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Miguel Castro Merello fue un gran amante de la cultura y de lo exótico. Pertenecía a la generación que había ganado la Guerra Civil, en la que participó como alférez provisional, estando imbuido de ese espíritu imperialista al que eran tan propensos los de su época.

Presidió durante unos años la alcaldía local (1958-1960), siendo el promotor de los Juegos Florales de la Fiesta de la Hispanidad que durante toda una década se celebraron en el desaparecido Teatro Principal, y también el mecenas gracias al cual se creó una parroquia nueva, la de Ntra. Sra. del Carmen y San Marcos, en un barrio de familias marineras, habilitando para ello una antigua Casa de Cargadores, hoy Ayuntamiento.

Aquella Casa Palacio, la de Reinoso o Reynoso, situada en uno de los costados de la plaza del Polvorista, fue restaurada y habilitada en los años sesenta de este siglo último para albergar provisionalmente la parroquia, alojando a los numerosos vecinos en ella existente, en una casa, también de gran porte y antigüedad, de calle Cielo, próxima a la parroquia de San Joaquín.

Miguel Castro estaba casado con Margara Hernández Rodríguez de los Ríos, teniendo el matrimonio nueve hijos, muchos de los cuales nacieron en la casa palacio de Oneto, en la calle Larga. De ellos, solamente dos son varones. Miguel, el mayor, y Pedro, el sexto. Las siete hijas restantes se llaman: Margara, María José, Milagros, Mercedes, Ángeles, Begoña y Cristina Castro Hernández.

A la derecha, en primer término, la Casa Palacio Oneto, en la calle Larga.

Durante una época, vivieron con la familia Castro Hernández, en la casa palacio, una tía de don Miguel, Rosario Castro Naranjo y un cuñado, hermano de su espossa, Francisco Hernández Rodríguez de los Ríos. Los Castro Hernández fueron los últimos habitantes de esta casa palacio antes de su rehabilitación y venta por apartamentos, manteniendo durante el tiempo que en ella estuvieron la imagen de señorío que caracterizaba a dicha mansión, cuidando especialmente el exorno del patio, que causaba la admiración de propios y extraños, es decir, de nosotros los portuenses, que ya lo conocíamos y de aquellos visitantes ocasionales y de paso que se asomaban a verlo desde la casapuerta.

Galería de la planta superior del Palacio de Oneto.

METALÚRGICO Y GANADERO.
Miguel Castro Merello fue empresario en los años del despegue económico, fue accionista de la industria ‘Metalúrgica Portuense’ junto con Fernando T. de Terry Galarza y ganadero de reses bravas, poseyendo hasta tres diferentes. La primera de ellas la adquirió en 1966 a Luis Miguel Dominguín, vendiéndola años después a un señor de Bornos llamado Antonio Fernández Bernal. Tenía divisa roja y blanca y, aunque su ascendencia era de ganado de una ganadería tan prestigiosa como la de Samuel Flores, la rehizo con vacas del Marqués de Villamarta y sementales de Domecq. Solamente lidió novilladas. Pastaba en la finca “Las Navas” de Algodonales. /En la imagen de la izquierda, Luis Miguel Dominguín.

Poseyó una segunda ganadería, figurando como titular su mujer, que había comprado a Francisco Rincón Cañizares. La divisa era amarilla, verde y blanca, lidiándose especialmente en festejos menores de la sierra gaditana salvo un lote de reses lidiadas en Pontevedra, en una corrida de rejones. Tres años después la vendió a José Gutiérrez Mora y Hermanos, de Sevilla. Aún tuvo un tercer hierro, en este caso anunciado con el nombre de “Castro Hernández Hermanos”, con divisa caña y verde, lidiando en Rota cuatro becerros en 1970.

Vista desde el mirador de Las Redes, residencia de verano de Miguel Castro.

LAS REDES.
Asimismo fue propietario de varias haciendas rústicas y de recreo,  destacando la magnífica finca, mirador sobre la bahía, dominando la parte central de la playa de Santa Catalina también llamada "de los curas",  lindante con la casa de ejercicios de los jesuitas, en la que  construyó una soberbia mansión, decorada con el lujo más refinado, que es actualmente la sede del Club Social de la urbanización Las Redes, con una parcela de aproximadamente 20.000 metros cuadrados..

FARÁNDULA.
Por la casa-palacio en el tiempo que la habitó esta familia desfilaron numerosos personajes. Los mejores saeteros profesionales  cantaron desde su balcón a los pasos de la hermandad de la Misericordia; toreros míticos  en la historia de la tauromaquia como han sido Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín y El Cordobés estuvieron alojados como huéspedes de don Miguel.  Incluso doña Carmen Polo, la señora del Generalísimo Franco, el Jefe de Estado, estuvo una tarde,  en la década de los años cincuenta del siglo XX, merendando con la familia, acompañada de doña Isabel Merello, en cuya casa se alojaba, mientras los maridos realizaban jornadas de caza en la finca "El Pedroso".

El cuidado patio de la casa familiar en la calle Larga.

Podríamos decir que tuvo un esplendor fugaz, pero intenso, tanto en su trayectoria social y empresarial como humana, falleciendo en la casa-palacio, donde aún permanecieron algunos años más su viuda e hijos, cerrándose con ellos un ciclo vital, y dando comienzo otro con la segregación en apartamentos de la que fue Casa Palacio de Oneto.  Tiene una barriada puesta a su nombre: Alcalde Miguel Castro Merello. (Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. Puertoguía).

José Alonso Pajares estuvo casado con María de los Dolores Ruíz de Cortazar y Calderón y no tuvieron hijos. La Bodega estuvo situada en la calle del Postigo esquina y vuelta con Santa Fe, y a pesar de ser de pequeñas dimensiones, tenía mucho movimiento según se desprende de los inventarios anuales, exportando productos por casi todo el mundo.

Los productos de esta casa obtuvieron Medallas de Oro y Plata y varios Diplomas Honoríficos en diferentes Exposiciones en Europa y América. París, Barcelona, Madrid y Cádiz entre otras capitales. Fueron proveedores de varias Casas Reales.

A LOS CONSUMIDORES.
"Los vinos finos de mesa que tengo el gusto de ofrecer a mis favorecedores son legítimos de uva sin que contengan sustancias extrañas ni aumento de alcohol, razones por las que su consumo aumenta de día en día en los principales mercados de América; por ver confirmados los verdaderos inteligentes lo expuesto han dado preferencias a mis marcas J.ALONSO en los de barriles y JOSÉ ALONSO PAJARES, Puerto de Santa María en las etiquetas para los embotellados.
   Mis vinos tintos finos de mesa son ricos en fuerza natural alcohólica debida a las sustancias de los terrenos donde vegetan las vides y su clima, condiciones que solo la naturaleza concede".

La colección de etiquetas de Alonso y Pajares, compuesta por 90 unidades, tienen una gran belleza y ejecución, siendo impresas en París, Málaga y Jerez. Pertenecen a la colección de Camilo González Selma y han sido tratadas digitalmente para Gente del Puerto, por Miguel Sánchez Lobato. (continuará)

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Durante una convivencia de padres y colaboradores del Colegio La Salle, creemos que, en la Feria de Jerez en 1963. A la izquierda de la imagen el matrimonio formado por el que fuera sindicalista, diputado y eurodiputado socialista Esteban Caamaño Bernal y su mujer, Lola, a continuación el matrimonio Troncoso, él saludando.

A la derecha de la imagen, en primer término, Pepe Buhigas, conocido como el ‘Robert Taylor de El Puerto --que alguna aparición hizo en el cine--, el párroco de San Joaquín, el reverendo José María Rivas Rodríguez --gran persona, campechano, buena gente y un gran facilitador de ayudas a los mas necesitados; cierran la mesa el matrimonio Jaén Andrade. /Foto: González. Colección Francisco M. Arníz Sanz.

De izquierda a derecha, agachados, Manuel Ramos Añino ‘Arena’; José Ortega ‘Pepe el Bombero’; Remigio Andújar de la Rosa, Pepe Ortega, Ramón Arana, Antonio Letrán, Fernando Guilloto y Mariano de Iberconta.

Fila del centro, de izquierda a derecha, Eduardo Brea, Hortensia Renedo Varela, Antonio Ramírez ‘Peana’, Antonio Guerrero Aldana ‘Enero’, Asunción Poullet, Miguel Baena, José Blandino concejal de Aguas que luego sería el vicepresidente fundador de APEMSA; Francisco Lara Izquierdo, quien fuera jefe del negociado de Aguas en su etapa municipal, antes de ser empresa pública.

Fila de atrás, de izquierda a derecha: Chacón (cobrador); Antonio Campos, José María Delgado, Juan José Campos Guereta-León actual director gerente de APEMSA  y Juan García. La fotografía es de mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. /Foto: Colección Antonio Ramírez ‘Peana’.

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En la desaparecida Lonja del Pescado, de izquierda a derecha, de uniforme Vicente Perea Gandulla, con gafas Pineda, al micrófono Crstobal Romero Raposo, desconocido, José Bootello, Juan Antonio Cuevas Flores ‘Mosco’, desconocido, Salvador Figuereo ‘Salva’, semiescondido con gorra y apoyado en el anterior Gabriel Cuevas Flores, Manuel Espinosa, Luis Soriano y Chicla de Cádiz. /Foto: Rafa.

«Existe en nuestro pueblo una herencia espiritual, pero no un patrimonio de raza. El Puerto no es la estirpe, no es la raíz o tronco de una familia. La ciudad tiene más de alambique y de molde, que de cuna. En cuanto corre por la sangre un miligramo de sal marina de la que satura el ambiente o una gota del vino sutil de estas soleras que sin embriagar adormece, El Puerto ha realizado su conquista. Un hijo de castellanos-cántabros, nacido aquí, dirá siempre que es portuense. Dirá lo mismo que el nieto del inglés o de otros extranjeros. El ambiente penetra, domina y caracteriza cuanto se le entrega.»

Quién así se expresaba, en los inicios del siglo pasado era el portuense Mariano López Muñoz, en un artículo publicado la ‘Revista Portuense’ bajo el título “Lo que Pío Baroja vio en la Ciudad” recopilado con posterioridad en su libro “Las Trovas del Guadalete. Predicaciones y Divagaciones”, editado en nuestra Ciudad en 1926 por la Tipolitografía Pérez Pastor. Que forma más lírica y más profunda, como podrán comprobar más adelante, de introducirse en la esencia del portuense.

Continúa López Muñoz: «La personalidad colectiva se forma por fusión de abolengos particulares bajo las influencias ponderadas de la luz y de las brisas. El pueblo en constante renovación representa una suma: un resultado sintético obtenido por mezcla. Esto nos explica la diversidad de matices, cuando se desasocian nuestros pensamientos individuales.  Habiendo todos cristalizado en igual forma –la naturaleza portuense- tenemos diferente composición química, procedente de asturianos, de gallegos, de sevillanos, de ingleses, de alemanes o vascos o de hombres de Castilla, que sostienen la tendencia a la disgregación.»

Lo que este portuense del siglo pasado vio en El Puerto es lo que cualquiera puede comprobar hoy, sigue vigente. Las procedencias de todavía más lejos y más variados rincones del mundo, como se comprueba en el padrón de habitantes. Las preferencias para escoger, amar y vivir El Puerto, de diversa índole. Y el que viene obligado por circunstancias, o por casualidades de la vida, acaba en un idilio de por vida con esta Ciudad. Idilio que se traduce en irregulares resultados para con este Puerto de arribada, de abrigo, de arrebatacapas, de claridad, franco y de Santa María.

Y es que se dan varias clases de portuenses (y ya se quien va a reprochar mañana lunes en el café que soy un xenófobo). Están los de nacimiento: y de éstos tenemos tres tipos: los involucrados por el engrandecimiento de su Ciudad, los que se aprovechan de ella y los que dejan que El Puerto pase por ellos porque ellos no pasan por El Puerto. Los que han venido por haber encontrado aquí su puesto de trabajo. Los que han escogido la ciudad para vivir en un acto de amor con la misma y luchan por ella mas que muchos nativos. Los que han aterrizado en El Puerto y puesto su objetivo en especular con los valores de todo tipo que aun conserva (a esos, mi vecino de la calle San Juan, Luís Suárez, los llama paracaidistas). Los que viven aquí pero igual podrían hacerlo en Beteta (Cuenca), sin preocuparse de nada más que no sea su supervivencia. Con una mijita de humor se podrían dividir a los que vienen del extranjero globalizado en dos: guiris y emigrantes. En fin.

Prosigue el intuitivo escritor hace cerca de 90 años: «Se vive en El Puerto paladeando amarguras, se sale de él con los desengaños agobiadores sobre los hombros; pero se le sigue amando, aunque los corazones destilen, gota a gota la desilusión. El Puerto, mezcla de almas individuales en el alma colectiva, no logró nunca someter los pensamientos de sus hijos a un ritmo concertado en las acciones: cada cual camina a su paso y con su opinión… o sin ninguna. ¡No sabremos nunca si los vuelos de las gaviotas representan una bella ilusión o una triste fatalidad a la entrada de la ría! El Puerto, cuyas riquezas llegan y se deshacen, como la espuma del oleaje en la playa, mientras los gatos del Resbalón (la lonja del pescado) van entrando con cautela y se llevan lo que pueden…». Otro amigo mío, ha llegado a llamar a El Puerto 'la Ciudad ingrata', pero me resisto a ello.

Amor a la Ciudad y desilusión, a partes iguales, parece que conjuga el escritor de antaño, como un dios Jano, el de las dos caras. Un certero texto del que se pueden entresacar, más allá de las figuras literarias, un cierto hartazgo de quien enamorado de la misma no terminaba de estar a gusto ante la desidia de sus paisanos. Y es que, entonces como ahora, participar en la vida de la Ciudad, implicarse en el desarrollo de la misma transforma a los residentes en vecinos. En ciudadanos. Vecinos y ciudadanos de El Puerto en la trimilenaria Bahía de Cádiz. Casi ná. (Texto: José María Morillo).

Catalina Álvarez Moreno nació en Cádiz el 2 de enero de 1893. Tendría hoy 12o años. Con doce marchará a vivir con una tía a Jerez de la Frontera. Allí conocerá al que será su marido durante cuarenta y ocho años, viniéndose ambos a vivir a El Puerto de Santa María, primero en la calle Espíritu Santo y más tarde en la Sierra de San Cristobal, en una cueva cantera habilitada como vivienda, una de tantas como existieron. «Después de casarnos nos fuimos de viajes de novios a Cádiz en el tren».

En la cueva pasará Catalina sus años de matrimonio trabajando muy duro, tanto ella como su marido, en la Cantera de Pulido, «En aquel entonces todavía se trabajaba a pico y pala. Allí trabajábamos muchos. Recuerdo que iba a por agua todos los días a un pozo que estaba a una hora de camino y tenía que sacar el agua por cubas».

Es en El Puerto también, donde nacen sus ocho hijos, teniendo su última hija con 49 años: «Y todos en mi casa, jamás he dormido en ningún hospital. La única inyección me la pusieron al nacer una hija mía porque tuve un problema con la albúmina».

Durante tantos años Catalina vio y vivió grandes cambios y momentos trascendentales de nuestra historia. Recuerda emocionada los malos años de la Guerra Civil, en los que pasó miedo. «Yo vivía en la Cuesta de Matajaca, en la carretera de Jerez por la trocha. En la carretera había mucha sangre de criaturas que caían allí». Por eso Catalina considera que la vida es hoy mejor. «Yo no salía a ningún sitio, solamente trabajar y trabajar. Hoy, la vida es mucho más cómoda, aunque lo que no me gusta es todo eso que está pasando; la juventud con las drogas, eso es muy triste».

Catalina, a punto de cumplir los 100 años, vivía con una hija en la barriada de Sudamérica, mimada por todos. «Estoy ahora como una marquesa --manifestaba en diciembre de 1992--, me cuidan mucho y vivo muy tranquila». Sus hijos le dieron 22 nietos y 23 bisnietos, que se ocupaban de darle todo el cariño que se merecía. «Y eso que me casé a los treinta años, si me llego a casar antes, hoy día tengo unos pocos de tataranietos también».

Restos de na vivienda en las cuevas canteras de San Cristóbal.

A Catalina le gustaba la evolución que había ido experimentando El Puerto a lo largo de su vida: «Veo El Puerto muy bonito, está mucho mejor que antes, con sus calles tan aseadas. Bajo poco al centro, pero cuando lo hago, me fijo como está todo y me gusta mucho. Veo la vida pasar, sin asombrarme de nada: ya he visto y pasado mucho».

Reproducimos, por ser de actualidad a pesar de haber sido escrito hace 30 años, el artículos del malogrado periodista Agustín Merello del Cuvillo (ver nótula núm. 262 en GdP), que bien puede ilustrar la imagen reciente que lo acompaña.


El Palacio de Juan Vizarrón, Casa Palacio donde se hospedaran SS.MM. los Reyes de España en 1729 y 1730. la conocida popularmente como 'la Casa de las Cadenas' e está cayendo…  /Foto: Base de Datos de Patrimonio Inmueble. Consejería de Cultura y Deporte. Junta de Andalucía. Autora: Isabel Dugo Cobacho.

Tal como se han puesto las cosas, el suelo –esa cosa que se especula y sobre la que se construye--, viene a convertirse en el ciclo tal y como lo aprendimos en el Ripalda, aunque más modestito y al ras que ya se pueden imaginar. Hablamos así, no porque ahora vayamos a tocar el peliagudo asunto, sino porque en nombre de la necesidad de ese suelo celestial se cometen auténticas atrocidades contra el arte y el buen gusto.

Ejemplos, a montones. Edificios señeros, definidores de una época, han caído bajo la acción de la piqueta sin que apenas se hayan oído voces que impidieran el desafuero; y si alguna voz hemos oído, de muy poco sirvió; porque ése y aquél y el otro edificio cayeron con todo el estruendo propio y la polvareda correspondiente. En su lugar, el clásico “bloque”, muy funcional, muy práctico, eso sí; pero ambiguo, aséptico, rompiendo el conjunto arquitectónico, el contexto de una ciudad que, como la nuestra, contiene una armonía que en ningún caso podemos dejar mutilada.

El patio de la Casa de las Cadenas, cuando aún estaba abierto y mantenido por sus vecinos.

Sabemos de los esfuerzos de la Academia de Bellas Artes, que siempre tiene su voz aclarada para advertir las acciones piqueteriles. Sabemos también la preocupación de nuestras autoridades locales, con el muy reciente ejemplo al dotar a la Academia, precisamente, de una sede magnífica al tiempo que evitaba una demolición más; pero indudablemente falta conciencia de conservación, que no es caprichosa ni por mantener un pasado por las buenas; sino porque constituye para la ciudad un tesoro muy valioso, un legado del que somos administradores y debemos serlo muy celosos.

Por eso, ante un panorama que en otros momentos resultaba desolador, contamos con la preocupación de Bellas Artes, la Academia y las autoridades; pero también con el ejemplo de un particular que, a su costa, porque lo creyó un deber de ciudadanía y buen gusto, ante un inminente derrumbio, adquirió la fachada que piensa reconstruir en otro lugar del Puerto.

Valgan estos detalles para una toma de conciencia en esta materia, que tanto beneficiará a la población en general aunque pueda suponer un cierto quebranto concreto; pero merece el sacrificio una acción de tal calibre. (Agustín Merello del Cuvillo. Serie 'el ruido y las nueces'. Diario de Cádiz. 16 de noviembre de 1973)

Gago y García de Quirós, desde el tendido, en 2005: «Venimos a ver torear, y de paso, presidimos»

Gago llevaba, en el momento de hacer esta entrevista -año 2005-  doce años presidiendo la Plaza y García de Quirós dos. El primero era el que más bodas civiles había oficiado en el Ayuntamiento seguido  del segundo. Gago afirmbaa que siendo centenario, era el decano de los presidentes por ser el más veterano. Gago fue seminarista. Quirós había estado un año en el noviciado de presidentes taurinos. Ambos tenían en el dorso de ssu tarjetsa de visita, el azulejo de Joselito, dedicado al día de Toros en El Puerto. Por aquel entonces, se entendían.

Presidentes ¿tanto cuesta, cuesta tanto dar la segunda oreja?
--Gago: Lo que dice el artículo correspondiente del Reglamento Taurino.
--García de Quirós: Pesa el reglamento, la afición de los presidentes y las ganas que le pongan los toreros.

¿Cuándo les mientan a sus antepasados muertos… eso forma parte de la Fiesta?
--GdQ: Es un síntoma de la educación del respetable.
--G: Es una prueba evidente de la falta de educación.

Mójense: Una plaza de Primera, clasificada como de Segunda, y un público…
--G: Que paga y que premia lo que le gusta.
--GdQ: Con arte, conocimientos y afición.

El purismo se está perdiendo, y es una pena…
--GdQ: El libro de los gustos está por escribir. Hay toreros, faenas y toros para todos.
--G: No se está perdiendo. La Fiesta está en constante evolución.

Quien no ha visto Toros en El Puerto no sabe…
--G: Lo que es un día de Toros.
--GdQ: Apreciar lo que es una buena copa de vino, una buena conversación taurina y un paseo por El Puerto.

¿Vds. que prefieren, que se lidien  o que se corran los toros?
--GdQ: Se corren en Pamplona y se lidian en El Puerto.
--G: Públicamente, deben lidiarse.

¿Le haría falta un poco de humor de Muñoz Seca al ambiente taurino portuense?
--G: Por supuesto que si. Hay mucha gente que quiere imponer su criterio a los demás y para eso hace falta mucha gracia.
--GdQ: Le falta relax y ganas de disfrutar. Sobran tiranteces y malas caras.

¿Y las Peñas Taurinas de El Puerto?
--GdQ: Intentan cumplir con su papel dentro de la Fiesta.
--G: Muy bien, gracias. ¿Y usted?

¿Qué tal con el empresario, Justo Ojeda?
--Los dos: Nosotros con la empresa no tenemos nada que ver. Ni tampoco con el ganadero, ni con los toreros. Nosotros venimos a ver torear. Y de paso, presidimos.

--¿Cuál es el toro de El Puerto?
--GdQ: Que tenga dos cuernos, una cabeza, dos orejas, cuatro patas, el rabo, del pelaje que quiere el espectador, y nos dejamos de pamplinas.
--G: Y que se vaya arrastrado sin los apéndices indicados. O indultado.

¿Cuántas corridas, Presidentes?
--G: Entro toros y novillos, más de un centenar. Y aguantando tela.
--GdQ: Catorce espectáculos presididos. Catorce tardes en compañía del respetable y un año de noviciado. (Texto: José María Morillo. Fotos: Fito Carreto.)

Imagen tomada en la actual plaza de las Galeras, entonces Vergel del Conde, en la década de los cincuenta del siglo pasado.

De izquierda a derecha, fila superior: Juan Carlos Benjumeda Abreu, Carlos Casado González, Ángel Ferrer Zamacola, Manuel Pico Ruiz-Calderón, Manuel Pacheco Luque y José Jiménez.

Agachados, de izquierda a derecha, Antonio Gil Ortega, José Luis Pacheco Luque 'Ben Barak' y Victoriano Gil Jiménez. /Foto Colección Vicente González Lechuga.

He solicitado al Sr. Morillo, que dirige y coordina esta exitosa ventana virtual de todo lo local, a la que se asoman diariamente tres millares de internautas, insertar en esta fecha, el 27 de enero,  la colaboración que me dispongo a desarrollar con algunos datos y apuntes biográfico de un portuense de cuna: Martin de Garay Perales. Es la misma fecha en la que, hace 242 años, (número capicúa) recibió este ilustre personaje, dos veces ministro de Hacienda entre otros muchos e importantes cargos que desempeñó, el líquido bautismal en la pila de nuestra iglesia Mayor Prioral un día después de su nacimiento.

Corría el año de 1771 (también capicúa) fecha en la que se asentaba en nuestra ciudad el Regimiento de Caballería de Santiago, cuyo capellán castrense, de nombre Antonio Ruiz Navarrete, fue el encargado del ritual sacramental del hijo de uno de los capitanes de dicho Regimiento llamado Martin de Garay Martínez de Villela y de su joven esposa, María Sebastiana Perales Franco, aragonesa como él, de la Almunia de Doña Godina. Al recién nacido, primogénito de la pareja, se le impuso el nombre de Martín, como a su padre, abuelo y bisabuelo, añadiéndoles los de Policarpo, Sebastiano, Francisco, Felipe, Joaquín, Antonio y Vicente. Posteriormente, lejos de estas tierras del Sur, la pareja tendría otros tres hijos, hermanos de nuestro protagonista; dos varones: Mariano Joaquín y Faustino José, que fueron ambos Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén,  y una hembra: Bárbara de Garay Perales.

Firma de Martín de Garay Perales.

Actuó de padrino, un fraile capuchino en representación del Obispo de Barbastro, el  Sr. Don Fernando de Perales, tío abuelo del cristianado. Su ilustrísima, en esa fecha, era victima de una enfermedad “grave y dilatada” que le mantenía sumido en una especie de sopor que le dejaba inútil para el gobierno de la diócesis. Veinte meses después de apadrinar a su sobrino perdió la mitra. Se le retiró del cargo por “privación de potencias y torpeza corporal” y al poco tiempo falleció (22-11-1772). En su familia materna, que poseían la Baronía de Latorre, hubo también otro notable clérigo, Fray Pedro Mercado, franciscano guardián del convento de Belén y del de San Juan Bautista de las montañas de Judea.

Debieron asistir a la ceremonia compañeros de armas del padre y, tal vez, sus superiores jerárquicos, el Sargento Mayor Don Francisco Xavier de Santiesteban y el coronel del regimiento,  el Brigadier Marqués de Casa Henestrosa. Años después, en 1793, justamente 22 después de esta fecha, (otro número capicúa) Martín de Garay padre, que ocupaba ese último cargo citado, el de coronel del Regimiento de Caballería de Santiago, fallecería en el feudo familiar, aprovechando esta circunstancia el joven Martín de Garay (IV de este mismo nombre) que era un imberbe militar con el empleo de alférez, después de estudiar en el Seminario de Nobles de Madrid, pasar por la Real Academia y Picadero Militar de Ocaña, ocupando una de las 18 plazas asignadas a los hijos de la oficialidad  y debutar en algunas acciones bélicas de la Guerra del Rosellón, para retirarse a su pueble natal con la excusa de su primogenitura y, por tanto, de su obligación para con su familia.

Placa que se encuentra en el Paseo de la Independencia de Zaragoza.

LIBREPENSADOR, INNOVADOR Y CULTO.
No era un hombre de acción, más bien todo lo contrario. Un librepensador, innovador y culto que se transformó en experto economista en los siguientes lustros hasta ser considerado entre los más importantes y prestigiosos de su época en toda Europa. Si insertamos su nombre en un buscador de la red de Internet aparecerán más de veinte mil referencias con cuyo contenido se puede desmenuzar su trayectoria  pública y conocer los diversos cargos de responsabilidad que ocupó durante el periodo que duró la invasión francesa y años posteriores, tanto en la Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino, de la que fue Secretario de Estado como ejercitando de forma interina la dirección del Ministerio de Estado y Asuntos Exteriores.

MINISTRO DE HACIENDA.
Después sería “fichado” por Fernando VII para el Ministerio de Hacienda, salvando –según algunos historiadores- a la corona de la bancarrota con sus acertadas gestiones en el corto periodo que medió entre su nombramiento, curiosamente el día de los Santos Inocentes, 28 de diciembre de 1816, y su cese, un cese administrativo realmente, el 4 de Febrero de 1817, pues en la misma fecha  fue nuevamente nombrado ministro, en esta ocasión con una duración en el cargo algo más extensa, casi un año y medio. El encargo regio fue el de regenerar la economía nacional, remodelando el sistema tributario existente. Cuando Garay expuso que para conseguir esa meta era indispensable una desamortización general y suprimir buena parte de los privilegios de la nobleza, además de hacer tributar más al que más poseyese, el circulo de influencia de la corona, formado por nobles, generalmente grandes terratenientes, debió ver esa teoría como una blasfemia al conservadurismo imperante y una amenaza evidente hacia sus propios intereses, retirándolo del cargo, lógicamente. /En la imagen, portada del libro 'Biografía de un liberal aragonés: Martín de Garay. 1771-1822', escrito por su descendiente Nuria Alonso Garcés.

LA ALMUNIA DE DOÑA GODINA.
El resto de su vida, que apenas se prolongaría un lustro, lo pasó en la comarca aragonesa en la que habían nacido y vivido sus antepasados.  Nuria Alonso Garcés, que se autodefine como la única descendiente con estudios de Historia, ha publicado un extenso trabajo titulado: “Ideas y pensamiento político de Martín de Garay” en el que indica: “Martín de Garay nació en 1771 en el Puerto de Santa María, Cádiz, aunque siempre se consideró aragonés a causa de que su familia había vivido en La Almunia de doña Godina –un pequeño pueblo de Zaragoza- desde el siglo XVI.”  Y al que se trasladó a muy corta edad, debemos añadir, llegando incluso a solicitar y obtener su familia la inscripción del acta de bautismo en los libros parroquiales de aquella población zaragozana, hecho consumado en 1782 con la autorización y beneplácito del Vicario General del Arzobispado de Zaragoza, hecho este que ha confundido a algunos biógrafos a la hora de determinar el lugar de nacimiento de Garay.

La plaza, que tuvo funciones de plaza de Toros, de La Almunia de Doña Godina (Zaragoza). Está enterrado en la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción. Y tiene calle a su nombre en el pueblo, detrás de la plaza que aparece en la fotografía.

DESMONTANDO EL ANTIGUO RÉGIMEN.
Continúa esta autora y descendiente comentando que, aunque “emprendió una reforma de la Hacienda cuando ocupó ese ministerio, lo cual es sobradamente conocido,  también tomó parte en importantes decisiones que contribuyeron a desmoronar las viejas estructuras del Antiguo Régimen en España, lo cual solo conocen contados investigadores. Su pensamiento político e ideas permanecieron ocultos en medio de su archivo privado por el espacio de doscientos años.”   

En 1820, al inicio del trienio liberal fue llamado a Madrid para que formase parte del Consejo de Estado pero el agravamiento de su enfermedad, la terrible tuberculosis, que era un mal prácticamente incurable en esa época, le obligó a abandonar definitivamente cualquier actividad, retirándose a la Almunia de doña Godina, donde falleció en 1822.

CON LA CONSTITUCIÓN DE 1812.

En la imagen de la izquierda, alegoría de la Constitución de Cádiz de 1812.

Hemos visto con asombro como siendo un personaje bastante relacionado con las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, en cuyo Bicentenario, recientemente finalizado,  El Puerto y los portuenses no hemos tenido ningún protagonismo, no se aprovechase la condición de ser El Puerto de Santa María su ciudad natal para, al menos, hacer un guiño a la historia oficial del evento, reivindicando al personaje como algo nuestro. Y es que podemos sentirnos orgullosos de él, que es “gente del Puerto” pues dejó fama de sabio, íntegro y patriota y al decir de los que lo trataron, estaba dotado de un carácter afable y bondadoso.  De todo ello he querido dejar constancia en el 191º (¡otro capicúa!) aniversario de su muerte, ofreciendo algunas de las pinceladas menos difundidas de su biografía que lo conectan con nuestra ciudad. (Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. PUERTOGUÍA).

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Milagros Martín, 'La Macaca', con una lechera al fondo de la imagen.

Este artículo es un  pequeño homenaje a la gran matriarca de mi familia paterna, mi bisabuela Milagros apodada 'la Macaca'. Para mí, ella  fue siempre un gran ejemplo de vida, de trabajo y de dedicación a su familia, valores que hoy en día, desgraciadamente se están perdiendo.

Milagros Martín, que heredó el apodo de 'la Macaca' por su rama paterna, nació en El Puerto de Santa María en el año 1890, falleciendo en 1990, con 100 años de edad. Se casó a los 18 años de edad con Antonio Parralo, de esta unión nacieron 5 hijos: Rafaela (mi abuela), Antonio, Lola, Vicente y Ángel. Mi bisabuelo Antonio era cabrero y tratante de ganado, oficios ambos muy comunes en el siglo pasado. Poseía un rebaño de cabras que fue el sustento de su familia.

Todos los días, apenas amanecía marchaba a los campos con sus cabras para el pastoreo y ordeño de las mismas. Una vez ordeñadas enganchaba la mula al carro y cargaba las lecheras con la leche recién ordeñada y los quesos que mi bisabuela –su mujer- elaboraba con la leche de las mismas y el cuajo del chivo, para posteriormente intentar vender toda la mercancía por las calles de El Puerto.

Así, todos los días durante buena parte de su vida, hiciera aire, frío, calor, lloviera, etc. Había que alimentar y sacar adelante a su familia. Los días de invierno eran los más duros de sobrellevar debido al frío, que junto con algunos días de lluvia, llegaba a casa totalmente mojado. Días como estos, fueron  los que hicieron que la salud de mi bisabuelo se fuera minando hasta que falleció de una grave neumonía en 1936, año que comenzó la Guerra en España.

AÑO 1936. AÑO NEFASTO, COMIENZO DE LA GUERRA “INCIVIL” ESPAÑOLA.
Este año , fue un año nefasto para mi bisabuela ya que, al poco tiempo de quedarse viuda reclutaron a su hijo Antonio para que luchara en el frente de la guerra, a los pocos meses, falleció otro de sus hijo, su hijo Vicente víctima de las fiebres tifoideas. /En la imagen, monedas de dos reales (25 cts. de peseta) de ambos bandos, republicano y golpistas.

Recuerdo siempre que mi bisabuela nos contaba sus recuerdos de estos años con mucho dolor, sufrimiento y pena en su corazón de mujer, madre y amiga. Fueron años de mucho sufrimiento para muchas familias en general, sobretodo y principal por quedarse sin ingresos con el que poder alimentar a sus hijos debido a los reclutamientos obligatorios de los cabezas de familia e hijos en edad de luchar en los frentes, y, aunque mi abuela no tuvo que lamentar la pérdida de su hijo Antonio en la guerra, sí que se perdieron muchos seres queridos y conocidos.

Posteriormente vino la posguerra junto con todo lo que conlleva, bajas en las familias, pobreza, escasez de alimentos, falta de libertad e incertidumbre en la vida diaria. Pero a ella, todas  estas circunstancias y avatares la convirtieron a su vez en una mujer fuerte y luchadora, decidiendo junto con sus hijos volver a coger las riendas del negocio que había dejado su marido.

San Bartolomé esquina calle Los Moros. /Foto: Vicente González Lechuga. 2008.

LECHERIA EN SAN BARTOLOMÉ ESQUINA LOS MOROS.
Abrió una lechería en su propia casa aumentando las cabezas de ganado con la compra de varias vacas y poder así vender leche de cabra y de vaca al mismo tiempo.

A cada hijo le designó una labor diferente dentro del negocio. A mi abuela Rafaela le tocó junto  con su hermano Ángel el reparto de la leche a los domicilios particulares, bares, hostales y pensiones. De todos estos repartos que hacían, los que peor llevaba mi abuela eran estos tres últimos debido a la vergüenza que pasaba por las regañinas que recibía de los dueños, ya que estos, poseían un artilugio llamado Medidor pesa leches que servía para medir la cantidad de agua añadida a la leche y que siempre daba positivo, aunque nunca llegó a ser “agua lechosa”. Mi bisabuela siempre alegaba que lo tenía que hacer así para aumentar los litros de leche y poder abastecer y cumplir con todos sus clientes.

El densímetro o medidor pesa leches. Se atribuye su invención a Hipatia de Alejandría.

MEDIDOR PESA LECHES
Este artilugio servía para comprobar la cantidad de agua añadida que podía contener la leche, sobre todo en los tiempos de hambruna posteriores a la guerra civil. Los vendedores de leche y sobre todo los ganaderos se dedicaban a añadirle agua a la leche con el fin de que la misma cundiera más, sacando mayor beneficio.

Estos medidores bien podían estar en posesión de los vendedores como de los compradores. Los primeros lo utilizaban para ir regulando el agua que añadían hasta el máximo permitido por la ley y no ser denunciados tanto por los controles policiales como por los particulares; los segundos lo utilizaban para no ser engañados a la hora de comprarla.

Este medidor está realizado en cristal fino y divido en tres partes; la primera e inferior consiste en una bola de cristal tintado en negro y hueca, cuyo interior contiene unas bolitas de plomo con un peso aproximado de 35 gr., cuya función es hacer de contrapeso entre la leche y el agua; la segunda parte, es un cilindro de 8 cm de largo y hueco para poder mantenerse flotando en el líquido; la tercera parte, la superior, consiste en un tubo mucho más fino y estrecho que el anterior, de 10 cm de largo con dos leyendas informativas en su interior. Una cara nos informa con un papel reglado del 0 al 25; y por la otra cara, con las posibles cantidades de agua: ¼, ½, ¾ o bien, leche entera.

Su finalidad era introducirlo verticalmente en las lecheras, si el medidor se hundía marcando la raya del 25 al 20, significaba que la leche era entera completamente, si se hundía del 20 al 15, significaba que contenía ¼ de agua añadida; del 15 al 10, ½ de agua; del 10 al 5, ¾ de agua y finalmente, si se hundía del 5 al 0, descaradamente la leche estaba totalmente aguada. Debido a estos pillajes se crearon controles policiales llamados fiscalías que se dedicaban a revisar todas las mercancías, tanto las que salían al exterior desde el muelle del vapor, como las de las propias lecherías, en las que se presentaban sin previo aviso. (Texto: Coral Piá Oviedo).

Lecheras con las que hacían el reparto por las calles de El Puerto Ángeles Pérez Navarro, su hermana, y una prima de su padre durante los últimos años de la Lechería.
RECUERDOS Y OLORES EN MI MEMORIA
Cuando recuerdo aquellos tiempos me vienen vaivenes de aromas, olores, sabores y colores que me trasladan al cuarto donde estaba la pequeña lechería, donde tantas horas de mi niñez se quedaron dormidas oliendo la leche recién ordeñada, el queso recién hecho, el vaso de leche azucarada que me daban para beber y aquellos requesones con azúcar de los calostros de las vacas recién paridas.

Y sobre todo la sensación de sentirme arropada y querida por la gente que te quiere, sensación, que jamás volverá a repetirse porque las piezas del conjunto caídas son más que las que quedan en pie.
Gracias por todo, gracias por estar en los momentos que solo tú supiste estar, acogerme como solo tú sabias. Doy gracias a Dios por habernos unido en esta vida, fuiste maestra de hacer pan de la nada, superando todos los obstáculos que la vida te impuso, por tus enseñanzas y por tu visión madura de la vida.

Abarcaste y protegiste a tres generaciones: hijos, nietos y bisnietos, siendo la gran Matriarca de esta familia. Demostrando que el mundo no es tan absurdo como muchas veces pensamos, gracias a tu legado de amor, dignidad honradez y sobre todo, unión familiar. Enseñanzas que siempre llevaré en lo más profundo de mi corazón y de mi memoria, gracias a tu larga vida.

Nos dejaste  a los 100 años de edad.

“Sé que en el trascender de mis años, llegará el momento exacto que volveré a estar frente a ti y podré  tocar tu rostro de nuevo. / Sentiré el respirar de tu aliento sin miedo a volver a perderlo. / Más allá del cielo azul será nuestro encuentro.” (Texto: Ángeles Pérez Navarro).

Más información sobre la familia de La Macaca. Josefa Martín Lanzarote 'La Macaca'. nótula 1.455 en GdP. La belleza de una porteña en París.

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