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Animación de Julio González. Jefe de Fotografía de Diario de Cádiz.

El día de ayer quedará para la historia de la Bahía. Dentro de unos años, la gente del Puerto se preguntará: "--¿Que estabas haciendo a las 18:20 de la tarde, del 30 de agosto de 2011, cuando se hundió el Vapor?". Porque, como otros acontecimientos que se quedan en la memoria, este lo será para recordar. Como aquella vez en 1966 que pasó una noche, con niebla, en medio de la Bahía. Como cuando algunos de sus usuarios se cayeron al agua. Como cuando Rafael Alberti llevó el timón. Como cuando celebró el 75 Aniversario...

Ahora todos se lamentan, pero bien que (casi) todos dejaron el Vapor a su suerte. Ayuntamiento, Diputación, la Junta, el Consorcio de Transportes, vecinos de Cádiz y El Puerto... El Vapor  no podía más. Esta ha venido a ser la puntilla. ¿Lo veremos otra vez a flote?

Vídeo de I.J.Poveda.

El sentimiento, hoy, como de pérdida de un ente querido.

Más información en Gente del Puerto:
359. EL VAPOR DE EL PUERTO
412. A BORDO DEL VAPOR ADRIANO II
512. FIN DE AÑO CON EL VAPOR.
557. EL VAPOR ADRIANO.
662. LA BECERRADA.
888. EL VIAJE MAS LARGO.
907. JUAN FERNÁNDEZ SANJUÁN. El otro patrón del Vapor.
1.026. JOSÉ FERNÁNDEZ SANJUÁN. Pepe ‘el del Vapor’.
1.091. EL VAPOR DE EL PUERTO. 48 años después.

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El Obispo y La Obispa,

Una de las grandes cantaoras de El Puerto de Santa María desconocida por los aficionados de esta Ciudad y del resto de la España flamenca es La Obispa, abuela materna y matriarca de la familia cantaora de los Núñez Núñez, como son: Orillo de El Puerto, Juan Núñez, Rancapino y Manolo de los Ríos, biznieto por parte materna.

Actualmente hay bisnietos de La Obispa que pueden llegar muy lejos en el flamenco como el ya mencionado Manolo de los Ríos y un hijo de Rancapino que lleva una carrera ascendente, apodado Rancapino Chico. Todos los componentes de esta familia tienen un sentimiento de compás extraordinario, son grandes festeros, lo traen en los genes flamencos de sus antepasados. Con esta mujer se han cometido grandes errores en cuanto a su categoría como cantaora, con su nombre, apellidos, lugar de nacimiento y demás datos.

DICCIONARIO DE FLAMENCO.
Ojeando el Diccionario Enciclopédico Flamenco Ilustrado, me encuentro con los datos que aportan sobre esta mujer de la cual dice textualmente: “Obispa, La. Nombre artístico de Antonia Núñez Heredia. Chiclana de la Frontera. (Cádiz>), 1894-1976. Cantaora. Abuela de Rancapino y Orillo del Puerto, su trayectoria artística la proyectó en fiestas íntimas, hasta que en 1974, con ochenta años obtuvo el primer premio por alegrías en un concurso celebrado en su ciudad natal; participó al año siguiente en el festival Fiesta de la Parpuja”.

La persona que aportó los datos de La Obispa al Diccionario ya mencionado no tenía ni idea. Le colocó los apellidos del marido, que era un gitano nacido en el primer tercio del siglo XIX, en Chiclana , de nombre Ramón Núñez Heredia, y de profesión herrero.

Quiero hacer constar que este artículo no lo escribo como crítica, sino por aclaración de la verdad, ya que yo colaboré en ese Diccionario Flamenco, una estupenda obra en la que se puso mucho cariño, y más conociendo lo pulcro que es en sus escritos flamencos mi amigo al que yo considero, José Blas Vega.

CALLE CERVANTES.
Yo llegué a conocer a La Obispa, vivía en el barrio gitano, en la calle Cervantes número 8, a unos cien metros de mi casa; tuve la suerte de oírla cantar en varias ocasiones. En el Padrón de El Puerto de Santa María, del año 1950, aparece viviendo con su hija Eduarda Núñez García en la calle ya mencionada. En este domicilio vivieron los últimos años de su vida. Esta mujer fue hija de gitanos gallegos emigrados al Puerto en 1870, su nombre y apellidos eran Antonia García Moreno, nacida el 24 de noviembre de 1886. Falleció el 12 de abril de 1963, según consta en el libro número 6, folio 24 vto. 33, de la iglesia de San Joaquín.

Según me comentó José Brea ‘Breíta’, el la escuchó cantar en varias ocasiones, pero la que más recuerda fue en Vejer de la Frontera, en un bautizo de un familiar de La Perla de Cádiz, en los años cuarenta. Cuando esta mujer terminaba de cantar los gitanos se rompían las camisas.

AGUJETAS, EL NEGRO, TÍO ALONSO…
El Viejo Agujetas anduvo veintiséis kilómetros de Rota al Puerto para oírla cantar. Quedó prendado del cante de esta gitana. José de los Reyes el Negro, la oyó cantar en muchas ocasiones, pero cuando más le impresionó fue en un bautizo de un hijo de La Tormenta, gitana vecina de La Obispa, en el año 1938. Tío Alonso el del Cepillo, cuando la escuchó cantar dijo esta frase: “--Lo mejor que hizo su marido: no dejarla cantar, porque en aquellos tiempos hubiera sido una ruina para este hombre, de cómo cantaba esta mujer”…. /A la izquierda, Tío Alonso el del Cepillo.

ANZONINI, CARACOL, ORILLO…
A mi amigo Azonini, en su último viaje a Madrid, le pregunté si había oído cantar a La Obispa y me dijo que sí, que cuando él tenía unos veinte años la escuchó en una boda gitana, a ella y Diego el Gurrino, que eran dos fenómenos en los cantes gitanos de Los Puertos. Manolo Caracol mandó llamar a Orillo y le dijo: “Ramón, quiero que me acompañes al Puerto de Santa María para escuchar cantar a tu abuela”. Pero no pudo ser porque un mes antes del viaje, falleció Tía Antonia La Obispa.

Hablando con Ramón Orillo, como le llamamos aquí en El Puerto, le pregunté que le parecía su abuela cantando. Me dijo: “--Mira Antonio, el flamenco es tan ingrato, que hay cantaores fenómenos que pasan sin pena ni gloria, este es el caso de mi abuela. Yo la conocí cantando en muy buena forma, era genial y lo pueden atestiguar muchos aficionados flamencos que viven todavía”. /A la izquierda, Orillo.

Y me siguió contando Orillo: “--Pastora Pavón Niña de los Peines y su marido Pepe Pinto la oyeron cantar en una fiesta en Chiclana y se la quisieron llevar con ellos a Sevilla. Mi abuelo dijo que tenían que pasar por encima de su cadáver y no le habló más a estos dos grandes artistas. Te puedes imaginar como cantaba mi abuela”. También me contó Orillo que su abuela tenía parentesco con Gitanillo de Triana y Curro Puya, dos toreros gitanos del siglo XIX.

EN EL PUERTO.
Yo la oí cantar un par de veces en El Puerto, la primera fue en 1959, en la celebración de una Toma de Dichos. La segunda sucedió en 1961, con mi inolvidable amigo José el Negro. Tenía yo cuando la escuché esta segunda vez 19 años, y está la siguiente anécdota: Me encuentro con El Negro en la Plaza de Abastos y le pregunto: “—Donde vas, José”. El me responde: “—Voy p’casa”. Y como los dos vivíamos en la misma zona, nos marchamos juntos para esta. Al pasar por la puerta donde vivía Tía Antonia La Obispa, estaba sentadita en una silla de anea. Al verla, nos paramos para hablar con ella. El Negro, como era un pícaro, empezó a cantarle para que ella le respondiera, pero ésta callaba. En de esas le dice El Negro: “—Tía te voy a cantar la soleá de Teresa Mazantini”. Cuando terminó de cantar le respondió Tía Antonia muy seria: “--¡Ese cante no es como tu lo haces!”, y salió cantando por soleá de tal forma que nos quedamos los dos asombrados de lo que guardaba esta mujer dentro. Tenía un dominio de los tonos medios fenomenal, hacía de manera magistral el cante por soleá de la Mazantini a la que, según ella, llegó a oírla cantar y de la que fue una gran admiradora. /El Negro, en la imagen de la izquierda.

Hablando por teléfono con Luis Suárez Ávila, colaborador de GdP, le pregunté si había oído cantar a La Obispa. Me respondió que sí, en los años sesenta, en un Casino que había en la calle Larga en El Puerto; la escuchó cantar por siguiriyas y romances. Y por último, comentando con mi gran amigo Luis Gatica algunos datos sobre La Obispa, me dijo que cantaba estupendamente y daba su vueltecita por fiestas con mucha gracia.

En la Peña Carnavalesca ‘La Parra Bomba’ había una foto en la que aparece La Obispa junto a su marido. Esta peña gana en 1998 un primer premio de comparsa en el Carnaval de Cádiz. La gran mayoría de sus componentes son de raza gitana. Uno de ellos, José de los Ríos Núñez, socio fundador de la entidad, estupendo músico comparsista, muy conocido en los medios carnavalescos gaditanos, es biznieto de Tía Antonia, hermano de Manolo de los Ríos.

Tía Antonia vivió en muchos pueblos de la costa gaditana, debido al oficio de su marido. Éste se dedicaba a hacer anclas, clavos y útiles para los barcos de pesca. Se quedó viuda en los años cuarenta y se instala definitivamente en El Puerto, la ciudad que la vio nacer. Como dato aclaratorio diré que la información sobre los ancestros gallegos de La Obispa son datos aportados por su familia. Esta mujer no llega a los ochenta años, como dice el Diccionario Flamenco, sino que murió con setenta y siete como indica la defunción. Finalizo con este poemilla:

Tía Antonia,
Tu cante por toná
Me trae aromas
A clavitos y canela
A yerbagüena y azahar.
Tu música a yunques
Y martillos a compás.
Y tu voz de terciopelo morá
Desgarran quejío fragüero
Templando a fuego
Al rojo metal.

(Texto: Antonio Cristo Ruiz.)

Pío Baroja y Nessi (1872-1956) escribe hasta en cuatro ocasiones de El Puerto de Santa María, en dos de sus novelas en ‘Las inquietudes de Shanti Andía’ (1911) y ‘El mundo es ansí' (1912 ) y en dos biografías incluidas en la colección ‘Vidas Españolas e Hispanoamericanas del Siglo XIX’, de 1931 y 1932.

En esta ocasión traemos de dicha colección la biografía titulada ‘Juan Van Halen, el oficial aventurero’ (1933), personaje que ya presentamos a los lectores de Gente del Puerto en la nótula núm. 748. Baroja, que contaba 61 años de edad cuando la termina y publica, haciendo gala de su ‘sentimiento trágico de la vida’ describe en el Epílogo Egotista (egotismo: prurito de hablar de si mismo) paisajes y escenarios de El Puerto, algunos de los cuales reproducimos aquí.

«Esta bahía de Cádiz es un lugar a propósito para morirse. A mí, al menos, me da esa sensación. Yo recuerdo Cádiz y su bahía de una manera romántica. Es decir, de un modo melancólico y nostálgico. Se me ocurrió ir a Cádiz, hace ya algunos años, convaleciente de unas fiebres, con la idea de buscar una casa donde pasar una temporada tomando el sol. La primera impresión, que me produjo languidez, acabamiento, se me grabó de un modo indeleble. No la pude corregir después, ni modificar siguiera en estancias posteriores. La visión un poco febril del convaleciente fue para mi definitiva.

Estuve en Chiclana, en San Fernando, en Puerto Real; mejor dicho pasé por estos pueblos grandes, blancos, inundados de sol, de calles largas, hermosas, achabacanadas por unos nombres vulgares escritos en azulejos con letras descomunales: calle de Fernández Martínez, de Pedro López, etc.

Luego fui al Puerto de Santa María y paré en el hotel Vista Alegre. El hotel, ya viejo, descuidado, con cierto aire extranjero, tenía gracia. En las paredes de los pasillos colgaban cuadros, estampas con vistas y escenas de los Alpes y un mapa del reino lombardo-vénero.

El hotel, según se decía, había sido fundado en 1846, época de prosperidad del Puerto, por unos italianos caldereros. Por entonces daba la impresión de abandono, las puertas cerraban mal, los suelos estaban alabeados, los pestillos se caían. Todo me parecía ruinoso, desolado y decadente.

En el hotel encontré un vasco, en su juventud fabricante de velas para barcos. Era hombre fuerte, ancho, sonriente y optimista.

A la izquierda el Casino, en la calle Larga, donde hoy está Café di Roma.

El vasco me acompañó en mis andanzas. […] El vasco tenía su centro en un casino, adonde iba a hablar, que a mí me parecía un poco lánguido y aburrido. Yo paseaba por el pueblo, recorría varias veces el Vergel, la Victoria, el parque de María Cristina [?] y la Plaza del Polvorista; contemplaba las paredes de la Prioral y el castillo de San Marcos; iba y venía por las calles anchas, por las casas barrocas, encaladas, con rejas, ventanas y puertas verdes; me acercaba a los miradores donde cosía o bordaba alguna muchachita.

Estas calles de el Puerto de Santa María, desiertas, con sus proporciones de calles de gran ciudad, con casas magníficas, palaciegas, tenían aire de tristeza en los días lluviosos. Cuando me rendía de andar iba al casino a buscar al vasco alegre y sonriente. Este se reunía con algunos amigos del pueblo que celebraban sus frases. Uno de los contertulios, joven entusiasta de Ibsen, que estría en algunos periódicos de Cádiz, recitaba romances antiguos, entre ellos el de Diego Corrientes, que al despedirse de la prisión de El Puerto para ir al patíbulo se lamentaba diciendo: ‘Torre e Santa María,/ ya no te gorveré a ve,/ yo que tanto te quería’.

[…] Me había hablado el vasco de Rota como pueblo en donde sería fácil un cuarto soleado donde poder estar una temporada, él conocía a una mujer que tenía huéspedes, viuda de un marino. Fui al pueblo. /Van Halen, en un grabado de 1830.

Desde el Puerto de Santa María a Rota, la costa es baja, arenosa, con algunos pinos hacia Chipiona. Al marchar en el tren, a la izquierda, aparecía el mar y una tierra baja, amarilla, con viñedos, matas de guisantes muy verdes, frutales, que entonces mostraban sus flores como en una cascada blanca y violácea, pitas y algunos molinos de viento. Por la derecha se veían dehesas verdes con toros, y por el camino pasaban recuas de arrieros.

Dos o tres días más pasé en el Puerto. Una mañana de mucho sol salí hacia la playa de Santa Catalina y me senté en la arena carda de una marisma y de unos montones de sal. A pocos pasos había un caballo muerto, ya seco. Parecía sonreír al sol con sus dientes grandes mientas se iba momificando. No daba su cadáver impresión de corrupción, sino de sequedad de un organismo que se iba convirtiendo en polvo. Quizá había sido un caballo magnífico y brioso. De él no quedaba casi nada. La soledad, el silencio, la esterilidad del alrededor me dio una impresión de quietud, de acabamiento y de muerte. La misma impresión retorna a mí con vaguedad al pensar en este Van Halen, enterrado en el Puerto de Santa María". Madrid, febrero de 1933. Pío Baroja.

Nunca un final tan triste ha podido semejarse tanto, a veces y por momentos, a este El [Gran] Puerto de Santa María.

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| Texto: José María Morillo.
En el lugar conocido como plaza o ‘Cuesta del Carbon’ --quizás porque en este espacio cercano al río se acumulaba el carbón, artículo de primera necesidad como conbustible  para las embarcaciones-- se erigió en 1938 la Plaza de Cristóbal Colón, en memoria del almirante descubridor de las Américas. En la cercana Plaza del Castillo se puede leer en una de las placas adosadas a su fachada: «En memoria de Cristóbal Colón vecino de esta Ciudad y protegido en ella y de sus compañeros en el legendario viaje del Descubrimiento del Nuevo Mundo: Juan de la Cosa y Pedro de Villa, vecino el primero e hijo el segundo de la misma ¡Gloria al Ingenio! El Excmo. Ayuntamiento de 1892, en el Cuarto Centenario».


...continúa leyendo "1.120. PLAZA DE COLÓN. O Cuesta del Carbón."

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Efectivos municipales tras el incendio. /Foto: J.M.Serrano.

Hoy se cumplen 23 años de la tragedia. A las 14:20 de la tarde de aquel fatídico miércoles se producía una gran explosión que se escuchó en todo El Puerto, dando pie al pavoroso incendio que consumió un millón y medio de litros de alcohol almacenados en la empresa Alcoholera de El Puerto, S.A., propiedad del empresario granadino afincado en Jerez, Luis Javier Sánchez Navajas. La factoría llevaba un mes sin producir debido a las vacaciones estivales de los trabajadores, acogidos del Convenio de la Vid, y se estaba preparando para su puesta en funcionamiento, ese mismo día, a las seis de la tarde. Una semana antes se había producido un conato de incendio. ...continúa leyendo "1.116. LA EXPLOSIÓN DE ALCOHOLERA DEL PUERTO. 24 agosto 1988."

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El 18 de febrero de 1966 llegaba a El Puerto de Santa María la sexta etapa de la XIII edición de la Vuelta Ciclista a Andalucía que se disputó entre los días 13 y 20 de febrero de ese año, con un recorrido de 1267 kilómetros, divididos en ocho etapas, con inicio y final en Málaga. Participaron 48 corredores repartidos en cuatro equipos del que solo lograron finalizar la prueba 37 ciclistas.

En la imagen podemos ver en la fila superior de la tribuna instalada en la Plaza de Isaac Peral a la altura de calle Larga, el cuarto por la izquierda, a Rafael Sotelo, maestro nacional, director del Colegio del Hospitalito; tres más a su derecha, el escultor y autor de relojes de sol, Poullet. En el centro de la imagen, vemos a señoritas de la localidad, entre ellas a Aurora Muñoz Ávila junto a Antonio Romero Castro, jefe del negociado de Fiestas del Ayuntamiento. A su lado, José Luis Gómez, Jefe de Publicidad de Bodegas Osborne --cuyos vinos se pueden observar en la imagen, un poco más a la derecha, Juan Martín Vélez y, asomando la cabeza, Manuel Muñoz, de Papelera Portuense. Abajo el tercero por la izquierda el ordenanza del Ayuntamiento Juan Valiente Moreno y casi oculto a su lado, el maestro y ‘practicante’ Ciro Morata Torres. Con el ramo de flores, el ganador de la etapa, el belga Arthur Decabooter. /Foto: Colección Vicente González Lechuga.

El ganador de la etapa Sevilla-El Puerto, fue el belga Arthur Decabooter. Al día siguiente los corredores cubrieron la etapa El Puerto-La Línea. Ese año, el vencedor sería el español Jesús Aranzabal que cubrió la prueba a una velocidad media de 35,550 km/h. En la clasificación de la montaña y en las metas volantes se impusieron respectivamente los también ciclistas españoles Juan Fransico Granell y Domingo Perurena. /En la imagen, Decabooter, en su época de corredor en un cromo de coleccionista y en una fotografía reciente con 75 años.

La Vuelta Ciclista a Andalucía volvería al año siguiente, para no volver hasta la edición número 23ª en 1976. Y ya, de la Vuelta en El Puerto, nunca más se supo.

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Palacio de Oneto.

Una fuente o pilón es un surtidor de agua, que como elemento arquitectónico suele estar situado en un espacio urbano con fines utilitarios, de confort ambiental o decorativos. Así, las fuentes se hallaban y todavía se encuentran en patios, jardines, plazas, o en lugares singulares de El Puerto, embelleciéndolos y resaltando su importancia.

Hotel Duques de Medinaceli. Fuente patio principal.

Colegio de las Carmelitas.

Casa de los Merello. Larga, 64.

Luna, 52.

Jardines del Hotel Duques de Medinaceli, antes de Terry.

Parque Calderón, estuvo en la Plaza de la Pescadería y en los jardines de la antigua estación de Ferrocarril. Pertenecía al Convento Santo Domingo. El vandalismo ha destruido los delfines enlazados de la parte superior y lucen pintadas varias.

Antigua Fuente del Convento de Santo Domingo, en su emplazamiento original, con todos los detalles ornamentales.

Actual Fuente de Santo Domingo.

Fuente de las Galeras Reales, en la plaza del mismo nombre.

Fuente de la Plaza de la Cárcel.

Pilón de San Juan, en la Plaza Juan de Austria. Desasparecido.

Pilón de la calle Postigo. Estaba situado en la actual puerta que da servicios al patio de hermandades de la Iglesia Mayor Prioral.

(Reportaje fotográfico A.G.R. y archivo GdP).

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Tres años antes, en 1891, Isaac Peral había pedido la  baja voluntaria en la  Armada. Sus esfuerzos por implantar el  invento del submarino recibían numerosos obstáculos, sobre todo políticos, dada la  afiliación liberal del marino. Frustrado por los  impedimentos en el ámbito náutico, el emprendedor cartagenero puso los  ojos en uno de las  novedades técnicas que brindaba más posibilidades, la  energía eléctrica.

Apostó por el  futuro y tras su paso por la  compañía alemana Lewy Cohetaler, que estaba instalándose en España, decidió crear su propia empresa, bastante tiempo antes de las  fusiones multinacionales y las  subidas de sopetón en los  recibos. El Puerto  había sido una de las  ciudades que le  ofreció cobijo en sus momentos de incomprensión. Una de las  pruebas de su submarino la  efectuó en aguas del Guadalete y en su truncada carrera política fue elegido diputado por la  ciudad portuense, aunque no llegó a tomar posesión.

Con un grupo de inversores, algunos con intención de desquitarse de las  fuerzas conservadoras, y en nombre del progreso en todos los  órdenes, la  firma Electra-Peral Portuense pedía permiso al Ayuntamiento en enero de 1894 para la  construcción de una central térmica en el  centro de la  población (algo que sería inaudito en estos tiempos por motivos medioambientales, que conste).

Una finca con un amplio patio en calle Larga número 78 fue el  lugar elegido para la  instalación, al lado de lo  que sería precisamente Plaza Peral, y al cabo de tantos años, sala de exposiciones de Caja Inmaculada, allí se instaló la  llamada "fábrica de la  luz".

Varias generaciones fueron a las  oficinas de la  esquina a pagar los  recibos, tanto de la  firma pionera como la  que absorbió el  servicio, Sevillana de Electricidad, hoy Endesa tras su posterior fusión.

El  15 de agosto, día de la Inmaculada de hace 117 años, se hizo una prueba del funcionamiento con la  colocación de un alumbrado extraordinario por las  calles con motivo de la  festividad de la  Asunción (a eso se le  llama ahora marketing).El  día definitivo del enganche fue el  8 de diciembre de 1894: la nueva estación térmica de la calle Larga estrenaba la electricidad en El Puerto, para admiración de los  primeros clientes. En el  hotel Vista Alegre se celebró la  cena donde se brindó por el  futuro de la  electricidad en El Puerto. (Texto: Francisco Andrés Gallardo).


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Esta es la historia de un porteño que vivió entre los ríos Besaya y Guadalete, del que hoy se cumplen 110 años de su muerte.

Domingo José Morante de Lamadrid y López Seco se instala en El Puerto de Santa María posiblemente entre 1850 y 1853, con treinta y pocos años de edad, procedente de una parroquia cántabra llamada Cañeda, cerca de Reinosa, (Cantabria), estableciéndose como comerciante con  una tienda de género de mercadería en uno de los lugares mas céntricos de la población, la calle Larga, concretamente en los bajos de la casa número 139 antiguo, invirtiendo probablemente su herencia legítima paterna y sus propios ahorros en dicho negocio.

Demostrando prudencia, José Morante, en previsión de que los negocios no marchasen como esperaba, había dejado algunas propiedades rústicas en su tierra natal, propiedades a las que solo visitaría de nuevo en alguna escapada que hizo a su terruño en los años venideros, antes de entrar en achaques.

Sobre sus primeros pasos en El Puerto de Santa María no sabemos mucho, aparte lo indicado y la información que nos facilita él mismo en un testamento que realizó el 4 de Septiembre de 1854 en la notaría portuense de don José Miguel Pau. En esa fecha declara tener 33 años, estar soltero y tener por bienes “un establecimiento de género de mercadería en la calle Larga de esta ciudad, unas tierras de labor en su país de origen –Cantabria- y las ropas de su uso”. En las disposiciones, mandaba se distribuyesen cinco mil reales de limosna a los pobres necesitados el mismo día de su entierro y, en otra manda aparte, legaba algunos bienes a su tío materno Juan Antonio López Seco y a su hermano Manuel, designando por única y universal heredera a su madre, doña Maria López. /Emilia Seytre Enriquez de Guzman, esposa de nuestro protagonista

Afortunadamente este documento no tuvo efectividad, puesto que el Sr. Morante prolongaría algunos años más su vida, cruzando, incluso, la imaginable línea que separa el siglo XIX del XX, estableciéndose de forma total en El Puerto y encabezando una larga genealogía de sucesores portuenses que entroncaron con significadas sagas locales.

Volviendo al momento de la vida de Domingo José Morante, que se hace llamar e incluso firma como José solamente, hemos visto como en los días postreros del verano de 1854 establece su voluntad en previsión de un fatal desenlace. Aunque el negocio le absorbe gran parte de su tiempo, cultiva buenas amistades, integrándose plenamente en la sociedad local. Deducimos que Juan Bautista Marichalar y Antonio Honorato Seytre, ambas personas nombradas sus albaceas en el testamento antes citado fuesen dos buenos amigos. El primero, conocido industrial y comerciante, “especulador de vinos”, es decir, exportador y vendedor a mayoristas, con una fábrica de aguardiente en la Ribera del Río y un talante liberal que le llevaría a formar parte, años después, del primer Ayuntamiento Revolucionario Provisional tras la insurrección militar de 1868, la  denominada popularmente “La Gloriosa”.

La calle Larga, una imagen insólita de la misma, casi sin tráfico.

Estaba casado con una dama integrante de la selecta sociedad local de la época: Concepción Winthuysen Martínez-Baños, matrimonio que no tuvo descendencia. Y el segundo, de nacionalidad francesa, del comercio como él, que desde hacia varios años se había trasladado a El Puerto desde Cádiz, donde residió anteriormente.  Debió frecuentar la casa de su amigo, situada en el número 92 antiguo de la Calle Larga, en la acera par actual, entre las calles Espíritu Santo y de la Plata, que había enviudado y vivía con su única hija Emilia. Podemos imaginarnos a los tres, paseando una soleada mañana dominical por el frondoso y romántico Paseo de la Victoria, a escasos metros de la casa de don Antonio Honorato, aledaño al monasterio del mismo nombre,  deshabitado en esos años, abandonado por los franciscanos Mínimos que durante más de tres siglos lo tuvieron como residencia conventual. Emilia, recién cumplidos los diecisiete años, escuchaba embelesada las narraciones que hacía de su lejana tierra natal el amigo de su padre.

MATRIMONIO.

Esta admiración de la joven adolescente hacia el comerciante montañés debió ser reciproca y si a ello añadimos la complicidad paterna y la falta de prejuicios por la diferencia de edad, en pocos meses se concertó el compromiso y, finalmente la boda, que tuvo lugar en la Iglesia Mayor Prioral el día de Nochebuena del mismo año en que había formalizado sus últimas voluntades, en 1854.

Tienda en el crucero de las calles Larga (número 139 antiguo) y Luna, situada a la izquierda.

José Morante aportó al matrimonio un capital de cien mil reales, valor estimado del género que tenía en existencia en esa fecha en la tienda de mercadería que regentaba y de la que era dueño. Estaba situada en pleno centro, próxima al crucero de las dos calles principales y céntricas del casco urbano: Larga y Luna, popularmente conocida como “Las Cuatro Esquinas”.

La novia, hija de Antonio Honorato Seytre Charreron y de Josefa Enríquez de Guzmán, llevó una dote de 200.000 reales, cantidad correspondiente a su legítima materna que fueron invertidos en su totalidad por el joven matrimonio en la adquisición de una viña nombrada “La Panameña” en el termino de Jerez de la Frontera por la que pagaron 170.000 reales y en la propiedad de la mitad del palco número 19 del Teatro Principal de Cádiz.

Los primeros años de casado el matrimonio se instaló en la casa que tenía arrendada su suegro, propiedad de la familia Oyarzabal. Un par de años después nacería el primer hijo, una niña, a la que bautizaron imponiéndole el nombre de la abuela materna: Maria Josefa, y pocos días antes de dar a luz al segundo, al que nuevamente impusieron el nombre del otro abuelo: Antonio Honorato, falleció su padre, que solo que contaba 54 años de edad. Finalizaba el mes de enero de 1858.

La calle Nevería, en el primer cuarto del siglo pasado.

Tras el fallecimiento de don Antonio Honorato Seytre los Morante Sytre se trasladaron de forma provisional hasta encontrar una casa en la que instalarse definitivamente,  que pudiesen adquirir en propiedad y estuviese cercana a la tienda de mercadería. El nuevo hogar lo instalaron en la calle Nevería, en el piso principal de la casa número 3, realquilados por una joven viuda, natural de Gibraltar, llamada Dolores Ginés Ruiz, casa situada a una manzana de distancia del lugar de trabajo del cabeza de familia. En este año de 1859 se incorporó a la unidad familiar la madre de don José, contando asimismo con tres personas de servicio. Allí nacieron, en 1861: Lorenzo y en la primavera de 1863 una niña a la que impusieron el nombre de Emilia.

Por esas fechas José Morante había ya comprado un espléndido inmueble, situado en otra de las arterias mas céntricas y comerciales de la ciudad, la calle Luna, a menos de cincuenta metros de su tienda de tejidos. a las hermanas María del Carmen y Trinidad Ortiz Veristani, que vemos en la imagen de la izquierda.

Cuando los negocios funcionaban y la mejora económica de la familia era una realidad palpable, un grave contratiempo vino a enturbiar la buena racha familiar. Emilia I –así la llamaremos para distinguirla de otra de igual nombre que nacería posteriormente- murió de neumonitis el día 9 de julio de 1863, cuando contaba tan solo tres meses de vida.    Meses después nacería un nuevo hijo, en este caso varón, que ocuparía el 4º lugar entre los hijos vivos, al que bautizaron como Emilio. Y detrás de este, escalonados en el tiempo, muchos más hasta completar once hijos de los cuales solamente seis de ellos traspasaron la barrera de la infancia y llegaron vivos a edad adulta. Fueron, por este orden: María Josefa, Antonio Honorato, Lorenzo, Emilio, Emilia y María del Carmen Morante Seytre.

Consolidado el negocio, José Morante y su familia gozarán de una desahogada posición económica y él, aparte de sus ganancias como comerciante con el legado económico de su buen amigo y padre político se convierte en pequeño propietario, pues a la reciente adquisición del inmueble en calle Luna hay que añadir las posesiones agrícolas antes citadas,   y otro inmueble en calle Cantarería número 2,  casa de una sola planta, con 224 metros cuadrados de superficie, comprada conjuntamente con un almacén-bodega en calle Santa Clara, esquina y vuelta a la de Cantarería, es  decir, lindera con la antes citada, en donde iría almacenando –cultivando, es la palabra adecuada- diversos caldos hasta lograr con los años una excelente bodega, con productos reputados y apreciados entre sus contemporáneos.

Calle Cantarería, bodega que, junto a la esquina con Santa Clara perteneció a Morante.

Ambos inmuebles fueron adquiridos conjuntamente a don Faustino González Barbadillo.  Con ellos y en ellos, aparte de incrementar su patrimonio familiar, José Morante encontraría en este nuevo negocio de crianza y tráfico de vinos, especialmente en su vejez, una fórmula perfecta, todo un estímulo para sobrellevar la soledad de su viudedad y sus últimos años de vida.

Volviendo a la secuencia de su vida, habíamos dejado al matrimonio pendientes de trasladarse a la casa de Luna 32, una casa  que había reformado a su gusto, remodelando la fachada. el Maestro Pablo José Arduña.  La espléndida mansión ocupaba una superficie total de 306 metros cuadrados con un total de 26 habitaciones o dependencias, distribuidas 8 de ellas en el piso bajo y el denominado “entresuelo”, entre el bajo y la primera planta o principal que tenía 9 habituaciones, al igual que la segunda, así como una amplia “azotea” es decir, terraza y cubierta al mismo tiempo, donde tender y ventilar las ropas, cortinajes, etc.. y en donde figuraba una zona cubierta para instalar los lavaderos y el cuarto donde hacer la colada, tan en boga en la época.

La calle Luna, a la derecha, la tienda de Morante y más arriba su vivienda, en el número 32 antiguo.

En 1869 estaban instalados en ella, posiblemente desde hacía varios años, el matrimonio, cuatro hijos y su madre, doña María López Seco, que en esa fecha contaba 69 años de edad, que se había trasladado en la década anterior desde Cañeda, de donde era natural y donde residía hasta entonces, para incorporarse al núcleo familiar.  Le acompañaban en estos años tres sirvientes cántabros de bastante edad, de los de entonces, es decir de los que durante toda su vida, desde la juventud hasta la senectud que ahora empezaban a desarrollar habían estado al servicio de la familia y en él continuaban hasta la muerte, bien del que servían, o la suya propia, integrándose en el “cuerpo de casa” –así denominaban al servicio interno- que completaba una joven doncella de la localidad. /Imagen de la vivienda que adquirió, reedificó y ocupó en la calle Luna, junto a calzados Noel.

Así fueron transcurriendo los años, los lustros, las décadas, desarrollando una vida laboriosa y familiar, entregado en cuerpo y alma a sus negocios y aficiones, viendo crecer a sus hijos, a los que proporcionó  una esmerada educación. Dos de los varones siguieron la carrera militar y el tercero y mas pequeño de ellos le ayudo y acompañó en la tienda de tejidos. Algunos se casaron, comenzaron a florecer los nietos y celebró con felicidad sus bodas de plata matrimoniales. Sería esta la  primera generación portuense de los Morante Seytre. /La nieta de Morante, María Febrés Morante, con  los Ruiz Golluri, en la casa de la calle Cielos.

Por todo lo indicado, el fallecimiento de su esposa supuso un fuerte golpe, algo más que la perdida de un ser querido. Perdía una buena amiga y confidente, una solícita  compañera y una fiel y cariñosa esposa, especialmente en esos años últimos en los que la mayoría de los hijos se habían emancipado. El luctuoso hecho tuvo lugar el 7 de Agosto de 1888 cuando, apenas había rebasado doña Emilia el medio siglo de existencia.  Durante muchos años, puntualmente, el viudo y los hijos organizaran cultos en el aniversario de su muerte,  evidenciado que permanecía vivo su recuerdo.

En la bodega de su propiedad de calle Santa Clara almacenaba medio millar de botas de selectos productos, cuya valoración suponía el 45% del importe de los bienes, 120.000 pesetas. La especialidad de este buen viticultor, pues cultivaba en viñas propias la uva, viñas –dicho sea de paso- situadas en el lugar mas estimado de la zona Jerez, Marchanudo, en terrenos albarizos, ideales para el cultivo de la variedad utilizada en los mas selectos vinos. En su hacienda realizaba las faenas de vendimia y en su bodega transformaba el mosto en vino, siendo su especialidad un “Amontillado”, vino muy hecho, sin marca, criado en siete soleras o añadas, proceso que garantizaba, sin duda, un producto exquisito. De este rico caldo, tenía el Sr. Morante, en 1888, nada menos que 353 botas, es decir, más de 175.000 litros de dicho producto. En el resto de vasijas almacenaba “Palo Cortado”, “Oloroso”, “Pedro Ximenez” y otros vinos de varias clases ocupando tres docenas de botas, así como 22 botas de vinagre, una de aguardiente y 65 de vinos bastos y ácidos. Solo tenemos referencia de dos marcas propias, aunque no se embotellaban como tal, pues su venta era por arrobas, medida que tiene 16 litros. Se llamaban “Canilla y Perruno” y “Perruno Chico” y en esa fecha tenía siete y seis botas en existencia, respectivamente.

Mapa de la 'España del Caciquismo'.

José Morante también hizo sus pinitos en política en edad jubilar. Hemos encontrado referencias en la prensa local que así lo indica, siendo citado entre la docena de vocales –ocupando el primer lugar- que componían el comité local del partido Liberal Conservador, en el año 1894, que presidía don Francisco Miranda Hontoria, Capitán de Fragata retirado. Figuraban en dicho comité comerciantes y bodegueros como él, tales como Carlos Hernández Carrera y Felix Gonzalez Urruela, así como un paisano que años después alcanzaría notoriedad en la gestión municipal: Severiano Ruiz Calderón, perpetuándose su memoria al rotular con su apellido el principal paseo y parque público de la localidad, el denominado “Parque de Calderón” que discurre paralelo al río.

José Morante formó parte de los '12 Magníficos', encabezados por Tomás Osborne, creadores de la sociedad de la Plaza de Toros.

Es bastante probable que don José participara en este comité conservador más por compromiso social que por vocación, aunque el ideario del partido se ajustaba a sus convicciones, talante y comportamiento, no era del tipo de personas que le gustase figurar por figurar.  Un hecho que confirmaría esta suposición ocurrió en la primavera de 1895. Reunido el comité para decidir la candidatura del partido a las próximas elecciones municipales, asistieron tan solo la mitad de los componentes. Hubo dos propuestas o listas; una, encabezada por Alfredo Figueroa,  a propuesta  del presidente y la otra candidatura,  propuesta por el Sr. Ruiz Calderón, encabezada por Domingo José Morante. Sometidas a votación hubo empate a cuatro votos, decidiendo dos votos por correo, tal como hoy lo conocemos, definidos como “representaciones por escrito” en la prensa de la época, precisamente uno de ellos de José Morante, que votó a favor de la candidatura presidencial, auto eliminándose.

Coincidiendo con su viudedad comenzaron a agravarse los achaques propios de la edad, a pesar de ser de una fuerte constitución, sin duda. A fines de 1894 fue operado en su propio domicilio por los doctores Isorna y Moresco, prestigiosos galenos gaditanos que se desplazaron en tren desde la capital para una intervención que debemos suponer leve, tal vez de las vías respiratorias altas, intervención que fue calificada como exitosa por la prensa local que se hizo eco de la misma.  Apenas un año después conocemos por el mismo medio que había sufrido y superado una grave dolencia, y en Noviembre de 1900, ya octogenario, nuevamente fue operado por el doctor Isorna, en esta ocasión auxiliado por un equipo de cuatro facultativos, extirpándole un epitelioma en la comisura del labio.

Vista desde el Restaurant de La Puntilla, a cargo del Hotel París, en 1910. /Colección Thomas IEFC

Cuidado por su hija menor Maria del Carmen, con la que pasaba temporadas en la casa que tenía en las viñas, especialmente los meses de verano y las convalecencias de las operaciones, respirando el benéfico aire campestre, transcurrió el último tramo de su vida. Convertida en crónica su enfermedad desde hacía varios años, en los primeros meses de 1901 esta se agravó, entregando finalmente su alma a Dios el miércoles, 14 de Agosto de ese año, hoy hace 110 años, después de recibir los Santos Sacramentos y la Bendición de Su Santidad, según se indicaba en la esquela mortuoria publicada en la “Revista Portuense”..

Emilia Morante, hija de nuestro protagonista, con su segundo marido, Joaquín Ruiz López (alcalde de El Puerto entre 1904 y 1905 y entre 1907 y 1909), en la Quinta de los Ruiz, luego de Terry, hoy Hotel Duques de Medinaceli.

Tal como indicamos en el enunciado del capítulo, el río de la vida de este emigrante montañés, como señaló Jorge Manrique, llegó al mar. En su dilatado curso, abundaron las aguas mansas y fértiles, que fueron bien aprovechadas en laboriosas norias y productivos regadíos, dejando abonada sus orillas con el limo de su ejemplo.  (Textos: Antonio Gutiérrez Ruiz. A. C. Puertoguía). (Fotos: Magdalena Rodríguez Lara y Archivo GdP).

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Tras la barra del Restaurante ‘El Resbaladero’, propiedad de Maximino Sordo en 1960, podemos ver, de izquierda a derecha a Pepe Ríos, Elías a la sazón encargado del Restaurante, oriundo de la Montaña, el maestro repostero Pepe Mesa González, el niño es Guillermo Salas que hoy trabaja en APEMSA y Florencio. Al fondo, el cocinero José, ‘de toda la vida en el ‘Resbalón’.

“Antiguo muelle”. Grabado Anónimo. Siglo XIX.

LA LONJA DEL PESCADO.
Enrique Pérez Fernández, en su libro ‘Tabernas y Bares con Solera’ recoge que, «En 1778, por mandato del Conce O’Relly, Capitán General de la Mar Océana, residente por su cargo en El Puerto y promotor de diversas obras Públicas [entre ellas el Vergel del Conde, entre la Plaza de las Galeras y el inicio de Micaela Aramburu], se construyó en el frente de la Plaza donde hoy están las viviendas construidas en 1960, una nueva pescadería que fue a reemplazar a la del siglo XVII levantada al lado. Perduró como tal hasta 1876, año en el que se edificó enfrente otra, al tiempo que la antigua se remodelada en su interior para convertirse en una taberna a la que llamaron ‘El Resbaladero’, también conocida por ‘El Resbalón’

EL MUNDO ES ANSÍ.
En 1912 Pío Baroja ambientaba en el local una escena de su novela ‘El mundo es ansí’. Este es un fragmento.' --¿Que hicieron ustedes ayer? --pregunto yo. --Estuvimos en la taberna El Resbalón --contesta Juan. --¿Algún sitio raro? --Si figúrese usted --dice Arcelu-- una especie de camarote pintado de amarillo, una mesa redonda, grande, en medio, y alrededor sillones de paja con el asiento inclinado, y de cuando en cuando unos gatos que entraban por debajo de un tabique y se llevaban lo que podían. --¿Y que cenaron ustedes? --Unos platos de pescado frito y un caudillo de perro. --¿Pero como? ¿De perro?. --Un guiso que aquí llamamos así'.

CALDILLO DE PERRO.
Este tradicional plato portuense es una sopa de pescadilla, aceite, zumo de naranja agria, ajo, cebolla, sal, pan asentado y agua, que ciertamente fue, durante décadas, la especialidad gastronómica del Resbaladero, al igual que los guisos de pescado a la marinera, o el besugo a la puerca (con ajo, vinagre, aceite y sal)

Mariano López Muñoz, en un artículo publicado en la Revista Portuense en mayo de 1926, recogió el modo tradicional de cocinar el plato según se lo dictó un marinero: ‘Se pone el aceite y cuando está bien caliente se le echan dos dientes de ajo que, al verlos bien tostado, se sacan. Entonces, echamos en el aceite cebollas y otros dos dientes de ajo, todo muy picado, más aún los ajos que las cebollas, y sin esperar a que se frían, se agrga agua enseguida, dejando el caldo cocer cosa de diez o doce minutos; y a continuación se agrega el zumo de naranja agria al gusto del cocinero (y aquí está la primera parte del punto del guisado, cuya segunda mitad consiste en lo que sigue). Agregado, el ácido de la naranja, se zampan en la cazuela buenas pescadillas de ‘parejas’, de las acabaditas de llegar, someramente lavadas para que no pierdan sabor con tantos enjuagues como suelen darles en las casas’.

El Resbaladero, en una imagen de los años sesenta del siglo pasado. /Foto: Neto Anelo.

También lo citaron en otras dos novelas de dos ingleses: ‘Don Gitano’ (1944), de Walter Starkie y ‘El Puerto’ (1959) de Peter de Polnay». (ver nótula núm. 1.093 en GdP).

DE RESTAURANTE A BAR DE TRAGOS LARGOS.
Su último propietario, Ignacio Sordo y hermana, hijos de Maximino lo gestionaron como restaurante, cedido durante un tiempo al restaurador Antonio Barrios llevando desde finales del siglo pasado compartimentado y convertido en hasta cuatro lugares de copas y tragos largos. Esto escribíamos en Diario de Cádiz en 1997: "Hubo una época en la que llegar al cantil del muelle de nuestra Ciudad, suponía iniciar una aventura. Podía Vd. embarcarse para explorar nuevos territorios, para cumplir pena de trabajos a galeras, para comerciar con otros pueblos y culturas,... Pero la mayoría de las veces, embarcar en los muelles de El Puerto era para buscar el sustento, surtiendo a las poblaciones cercanas con la pesca.

Lo marítimo fue hasta hace unos años -como lo es ahora el turismo- la locomotora de arrastre de otros sectores económicos: una constante en el devenir histórico de El Puerto. Tal ha sido así, que en el nombre de la Ciudad la palabra puerto no ha desaparecido a lo largo de su historia: Puerto de Menesteo, Puerto de Salinas, Santa María de El Puerto, hasta su actual nombre.

Y ha quedado claro que la vida de la Ciudad gravitaba en torno al puerto y a lo que ésto suponía: embarque de pasajeros, comercio de mercancías, procura de efectos navales, empleo duro pero seguro, venta del pescado, ... Ironías de la historia: el edificio que sirvió antes para recibir los frutos de la mar, se utiliza ahora para recibir alguna clase de turismo, de acuerdo con la actual evolución del tejido industrial portuense.

Hasta 1876 el paseante -y así lo cuentan los libros de viajes- podía resbalar y caer a causa del agua de limpiar pescados en la Venta. Hoy -si los regidores de lo público no lo remedian- el resbalón continuará produciéndose, pero como mucho, por pisar la cáscara de una rodaja de limón de un trago largo, o por el deshielo de los cubitos de ídem.

Que la antigua Lonja del Pescado, El Resbaladero, haya quedado para bares de copas -ni siquiera de copas de Vino Fino- es algo que reclama la mirada de quién corresponde. Tras su primer y noble fin y su posterior época gloriosa como restaurante, entendemos que otros cometidos más señeros deben acoger a estas centenarias piedras que, curiosamente, están rematadas con un escudo de la Ciudad. ¿Le corresponde a los poderes públicos, trás pagar un justiprecio a sus propietarios, hacerse con la propiedad de El Resbaladero?. Desde luego, siempre será mejor escuchar en su interior una sinfonía que un cha-cha-chá" (Texto: José María Morillo).

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Editado por José J. Sánchez Llebret, en su año XVII, (es decir, desde 1910), se editaba en 1927 en El Puerto el Carnet Oficial de Propaganda Veraniega que recogía, además de las propuestas comerciales de los anunciantes, profusas por cierto, el Programa de Festejos Veraniegos que transcurría entre el 16 de junio, Festividad del Corpus Christi, hasta el 8 de septiembre Día de la Patrona, entre otras informaciones. Reproducimos aquí algunas páginas del programa de mano.

Se celebraban casi todas las festividades religiosas, San Juan Bautista, el Corazón de Jesús, San Pedro y San Pablo, la Virgen del Carmen, Santiago Apóstol… amén de conciertos de la Banda de Música, Corridas de Toros, Inauguración de la Temporada de Baños, Carreras de Cintas en bicicleta, elevación de globos y fantoches, fuegos artificiales, Exposición de los Alumnos de Bellas Artes, Cucaña en el Guadalete, Feria de la Victoria en el último tercio de agosto, ...

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Las Bodegas Jiménez Varela abarcan un conjunto de cascos bodegueros que fueron el fruto de la unión de edificios de obra nueva, el llamado escritorio, las oficinas centrales de las bodegas Varela, construido en 1872 y reformado en 1913; como de otros que ya estaban construidos, con anterioridad y que habían pertenecido a otras firmas bodegueras, las bodegas de Haro construidas en 1848.


Patio del trabajadero de las Bodegas Jiménez Varela.


El mismo patio, hoy convertido en dependencias del Hotel Bodega Real.

El núcleo de bodegas o zona industrial donde se ubicaba surgió en el primer tercio del siglo XIX, (el casco de bodega de la Sagrada Familia se construye en 1829), abarcaba el espacio comprendido entre las calles Pozos Dulces, Espíritu Santo, Albareda y Avenida de la Estación y Larga. Una zona de cierta tradición industrial que ya  en el siglo XVIII contaba con fábricas de estampados, curtidos,  molinos de aceite, así como otras relacionadas directamente con las faenas y las necesidades de la actividad marinera.

Camino de Urdax, actual Avda. de la Estación, donde se encontraban las Bodegas Sagrada Familia en la actualidad reconvertidas en viviendas. A la izquierda el Paseo de la Victoria y al fondo la Estación de Ferrocarril.

DEL COMERCIO CON AMÉRICA AL MERCADO EUROPEO.
El Siglo XIX fue un periodo caracterizado por el gran número de cambios que se produjeron en las sociedades de una manera continua e incesante. Cambios a todos los niveles: políticos, sociales y económicos. Estos últimos en El Puerto de Santa María,  como en gran parte de los pueblos de la Bahía, hicieron que se buscaran nuevas salidas o que se potenciaran actividades que ya eran importantes como la crianza y la exportación del vino fino. Se sustituyó la tradicional relación comercial con el continente americano por la potenciación de la ventas en el mercado europeo y muy especialmente en el inglés del vino de El Puerto.  Esto hizo que la imagen de la ciudad se viera transformada en algunas zonas por la instalación de naves bodegueras que acabarían por configurar el paisaje urbano de El Puerto.

Interior de uno de los cascos bodegueros. /Foto: CMPH.

CATEDRAL DEL VINO.
Estas bodegas de la calle Albareda, antes Victoria porque emboca hacia el monasterio del mismo nombre, son también un testimonio importante de una de las claves de la crianza biológica del vino fino: la proximidad al río Guadalete.  El río es uno de los condicionantes principales para obtener un buen caldo, las brisas del Guadalete controlaban el proceso de crianza aportando y manteniendo los grados de temperatura y humedad necesario para la obtención de un producto de calidad. Para ello era también imprescindible una arquitectura, en cierta medida biológica, que permitiera aprovechar las bonanzas climáticas de la zona: el casco bodeguero. Éste ha recibido todo tipos de apelativos, pero quizás el que más se le aproxima es el de catedral para alguno de ellos, que le viene dado por la esbeltez conseguida por el empleo de pilares y arcos de piedra de gran altura y tamaños en su construcción.

De izquierda a derecha, Ernesto Jiménez González, uno de los cuatro hijos varones del fundador de la firma Jiménez Varela, casado con Rafaela Sancho Mateos; Ernesto Jiménez Sáncho, hijo del anterior junto al hijo del fotógrafo Justino Castroverde, que aparece a la derecha de la imagen, tomada en los tendidos de la Plaza de Toros. En la segunda fila, en el centro, Mariano Cantera Molares /Foto: Colección de Rafael Ceballos Jiménez.

En la imagen superior, personal del escritorio de Hijos de Jiménez Varela. De izquierda a derecha, Arias, desconocido, José Lojo Espinosa, José Luis González Obregón capataz de la bodega, Juan Manuel Brea Vila, Luque que era suegro de Vera Palmer, Bernardo Zayas, Francisco Martín Repollet, Felix Ochoa 'Ochíta' primo del pintor y el niño Manolo Fernández Lores, hermano de Francisco el del Bar 'Paquito'. Sentados, de izquierda a derecha, Victor Unzueta Gabiola, Guillero Siloniz, Victor Unzueta padre, González Bruzón, dos desconocidos y Victor Moriñas. /Foto: Pantoja.

En la imagen de la izquierda, publicidad del Cacao Varela.

LOS JIMÉNEZ VARELA.
La familia Jiménez Varela fue muy laboriosa, y prueba de ello fueron las industrias vinateras que crearon y los afamados productos que en ella se fabricaron: el Brandy Viejísimo Varela, Cacao Varela, Oloroso Los 46, o el Amontillado Fino Jardín, bajo la firma comercial de Hijos de Jiménez Varela. También existe una relación familiar de los Jiménez Varela, pues un familiar de éstos fue el hombre de confianza de Isaac Peral, cuando botó en El Puerto, en la desembocadura del río Guadalete, el prototipo del que fue el primer submarino.

Publicidad del Champagne en una revista local portuense.

Parte de la desaparecida plantilla de Hijos de Jiménez Varela. Detrás, de izquierda a derecha, José Pérez Camacho; Estanislao Jiménez González-Nandín, Joaquín Jiménez Sancho y un argentino. Delante de ellos, en pie, Benito Moriña, Francisco Martín Repollet, Artiza, José Luis González Obregón. Agachados, Rafael Valiente Moreno, Miguel Ferrer García, Luis Jiménez González-Nandín, José Herrera Raposo, arriba de él Francisco Ariza Zarzuela y a la derecha, movido, Manuel Buhigas. /Foto: Colección Vicente González Lechuga.

HIERRO DE LA PALMA.
También se dedicaron a la cría de caballos, llegando a ser propietarios del Hierro de la Palma, ganadería creada por los señores Artalaya y Azpillaga, a principios del siglo XIX, y que luego fuera propiedad del Marqués del Castillo de San Felipe. El Hierro de la Palma figuraba en la etiqueta de los productos de Hijos de Jiménez Varela.

Productos de Hijos de Jiménez Varela, entre ellos el Amontillado Fino Jardín. /Foto: CMPH.

Cacao Varela, Champán Continental, reclamos publicitarios, que han sido recuperados para la colección de Antonio García, de quien es la fotografía.

Publicidad del año 927

AMONTILLADO FINO JARDÍN.
Que si bien se comercializaba como Fino, se aproximaba más a un vino  Amontillado. El amontillado es un vino dulce y generoso de uva Palomino, de color pajizo, ribeteado en metálico y destellos violáceos, de aspecto lagrimoso, brillante y transparente. Al olfato ofrece un olor a bodega, intenso y punzante; y al paladearlo saboreamos un vino redondo, seco, ahumado y con recuerdos de yodo. Hace un perfecto maridaje con el jamón ibérico o un queso curado de pasta dura y de gran potencia.

Es un vino perfecto para beber como aperitivo, o a media tarde, aunque los devotos del Vino Amontillado dicen que «sirve para compartir y departir a cualquier hora». La temperatura ideal para degustarlo es entre 10º y 14º, siempre en relación con la temperatura del ambiente. /En la imagen, un aprendiz, de nombre José Raposo Rasuelo,  jarreando sobre la canoa y la bota de Jiménez Varela.

Los vinos amontillados proceden de los Vinos Finos, el Vino por excelencia de El Puerto de Santa María, cuyo color ha evolucionado y llega a alcanzar entre 18º y 19º. Es un vino generoso (aquel que alcanza una graduación entre 15º y 23º), obtenido mediante soleras y criaderas, sistema de crianza que se aplica en la zona vinícola que ampara el Consejo Regulador del Jerez-Xérès-Sherry, a la que pertenecen los vinos y brandies de El Puerto de Santa María.

RELATO EL BARRIL DE AMONTILLADO.

El relato de Edgar Allan Poe, The Cask of Amontillado, adaptado al cómic por Archie Goodwin y Reed Crandall en Creepy N6 (Warren, 1966), de la mano de Golden Age Comic Book Stories

Interesante el cuento de terror del siglo XIX, obra del bostoniano Edgar Allan Poe «El Barril de Amontillado» (The Cask of Amontillado), usando como excusa la del conocedor de estos vinos generosos para contar el relato corto. (Fuentes: Centro Municipal de Patrimonio Histórico. Archivo de Antonio Gutiérrez Ruiz y otros)

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