El eco de una pista de baile que aún no se ha apagado

| Texto: Francisco Ramírez Tallón, Koki
Hubo lugares que marcaron una época sin necesidad de grandes focos ni carteles luminosos. Espacios sencillos que, sin proponérselo, se convirtieron en el corazón cultural y emocional de toda una generación. “Tierra Mar y Vino” fue uno de ellos. Más que una caseta de feria o una sala de baile juvenil, fue un auténtico punto de encuentro para músicos, jóvenes y amantes de la música en los años setenta del siglo pasado, cuando la ilusión, la convivencia y el arte se daban la mano en cada tarde de domingo.
Situado en la zona de Crevillet, donde antiguamente se celebraba la feria, aquel lugar ocupaba un sitio privilegiado en la memoria colectiva de El Puerto de Santa María. Su esencia no estaba en la decoración ni en la infraestructura, sino en el ambiente humano que se respiraba desde el primer momento en que se cruzaba la entrada. Allí todo resultaba cercano, auténtico y profundamente acogedor.
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