La llegada de la primavera, sin duda trae aires de feria, ya se adivina la alegría y el regocijo en los semblantes y es que no puede haber una estación más bonita, que esta. No sé que pensaran, pero merece la pena dar un paseo y dejarnos embriagar por el olor a azahar de los naranjos en flor y con la explosión de color y belleza que se nos da gratuita, con solo echar una mirada a esos balcones floridos con la delicadeza y colorido de esos geranios tan variados y tan hermosos.

Una vista aérea de la Feria en Crevillet.
Y como no hacerlo con nuestros patios, si cada año los engalanan como a mocitos, en busca de sus damiselas. No se puede ser más generoso que estos propietarios e inquilinos, pues por unos días, no solo nos deleitan la vista también nos dan vida y añoranzas de lo que fuimos y vivimos, en esas casas de vecindad, en la que era cotidiano reunirse en el patio para labores, como: coser, bordar y en muchos casos enjaretar el ajuar de alguna mocita casadera. Eran mucho más que amigos, yo diría que eran una gran familia, de puertas abiertas y afectos la mayoría de las veces inquebrantables. Ven como sí son generosos, pues nos demuestran que precisamente la calidad de vida, puede estar simplemente, en sacar una silla al patio al calor de una taza de café y la buena conversación y compañía de los vecinos.
PRE FERIA.
En los años 60-70 los días previos a la Feria, nuestras calles, especialmente La Placilla, era un hervidero de gente de lo más variopinta. Los comerciantes esporádicos, montaban sus tenderetes, y cierto era que podíamos encontrar casi de todo, desde los vendedores de turrón pregonando reiteradamente sus ofertas, se acuerdan verdad, no solo te daban un lote, terminabas prácticamente, pagando uno, y llevándote dos, pero eso sí, de elegir nada de nada, y como decimos por aquí… se dejaban comer.

LOS TRILEROS.
Ciertamente, había otro gremio, pero no sé cómo calificarlos, en mi ánimo no está molestar a nadie, pero desde luego, lo que es, es. Me explico, había unos personajes, que con una mesa pequeña, montaban su tinglado. Ponían sobre ella, tres vasos, y con una habilidad más que ensayada, hacían creer que se podía lograr acertar debajo de que vaso se escondía la piedra, carta etc. Claro, que al principio, todos miraban entusiasmados, pero sin atreverse a jugar, o apostar. Estos tenían sus ganchos, y hacían creer a los pobres incautos, que si ellos podían ganarle al Trilero, --o como quiera que se llamen--, cómo no iban a poder hacerlo los demás. Craso error, pues manejaban los vasos, con gran habilidad, y claramente quienes apostaban salían perdiendo, pues no acertaban donde estaba la moneda, carta etc. Había una especie de mesita con una rueda, pero era más de lo mismo. Estos virtuosos no sé, si del timo y del disimulo, se hacían los panolis, pero …. sí, sí. En fin, los pícaros de siempre.
TROVEROS.
También estaban los Trovadores --troveros-- en definitiva, contadores de historias. Estos iban de feria en feria dándonos una versión ‘fidedigna’ de las diferentes batallas, ganadas por nuestros héroes de guerra. Era increíble, oírles como escenificaban cada parte del grabado, haciéndonos participes de la gran valentía y heroicidad de personajes como nuestro Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. Que arte, por Dios!
Supongo, que se acordaran, de los compradores de colchones de lanas, por cierto, mira que era agradable dormir en ellos, sobre todo en invierno, siempre que no se hubiera formado un tolondrón pues en ese caso nos tocaba pasar la noche abriendo la lana, y una de dos o terminábamos con ellos y cogiendo postura o amanecíamos hasta el gorro de los dichosos tolondrones.
AMBULANTES MIL.
En estas fechas aparecían: Tapiceros, Vendedores, de algodón dulce, de flores cortadas, mayormente claveles, para adornarnos el pelo, vendedores de accesorios como: zarcillos, collares, pulseras, mantoncillos etc. Lo malo era los temidos Afiladores, estos, mal que me pese, parecíame, que anunciaban Levante y eso tenía su mijíta de guasa, porque la ventolera nos ponía, a unos más que a otros, un poco tocados y no digamos como dejaba al Feria, sin farolillos y casi sin bombillas. No, no se me olvidan, los que hacían actuar a las pobres cabras, con esos órganos a todo volumen. No, es broma, también tenían su público y su mérito. Lo más agradable sin duda, el sonido del organillo, pues no había estridencias, si no música cadenciosa y alegre. Los chiquillos nos quedamos embobados, oyéndolos tocar, desde un Chotis, a una Zarzuela.

De izquierda a derecha, José Luis Péculo Utrera, ‘Tio Luis’, Emilia Péculo Vichera, Concepción Herrera Péculo, Magdalena Péculo Utrera, Federico Herrera Síñigo. Delante: José Luis Herrera Péculo, Antonio Herrera Péculo. Detrás, mirando al objetivo, Enrique Marroquín Sánchez y Sebastián Marroquin Gómez. 29 de abril de 1952.
GIGANTES Y CABEZUDOS.
No sé si estoy equivocada, pero creo recordar, que de alguna manera, la Feria empezaba en la Plaza de la Iglesia, con un pasa calles de Gigantes y Cabezudos. A mi daban un miedo, considerable, sobre todo cuando se acercaban demasiado, pero me escondía como buenamente podía.
LA FERIA DE GANADO.
Por fin, llegado el medio día, ya estaban las tarteras de aluminio preparadas con las tortillas, filetes empanados, pimientos fritos, y algún que otro fiambre para la merienda. Solo quedaba ponernos guapas, con nuestros preciosos vestidos de gitanas. Mi cariñosa vecina Loli nos pintaba los rabillos de los ojos, algún que otro lunar y por supuesto los labios. Al parecer, era típico. Lo malo eran los zapatos de tacones, porque aunque lleváramos días haciéndonos a ellos, dolían los condenados. Mientras esperábamos impacientes el momento de arrancar, nos poníamos a dar vueltas, porque nos encantaba ver los volantes al aire, y caer al suelo de bruces con el vestido rodeándonos.

La familia Moreno Naval en la Feria de Ganado de 1958. En el pescante, Rafael Moreno Porto, 'el Lengue'.
¡Por fin nos vamos para la Feria! Todos íbamos con la ilusión a flor de piel, lo primero era subirnos al coche de caballos, los machotes en el pescante, las mayorcitas en la parte de atrás, luciendo los volantes del vestido y teniendo cuidado de que no se lo comiera el caballo detrás nuestro. Los pequeños sentados en las faldas de los mayores, no importaba, el caso era llegar.
LAS ATRACCIONES.
Y llegamos, despacio pero enteros, pobre caballo. En esos momentos a los niños nos entraban las prisas, por ver las atracciones, pero no había mucho donde elegir, estaban: el carro de las patás, en dos versiones, uno para los más pequeños y el de los mayores. Siempre salíamos lastimados, porque aunque fuéramos chicos, brutos hay a todas las edades.

Unos vetustos coches de choque.
Los coches de choques, eran de hierro y tenían un circuito, no como en la actualidad. En esos años de finales de los sesenta, no tengo claro si estaban el carrusel de los Caballitos y la Ola, pero si en la velada de la Victoria. Lo que si se podía ver era la venta de ganado, pero era demasiado pequeña para apreciarlo
EL ALMUERZO.
Llegada la hora del almuerzo, cada familia cogía su trocito de parcela, extendían el mantel y todos alrededor de él a dar buena cuenta de las viandas. Aquello sí que era una bonita romería. Los vecinos de parcela --cachito de tierra-- por lo general, te ofrecían, ustedes gustan un vasito de vino a los adultos, o agua fresquita del búcaro. Nosotros llevábamos cantimploras pero cuando se acababa, sin remisión había que llamar al Aguador.

Las familias Pantoja y Gilabert, en una caseta de la Feria. Vemos como se anuncian los vinos de Bodegas Caballero.
LAS CASETAS.
Lo que no consigo es acordarme con nitidez de las casetas, pero sé que haberlas las hubo, aunque, mucho más sencillas que las actuales y a sones de sevillanas corraleras, nos pegábamos más de un baile. ¿Quien no se va a acordar de los Hermanos Toronjo y los Hermanos Reyes entre otros? También había una especie de mostradores en los que servía el vino, pero está claro, que a esas edades, solo bebíamos Quina Santa Catalina y en la Feria no era plan. No, no se me olvida, la imagen de Pepe el Escocés --ni idea de cuál era su verdadero nombre-- por aquellos años, al ser yo tan pequeña, le veía tan larguirucho que su figura resaltaba como un Guión de Semana Santa, y no hablemos de su típica falda de cuadros, pues primero me asombró, y luego alguna que otra risita. Claro que ya a fuerza de verlo año tras años, y ver lo afable y espontáneo que era, parecía que la Feria era más Feria, si estaba Pepe el escocés. ¡Todo un gentleman!
Llegada la tarde, después de haber disfrutado de lo lindo, de ese primer día de feria y de convivencia al aire libre, la consabida foto en el caballito, nuestro trocito de coco y de calabaza escarchada y para casa, que después de lo bregado, caímos como angelitos.

LA VELADA EN LA VICTORIA.
La Velada, no podía estar en una ubicación más bonita, no exagero al decir, que todo en este parque era armonioso, estético, evocador y encantador. Para los niños, era ilusionante, poder percibir el bonito alumbrado, el sonido algo mareante de las tómbolas, los cacharritos, la música de la Banda Municipal, el Circo y sobre todo y por encima de todo la alegría. ¿Se acuerdan de los espejos, en los que te veías larguirucha, o bien oronda? ¿Y… el laberinto de cristales y el tren de los escobazos? A que sí, ya lo sabía.
Ya en los 70 era otra historia, hasta los vestidos en esta época cambiaron su estética, pues aunque se seguían llevando, los lunares y los vestidos cortos Lolita Olmedo fue innovadora trayendo trajes largos en estampado. Lo que no recuerdo es, si en esos momentos tenia la tienda en la calle Luna, más o menos frente a Tejidos Ángeles --Pepe el de Badajoz-- o en la calle San Bartolomé, junto a la Giralda. ¿Se imaginan las veces que pase por el escaparate a verlos? Sí muchas, hasta que por fin lo tuve en mi armario. Mi hermana y yo estábamos muy monas.
Si, fueron años duros y de pocos hallares, pero de respeto y civismo. Si el cansancio o la falta de medios, no les permitía a nuestros padres llevarnos a la feria, en el infantil, podíamos ver películas cómo: Poliana Los hijos del capitán Grant, Tu a Boston y yo a California, no era lo mismo pero….que le íbamos a hacer. /Texto: María Jesús Vela Durán.

Quiero suponer que aún hay personas que aún la recuerdan esta barbería en La Placilla, regentada por Manolo Cordones Serpa ‘Barberito’. Estaba entre la Zapatería Ortiz, y la pescadería de Manolito Gutiérrez ‘el Cochino’
Algo más que aficionado a los toros, porque tengo entendido que aunque nunca hizo el paseíllo vestido de luces, si figuró en algún festival tal como lo acredita, Manuel Martínez Alfonso 












Yo recuerdo a su sobrino Juan Varela Gilabert, en la imagen de la izquierda, 

En esas Obras del Puerto, en cuya Dirección hay que citar a D. Antonio Duran, a D. Juan Machimbarrena, a D. Manuel Álvarez Aguirre y a D. José Antonio Español















Los dos chicucos situados a la izquierda en la vieja foto, --que aparecen en la foto 5 en detalle a la izquierda de este párrafo-- por la edad que aparentan, deben ser Remigio Valle Rubín y Daniel González Escandín, también de Camijanes, donde nacieron en 1905 y 1906, que continuaron trabajando con El Rubio hasta bien avanzados los años 30.

















Náutico, cuna de la Puntilla y fin urbano de la Ciudad. En la conciencia más soñadora y extrema del Puerto siempre se tendrá presente su Bajamar, anclada en el río salino que es el Guadalete del Puerto, y se oirán los pitidos del Vapor, el bullicio de la Pescadería y sus barcos, la campanadas del Hospital anunciando ingresos, el sordo rumor de las vagonetas del embarcadero de la sal, etc. Sus ecos pasaron a la Historia pero su recuerdo nada puede borrarlo. /Texto: José López Ruiz
Todo lo que no fueran las ‘tajaítas’ --que así también se designaban en lenguaje coloquial a los trozos de raya rebozados y fritos-- y esos medallones dorados procedentes de las merluzas al trocearlas transversalmente, debía considerarse delicatessen (chocos, tapaculos, acedías, huevas, etc.), aunque tal carácter tenía igualmente para los pequeños las denominadas ‘mijitas del freidor’, las migajas de toda la fritanga en una deliciosa rebujina que más que alimentos eran golosinas dentro del cartucho grasiento de papel de estraza. «--Deme usted un cartucho de militas». /En la imagen de la izquierda, José Luis, el último gallego de la desaparecida Freiduría Apolo.
Estos hábitos gastronómicos que fueron diluyéndose hasta casi desaparecer a medida que pasaban las décadas tenían una tradición de siglos. Pascual Madoz en su diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, editado en 1846, reseña en su volumen 5º los establecimientos con puerta abierta a la calle de la ciudad de Cádiz y al referirse a los freidores de pescado añade: “cuyo número es prodigioso”, asombrado de la cantidad de freidurías existentes, y completa su ilustración al respecto con este comentario: “La especie de pescado que más abunda en la pescada pequeña que puede decirse constituye el principal alimento de la generalidad del pueblo, pues los muchos freidores públicos que se encuentran repartidos por toda la ciudad, viven y aún hacen capitales, sin más giro ni ocupación que esta tan mezquina al parecer; la misma gente rica la usa generalmente en sus cenas.” /En la imagen de la izquierda, suelto publicado en la revista Cruzados el 16 de julio de 1966, sobre los malos olores y los freidores.














El Chumi. Manuel Quintero García, uno de los mejores cantores de flamenco que El Puerto ha tenido. Cantaba muy bajito, pero los verdaderos entendidos gustaban de oír los matices de todos los palos del cante jondo. Lo calificaban como uno de los mejores. De ahí que, en honor a su arte, hay una peña flamenca con su nombre artístico. No tenía la cabeza en su sitio: casi siempre, aparte de adornos, llevaba colgada en la solapa de la chaqueta o del abrigo, una malla de seda amarilla de botella de coñac.
Romualdo [Remujardo]. A Romualdo Peña Montes lo ingresaron en un asilo para ancianos y no lo he vuelto a ver. Empleó toda su vida en acarrear agua potable hasta su clientela. Unas veces iba al Hospitalito, otras a las Capuchinas y la mayoría de los grifos del mercado. Cuando llegaba a su casa, soltaba el dinero que había ganado por la junta de un cajón de la cómoda. Nunca se lo dio a su madre directamente. Pero ella se lo gastaba sin que Romualdo exigiera explicaciones. El hombre siempre iba descalzo.
Ansonini. Manuel Bermúdez Junquera tenía como actividad laboral trasladar en un carro especial las carnes del matadero a los comercios de carnicerías. Le gustaba el baile flamenco. ¡Casi no movía las piernas! Para las bulerías tenía un son que hacía sólo con el cuerpo. Tan peculiar era su danza, que los grandes flamencos siempre le reclamaban para sus fiestas privadas. Se enamoró de María. La chica era de estatura normal y él, en cambio, muy alto. Todas las tardes pasaban ante la puerta de mi casa, en Santa Clara 5, muy amartelados. Él con el brazo derecho por encima del hombro de María, insinuando acariciar el seno contrario. La hembra, aparte de guapa, podía presumir de hermosos pechos. Era una de esas parejas a las que parece que nunca se le acaba el amor. Una vez casados, y con hijos de por medios, el porteador de carnes se volatilizó. Se dice que fue amante de ricas extranjeras. Se dice que tuvo en sus brazos a Ava Gardner. Y que para siempre se quedó a vivir entre bellas mujeres. Que yo sepa, nunca regresó a El Puerto. Pensaría que los gitanos las guardan.
La Tula. Mujer sonriente y de carácter muy dulce. Le gustaba el pirriaque (vino malo). Los niños nos burlábamos de sus estados de embriaguez.