
Hace unas semanas Teresa Almendros firmaba en el Diario de Cádiz un artículo titulado: “Una joya como antesala de las salinas” en el que informaba de la rehabilitación del antiguo molino de mareas situado detrás de la estación de ferrocarril y de su próxima puesta en valor. Y hace un lustro, la historiadora y documentalista Lourdes Márquez Carmona publicada enla Revista de Historia de El Puerto número 40 un extraordinario trabajo sobre este edificio industrial con el título: “El molino mareal del caño del Guadalete”, en el que desgrana su historia, características y peculiaridades, finalizando con la mención, en 1889, de su último dueño o propietario, el industrial harinero Francisco Puente.
También. dentro de dos o tres semanas se cumplirán dos años de la publicación en este mismo espacio de una interesante biografía sobre uno de los últimos alcaldes del antiguo Régimen, Luis Portillo Ruiz, que ejercería su cargo en la década de los sesenta del pasado, aunque reciente, siglo XX. (Ver nótula núm. 966 en GdP). En mi colaboración de hoy me referiré a los ascendientes del alcalde portuense y su conexión con el recién rehabilitado molino del caño. /En la imagen de la izquierda, el que fuera alcalde de la Ciudad, Luis Portillo Ruiz.
En lo que podemos definir como el primer polígono industrial de la ciudad, -sin considerar como tal el Campo de Guía, formado este expresamente para albergar almacenes de crianza de vinos- que podríamos situarlo en la zona aledaña a la estación de ff. cc., donde ya existía el matadero municipal, limitando con la última curva, el magnífico meandro de noventa grados que realiza el Guadalete antes de enfilar su desembocadura a la bahía, se ubicaron las fábricas de litografía sobre metal de Sanguinetti, o la primera fábrica de vidrio de Meléndez y Canavese, incluso la pirotécnica “Ntra. Sra. del Carmen”.

En esa zona, reutilizando las instalaciones de un antiguo molino de agua, que se servía de un caño o brazo del río del que aún perdura su nombre: “Caño del Molino”, unos inversores granadinos instalaron a principios del s. XX una moderna fábrica de harinas, a la que denominaron con el mismo nombre con el que se conocía el anterior molino denominado de “Jesús, María y José”, reduciendo su enunciado que quedaría como “Fábrica de Harinas San José”, realizando reformas en el edificio, habilitando parte del piso superior para viviendas, instalando en los bajos las maquinarias y cilindros que, movidas por un poderoso motor, realizaban las operaciones de moliendas, utilizando el sistema de fabricación conocido como “Austro Húngaro”. La amplitud del edificio permitía tener grandes depósitos de grano, así como amplios almacenes para los productos terminados que eran conducidos en vagonetas similares a las utilizadas en minería a través de un ramal de hierro conectado directamente con la zona de carga de la estación férrea.

Una imagen actual del molino mareal, de reciente restauración.
La compañía propietaria se titulaba “M. Portillo y Cia.”, siglas de Mariano Portillo Pineda, su director y gerente, además de accionista mayoritario, participando asimismo en la empresa un hermano, Luis Portillo Pineda y, posiblemente, su suegro y anterior propietario, Fernando Puente. Mariano Portillo, viudo y con una hija, casó en segundas nupcias con Emilia Puente Núñez, teniendo el matrimonio dos hijos: Luis y Victoria Portillo Puente. El primero de los citados, que terminó la carrera de ingeniería eléctrica, falleció en Sevilla en 1930, en plenitud de su juventud, con 27 años de edad. En los padrones de 1911 hemos localizado a la familia censada en la hermosa casa, hoy día en rehabilitación, de calle Luja número15, adonde se trasladaron desde la fábrica, en la que vivieron recién casados. Su hermano Luis estaba ya casado cuando se instaló en nuestra ciudad. Su esposa, Conrada Ruiz Müller, igual que él, y los dos hijos mayores llamados Luis, el alcalde cuya biografía figura en la nótula antes indicada y Angel, ambos naturales de Granada. En El Puerto nacieron tres hijos más: Angustias, Carlos y Tomás Portillo Ruiz. Vivían en la calle Angel Urzaiz, antigua dela Plata, número 2.
Los sagaces empresarios granadinos bien pronto se integraron plenamente en la sociedad portuense y además debieron gozar, asimismo, de una buena cuota de popularidad y prestigio en parte de la ciudadanía pues tan solo una década después, en 1912, Luis Portillo Pineda ocupaba el sillón más importante del consistorio local, siendo nombrado ese año Alcalde constitucional, cargo que repetiría en otra legislatura. Bajo su mandato se firmó un polémico contrato conla Compañíade Aguas de Cádiz, para abastecer a la capital de la provincia de agua potable procedente de los manantiales municipales deLa Piedad y se realizaron diversas obras de reforma y mejoras del piso y acerado de la calle Larga, incluido aquel tramo asfaltado posiblemente como un experimento o una demostración con un conglomerado especial y novedoso , entre las calles Ganado y Luna, que mantuvo su superficie intacta y casi pulida después de más de medio siglo implantado. Falleció en 1926. /En la imagen de la izquierda, el alcalde Luis Portillo Pineda.
El otro hermano, Mariano Portillo se presentó en las elecciones municipales de 1919 en el cuarto distrito, encabezando la lista de aspirantes a la alcaldía porla Coalición ElectoralConservadora. Aparte los antecedentes familiares, que ya era un punto a su favor, gozaba de las simpatías de un sector del electorado, al ser conocido además de por su actividad empresarial por su cargo en el Casino Portuense, una institución de tanto peso como pudiera serla Archicofradía, en polos opuestos, claro está, sociedad de la que era su vicepresidente. El día 1 de octubre de ese año, 1919, ya presidió la sesión municipal de ese día como Alcalde-Presidente.
Esta es, a grandes rasgos, la semblanza de los Portillo Pineda, industriales y políticos que coparon, junto al cuñado de Mariano, Fernando Puente Núñez, diferentes puestos de nuestra municipalidad, incluido el cargo de primer edil, a lo largo y ancho del primer tercio del pasado siglo. (Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. Puertoguía).

Felix García de Polavieja y Escribano nació el 29 de junio de 1876 en El Puerto de Santa María, hijo de Justino García de Polavieja y Urruela y de Ana María Escribano y Paúl siendo el menor de tres hermanos, Julio y María del Pilar. Vivían en el número 10 de la calle Larga.
DISTURBIOS ANTICLERICALES.








Ha transcurrido medio siglo y un lustro desde que un alcalde enamorado de El Puerto, su cultura, arte e historia, incluyera en el calendario festivo local unos juegos florales que complementase las celebraciones del denominado “Día de la Raza”, la fiesta conmemorativa del descubrimiento para la cultura occidental del continente americano, un 12 de octubre, “Día de la Hispanidad” día festivo a nivel nacional que aún perdura en el que, por aquellas décadas, de forma muy especial, El Puerto recordaba la participación de la entonces villa señorial en la gesta del Descubrimiento con diversos actos. /En la imagen, portada del programa de actos de la Fiesta de la Hispaniad.
EDUARDO GENER CUADRADO
JOSE MARIA CARRASCAL
ANTONIO ÁLAMO SALAZAR



RAFAEL GUILLEN
ANGEL GARCIA LOPEZ
Miguel Castro Merello fue un gran amante de la cultura y de lo exótico. Pertenecía a la generación que había ganado la Guerra Civil, en la que participó como alférez provisional, estando imbuido de ese espíritu imperialista al que eran tan propensos los de su época.

METALÚRGICO Y GANADERO.









LOS INICIOS: AÑO 1941.
Los beneficiarios eran, en su mayoría, ex combatientes del Bando Nacional a los que se le aplicó un sistema de explotación similar al de Doña Blanca. Así, pagaban sus rentas anuales, en este caso al Ayuntamiento, tanto en efectivo como en especie. También estaban obligados a realizar su aportación a la Cámara Agraria como cualquier explotación agropecuaria de la época. Todos los que hoy siguen en estas tierras son hijos o familiares directos de aquellos beneficiarios originarios. /En la imagen de la izquierda, el alcalde Fernando C. de Terry y del Cuvillo, apodado 'el Levante', por su fuerte temperamento.
Sin embargo, mantuvo las parcelas que hoy día siguen en una de las márgenes del Camino del Tiro Pichón. Eso sí, el Consistorio empezó a dejar de cobrar las rentas, aunque la Cámara Agraria siguió haciéndolo hasta su desaparición en la década de los ochenta. /En la imagen de la izquierda, el alcalde Fernando T. de Terry Galarza.
José Jiménez lo explica: "--Yo he nacido aquí. Tengo 65 años y esta es la única casa que he conocido. Pero ahora me acusan de que soy un okupa". Todas las viviendas cuentan con agua potable, una red que está conectada a la red general de Apemsa, quien autorizó los enganches. Incluso, algunos cuentan con permisos de luz concedidos por Hernán Díaz y Juan Carlos Rodríguez. Sin embargo, no pudieron contratar el suministro por lo que recurren a placas solares o a motores. Incluso, María asegura: "--A mí, Hernán me consiguió los materiales para hacerme mi casa". Acto seguido, Milagros apunta: "--Y a mí me dio permiso para hacer la valla de la mía". José Miguel Gómez Pedrosa, abogado del grupo de colonos, señala al respecto: "--A estas familias no se les puede acusar de ser usurpadores de un terreno público por la naturaleza y el recorrido histórico de este asentamiento ya que las mismas en su día contaban con contratos de arrendamiento, cuya posesión del terreno ha sido conocida, consentida y tolerada pacíficamente por el Ayuntamiento a lo largo de décadas". /En la imagen, el alcalde Hernán Díaz Cortés.
Ante esto, el letrado de los afectados inició hace más de un año los contactos con el Ayuntamiento para tratar de buscar una solución amistosa. De hecho, se mantuvieron encuentros con el alcalde, Enrique Moresco, y con el concejal de Patrimonio, Francisco Aguilar. Este edil se comprometió con los colonos a buscar una solución pero, un año después, no se ha recibido una propuesta. Días atrás, volvieron a solicitar un nuevo encuentro con la primera autoridad de la ciudad. Sin embargo, los colonos critican que el Ayuntamiento, ni siquiera, les permita acceder al expediente completo de estas fincas./En la imagen, el actual alcalde, Enrique Moresco García.
«Existe en nuestro pueblo una herencia espiritual, pero no un patrimonio de raza. El Puerto no es la estirpe, no es la raíz o tronco de una familia. La ciudad tiene más de alambique y de molde, que de cuna. En cuanto corre por la sangre un miligramo de sal marina de la que satura el ambiente o una gota del vino sutil de estas soleras que sin embriagar adormece, El Puerto ha realizado su conquista. Un hijo de castellanos-cántabros, nacido aquí, dirá siempre que es portuense. Dirá lo mismo que el nieto del inglés o de otros extranjeros. El ambiente penetra, domina y caracteriza cuanto se le entrega.»
Lo que este portuense del siglo pasado vio en El Puerto es lo que cualquiera puede comprobar hoy, sigue vigente. Las procedencias de todavía más lejos y más variados rincones del mundo, como se comprueba en el padrón de habitantes. Las preferencias para escoger, amar y vivir El Puerto, de diversa índole. Y el que viene obligado por circunstancias, o por casualidades de la vida, acaba en un idilio de por vida con esta Ciudad. Idilio que se traduce en irregulares resultados para con este Puerto de arribada, de abrigo, de arrebatacapas, de claridad, franco y de Santa María.
El segundo hijo de Gervasio Winthuysen La Haya y María Magdalena Garrasi sería bautizado como Tomás Felipe al día siguiente de su nacimiento, un miércoles 20 de diciembre de 1705, de manos de Don Tomás Antonio de Abreu y Brito, cura en la iglesia Mayor Prioral de El Puerto, y apadrinado por Juan Bautista Porro, de la familia política del tío de su padre, Mathias Winthuysen.
Estos documentos, conocidos como “relatorios” eran informes técnicos realizados por encargo de alguna autoridad. En este caso, parece que por encargo del Virrey, aunque en el encabezamiento del documento original, que consta de once pliegos, simplemente se enuncia como “Señor”. Reproducimos el primer y último párrafo de dicho documento, en el que puede apreciarse por su redacción el alto nivel de educación, conocimiento y observación del redactor del mismo.
