Francisco Mata López, nació el 15 de junio de 1933, en el número 13 de la calle Meleros, -- día del Corpus Cristhi--, año en el que las mujeres españolas pudieron ejercer su derecho al voto por primera vez en una elecciones legislativas.
2.486. Las Canteras de San Cristóbal (5). Isla Cartare XIII
Figuras antropomorfas en una jamba a la entrada de una cantera-cueva, sin datación. / Foto, Juan José López Amador, años 80.
En la piedra que conforma el relieve y las entrañas de la Sierra de San Cristóbal se encuentra su propia historia, el soporte con el que se construyeron todas las estructuras de los hábitats que se fueron sucediendo en su solar desde hace, al menos, 5.300 años.
Joaquín Carretero era un portuense nacido en Jerez de la Frontera en 1924 y fallecido en 1991, hijo de los también jerezanos Pedro Carretero y María Gálvez Barrera, una conocida matrona que alumbró a muchos porteños.Sacerdote jesuita, estaba en posesión de un Doctorado en Filosofía que obtuvo defendiendo la tesis “El concepto de belleza en la Biblia”, un análisis profundo de la belleza y de las componentes estéticas del libro sagrado, en la Universidad Complutense de Madrid en 1976.
Cara de la lápida que se grabó para la primera capilla (76 x 76 x 6 cm). / Foto, Centro Municipal del Patrimonio Histórico.
El pasado día 2, el director del Museo Municipal, Javier Maldonado, me invitó a presentar la ‘Pieza del Mes’ en su sede del Hospitalito: la lápida fundacional de la capilla de Jesús de los Milagros (1720), la que existió, hasta que se derribó en 1953, en la calle de su nombre esquina a Luna, en la acera izquierda viniendo de las Galeras, frente al bar La Mezquita.
Al fondo la Sierra de San Cristóbal, desde El Puerto, en imagen tomada en los años 70.
En 1268, cuatro años después de que Alfonso X conquistara el territorio de la cora (provincia) andalusí de Siduna, se procedió al reparto de las tierras y aldeas que conformaron el actual término municipal portuense, a excepción de Sidonia. Sidonia era la antigua capital de la cora (743-845) que existió en el entorno del Castillo de Doña Blanca (ver nótula 2.451), cuyo término no fue incorporado a Santa María del Puerto hasta comienzos de 1284, poco antes de fallecer –el 4 de abril- el rey Sabio.
Portada de la colección de artículos de prensa publicados entre finales del siglo XIX y principios del XX, por Juan Cárdenas Burgueto, recopiladas por su autor en 1918.
Hace poco más de cien años llegaba una carta que firmaba Juan Cárdenas Burgueto a manos de José Luis García, en esa fecha presidente de la recién creada Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia.
Manuel Pérez Casaux cabalgó por todos los géneros literarios con soltura: se lo permitía su vasta cultura, su sensibilidad y su sentido de la responsabilidad social. Se formó inicialmente como Maestro y posteriormente como licenciado en Germánicas. Sabía lenguas clásicas y hablaba varios idiomas modernos. Le interesaba todo lo humano.
Han pasado seis años desde que se publicara este artículo de Antonio Carbonell en Diario de Cádiz, en mayo de 2009. No solo se han mantenido el estado de cosas, sino que ha empeorado. El último párrafo no tiene desperdicio.
En agosto de 1919 se instaló en la plaza del Castillo un teatro de los de quita y pon, propio del industrial portuense Manuel García Rodríguez desde que lo construyó en 1909, cuando se estrenó en el paseo del Vergel con el nombre de ‘Salón-Teatro Variedades’.
Mosaico con la representación de la batalla del Guadalete.
A comienzos del siglo VIII, la frágil estructura institucional y económica de la sociedad hispano-visigoda se iba a derrumbar ante el imparable avance del Islam desde el norte de África. Tras una primera incursión de reconocimiento, en junio de 711 un contingente militar de 10.000-12.000 beréberes al mando de Tariq cruzó el Estrecho y se dirigió al río Guadalete –el wadi Lakka de las fuentes árabes-, donde se produjo el primer y decisivo enfrentamiento entre las dos civilizaciones religiosas, que conllevó el fin de la decadente monarquía visigoda y el comienzo de una época que cambió de raíz la historia de la Península Ibérica.
En la imagen, José Grant, en el centro su tío Manolé --Manuel Pérez Layrant-- abuelo materno de José Luis Parra ‘Peli’, junto a éste Rafael Martínez Velázquez. Manolé era hermano de la esposa de Grant y de la esposa de Ciria. El séptimo por la izquierda es Antonio Bueno Ojeda. En la fila de abajo, con la botella en la mano, Vicente Alfaro Gallardo. Agradecemos a los lectores de GdP la identificación que nos ofrecen. Años 50 del siglo pasado /Fotos: Colección J.L.G.
La vida de Anzonini fue una fiesta: un cantaor y bailaor festero cuya biografía y legado reconstruye Andrés González Gómez a través de entrevistas con sus compañeros de juerga. Este singular personaje porteño, Manuel Bermudez Junquera(ver nótula núm. 524 en GdP)cantaor y bailaor, embustero profesional, viajero por medio mundo con su arte, ha sido presentado en diversas localidades sin que, en El Puerto, tengamos noticias de que vayamos a asistir a su puesta de largo, a la presentación del evento biográfico de unos de sus hijos. Ni ayuntamiento ni peñas flamencas parece que lo tengan entre sus planes.
Fue editado en 2013 por ‘El Flamenco Vive’, en Madrid, el año 2013. 384 páginas, incluye CD. Se puede encontrar pulsando aquí.
La estirpe de cantaores-bailaores festeros es un género dentro del mundo de lo jondo. Parece ser que los hubo desde que se inventó la fiesta, y hoy en día, esta faceta jonda goza de excelente salud en las voces y el baile de Luis Peña o Javier Heredia, por señalar dos ejemplos a vuela pluma. Fue un género algo secreto, porque se trata de una forma flamenca de intimidad, aunque en algunas ocasiones se asomó, y se sigue asomando, al tablao y a los festivales. Pero su espacio natural es la fiesta íntima. Fueron, son, maestros del compás y del quiebro bulearo, y sus nombres deben figurar con letras doradas en la historia de lo jondo. Fueron y son, sin ánimo de exhaustividad, Paco Valdepeñas, Ansonini del Puerto, Fernandillo de Morón, Pepito Vargas, El Mono de Jerez, El Funi, El Andorrano, El Marsellés, Enrique Pantoja, etc.
Anzonini, junto a Fernanda de Utrera al día siguiente de algunas de sus innumerables fiestas.
Uno de ellos fue Manuel Bermúdez Junquera (Jerez de la Frontera, 1917 - Sevilla, 1983), conocido artísticamente por Ansonini o Anzonini del Puerto. Andrés González Gómez indaga en esta obra en el origen de este curioso apodo, sin ofrecer una respuesta definitiva. El propio Ansonini afirmaba que era un apellido que se perdió en su árbol genealógico que tenía antecedentes italianos. Por eso González se ha ido a Italia a recabar información pero, como digo, ésta no resulta conclusiva. Lo cierto es que, como uno de los entrevistados en esta obra afirma, Ansonini era un grandísimo embustero. Maestro de la burla y la burlería.
Anzonini del Puerto en la Universidad de Washington en 1982. Estos son algunos detalles de su baile y arte tan genuinos.
La obra se articula como un recorrido biográfico y cronológico. La investigación ha ido a los archivos, aunque se basa en su mayoría en declaraciones de testigos en primera persona de la vida de Ansonini. Son cientos las entrevistas que recoge esta obra, expuestas de forma cronológica: Alfonso Queipo de Llano, Pierre Lefranc, El Monga, Ángel Camacho, Paul Shalmy, Manuel Portela, Juan del Gastor, Paco del Gastor... El libro también incluye entrevistas o testimonios históricos que González ha recabado de publicaciones periódicas o de libros como los firmados Donn Pohren. Asimismo, ha seguido el autor la huella de Ansonini en internet, hasta el punto de ofrecer más de 40 referencias electrónicas, entre ellas, Gente del Puerto.
La fiesta más grande que recuerdo, Fiestas en Málaga, Las fiestas del Casinillo, Fiestas en Seatle o Fiestas en Sevilla son sólo algunos de los títulos de capítulos de esta obra alusivos al flamenco de intimidad que practicaba Ansonini. La vida fue una fiesta para este flamenco con alma lúdica que "nunca fue viejo" al decir del guitarrista Juan del Gastor, que lo acompañó en tantas de estas reuniones nocturnas. Es cierto. Los testimonios gráficos -abundantes- que nos ofrece esta obra lo presentan más estilizado y juvenil conforme pasan los años. Hasta el punto de que muchos se asombraron cuando descubrieron la edad real del personaje el día que murió.
Ansonini, aunque nacido en Jerez, vivió en El Puerto (donde tuvo muchos años una carnicería), en Morón, Madrid y Sevilla, y pasó largas temporadas en la costa californiana, por ese vínculo enorme que tuvo con el flamenco moronense. De hecho, circula un vídeo en iternet que lo presenta como "gitano y carnicero de carne de toro". En todos estos lugares dejó huella, y de todos ellos alimentó su estilo cantaor y bailaor. También pasó en los años 60 por los tablaos de Madrid y la Costa del Sol, así como por los festivales bajo-andaluces de los primeros 70. De hecho el cantaor y bailaor no se inició profesionalmente hasta los 60.
Un sentido lúdico de la vida basado en un compás exacto pero humano, alejado de la cualidad metronómica de muchos de los intérpretes actuales. Con todo, Ansonini tiene muchos seguidores hoy y su escuela no acabará hasta que el flamenco acabe, como demuestran jóvenes intérpretes como los citados más arriba. Eso es lo que menos me interesa del libro, ese carácter de fin de una época, de "cualquier tiempo pasado fue mejor", que es fruto, más que de la intención del autor, del espíritu de la mayor parte de los entrevistados, que ya no son jóvenes, aunque sí lo eran en la época que evocan.
Diego del Gastor y Anzonini del Puerto.
El libro se acompaña, como es norma en las publicaciones de El Flamenco Vive, de un CD con 13 pistas de audio y un vídeo. Los registros sonoros nos presentan a Ansonini acompañado por Diego el del Gastor en fiestas de Morón, Rota, Málaga y Seattle, en este último caso con la guitarra de Keni el Lebrijano, en los años 60, 70 y 80, así como una grabación de Carmen Amaya en la que Ansonini le acompaña a golpes de nudillos y palillos. El repertorio nos lo presenta como cantaor eminentemente festero, obviamente: siete bulerías, dos bulerías por soleá, dos alegrías y una seguiriya. Estas grabaciones, a parte de la voz del cantaor, nos ofrecen el regalo del toque intenso, ensolerado y seguro de Diego del Gastor. La voz de Ansonini era rozada y cálida, visceral, de pura entrega flamenca. Su baile era corto, muy elegante, directo y esencial. Aunque los bailaores y cantaores festeros habitualmente son cortos de repertorio, lo característico de su estilo es que cantan y bailan a un tiempo. Por eso, aunque su repertorio se repite de una fiesta a otra, en realidad es siempre distinto, porque hablamos de un arte de inspiración. Tanto es así que en este disco podemos apreciar la creatividad de Ansonini para improvisar letras sobre la marcha. Otra cosa es la rima, claro, pero ¿a quién le importa? Lo importante es el compás, de ahí que sus bulerías incluyan, de forma abundante, cuplés y canciones populares. Hasta tal punto es original el baile de Ansonini que Mario Maya reconocía haberle cogido su molinete de brazos. También su famoso brazo caído era único.
Este vídeo muestra la intervención de nuestro cantaor y bailaor en la película documental Garlic is as good as ten mothers (1980) de Les Blank sobre la incidencia del ajo en la cultura española y gitana. Allí Anzonini baila y canta al tiempo que aliña y embute un chorizo. /Texto: Juan Verguillos.
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