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Stand que El Puerto de Santa María instaló en Fitur en el año 1995. Tomás Terry hizo una extraordinaria labor invitando a sus amigos a celebrar el Día de El Puerto en Fitur, lo que atrajo a numerosos medios escritos y televisiones que estuvieron proyectando la imagen de la Ciudad durante días

En la imagen vemos, de izquierda a derecha a Tomás Terry Merello, Premio a la Promoción Turística de El Puerto, el alcalde de la Ciudad, a la sazón Hernán Díaz Cortés, Cayetana Fitz James Stuart, Duquesa de Alba y Fernando Falcó, Marqués de Cubas. /Foto: Fito Carreto.

Imagen panorámica del Stand que fue diseñado y construido bajo la dirección del querido y añorado José Antonio Reimóndez López 'Lete'. /Foto: Fito Carreto.

Da Massimo abre una nueva heladería en el centro de El Puerto. El conocido heladero ofrece una terraza para servir copas, una yogurtería y un nuevo sistema de servir helados que permite mezclar en una tabla de mármol a baja temperatura los mantecaos con frutas y otros ingredientes.

La Heladería Da Massimo, situada en el centro de El Puerto de Santa María y que se ha convertido en un referente en la ciudad en este sector, acaba de inaugurar nuevo establecimiento, situado a pocos metros de la heladería que tiene en la calle Luna. El nuevo local, situado en la esquina de Luna con Misericordia, ofrece nuevos tipos de helados. El primero de ellos, muy de moda en la provincia en los últimos años, es el de yogur, que se ofrece sólo o mezclado con diversos ingredientes.

HELADO A LA PLANCHA.
La segunda modalidad es más original y se denomina “helado a la plancha” aunque en realidad lo que se hace no es calentar el helado sino trabajarlo con espátulas en una superficie de marmol especial que está a menos 15 grados. El proceco consiste en coger la bola de helado del gusto que desee el cliente y esta se deposita sobre la plancha. Como si fuera una hamburguesa el helado se presiona con la espatula hasta lograr que quede plano. Entonces se añaden los ingredientes que desee el cliente (pueden ser frutas u otros ingredientes como trozos de tejas de El Puerto, por ejemplo). Entonces la persona que realiza el helado, ayudándose de nuevo con las espátulas, mezcla el helado con el resto de ingredientes y, tras darle de nuevo forma de bola los coloca en la copa donde se sirve. Por último se le puede agregar por encima alguna salsa dulce.

Una dependiente prepara una mezcla de helado con frutas y otros ingredientes en una "plancha" de mármol que está a -15º.

Por el momento este forma de servir los helados no existía en la Bahía de Cádiz. Tanto para los helados como para el helado de yogur tienen disponibles frutas de temporada como sandía, melocotón o melón, además de mermeladas como la de manzana o de mango. Por último se ofrecen diversos productos picados que se pueden añadir como varios tipos de chocolates o incluso trozos de tejas de El Puerto de las que el artesano heladero Massimo Pozzi, propietario de los dos establecimientos,  ya realizó un helado. (Texto y fotos: Pepe Monforte).

 

Monasterio de la Victoria. /Foto: Nani Delgado Poullet.

Desde la nueva estación del tren contemplamos el monasterio de la Victoria, iglesia de principios del siglo XVI, con una rica fachada gótica. Actualmente es un recinto cultural, si podemos acceder, hay que contemplar su solemne claustro. Entre 1896 y 1981 fue una cárcel y en sus jardines hay un monumento que recuerda a los reclusos políticos. Cruzando la antigua carretera, podemos acceder al Paseo de la Victoria, antigua huerta del monasterio y jardín desde finales del siglo XVIII. Continuando hacia la Plaza de los Jazmines en las inmediaciones se encuentran las Bodegas Terry (para visitas 956 151 500).  Desde el monumento al Sagrado Corazón (1927) tomaremos por calle Larga. En el número 19 podemos encontrarnos con la fachada civil más antigua de la ciudad, del siglo XVI. A continuación el Hotel Monasterio San Miguel, antiguo convento de las capuchinas, del siglo XVIII. En el  número 64, el Palacio Oneto, también del siglo XVIII, podemos asomarnos a su encantador patio porticado.

En la imagen de la izquierda, patio del Palacio Oneto, en la calle Larga. /Foto. AGR.

Desde la plaza Peral nos acercamos hacia el rehabilitado Ayuntamiento, del siglo XIX, erigido sobre el desaparecido monasterio de los Descalzos. Tomamos a la izquierda por calle Nevería y subimos por Ganado hasta el mercado de abastos, siglo XIX, y en esquina con Sierpes, siempre viene bien una parada en el bar Vicente (Los Pepes, para los portuenses) y contemplar sus reclamos publicitarios bodegueros. Tomando Ganado arriba, en esquina a Zarza se llega al Hospitalito, siglo XVIII, sede del futuro Museo, que abre con exposiciones temporales. Por Placilla llegamos a la casa palacio de Los Leones, convertida en establecimiento hotelero, con una rica fachada del siglo XVIII y  un interesante patio. Continuando por San Bartolomé llegamos a la calle Palacio. A la izquierda, en el número 48, una de las fachadas más originales de las casas de cargadores de Indias, la de los Govantes (siglo XVII), con yelmos y armaduras en la última planta. En la esquina con Misericordia, podemos contemplar parte de lo que fue el convento de San Agustín, actual conservatorio. Tomando a la izquierda por la calle Jesús de los Milagros podemos contemplar otras  fachadas de interés, y a la izquierda, en calle Luna, la iglesia de las Esclavas, (con retablo del siglo XVIII).

La plaza de la Herrería, en la actualidad.

Llegaremos a la plaza de la Herrería, presidida por la Casa de los Diezmos, siglo XVII, perteneciente en su momento al Arzobispado de Sevilla. Tras contemplar la cercana plaza de la Cárcel y los pórticos de la Ribera del Río (más apartada se encuentra la iglesia del Espíritu Santo, en Pozos Dulces, siglo XVIII), podemos reparar fuerzas tapeando en algún bar de toda esta zona, de la Ribera del Marisco o de la calle Misericordia, o continuar por el parque Calderón (1896), plaza de las Galeras, con la fuente de Las Galeras (siglo XVIII),  y continuar por la Bajamar o por Micaela Aramburu hasta la esquina de calle Palacio, donde se encuentra la fachada de la antigua aduana del Palacio de los Medinaceli, señores de El Puerto (siglo XVI).

El antiguo Hospital Municipal, antes del 'palmericidio'.

Frente a ella, el antiguo Hospital Municipal (siglo XX), pendiente de restauración. Si está abierta la capilla se puede contemplar la venerada talla de Jesús de los Afligidos (siglo XVII), de posible origen americano. Por esta calle, frente a la plaza Colón. Tomando hacia la plaza del castillo, el palacio de Araníbar, siglo XVII, la casa de cargadores de Indias más antigua, que es actualmente Oficina de Turismo, junto al castillo de San Marcos (siglo XIII). En la manzana adyacente está El Resbaladero, antigua lonja del siglo XVIII. Tomando por calle Cañas y Sol llegamos frente al Palacio de Valdivieso, actual sede municipal de Urbanismo, desde aquí alcanzamos la plaza del Polvorista. En un lateral se encuentra el Teatro Pedro Muñoz Seca, antiguo cuartel del siglo XVIII; la sede del Ayuntamiento es el palacio de Reinoso, siglo XVII, pudiendo acceder en horario de mañana a contemplar su patio. Regresando a la acera de Micaela Aramburu se encuentra el palacio de Imblusqueta, siglo XVII. En su patio se contemplan unas cadenas que recuerdan la doble estancia del rey Felipe V. A continuación, tras pasar la calle Cadenas, se halla la casa palacio de Roque Aguado, con una original escalera de acceso en su patio. Desde este lugar tenemos cerca una visita a las bodegas Osborne (956  869 100), con acceso en calle Los Moros; bodegas Gutiérrez Colosía (956 852 852), en la avenida de la Bajamar; o bodegas Grant, en calle Bolos (956 870 406). (Texto: Francisco Andrés Gallardo).

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De izquierda a derecha fila superior, Enrique García, de Hotel Jándalos; Enrique Fernández de Bobadilla, restaurante La Proa de Puerto Sherry; Julián Alonso, de Hotel del Mar, Francisco García de Quirós, de hotel Santa María. Fila del centro, José María Godínez, de hotel Los Cántaros; Fila inferior, Felix Parejo, de Hotel Puertobahía, José María Morillo, de la Oficina de Turismo, Piedad Hernández, de hotel Casa del Regidor; y los eméritos Juan GArcía, José Manuel Anguiano y Juan Sendra, así como Segisfredo Fernández, de hotel Dunas Puerto.

Directores de hotel de El Puerto de Santa María y tres eméritos: Juan Sendra, Juan Garcia, y José Manuel Anguiano ex directores de los hoteles Monasterio, Del Mar y Caballo Blanco, mantuvieron una reunión el restaurante La Proa de Puerto Sherry con Enrique Fdez. de Bobadilla, para homenajear al que fuera edil de Turismo y alcalde de la Ciudad, Fernando Gago, recientemente desaparecido. Acordaron mantener una reunión anuall con Gago desde que abandonó sus cargos públicos el pasado año. Se celebró la primera el año pasado y decidieron hacer una Comida del Recuerdo en su homenaje, donde se comentaron anécdotas y y sucedidos del añorado edil, delante de una foto de gran formato del finado.

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Los actuales propietarios de Casa Aparicio: David Moreno Caraballo, la cocinera Concha Chacón Chamizo y Policarpo Ruiz Arroyo.

Policarpo Ruiz Arroyo, hijo de Aparicio Ruiz, el fundador de este bar de El Puerto y uno de los propietarios actuales del establecimiento que fue fundado en el año 1983 por Aparicio Ruiz Fernández y Carmen Arroyo Aspera. El primero le dio nombre al bar. Desde el año 2006 y hasta noviembre de 2011 lo regentó Oscar González. Ahora ha vuelto a la familia Aparicio, en concreto a su hijo Policarpo Ruiz Arroyo que lo dirige junto con otros dos socios David Moreno Caraballo y la cocinera Concha Chacón Chamizo que ya estuvo trabajando en el establecimiento cuando lo tenían los padres de Policarpo por lo que conoce a la perfección su cocina.

Guiso marinero que quita 'como tó el sentío'.

Casa Aparicio es un bar de tapas y raciones especializado en pescado frito y guisos marineros que van variando a diario. La especialidad es el pescado frito del que tienen numerosas variedades. También son famosos algunos de sus mariscos como las navajas. Tienen en carta coquinas de El Puerto.  Su terraza, al pie del río Guadalete y en la zona peatonal de la Avenida de la Bajamar,  es muy apetecible.

EL GALLO EMPANADO
Lo del gallo saben ustedes que es terreno generoso. En algunos sitios el gallo, más que un pescado, es un pedazo que igual podría ser también el marido de la gallina porque sabe igual…a ná.

El gallo empanao de Casa Aparicio.

Sin embargo, y este es el caso, hay bares que cuando anuncian gallo es gallo de verdad y se nota. En Casa Aparicio el pescado se presenta con un empanado muy ligerito, casi más cercano a la fritura, rubito como un escandinavo y cuando se abre te encuentras con unos lomos gorditos de pescado, más blanco que un traje de novia antes de ello. En Casa Aparicio se trata de gallo fresco “del de verdad” y lo cierto es que se nota. Pero no sólo el gallo requiere atención en esta tapa, el alioli que lo acompaña está también pa matarse y hace juego con las papas fritas que lleva de guarnición el pescado. Ya puestos a guarnecer también lleva un poquito de piriñaca, pero con un aliño muy suave y sin caldo, para no estropear el crujiente de la fritura. Policarpo señala que la tapa la incorporaron en noviembre, cuando la familia Ruiz Arroyo, con él, ha vuelto a este establecimiento que fundaron sus padres. La tapa se cotiza a 4,50 euros y el gallo también se puede tomar a la plancha. (Texto y fotos: Pepe Monforte).

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En la imagen aparecen, de izquierda a derecha Juan de Dios Sánchez Rodríguez; Vicente González Bruzón; Francisca González Bruzón; Fernando Arjona Cía y los niños Fernando Arjona González; Vicente González Lechuga; José María Arjona González; José Sánchez González; José Ignacio González Lechuga; Juan de Dios Sánchez González.

La playa de La Puntilla se llamaba, antiguamente, playa de la Laxa. posteriormente pasaría a conocerese como playa de la Laja y, finalmente tomaría su denominación actual. El nombre data de mediados del siglo XVII, debido al fuerte construido para defender la ciudad. Sobre sus restos se encuentra situado el bar El Castillito. Por esta época, Juan Camacho Jayna mandó plantar los pinares de las dunas de San Antón para evitar que el viento se llevara la arena. /Texto: Adrián Morillo González. Foto: Colección Vicente González Lechuga.

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La playa de la Puntilla es una de las playas más populares de El Puerto de Santa María. No es precisamente la más bella, la que tenga el agua más limpia, la arena más fina o la más tranquila.

¿Qué es lo que tiene la playa de la Puntilla entonces? Tiene a quienes le dan su vida, los portuenses. Está situada entre la desembocadura del río Guadalete y la playa de La Colorá, arropada por los pinares que pueblan las dunas de San Antón y bañada con el olor a pescadito frito del bar El Castillito, despertando pasiones en los estómagos de quienes toman el sol al mediodía.

Cuando los médicos recomiendan esconderse de los rayos del sol, a eso de la 1:30 de la tarde, la Puntilla comienza a tomar cuerpo. Por el Camino de los Enamorados van llegando a pie familias completas del centro de la ciudad: abuelos, padres, primos, nietos, tíos, amigos, padrinos, y agregados, que ataviados como si de un equipo de combate se tratara, llevan consigo sillas, tumbonas, toallas, esterillas, sombrillas, neveras, tupperwares, juegos de mesa... y al perro de la familia. Todo de las tonalidades más llamativas posibles, menos el perro, claro. Se crea así un paisaje de tonalidades vivas y chillonas alrededor de la orilla de la playa, que con la dura luz del mediodía parece un cuadro de Kandinsky.

A la tarde, con los rayos del sol comenzando a menguar en intensidad, la vida que parecía haber desaparecido bajo las sombrillas tras haber acabado con los bocadillos de filete empanados de la abuela, la tortilla de la cuñada, las cervecitas de oferta en el súper y la sandía enterrada en la orilla de la playa, parece despertar. Un niño que intenta nadar cerca de la orilla comienza a llorar desconsoladamente. Sale corriendo del agua y se abraza a su abuela metiendo la cabeza entre sus pechos. Se ha abierto una herida en un brazo, sensible con la sal del agua. A la poca profundidad que tiene el mar de esta playa, hay que añadirle la gran cantidad de piedras que la pueblan, de cuyos familiares se acuerda más de un portuense cada verano.

Un grupo de chavales juega al voleibol en una improvisada pista marcada con chanclas Los veraneantes que tomaban el sol en las inmediaciones del nuevo terreno de juego, comienzan a mudarse de lugar, cubiertos de arena como croquetas antes de un baño de aceite.  Algunos aprovechan para darse un paseo por la orilla y llenar sus manos de todo tipo piedras moldeadas por la marea así como de conchas con brillos y colores hipnotizantes. Acabarán en mesas de trabajo, lavabos y maleteros de coches. Pero no hay que preocuparse, la cantidad de regalos del mar de la playa de la Puntilla nunca se agota.

Cuando el sol comienza a resguardarse, las familias preparan su vuelta al hogar. Una pequeña odisea que se cumple tras conseguir despertar al abuelo, que mimetizado con la tumbona es incapaz de responder a llamadas, sacar al niño del mar, que se resiste a marcharse, y quitarle el bañador a la prima pequeña, que le da vergüenza que la vean desnuda sus primos de Sanlúcar.

Con la noche ya entrada, la playa queda prácticamente vacía. Algunas parejas se dejan ver, resguardándose entre pequeñas palmeras esparcidas por la arena. Si uno desea darse un paseo por la orilla a estas horas, debe de tener la delicadeza de no romper con su intimidad. Basta con no acercarse a los grupos de datileras ocupadas, reconocibles por los tintineos de litros de cerveza que se van consumiendo entre risas y el olor de algún que otro cigarrillo aliñado. Siguiendo la línea de la costa, puede llegar a un pequeño espigón, ir hasta el final del mismo, y observar con la paz que aporta la brisa salada de las noches de verano, el interior de la bahía de Cádiz.

Antigua vista aérea de La Puntilla, o Punta de La Laja o la Laxa.

TIEMPO ATRÁS.
Antiguamente se llamaba Playa de la Laxa. Posteriormente pasaría a conocerse como la playa de La Laja y finalmente tomaría la denominación actual. El nombre data de mediados del siglo XVII, debido al fuerte construido para defender la ciudad. Sobre sus restos se encuetra situado el bar El Castillito. Por esta época Juan Camacho Jayna mandó plantar los pinares de las dunas de San Antón para evitar que el viento se llevara la arena. (Texto: Adrián Morillo) /Fotos: Diputación de Cádiz.

Esta foto de 1989 (perdón por el encuadre) fue tomada en el legendario interior de «La Burra», (ver nótula núm. 489 en GdP) una tasca con reservados del siglo XIX que daría cerrojazo definitivo unos meses después.

El segundo por la izquierda es el poeta Ángel Mendoza, acompañando a unas noruegas en los camarotes de 'La Burra'.

Son las últimas semanas de un agosto más caluroso de lo normal en 1989 y estábamos brindando por el feliz viaje de vuelta de un grupo de muchachas de Oslo a las que habíamos servido durante un par de meses como anfitriones, animadores turísticos y poco más , para nuestra desgracia, [escribe Ángel Mendoza, nótula núm. 597 en GdP].

Aunque la imagen recuerde el final de muchas cosas,aunque ese mediodía de vino y risas desatadas pusiera colofón a algo más que a un verano, en verdad está llena de principios, de realidades importantes que empezaban, sin que fuera consciente del todo en ese momento el jovenzuelo, aparentemente despreocupado, que levanta la copa de oloroso.

Cierto que nunca más volveríamos a quedar en «La Burra», porque un día ya no hubo más Burra; cierto también que a la década que abarcó nuestros mejores años le quedaban dos telediarios, y que el verano siguiente ya no tuvimos edad para el derrame caprichoso de tanta juventud, y que no tardaríamos en estar todos seriamente ennoviados y que, además, poco después caería el Muro de Berlín, para desgracia de nuestros ideales subversivos a juego con la etapa vital.

Los 'camarotes' de La Burra. /Foto: Fito Carreto.

Es verdad que fueron los años en los que se nos abrieron las puertas de Europa y que aquel continente extraño y moderno, que provocaba atracción y miedo en dosis esquizofrénicamente similares, aterrizó para nosotros en el aeropuerto jerezano de La Parra a bordo de un British Airways una mañana de julio de 1989.

Porque las noruegas no venían directamente de su país, sino de Inglaterra, donde habían pasado una temporada. La mitad del año, aproximadamente, se la tiraban de aquí para allá, pues trabajaban, a la vez que hacían sus carreras universitarias, durante los meses restantes. Estudiaban porque había en los países nórdicos un generoso sistema de becas y trabajaban porque había trabajo para todos, mientras nosotros esperábamos alguno de los 800.000 empleos que había prometido Felipe González, a la sazón, presidente del Gobierno de España.

El aeropuerto de La Parra, antes de la reforma de 1991 donde se reforzaría su uso civil.

Por si fuera poco, además vivían emancipadas desde los 16, gracias, sobre todo, a lo de poder trabajar y a una mentalidad mucho menos protectora por parte de sus entornos vikingos. Así pues,aquellas chicas venían en realidad de otro planeta, porque aunque teníamos su edad, no habíamos ido más allá de Málaga y Granada, en el viaje de 8 º, no teníamos ni idea de lo que era una tarjeta de embarque, no habíamos dado un palo al agua y aún tardaríamos otros 18 años por lo menos en abandonar nuestros hogares paternos.

Ellas nos ponían los ojos como platos, con su castellano de sueca de película de Alfredo Landa, relatándonos excursiones de ensueño por las islas griegas o describiéndonos los sobrecogedores barrios de la Praga vieja, y nosotros les contábamos las cogorzas tan simpáticas de las últimas barbacoas en La Muralla, o les hacíamos reír con el chiste del inglés, el francés, el chino y el español. Así era la cosa antes de que llegaran las becas Erasmus, los intercambios juveniles con cargo a la Junta y el principio del fin de un miedo paleto, secular y obstinadamente chauvinista que nos había retenido durante décadas más acá de los Pirineos. /En la imagen de la izquierda, un joven Alfredo Landa.

No recuerdo si a alguno le dio por comprobar la fama que tenían de experimentadas y desinhibidas, más que nada por si había que confirmar la nuestra de machos ibéricos feroces y potentes. A lo más que llegamos fue al beso de despedida antes de marcharse cada noche, a pasar calor sobre sus pieles temerariamente enrojecidas por falta de protección. Ellas, a soñar con sus próximos viajes, lejanos e intrépidos. Y nosotros,a soñar con ellas. (Texto: Ángel Mendoza).

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Las ‘Figuritas en la Arena’ mal denominadas en la modernidad ‘Castillos en la Arena’, por el propio ayuntamiento que nos invade que es el causante de tal tontería. De toda la vida han sido ‘Figuritas en la Arena’, castillitos se hacían  en otros horarios, para que cuando viniera el agua este luchara contra las olas, mientras que las figuritas en la arena, se hacían en la bajamar y su final era derruirla a pisotones.

Figura de arena en La Puntilla. 17 de agosto de 1978. /Archivo Municipal. Foto Rafa.

Yo creo que en los ayuntamientos actuales, debe haber una figura, como en las tribus indias, del concejal ‘viejo’, el cual debe aconsejar o poner freno a desmanes propios de los ayuntamientos de ahora, léase concejales del tres al cuarto, que actúan sin conocer nada de viejas tradiciones y costumbres; pero en fin eso es lo que nos toca vivir y que Manitú nos coja confesaos.

Recuerdo que la tarde, --siempre eran por la tarde--, cada grupo íbamos cogiendo una parcela en función de lo que fuéramos a hacer, con mas o menos voluntad y destreza, ya que en el terreno que correspondía a la altura de las casetas de Paco Neto, la competencia, se centraba en dos artistas: uno era Macario, el de los cines y otro era Repiso, --¿como se llamaba?--; se que se fue a Suiza y allí se quedó como artista, sus hermanos eran Fernando, Paco y otros, los sobrinos de Doña Boni. En estos dos radicaba la representación del arte efímero de arena y anilina de ña Droguería Cárave. Casi siempre ganaban ellos, los demás íbamos de comparsa con el barco o la pelota de cascos de colores. Macario nos deslumbraba y nos hacía levantar la moral con aquellas esculturales  mujeres,que parecía la cartelera de Gilda, que esa noche estaba anunciada en el Cine Macario, mientras que Repiso, era mucho mas arte, un poco amanerado, pero con dotes artísticas, aunque lejos de lo buena que estaban las figuras de Macario.

Castillo de arena en La Puntilla. 17 de agosto de 1978. /Archivo Municipal. Foto Rafa.

En determinado momento, se armaba un revuelo, «--¡Ya vienen, ya vienen!». Eran los miembros del jurado que para Luis Suarez, eran, Paco Bernardo, Jose Carlos García, Dueñas, etc. pero que para mi eran los del Ayuntamiento, ya que siempre se veía venir la figura larguirucha de Juanito Martin, que acompañaba al alcalde y alguno que como está esto hoy en día, serían concejales que se unían al paseo, y que sería la única vez que pisaban la playa y ni falta que  hacía. Hoy en día debería ocurrir lo contrario, que fueran mas y examinaran las playas, para colmo este año ni siquiera han ido para izar las banderas azules.

Tras el examen de las figuras, vendría la consabida entrega de premios, que de eso ya ni me acuerdo, pero que de dinero no había nada, quizás una muñeca, un tren una medalla de calamina con su cinta de color, pero que para el ganador era como una olímpica. Y esa era una más de las fiestas que existían en La Puntilla y en la que todos terminábamos pintados con la cara de color. (Texto: José Luis Calle. Un sevillano en El Puerto).

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Este artículo de opinión ha sido publicado originalmente en la sección de Opinión en el periódico 'El Mercantil Valenciano', en su versión en internet: www.levante.emv.com,  firmado por Joaquín Rábago.

Permítanme que les hable hoy de El Puerto. Me refiero por supuesto a El Puerto de Santa María, la ciudad de “los cien palacios”. Una ciudad con un espectacular castillo mandado edificar por el rey sabio sobre el solar de una antigua mezquita en pleno centro, propiedad hoy de una bodega, y numerosas casas de cargadores a Indias con sus pintorescas torres vigía. Lugar estrechamente vinculado también a las gestas colombinas y donde el piloto de la Santa María, Juan de la Cosa, realizó en 1500 el primer mapamundi que incluye los territorios hasta ese momento descubiertos de América.

La entrada de la Fundación Alberti, de incierto futuro.

Una ciudad cantada por Rafael Alberti, el de “La Arboleda Perdida”, y asociada a otro gran poeta andaluz y universal, Juan Ramón Jiménez, que estudió también aquí con los jesuitas. Y antes que a ellos , a la escritora romántica Cecilia Böhl de Faber, que firmó como Fernán Caballero, y cuyo padre, Juan Nicolás, fue, además de notable hispanista, cónsul honorario de la Liga Hanseática. O al autor de “Cuentos de la Alhambra”, el estadounidense Washington Irving, a quien hay dedicada una placa en la casa donde se alojó.

Las piedras se caen de la Iglesia Mayor Prioral.

¿No tiene esa ciudad – gastronomía aparte- todos los activos para ser un auténtico imán del turismo nacional e internacional? Pues ¡desengáñense!. El Puerto es hoy una imagen de desidia colectiva. Algunos de los palacios de los cargadores a Indias se encuentran en estado de abandono cuando no amenazan ruina. Las piedras se caen de su espectacular iglesia prioral.

El centro, en parte peatonalizado, parece a ciertas horas del día una ciudad fantasma, situación agravada por la apertura de grandes centros comerciales en las cercanías. En los lugares más emblemáticos de la ciudad sólo hay abierto algún bar de aspecto un tanto cutre. Y la plaza frente al castillo o el paseo del río Guadalete, a la altura de los muelles donde atracan los barcos de pesca, están totalmente desaprovechados para el turismo.

La Placilla, otrora el centro vital de El Puerto. /Foto: Fito Carreto.

Cuando uno pregunta a los vecinos y comerciantes, la queja es unánime. El centro de la ciudad está muriendo. Cierran los comercios y no abren nuevas tiendas capaces de atraer a una clientela joven. Las casas palacio, muchas de ellas compradas, según cuentan, en los años previos a la burbuja inmobiliaria a las viejas familias propietarias con exclusivos fines de especulación, resultan inasequibles para los jóvenes, que se ven obligados a irse a vivir a barriadas lejos del centro, lo cual contribuye a la decadencia de este último.

Pintadas en el Convento de las Comendadoras del Espíritu Santo.

Restaurar una casa antigua o pintar simplemente una fachada desconchada exige, según se quejan los comerciantes y miembros de algunas cofradías, un oneroso papeleo burocrático y sumas de dinero que muy pocos quieren afrontar. Y es notorio que unas pintadas atraen siempre otras nuevas y el deterioro no hace sino agravarse.

Muelle de los catamaranes en El Puerto.

El Puerto está unido a Cádiz por un excelente servicio de catamaranes y la travesía de la bellísima bahía es una experiencia siempre placentera. Pero hay un problema: el último catamarán sale de Cádiz con dirección a El Puerto a las diez de la noche y el último tren, diez minutos más tarde, por lo que si uno asiste a un espectáculo en el teatro Falla o a cualquier otro acto por la tarde, tendrá que ir en coche o regresar en taxi. ¿No tendría sentido que hubiera un último servicio por barco a las once o doce de la noche aunque el precio del billete fuese , por ejemplo, el triple de la tarifa normal? Sería en cualquier caso más barato que la gasolina empleada en el viaje particular y el necesario aparcamiento en Cádiz y lo agradecería además el castigado medio ambiente.

Pintadas en la Plaza del Castillo, delante del emblemático edificio y de la Oficina de Turismo.

¿Cómo es posible, se pregunta uno, tanta falta de imaginación, por decirlo suavemente, en las autoridades y tanta falta de orgullo y, por el contrario, desidia y resignación colectivas entre los vecinos de una ciudad que, con tal de que se lo propusiera realmente, podría ser puntera en turismo? ¿No es un ejemplo muy elocuente de lo que falla en nuestro país? (Texto: Joaquín Rábago).

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