(Para las hermanas Montse y Laura Fabra).
La nostálgica foto de postguerra del tramo de Larga, entre Chanca y Caldevilla, incluida en la nótula 588, ha originado una docena de comentarios, a los que quiero unir el mío. Sería Rafael Sevilla, uno de los refundadores de la Hermandad del Rocío local, en su etapa como edil, el responsable de devolver a esta gran vía porteña el mismo o similar aspecto que tuviera en su juventud, época a la que, según creo, corresponde la foto cedida por Vicente González, plantando naranjos en las aceras desde el inicio de la calle hasta la esquina con Luja. También rescató de la incuria y olvido en que se encontraba el Paseo de la Victoria, o al menos lo intentó, adecentándolo y creando una fiesta veraniega: la “Feria del Vino” que rememoraba las tradicionales veladas en aquel mismo lugar y época, antes de que fuese escenario de la feria de primavera mediado el siglo pasado. Con el paso de los años, y viendo lo que estamos viendo, estas gestiones puntuales se agigantan hasta convertirse en heroicas, dado que en las últimas décadas el ayuntamiento, mejor dicho, sus responsables, destruyen sin pudor buena parte de lo que de tradicional y genuino crearon los portuenses que nos precedieron, en función de talante o capricho de concejales y alcaldes.
Pero este no es el motivo de mi comentario, que ahora expongo. Todos y cada uno de los trece inmuebles que están edificados a sendos lados del tramo que nos ocupa de calle Larga tienen su propia “historia”, lógicamente.
En esta ocasión me voy a referir a una casa que no figura en el encuadre de la instantánea de la nótula anterior, reproducida en pequeño formato al principio de ésta. Pero que si aparece en la siguiente fotografía.

Calle Larga esquina con Chanca, a la izquierda la casa del Dr. Juan Fabra, a la derecha la casa de Vicente González Bruzón. (Foto Colección: Mata).

Calle Larga esquina con Chanca, en la actualidad. A la izquierda, la casa del Dr. Fabra, reconvertida en pisos y sede de una inmobiliaria, a la derecha la casa de González Bruzón, sede del Servicio Provincial de Recaudación. (Foto: GdP).
Hacía esquina con Chanca y, actualmente, tampoco existe. Ocupa su espacio una construcción de nueva planta, señalada con el número 54. A los que pueda interesarle, de forma muy simplificada, les relataré la pequeña gran historia de sus moradores del siglo XIX, época en la que se la identificaba con el número 110 hasta 1860 y con el 56 a partir de esa fecha.

Patio de la casa de Vicente González Bruzón. (Foto: Colección V.G.L.)

Sala de estar de la casa de Vicente González Bruzón. (Foto: Colección V.G.L.)
En 1800 la casa era propiedad de Benito del Carpio y la tenía arrendada a una señora llamada María Ahedo. Anteriormente, en el siglo XVIII, su padre, un navegante llamado Francisco de Ahedo había sido inquilino de los anteriores propietarios. Cuando los franceses invadieron la ciudad la casa permaneció cerrada. Después, en el primer tercio de ese siglo la ocupaba María del Carmen Vernacci, aunque su propietaria era Rosa Gutiérrez. La inquilina estaba casada con Mateo Cuadrado pero el marido vivía en Madrid, bien por deberes laborales o profesionales o porque estaban separados. Para ayudarse económicamente y no estar sola en toda casa subarrendó el piso bajo a la familia Diaz Noó. En total eran seis personas: el matrimonio, tres hijos y un hermano de la esposa, demente. Esta circunstancia provocó que durara poco tiempo la estancia de Francisco Diaz Noó, dependiente de comercio, al que le relevó en el subarriendo un bodeguero y extractor inglés: Francisco Headl. La moral y buenas costumbres de la época desaconsejaban que ambos estuviesen solos, así que para evitar murmuraciones se instaló en la casa su hermano Joaquín, Ayudante de Marina, la esposa de este, Dolores Moreau, quien a pesar de su apellido claramente francés, era de El Puerto de Santa María y sus cuatro hijos de corta edad. Junto con ellos, pero instalados en la planta baja, dos sirvientes.
En 1875 también compartieron la casa dos vecinos. En el piso principal o alto vivía un viudo de edad madura, natural de Guatemala, llamado Felipe De la Riva y Yela y media docena de sus hijos, con edades comprendidas entre 8 y 16 años. En realidad era viudo por partida doble. De su primera esposa, Ángeles Ruiz, tenía dos hijos que habían quedado en Guatemala con la familia materna. Los seis hijos que le acompañaban era el fruto del segundo enlace con Victorina Nicolau, hija mayor de un prestigioso abogado local, Francisco Nicolau , que tenía su bufete en calle San Juan, en la misma casa en la que lo tiene actualmente Luis Suarez Ávila, un asiduo y magnífico colaborador de este blog. (En la imagen de la izquierda, óleo del patio de la casa de Luis Suárez Ávila, pintado por él mismo, en el actual número 17 de la calle San Juán).
Uno de sus hijos varones, Rafael De la Riva Nicolau, pocos años después se convertiría en un prestigioso doctor, liberal y contestatario, que llegó ostentar la dirección del hospital municipal. Hemos querido citar expresamente esta condición de uno de los moradores de la desaparecida casa esquinera de Larga y Chanca para comprobar la analogía entre este –con un siglo de diferencia- y Don Juan Fabra, el doctor propietario y vecino de la misma, padre de las comentaristas a las que he querido informar de algunos de los habitantes que les precedieron en su casa natal.
Los inquilinos del bajo en estos mismos años eran dos dependientes montañeses y un empleado a punto de jubilarse, un asturiano de Merodio llamado Ramón Colosía.
Varios lustros después, en 1890, ocupaba la casa nada menos que el fundador de una de las pocas firmas vinateras supervivientes en el naufragio bodeguero local: Edmundo Grant Falcone. Londinense de nacimiento, había emigrado desde la capital del Reino Unido a esta pequeña pero floreciente ciudad del sur de Andalucía con solo 17 años, con el apoyo y protección de un pariente, (desconozco el grado) llamado Alejandro Grant, instalado en ésta, dedicado al comercio en pequeña escala que le buscó un empleo en el negocio de exportación de su compatriota Guillermo Oldhan, cuyas bodegas estaban en la actual calle Albareda. En la fecha que hemos citado era un anciano de 76 años y era su hijo Edmundo Grant López el continuador de los negocios familiares. Anteriormente había vivido con su familia en la misma calle, en la casa número 22, reedificada hace varias décadas por el doctor Fernández Prada, un lugar muy cercano a la empresa donde se inició en las tareas vinícolas. Es bastante probable que falleciera en esa casa, dos años después. (En la imagen de la izquierda, etiqueta de uno d elos productos de la Fábrica de Arguardientes y Licores de Edmundo Grant).
En 1895 la ocupan un comerciante y su familia. Ambos son miembros de conocidas y prestigiosas familias de la sociedad local de fin de siglo. Él, José Francisco Barreda Pérez, su esposa, Carlota Miranda Hontoria, nacida en Valencia, hija de un coronel de Caballería y tres de sus cinco hijos: Manuela y Carmen y un varón: José Barreda Miranda, que estudia en San Fernando, en la Escuela Naval. Vienen de residir en el número 41, la casa donde está ubicada actualmente una entidad bancaria, casi enfrente de la que nos ocupa.
Esta familia serán los últimos residente del siglo XIX. En 1904 están viviendo en la casa la familia Maraver Jiménez, pero eso es otro siglo. Y no quiero hacer interminable mi comentario. (Texto Antonio Gutiérrez Ruiz)
Antonio Gutiérrez Ruíz, uno de los fundadores de la hace 10 años desaparecida revista Puerto Guía, hoy reconvertida en asociación cultural de promoción del Patrimonio Histórico porteño, se ha especializado en la realización de estudios e historia de las casas portuenses. Pueden contactar con él directamente en el correo electrónico sedtel@hotmail.com

Ismael Abu-Omar Rubio, nació el Día de Andalucía de 1984, el 28 de febrero, en Jerusalem (Palestina) mientras su padre, el Dr. Fayez Abu-Omar ejercía allí su profesión. Teniendo menos de un año regresaron a El Puerto de Santa María, donde se crió y creció hasta los seis años en el edificio Ruiseñor de su tierra de adopción y de la que se siente. Posteriormente se mudaron a Pinar Alto.






Luis Frontela Carreras, Catedrático de Medicina Legal, Especialista en Medicina Legal y Forense, Especialista en Cirugía General, Especialista en Traumatología y Ortopedia, Director del Instituto Universitario de Medicina Legal y Ciencias Forenses de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla. Es uno de los forenses más reconocidos del país. Se formó en Italia y EE UU. Y en Scotland Yard en investigación de incendios.
Hijo de militar, Luis Frontela Carreras vino al mundo, por aquello del destino paterno, en la plaza de Melilla hace 68 años. Para la forensía empezó a nacer cuando, con apenas diez años, decidió hacerse Sherlock Holmes e inspeccionar las vías de un tren donde había muerto arrollada una niña. Entonces vivía en O Barco de Valdeorras (Orense). Después vino la carrera de Medicina y su formación de postgrado en Scotland Yard y el FBI.


Dice que el Servicio Andaluz de Salud le cerró su clínica portuense, que no pudo vender como quería, dando todas las facilidades, al entonces Ayuntamiento comunista. Dice que su mayor orgullo es haber sacado de la cárcel a muchos acusados de crímenes que nunca cometieron.
¡Cuántas veces le he dicho!: “Luis, ¿cómo puedes con tantas cosas, llevándolas todas adelante y además con tanto éxito y rendimiento?”, si llamamos éxito a beneficiar a tantas y tantas personas, familias, marginados, enfermos… y además, y ahí queda eso…! Crear cerca de mil puestos de trabajo. Me queda la satisfacción de haber sido testigo directo del inicio de su gigantesca labor tanto en El Puerto como en Jerez y toda la Bahía, a la vez que de su especial sensibilidad , humildad y afecto en el trato con todas las personas a las que ha atendido y atiende”. (Faustino Navas).
De padre porteño, Luis y madre asidonense, Pepita Morales como se lo conocía en Medina, tiene dos hermanos: Juan y Milagros, los cuales pasan por Colegio de las Carmelitas y los varones, también, al Instituto Laboral. (En la imagen de la izquierda, etiqueta de Anís Periquito. En la imagen de abajo a la izquierda, etiqueta de Ginebra One. Ambos productos de Destilerías Morphy).
La mala situación económica por la que pasa la Destilería le obliga a pasar grandes temporadas en Medina, con su abuelo Juan Morales, que era Abogado en ejercicio y gozaba de una buena posición social y económica. Como él mismo afirma, «--Soy un portuense recriado en Medina». Así que, en Medina, se organiza la familia, mandándolo a estudiar a los Jesuitas de Úbeda, donde estuvo tres años, quedando Juan en el pueblo y Milagros va a estudiar al Colegio del Valle en Sevilla, gozando de una gratuidad especial, al tener tres tías monjas de la mencionada orden.
Contaba 18 años y, mientras sus hermanos estudian Magisterio y Enfermería en Cádiz, él lo estudia por libre compaginando la destilación de las bebidas con los estudios pedagógicos y es así termina la carrera de Magisterio. (En la imagen, etiqueta del Brandy L.B. Morphy).

ACCION SOCIAL
CRUZ ROJA ESPAÑOLA. 





LAS MATRONAS.

Cuentan en la Hermandad una historia ocurrida en 1620. Es la historia de una mujer amortajada a la que vela su marido entre sollozos, alumbrados ambos, el cadáver y el doliente, por las candelas. En un momento, toda la habitación se ilumina con un fogonazo y del haz de luz emerge la Virgen y el marido que se hinca de rodillas y le pide que le devuelva a su mujer amada. La amortajada abre los ojos y se levanta. Así se publicó en la Revista Portuense, en su número de septiembre de 1922. Desde entonces, la Virgen lleva el nombre que lleva. (En la imagen, exvoto que se conserva en las escaleras de acceso al Camarín de la Virgen de los Milagros).
Y sí. Había pasado. Isabel se arrodilló. De testigo, todas sus compañeras. "--Isabelita, puedes arrodillarte. Isabelita, ¿qué ha pasado?"
La Iglesia es prudente con estos fenómenos. A Diego Valle, párroco de la Prioral, se le nota que no le gusta hablar del tema. "--Yo le he dicho a Isabel que vaya a ver al médico. Tiene que ser la medicina la que nos diga que ha ocurrido algo sobrenatural, algo que no tiene explicación. Mientras tanto, nos alegramos de que Isabel esté mejor, haya sido un milagro o no". Pero ya pronunciar la palabra milagro le cuesta trabajo. En más de veinte años de sacerdote reconoce no haber visto ninguno. "--Creo en los milagros, naturalmente, cómo no voy a creer, pero es cierto que es la primera vez que me enfrento a algo así. Porque sí, gente que dice que ve a la Virgen hay mucha, pero la fiabilidad es poca". (En la imagen, Diego Valle).
Juan del Río ha sido obispo de Jerez y en la actualidad es arzobispo castrense. El sí afirma conocer casos de curaciones. "--Son cosas que suceden, pero si no existe un mediador, si se produce espontáneamente, se agradece el alivio con unas misas y no se produce investigación alguna". Del Río fue postulador en la beatificación de Célia Méndez, fundadora de Las Esclavas, y allí conoció la cantidad de informes médicos, "a ser posible gente de la comunidad científica no decididamente creyente", para elevar el milagro a hecho. Es consciente de que la mayoría de la gente se toma este tipo de casos a risa: "--Es la alegría de los amigos y la mofa de los enemigos". (En la imagen, Juan del Río).
Donde la Iglesia sí se preocupa de investigar las curaciones milagrosas es en sus lugares de peregrinaje clásicos. Lourdes es el más importante de todos ellos. A esta pequeña cueva acuden cada año cinco millones de fieles, absolutamente seguros de que ahí se obran milagros. Sin embargo, pese a la multitudinaria presencia de fervorosos seguidores de la Virgen durante más de un siglo sólo se han certificado 67 curaciones, la última ocurrida en 1987 y aceptada por la Iglesia en 1999. Para ser más exactos, la comisión de seguimiento de Lourdes no habla nunca de milagros, sino de "hechos médicamente inexplicables". (En la imagen, el Premio Nóbel de Medicina, Alexis Carrel).






Nació en Córdoba el 15 de mayo de 1943. Hijo de Antonio León Amo, quien fuera director del Banco Hispano Americano y de Josefa García González, procedente de Montilla (Córdoba) llegó a El Puerto con 5 años, donde estuvo viviendo hasta 1966, es decir que se marchó con 23 años, aunque ha vuelto muchas veces y por muchas razones como leerán a lo largo de esta nótula. El olor de los vinos de Montilla y los de El Puerto influirían, de alguna manera, en la forma de entender la vida de este porteño afincado en Córdoba. Estudió en el Colegio de las Carmelitas párvulos y preescolar con la Señorita Paquita hasta pasar al Colegio de La Pescadería. Al finalizar el bachillerato y, muy influido por la amistad con aquel conocido médico de El Puerto, Miguel Duro del Moral, le entró la vocación y estudió Medicina en la Facultad de Cádiz, entre 1960 hasta 1963. En 1966 finaliza la carrera con sobresalinete en la Reválida de la Licenciatura. Fue Delegado de Facultad en los años 1965 y 1966, y miembro por elección del Consejo Nacional de Estudiantes. Hizo las Milicias Universitarias, licenciándose como Alférez de Complemento. Pero Sus raices con El Puerto se habrían afianzar más aún. (Fernando León, impartiendo una conferencia).





En otro momento, en la consulta privada, una señora muy 'desenvuelta', al entrar al despacho, le dice: "--¿No está su padre, que es a quien yo quiero ver?". A lo que Fernando le respondié: "--Lo siento. pero mi padre es Director de Banca y el Médico soy yo, que es a quien Vd quiere ver". Aquel fue el principio de una buena amistad. (En la fotografía de la izquierda, otra instantánea en la Feria de 2008: Fernando León, María Benjumeda Abreu, y la mujer de Fernando, Encarnita Gil de Reboleño).








RAFAEL ALBERTI.
Viajero incansable, se conoce España al dedillo y lamenta que, para lo que se viaja hoy, apenas conozca el resto del planeta: Ha estado como hemos indicado, en Cuba, Venezuela y Méjico. En Rusia, a la antigua Checoslovaquia, Francia, Portugal, Italia... Aficionado a la filatelia y a la pesca, en sus tiempos fue un gran jugador de fútbol y ha tirado a los bolos, aunque reconoce que nunca alcanzó el nivel de su padre. Alguna vez se desplaza a la Montaña, de la que es oriundo, acompañando al tirador de bolos Alejandro García. (En la imagen, con el poeta Marcos Ana, en una paella que le preparó en su casa. A la izquierda de la imagen, podemos ver a su cuñada, Lourdes Roselló, por medio de la cual y de su esposo, Carmelo Ciria, conoció al poeta porteño).




Curiosamente las palabras 'botica' y 'bodega' tienen la misma etimología: 'afotega' que significa almacén; uno de medicamenteos y otro de vinos. Le gusta el vino. Afirma que "--Cualquier vino fino de las bodegas de El Puerto es un buen vino". Más adelante se aficionó al Rioja, no solo como vasodilatador, sino porque está bueno. Se considera bebedor social: en casa no prueba una gota, pero en la calle, una copa de vino fino sirve como excusa para entablar una conversación, además de para degustarlo, porque, insiste, está muy bueno. Su familia tuvo varias bodegas en la Ciudad: en la calle Ricardo Alcón, junto a la Placilla; dos en la calle Nevería, y una en la calle Cervantes o Lechería. Tuvieron, además una Destilería (la etiqueta que vemos de 'Anís Flor de Valdáliga' se corresponde con uno de los productos que allí se destilaban) y regentaron varias tabernas y bares a lo largo de más de un siglo de ejercicio comercial, tal y como recoge Enrique Pérez Fernández, en su obra 'Tabernas y Bares con Solera': El Alba, Las Campanas, La Caridad, Las Delicias, Milindres, el Bar Las Flores, La Sacristía, Los Maeras, Los Maeras Chicos, El Resbaladero, El Imperial, La Solera, Triana, El Bar Moderno, el Bar Pontevedra, La Caballa y El Ermitaño.