En esta misma fecha, el 3 de agosto de hace 518 años, como es bien conocido, salió Colón de Palos buscando una ruta marítima para llegar a las Indias. Cruzó el Atlántico y descubrió para la corona española un inmenso y hasta entonces desconocido continente al que algunos llamaron “Nuevo Mundo” antes de que se popularizase el gentilicio de un personaje de segunda fila: Amerigo Vespucci quien, con la fuerza de su narrativa y la difusión de la incipiente imprenta, dio a conocer a toda Europa el importante descubrimiento.
(En el cuadro, que se conserva en el Museo Naval de Madrid, el porteño José María Chacón Sarraoa, cuya hija se casaría con un doble descendiente de Cristobal Colón).
Sabido es, igualmente, que este florentino afincado en Sevilla, viajó por primera vez al continente americano en 1499, en calidad de segundo piloto en la expedición de Alonso de Hojeda que, con Juan de la Cosa de primer piloto, partió desde el fuerte de Santa Catalina, entre el Buzo y Puerto Sherry.
(En la imagen de la izquierda, litografía de Amerigo Vespucci).
Todas estas vinculaciones de El Puerto con el Descubrimiento, la estancia de Colon, huésped del Duque de Medinaceli, la vecindad de Juan de la Cosa, la confección de esa joya cartográfica que dató a la vuelta del viaje antes mencionado y otros detalles y pormenores relacionados con el evento histórico han sido suficientemente difundido por ilustres historiadores y cronistas, destacando en este aspecto la obra de Hipolito Sancho y Rafael Barris “El Puerto de Santa María en el Descubrimiento de América”, felizmente reeditada por la Academia de Bellas Artes, en el periodo en el que la presidía Francisco M. Arniz, asiduo colaborador de esta web.
Aquí y ahora, en este día, quiero aportar mi granito de arena de investigador aficionado a esa enorme montaña de datos recopilados por licenciados y doctores en historia relacionados con El Puerto y el hecho que comentamos. Se trata del entronque de la familia de un ilustre paisano con descendientes directos de Cristóbal Colón.
(En la imagen de la izquierda, el historiador Hipólito Sancho de Sopranis).
El portuense en cuestión fue José Maria Chacón Sarraoa, Había nacido en nuestra ciudad en 1782 y fueron sus padres Salvador María Chacón y Sanchez de Soto, Capitán de Navío de la Real Armada y Josefa Sarraoa Valdes, ambos de Sevilla. Su abuelo paterno, Francisco Chacón y Rodríguez de Rivera, también Capitán de Navío, ejerció como Ministro de Marina y su tío José Maria Chacón era el comandante gobernador de la isla de Trinidad cuando la conquistaron los ingleses.
A los 13 años ingresó como cadete en la R.C. de Guardias-Marinas en El Ferrol y a los 54 años de edad era el Comandante General de aquel departamento naval. Fue nombrado Secretario de Estado y del despacho de Marina, ascendiendo a Jefe de Escuadra y, posteriormente a Teniente General. Falleció en San Fernando, en 1848, ostentando el cargo de Capitán General del Departamento naval de Cádiz. Una tía suya, Ana María Chacón estaba casada con Francisco José Ruiz de Cortazar y Villanueva, primo hermano del historiador local, Anselmo Ruiz de Cortazar.

Por Real Orden de 15/03/1822, se le otorgó al porteño el mando de la fragata Constitución (antes Sabina) y única en la Real Armada, portadora de cañones del 24 en su batería y siendo uno de los pocos buques que permanecían en activo.
EL ENTRONQUE CON LA FAMILIA DE COLÓN.
En su matrimonio con Maria de las Mercedes Maldonado tuvo dos hijos, nacidos ambos en Cádiz: Guillermo Chacón y Maldonado, Brigadier de la Armada y Jefe de Estado Mayor de la Armada en Cuba, poseedor de numerosas condecoraciones militares y “Benemérito de la Patria” y Josefa María Chacón y Maldonado que casó con un Coronel de Infantería mejicano: José María Gómez-Colon de Larreátegui y de los Senderos y Morales-Colón de Larreátegui, dos veces descendiente del Descubridor por antonomasia: Cristóbal Colón.
(En la imagen de la izquierda, el hijo del portuense, Diego Chacón y Maldonado).
Entre otras condecoraciones estaba en posesión de: Placas de las Grandes Cruces de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo; de la Real Orden Americana de Isabel la Católica; Placa de Comendador de número de la Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III; Encomienda de la Orden de Calatrava; Cruz de la Diadema Real de Marina; Cruz de la Rendición de Cartagena de Indias. etc.
(En la imagen de la izquierda, la Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo a la constancia militar).
El desglose detallado de la genealogía del yerno de nuestro paisano lo relacionamos aparte para no abrumar con tantos datos a los lectores menos curiosos y como apostilla final, señalar que los tres nietos y descendientes del portuense José Maria Chacón: Cecilia, Adelaida y Guillermo Gómez-Colón Chacón, eran igualmente, por línea paterna, descendientes del genovés universal.
GENEALOGÍA de
José María Gómez-Colon de Larreátegui y de los Senderos y Morales-Colón de Larreátegui, (en la imagen de la izquierda) dos veces descendiente de Cristóbal Colón, yerno del portuense Chacón, que al casar a su hija con este militar, entroncaría con la familia del Descubridor.
Cristóbal Colon tuvo de su matrimonio con la portuguesa Felipa Muñiz un solo hijo: Diego Colon Muñiz, I Duque de Veragua, que casó con Isabel de Toledo y Roxas. De la extensa prole que procreó este matrimonio, el sexto hijo, de nombre Cristóbal Colon y Toledo, casualmente, estuvo avecindado en El Puerto, entretenido (es decir como aspirante a un cargo) en la flota de galeras, en el último lustro del siglo XVI.
(En la imagen de la izquierda, Digo Colón Muñiz, hijo de Colón, I Duque de Veragua).
Este caballero tuvo cuatro parejas, no todas desposadas, según parece. De la tercera mujer, llamada Ana de Pravia nació Francisca de Colon y Toledo Pravia, que era biznieta del almirante; Casó con Diego de Ortegón. La 5ª hija de este matrimonio, nacida en Madrid, de nombre Josefa Colon de Ortegón y Toledo casó con Francisco Paz de la Serna, procreando a Josefa Paz de la Serna y Colon, que casó con Martín de Larreátegui. Uno de los hijos de este matrimonio, Antonio Bernardo de Colon y Larreátegui, 6º nieto de Colon, casó con Isabel Sentís y su descendiente fue Isabel Colon de Larreátegui y Sentís, madre de Manuela Morales Colón de Larreátegui quien, a su vez, casó con Manuel de los Senderos, procreando a Teodosia de los Senderos Morales y Colón de Larreátegui.
Hacemos un alto para indicar que a medida que pasan las generaciones, y perdida la varonía del apellido, estos se amplían exageradamente.
Retomamos la genealogía, retrocediendo hasta Antonio Bernardo de Colon. Otra hija llamada Antonia Colon de Larreátegui y Sentís fue la madre de Luis Gómez-Colon de Larreátegui , que casó con Manuela Iparraga, procreando a Jose Miguel Gómez-Colon de Larreátegui que casa con su parienta Teodosia, con la que finalizamos la anterior cita genealógica. El hijo de este matrimonio, José María Dámaso Gómez-Colon de Larreátegui, en el que convergen dos ramas de descendientes, contrajo matrimonio en La Habana con la hija de José Maria Chacón, Josefa Maria Chacón y Maldonado y su único hijo varón Guillermo Gómez-Colón Chacón, nacido en El Ferrol en 1846 será el continuador, --al casar con Maria Rita Salazar y engendrar a Guillermo Gómez-Colon y Salazar, capitán de Infantería y poseedor de 5 Cruces Rojas de primera clase del Mérito Militar--, si se nos permite la expresión, de la dinastía portuense cubana de Colón. (En la imagen de la izquierda, Guillermo Gómez-Colón y Salazar).
(Texto: Antonio Gutiérrez. A.C. PUERTOGUÍA)


Continuamos con Ernesto, casado con María Teresa Otero Sanchez-Bustamante. Igual que el anterior, en la 3ª generación se perdió el apellido; Eduardo, corresponsal de banca, que casó con Ramona Docavo Alberti, de cuya unión tuvieron tres hijos varones, los cuales entroncaron con diversas y conocidas familias portuenses: los Gaztelu, Govantes, Jiménez o Cuvillo, entre otras. Finalmente, Agustín Merello Alberti, fue el más buscavida de sus hermanos, posiblemente obligado por su carga familiar. Sus actividades profesionales eran varias. Entre ellas, la más productiva y rentable, quizás, la de contratista de obras. Un ejemplo de esta actividad lo hemos encontrado en los Protocolos Notariales de El Puerto de 1879. Se trata de un documento de cesión de derechos, en realidad una subcontrata, de las obras nuevas de la carretera de Benaocaz a Utrera que se había adjudicado en casi medio millón de pesetas “de las de entonces” para realizar dicha obra en un periodo de 5 años, adjudicación que, mediante este documento notarial que citamos, traspasa a José de la Cuesta Gómez. (En la imagen, Anís La Sota de Bastos, de Merello Hermanos, 'marca registrada con el núm. 1 de la provinica de Cádiz).
Todos los hermanos, sus esposas e hijos vivían en la misma casa, formando una comunidad familiar alrededor de los padres, compartiendo cocina, comedor, salón y otras dependencias de la finca, situada en la calle Fernán Caballero. En el documento notarial de partición de bienes de Ernesto Merello Alberti, fallecido en 1890, se indica: “… no se determinan los muebles porque el finado, junto con sus cuatro hermanos restantes, esposa e hijos, todos vivían en una sola casa reunidos, constituyendo una sola familia.” (Etiqueta de 'Jerez Selecto, especial para enfermos', de Merello Hermanos. Proveedores de SS MM los Reyes de España, Suecia y Noruega, según reza en la etiqueta).
A continuación de la especie de comuna familiar, donde se encuentra actualmente un convento de religiosas, haciendo esquina con la calle Jesús Nazareno existía una finca propiedad de doña María Catalina Alberti que heredaron los hermanos Merello, nombre comercial que utilizaban para comercializar sus productos, cuyas bodegas se encontraban en esa misma calle, a continuación de la casa antes citada, aunque con entrada por la calle paralela de Los Moros. El negocio de extracción de vinos, sin ser de los más importantes en su época, más o menos podemos ubicarlo entre los treinta principales criadores y exportadores de la localidad, contando con viñedos propios en el término de Jerez en los pagos denominados “Santo Domingo”, “Tablajete” y “Balcargado”, utilizando en anuncios publicitarios y en las etiquetas de sus productos la leyenda: “Proveedores de S.M. el Rey de Suecia.” (Etiqueta de Amontillado N.P.U. de Vicente Alberti, padre de Rafael Alberti. Debajo, firma del padre del poeta, Vicente Alberti Sánchez-Bustamante)
Agustín Merello Alberti, falleció el 12 de abril de 1893, contando 51 años de edad. Su numerosa prole, de 10 u 11 hijos, serían los progenitores de la práctica totalidad de los portuenses contemporáneos de este apellido –Merello Alvarez, Merello López de Meneses, Merello Cuvillo, Merello Govantes, Merello Pastor, Merello Díez, Merello Reynolds, Terry Merello y Castro Merello- y también herederos del 1/5 de participación en los negocios familiares mencionados que correspondía al padre. Por otra parte, la de su otro hermano Julio, Merello Alberti (en la imagen de la izquierda) existió una desvinculación física, al estudiar ingeniería y cambiar su residencia por motivos profesionales, contribuyendo todos estos motivos apuntados a que, en los primeros años del siglo XX ya no existiese el pequeño imperio comercial forjado por Vicente Merello medio siglo antes.
Citamos a los
03.-CARMEN MERELLO GOMEZ (MONJA)


08.-ELISA MERELLO GOMEZ (MONJA)


Comienza José a trabajar en las Bodegas Osborne, y hace sus pinitos en política fundando un partido que nunca llegó a cuajar. Durante el inicio de la Guerra Civil es movilizado y sirve como alférez provisional en África. En uno de los permisos, vuelve y se casa con Lalo el 17 de octubre de 1938. Tras la contienda se van a vivir de alquiler a la calle Pagador, y más tarde a Cielo nº 81. Le han guardado su puesto en la bodega Osborne. Fruto de esta relación nacen 6 hijos: José, Milagros, María Teresa, Luís, Inmaculada y María Ángeles Alba Medinilla. En los años 60, siendo Alcalde Luis Portillo, fue concejal de Fiestas. Igualmente fue miembro activo del Racing Club Portuense y tesorero de las Conferencias de San Vicente de Paúl, organización encargada de visitar en sus domicilios a enfermos, a los que entregaban bonos de pan y leche. En el año 1962, Osborne le traslada a Tomelloso (Ciudad Real) donde pasa varios años y cuando se jubila decide irse con su mujer y su hija aún soltera, María Ángeles, a Sevilla, donde fallece a los 78 años de edad.
María Teresa Alba Medinilla. Nace el 29 de diciembre de 1942, aunque su carné de identidad dice 1 de enero de 1943, porque el Registro Civil estaba ya cerrado cuando su padre “se acordó” de ir a inscribirla, y así evitó la multa. Se casa con José Luis López Franco el 26 de diciembre de 1964 y viven desde entonces en El Puerto. Todos sus hijos son portuenses: María Teresa; María José; José Luis, Santiago y Fernando. Tiene dos nietos. (En la imagen, natalicio de su hijo José Luis, publicado en la Hoja del Lunes del 23 de junio de 1968).
Luis Alba Medinilla. Nace en 11 de diciembre de 1944 Desde muy joven quiso ser sacerdote y tenía montando en un armario de la calle Cielo un altar desde donde impartía “misa” a todos sus hermanos. Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca. Se casa el 14 de junio de 1976 con Consuelo Guerra Pérez. Tiene dos hijas, Susana y Beatriz. Ya jubilado, vive en Madrid aunque hace poco ha vuelto a sus raíces: se ha comprado una casa en El Puerto y ha ingresado en la Hermandad de la Flagelación de donde es secretario segundo y archivero.
María de los Ángeles Alba Medinilla. Nace el 20 de diciembre de 1949. La más pequeña, la “pelusa”. De ahí el apodo cariñoso que le pone su padre (Peli) que hoy conserva. Se casa con Joaquín Aleu Morales el 29 de diciembre de 1984 y se traslada a vivir a Puerto Real, donde vive actualmente. Enfermera, trabaja durante muchos años en el Hospital Zamacola en Cádiz y ahora está ya jubilada. Ambos son unos enamorados del campo: tienen una casa en El Marquesado con una parcela donde siembran de todo. Hace poco celebraron por todo lo alto sus bodas de plata. Tiene un hijo, Francisco José.








(En la imagen de la izquierda, José Fernández Sanjuán, Pepe 'el del Vapor'. Foto: Faly). Antonio Carbonell, Secretario que fue de la Cofradía de Pescadores refería una tarea desarrollada por el Vapor en relación con el mundo de la mar: «Pepe y el Vapor fueron durante muchos años indispensables para el mantenimiento de la actividad pesquera portuense. Pues resulta que antes de construirse los espigones de Poniente y Levante en la desembocadura del Guadalete, obras que finalizaron en 1970, la entrada de arenas que arrastraban las corrientes litorales y formaban la barra en la boca del río, impedían que la práctica totalidad de los barcos pudieran pasar por el Guadalete a media marea o bajamar escorada. Entonces Pepe, a bordo del Vapor, con un instrumento formado por una pesa u otro metal colgado de una cuerda (sonda de mano, escandallo o plomada), no sólo medía la profundidad del río, sino que de la misma manera al colocar cebo en la pieza de metal, con tan solo tocarlo, iba conociendo la calidad de fondo de la desembocadura del Guadalete. Y Claro. Con esta maniobra, le permitía, al esquivar los cascajos y arenas del río, alcanzar la navegación correcta y, así, los barcos, al seguir el rumbo del Vapor, entraban en puerto sin esperar la pleamar. Esta laboriosa operación, además, era fundamental para evitar cualquier desgracia cuando las condiciones meteorológicas eran adversas, como por ejemplo, la niebla.»
El principio del milenio, nos ha llevado otra vez a lo antiguo, a recuperar costumbres y tradiciones que nunca se debieron abandonar, a volver a aplicar tecnología que han sido útiles durante miles de años y que, de forma inexplicable estaban prácticamente desaparecidas en nuestra Bahía de Cádiz.



Estamos convencidos que, cuando las líneas marítimas de pasajeros, numerosas y múltiples en sus recorridos, rápidas y con horarios amplios, frecuentes y flexibles, sean una constante en la Bahía, como lo son hoy los catamaranes puestos en marcha por el Consorcio nuestro Vapor Adriano III volverá a ser el buque insignia de la flotilla de barcos de pasajeros gaditanos, y de quienes nos visiten, pues el uso turístico es su mejor y más claro cometido de presente y futuro.
Tal dignidad no se alcanza de forma gratuita, pues son ya 80 años, desde que aquel lejano 1929, José Fernández Fernández, y sus cuatro hijos, llegasen a bordo del ‘Adriano I’ a aguas de nuestra bahía para cubrir el trayecto de El Puerto-Cádiz. 


Un día del mes de julio de 1958 conocí a un venerable gitano. Se llamaba Miguel Niño Rodríguez "El Bengala". Estaba sentado, al fresco, en el sardinel del zaguán de su casa en la calle Pagés del Corro de Triana. Me dijo, nada más conocerme, que él descendía de El Puerto y le presté gran atención. Me contó que su tatarabuelo fue Pedro Niño Boneo "El Brujo", nacido en El Puerto en 1819 y artífice de una siguiriya y una toná que llevan su nombre y que eran desconocidas por todos. "El Bengala" las conservaba y dio cuenta cabal de ello en la III Fiesta del Cante de los Puertos en 1973. Conocía, además, la toná de los Pajaritos y un sin fin de romances de tipo épico e histórico que debía a su memoria y a la tradición recibida de, por lo menos, su tío bisabuelo, Juan José Niño López, el más completo romancista que se ha conocido en todo el mundo hispánico y que había nacido en El Puerto en 1859.
Por tristes cuarenta reales




María se casa en 1950 con Ignacio Valdés Sancho, hermano de Joaquín, fundador y director de la Revista 'Diez Minutos'. Aunque nacido en Sevilla, su familia materna y su propia madre era de El Puerto, emparentado con el bodeguero Hipólito Sancho García, padre del historiador Hipólito Sancho de Sopranis. Vivieron, a partir de entonces, en la planta baja de una casa de la calle Pagador, 16., donde tendrían de vecino a alguien que, con el tiempo, alcanzaría justa fama de escritor. Tuvieron siete hijos: Francisco de Paula (+), María, Berta (+), Ignacio (Director de Arte de
¿Acaso fue ese el origen literario del escritor? Veamos que dice propio Mendicutti: «Siempre cuento que mis precoces, bochornosos y --en su momento-- celebradísimos inicios literarios tuvieron que ver con Rafael Alberti, aunque es verdad que de un modo tan indirecto que a lo mejor más de uno piensa que eso es coger el rábano por las hojas. El caso es que, cuando yo tenía 6 o 7 años y vivía en El Puerto, una vecina nuestra, María Merello, prima hermana de Alberti, nos contaba a sus hijos y a mí y mis hermanos, sobro todo en las tardes de lluvia, unos cuentos fascinantes que no he vuelto a leer o a oír en ninguna parte: al cabo de muchos años, María Merello me reveló que eran cuentos que ella había oído en su casa y que seguramente acabarán perdiéndose porque nadie los ha escrito nunca. Bueno, yo una vez escribí uno. Quiero decir que, un buen día, arranqué unas páginas de un cuaderno escolar, las doblé por la mitad y las cosí por el canto con un hilo, para fabricar un libro, y allí escribí una historia cuyo encanto al parecer no conseguí estropear del todo con mi, por lo demás, comprensible torpeza. Cuando los mayores de la casa leyeron el cuentecito cayeron todos en trance: «--Este niño va a ser un Pemá», repetían una y otra vez, arrebatados de admiración. Pero María Merello, en un momento en el que estábamos los dos a solas, con una sonrisa entre cómplice y pícara, me dijo: «--Al principio, todos los escritores se inspiran en otros, ¿verdad?». Porque ella sabía que aquel cuentecito estaba calcado de uno de los que ella nos contaba, pero no me delató. De haberlo hecho, y por culpa de la vergüenza, seguro que yo no habría vuelto a escribir jamás una sola palabra. No lo hizo, María Merello no le contó la verdad a nadie, y eso me ayudó, como ninguna otra cosa en la vida, entonces y en el discurrir del tiempo, a descubrir el encanto, el desafío, el dolor, la alegría y el compromiso de la escritura. Solo puedo decir que siempre que se me ocurre preguntarme por qué demonios escribo, recuerdo aquellas tardes lluviosas de El Puerto, la voz levemente afónica y el acento delicado de María Merello, aquellos cuentos fascinantes que nos contaba, y hay en todo eso un eco misterioso y seductor de los versos de Alberti, un parentesco raro y enigmático que me permite evocar el feliz descubrimiento de la escritura y llena de sentido y necesidad el sinuoso empeño de escribir».
UNA MUJER EN VESPA.
CUENTOS, POESÍAS Y JUEGOS.


Hija de Javier Govantes de Soto, natural de Osuna (Sevilla) y de la porteña Teresa Pico Ferrer, vino a nacer a El Puerto, como la mitad de sus 10 hermanos con ella, y bautizada en la Prioral para, a los pocos días regresar al Osuna paterno donde se crió y vivió su primera juventud.





Era y es una gran aficionada a la Feria, ¡ojú! donde cantaba flamenco –no existían aparatos de megafonía en aquellas Ferias de Ganado- y bailaba y enseñó a bailar a muchos. Recuerda que con el locutor de Radio Puerto, 











El padre de nuestro protagonista era Ingeniero de Minas, compañero de promoción y amigo de
VICISITUDES EN LA GUERRA INCIVIL.
Adriano recuerda que su madre, con la guerra ganada por el bando rebelde, recibió una llamada de la policía para que confirmara que el acusador de su padre era un conocido zapatero del barrio. Ella les explicó a sus hijos, en un ejercicio de generosidad y para nada revanchista que “--Ni estoy segura, aunque existen ciertas pruebas, ni voy a ser responsable del ajusticiamiento de nadie. Bastante tendrá con su conciencia y con lo que ha hecho”. Adriano, sigue recordando, que “hay que olvidar y ser generoso. Aunque cada uno tenga sus ideas y sus opiniones. No tiene sentido. Aquello no fue nada bueno”. (En la imagen, una joven Tula Ruiz Golluri, fotografiada por Raymundo en 1918. Foto Colección AGLR).
Adriano está unido a El Puerto por muchas razones, familiares y personales, y el único inconveniente que señala es que está a 654 kilómetros de Madrid. Casado con Carmen Verastegui Villafiero, con quien ha tenido dos hijos, y de momento tres nietos, está emparentado con tres alcaldes de El Puerto: su abuelo Joaquín Ruiz y López, en 1904 y 1907; su tío Eduardo Ruiz Golluri, en 1930 y José de la Cuesta Aldaz, en 1903 y 1930. La hija de éste, Pepa de la Cuesta, casó con el hermano mayor de su madre, Joaquín Ruiz Golluri. El hijo de ambos, Joaquín Ruiz de la Cuesta –primo de nuestro protagonista—reside en Barcelona con algo más de 80 años y una mente muy lúcida, con quien gestionamos ponernos en contacto. (En la fotografía, Eduardo Ruiz Golluri, tío de Adriano).
Algún día contaremos en estas páginas las alambicadas circunstancias que propiciaron la súbita ruina del que fuera alcalde José de la Cuesta. Los cuatro Adrianos de la familia, su padre, el mismo, su hijo y su nieto, han estudiado en los Jesuitas o lo va a hacer, como es el caso de su nieto. (José de la Cuesta Aldaz, tío abuelo de nuestro protagonista).
DISCURRIR PROFESIONAL Y ACADÉMICO.
«El Puerto de Santa María es el lugar ideal para pasar el verano, o para disfrutar de unas vacaciones, sin lugar a dudas, no tiene por qué ser el más bello del mundo, ni el de las mejores playas, ni el de los mejores restaurantes. Para mí es aquel lugar que te llama siempre, al que te atan raíces profundas, en el que jugaste de chaval, en el que te enamoraste por primera vez. Aquel rincón donde estaba la vida, la vida auténtica, la que te llenaba siempre.
