras de Nacimiento del taller de Angel Martínez. /Foto: Archivo Hispalense.

El benemérito maestro Martínez falleció en 1945, no sin conocer el halago del reconocimiento oficial que el nuevo Estado --tan propicio a reavivar la artesanía folklórica nacional-- hiciera de su arte, otorgándole premio en una exposición característica.

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Nacimiento costumbrista con figuras del imaginero porteño. /Foto: Colección Vicente Rodríguez.

En la actualidad, la producción de figurería de nacimientos en el Puerto de Santa María, está mantenida por personas de la familia de Ángel Martínez, que desde luego realizan una producción estimable, como calidad artística, pero tan escasa que no cubre una mínima parte de la demanda comercial. Sería de desear que no decayese de nuevo esta producción de encantadoras figuras, que llevan a los hogares por modo misterioso, la ternura y el gozo que emanan los Nacimientos, que invita a cantar: ‘Venida es venida/ al mundo la Vida...’, bajo el altísimo eco de las sublimes palabras: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». /Texto: Pedro de San Ginés.  Diciembre de 1946.