1.744. ¿QUEJAS? Una llamada al optimismo desde la playa de La Puntilla.

23 05 2013

Estoy cansado de leer quejas. Leas lo que leas y dondequiera que lo leas, la queja está servida. A veces es por la pesca, por el vino que no se vende, por los monumentos que se caen, por las palmeras desmochadas, por la limpieza de las calles, por la soledad del Puerto… He querido abstraerme de todo eso y escribir algo positivo. Destacar, en la medida de lo posible, lo intangible que nadie nos podrá arrebatar, ni siquiera la crisis. No trato de vender nada, ni promocionar para levantar nada… Simplemente he querido ver con ojos optimistas lo que tenemos. 

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PLAYA DE LA PUNTILLA.

Bañado de horizonte, en las dunas de poniente, renazco al eterno presente del ayer. Lleno de luz y poesía, sumergido en la profundidad de esta mañana prodigiosa, todo es calmo. Intensamente sereno y azul. Manso y hueco. Siento hambre de espacios abiertos, de tiempos mágicos, y de hechizos que tornen mis ojos caducos en alma marinera.

Transformado, tal vez evoquen añoranzas dormidas en mi memoria de niño. Entonces, como orilla marchita y reseca, me dejaré envolver por el viento y el rumor del oleaje. Rejuveneceré empapado de anacaradas olas que van y vienen. Oleré a espuma, a salado, a mar inabarcable. También a cañas, retamas y zarzas, a floresta de mayo y a pinos piñoneros.

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La marea, implacable, sube o baja con la cadencia de un tiempo medido en espacio. Los vientos, que aquí soplan de poniente y levante, cubren de confusa arena las escolleras que el mar descubre. Aún son cobijo de camarones y alevines; cimiento de lapas y ostiones; de vez en cuando un cangrejo oscuro, de los llamados moros, asoma sus pardas antenas y regresa a la seguridad de su improvisada cueva.

Desde donde estoy, distingo setos cuajados de pitas, uñas de león e incipientes palmeras. El paisaje, que siempre fue rebelde y libre, se muestra así exótico y prestado.

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En mi memoria, veo casetas de rayas azuladas y rojas, combinadas con tiras blancas. Y chiringuitos de madera y toldos, con olor a sardinas asadas, a piriñaca y a tortilla de patatas; tintos con sifón, vermuts, cervezas y mucha agua bebida a chorro de un búcaro sudoroso. Con juegos de pelota, la chiquillada, traviesa y laboriosa, hollaba el paisaje ralo de arena caliente. Al bajar la marea construíamos castillos con princesas y caballeros, pozos sin fondo y montañas volcánicas que nuestros padres ahuecaban para que el humo de unos periódicos quemados, produjese la fantasía de una erupción. Cuando los sueños se cumplían, corríamos al agua, desoyendo los gritos de aviso sobre el tiempo incumplido de la digestión.

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También era el tiempo del veraneante que inundaba las calles de faldetas multicolores o pantalones cortos y alpargatas de plástico. Copaban bares, buscando el pescaíto frito y el marisco.

¿Qué ha cambiado?

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El agua del mar sigue estando fría. Inunda con la misma cadencia de entonces la orilla de esta playa que siempre fue del pueblo. Y las olas aún rompen miles de veces el manto azulado del inmenso paisaje que puede contemplarse desde la atalaya de esta duna de poniente que ya pisé antaño.

Entonces, abstraído de todo, me siento poderoso y pienso que nadie podrá quitarme el placer que disfruto ahora. Ni la crisis provocada por estos políticos ineptos y chupones, ni el estado ruinoso de las cosas. Comprendo que el tiempo pase inexorable, y a su paso deje murmullos de vida que buscan un mañana siempre incierto. No me dejo llevar por los quejumbrosos graznidos de gaviotas que siguen cruzando el cielo de esta mañana de mayo.

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Inamovible, sobre la duna de poniente, respetado por el apacible sol matinal, sueño que siempre me quedará la tierra, el mar, el sol, el paisaje que conforman… Sé que no es el paraíso terrenal, pero se le parece. Ni siquiera es una de esas islas remotas, bordeadas de cocoteros y turistas atiborrados de mojitos. No me importa. Quiero a este pueblo, sencillo y colorista. Mi pueblo: El Puerto de Santa María.» /Texto: Álvaro Rendón Gómez. 



1.743. LA CASA DEL ROCÍO. En obras en 1972.

22 05 2013

Imagen de hace 41 años de la Casa de Hermandad del Rocío de El Puerto de Santa María en la aldea de Almonte, en obras, que empezaron el 8 de marzo de 1972. De una sola planta, con 525 metros cuadrados de superficie y un costo de 845.000 pesetas. casa sería bendecida a las 13 horas del 15 de agosto de ese mismo año.

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De izquierda a derecha María del Carmen Albert Alonso, Kika Vela, Marisa –hija de Carlota, fallecida en el accidente de la calle San Juan de 1963– María Luisa Sánchez Artola, de rodillas Milagros, desconocida, Don José María Rivas el párroco de San Joaquín, Federico Herrera Síñigo, Marisa González Sánchez,  agachada creemos que la prima de Carmen Albert, Pilar Merchán la hija del zapatero de la calle Vicario y Mari Vela Durán, la mayor de las hermanas de Agustín Vela el frutero de la Placilla.

La Hermandad del Rocío de El Puerto, data desde principios del siglo XVII. En los estatutos de  de la Hermandad Matriz de Almonte, aprobada el 7 de agosto de 1758, se hace constar la misa de presentación de la Hdad. del Gran Puerto de Santa María, según  recoge el capítulo sexto de dichos estatutos.



1.742. JUSTINO CASTROVERDE GARCÍA (II). El fotógrafo y su culpa…

21 05 2013

justinocastroverde__puertosantamariaHace unos días escuché decir “La culpa la tiene Castroverde”. Y, la verdad, hacía tiempo que este dicho que se hizo proverbial en nuestra Ciudad no lo escuchaba. Pero es que hay dichos y giros que han dejado de usarse, o si se usan, la gente que los oye, no les dan el sentido, ni saben su significado.

“La culpa la tiene Castroverde”. Es un dicho portuense con personaje, como aquellos dichos que Don Luis Montoto Raustentrauch estudió en su rara obra de “Personajes, personas y personillas que andan por tierras de ambas Castillas” (Sevilla, 1902): refranes, dichos y proverbios en que se cita a una persona, verbi gratia, “Eres más feo que Picio” y daba toda una papeleta erudita sobre el personaje.

Pues bien, en El Puerto siempre, al menos desde finales del XIX, se le ha echado la culpa de todo a Castroverde. ¿Pero, quién era el tal Castroverde? Pues era don Justino Castroverde y García, natural y vecino de esta Ciudad desde el 2 de febrero de 1876, en que nació, hasta el 19 de diciembre de 1956, en que falleció, después de una azarosa vida.

Fue pionero de la fotografía en nuestra Ciudad, arte que aprendió del gaditano Reymundo, magnífico fotógrafo que se había formado en Barcelona y París. Castroverde tuvo su estudio en la portuense calle Castelar, 32 (Neverías), laboratorio de donde salieron las mejores colecciones de vistas de nuestra Ciudad y donde acudían toda clase personas a quedar inmortalizados ante la cámara de Castroverde.

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Escena costumbrista tomada por Castroverde en la Playa de la Puntilla. /Foto: Centro Municipal de Patrimonio Histórico.

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Foto profesional de Castroverde: escritorio de Bodegas Osborne. 1948. /Colección J.M.M.

Era muy apreciado en los retratos de niños de poca edad, a los que colocaba, encueritos vivos, sobre un cojín de terciopelo inevitablemente. También de niños de Primera Comunión, de novios en las bodas, de bautizos… y de toda clase de actos sociales.

Pero el dicho viene de lo repetido por las madres cuando mostraban las fotos de algún hijo particularmente feo. Ya se sabe aquel otro dicho de que “A nadie le huelen sus propios peos, ni les parecen sus hijos feos”. Pues bien, ante la fotografía de un niño feo, feo, pero feo, la madre, al enseñarla, se justificaba: “¡Hay que ver cómo ha sacado a mi hijo Castroverde!”, a lo que el interlocutor o la interlocutora respondía sarcástico/a: “La culpa la tiene Castroverde”. Y el pobre Justino Castroverde, como un nuevo Redentor, ha cargado sobre sus hombros, desde finales del XIX, con todas nuestras culpas y deslices. Porque cuando no hay a quien echarle las culpas, aquí, en El Puerto, se le echan a él, inevitablemente. /Texto: Luis Suárez Ávila

Más información de Castroverde en GdP. Nótula 705.

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1.741. JOSÉ MARÍA RIVAS RODRÍGUEZ. El cura de San Joaquín.

20 05 2013

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Don José, en una imagen tomada el 1 de julio de 1994, seis meses antes de su óbito.

José María Rivas Rodríguez nació en Sanlúcar de Barrameda el 1 de julio de 1919. En El Puerto era alcalde Eduardo S. Piury Dagnino. Era el tercer hijo del matrimonio formado por los sanluqueños José y Carmen: Carmen, Joaquina –fallecida de niña–, José María –nuestro protagonista–, Joaquín, Rosa, Lola y Rosario (religiosa). Vivió en la Casa Trillo estudiando en La Salle para, con 11 años, marchar al Seminario de Pilas (Sevilla).

Era una persona muy campechana, amable y extrovertida, que se emocionaba fácilmente y que ayudaba a cuantos podía desde el ejercicio de su ministerio sacerdotal. Pedía a quienes tenían para distribuirlo entre los más necesitados.

jmrivas_joven_puertosantamariaDe amena conversación en torno a una copa de vino, era una persona que estaba con cuantos le necesitaban y sabía escuchar y atender a cuantos se le acercaban. Tenía un corazón de doble ancho.

Perteneció a una familia humilde que trabajaba en un campito de su propiedad. El padre murió muy joven, quedando los hijos a cargo de la madre quien, con mucho esfuerzo sacó a sus hijos adelante. Dado que José María quería estudiar para sacerdote y su madre no tenía posibilidad de costearle la carrera, por mediación de unos amigos se puso en contacto con los Marqueses del Mérito, de Jerez, quienes fueron los que le costearon los estudios en el seminario. /En la imagen, el cura en una insólita imagen con chaqueta y corbata, en la playa de Sanlúcar de Barrameda.

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Los seminaristas, un día de comida campestre. Don José aparece a la izquierda de la imagen.

ORDENACIÓN.
El 26 de mayo de 1945 se ordena sacerdote en Sevilla, celebrando su primera misa en la Colegiata de Jerez, hoy Catedral, siendo apadrinado por la marquesa del Mérito y un sobrino de ésta. Durante un año, mientras le llegaba su primer destino, estuvo de capellán en la Capilla de la Merced, que se encontraba en el palacio de unos familiares de la Duquesa de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda.

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El párroco con sus acólitos. A uno le picó una pulga en el momento de disparar la foto [sic], leyenda que aparece al dorso de la imagen tomada en noviembre de 1947 en Espera.

En 1947 lo destinan a Espera (Cádiz), donde ejerció de párroco algo más de tres años. Entonces, sería destinado al Seminario de Sevilla, donde ejerció de profesor durante dos cursos, llegando a seer Superior en 1952.

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Don José, profesor en el Seminario Metropolitano de Sevilla con unos seminaristas. El primer seminarista de la izquierda es Ignacio Noguer, que luego sería obispo de Huelva.

Allí tendría como alumnos a sacerdotes que luego serían conocidos: Rafael Bellido Caro, el que fuera primer Obispo de Jerez Asidonia, o los hermanos Ramón y Antonio González Montaño (ver nótulas en GdP)

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En una alocución desde un balcón en el municipio sevillano de Herrera.

Entre 1952 y 1957 estuvo destina o en un pequeño municipio sevillano: Herrera, donde, además de párroco ejerció de profesor de Religión en un colegio.

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Participando su toma de posesión en El Puerto.

LLEGADA A EL PUERTO.
Tras una oposiciones toma posesión el 3 de julio de 1957 con la plaza de Cura Propio –o plaza de párroco en propiedad– en la Iglesia de San Joaquín, sucediendo a Manuel Salido Gutiérrez, que pasaría a la iglesia Mayor Prioral. En la casa del Cura vivirá junto a su madre y su hermana Rosa. Su otra hermana, Rosario, religiosa, estuvo destinada en Burdeos y San Sebastián, adonde aprovechaba para ir a verla en vacaciones. Además de atender la parroquia, ejercía de capellán en el Penal y en los conventos del Espíritu Santo, Esclavas y Capuchinas.

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El 21 de agosto de 1960. durante la bendición de la Peluquería Mary.

Desde las Capuchinas impulsó la Hermandad del Rocío, de la que a su vez fue capellán durante muchos años. También lo fue del colegio de las Hermanas de San Vicente de Paul o Asilo de Huérfanas, así como de los actos religiosos del colegio La Salle, tales fueron las primeras comuniones de los alumnos. En el templo también asistió a las hermandades de la Flagelación y la Veracruz.

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De izquierda a derecha, Manuel Román Ruiloba, coadjutor de la Prioral, Manuel Vargas Dodero, presidente de la Asociación de Padres de Alumnos de La Salle, el reverendo Rivas y el director de La Salle, el Hermano Salvador Juan. Comida de hermandad celebrada el 15 de mayo de 1966.

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El 5 de junio de 1970, celebró las Bodas de Plata Sacerdotales. De izquierda a derecha, el coadjutor de San Joaquín, Juan Luis Calvo, el franciscano Eugenio Gómez Carmona quien luego sería coadjutor del Carmen y San Marcos, el Dean de la Catedral de Jerez, Repeto Betes, Don José, Rafael Zambrano, desconocido y el franciscano José María Juez Ahedo.

En El Puerto coincidió con dos paisanos suyos, que también tomarían los hábitos, los presbíteros Rafael Zambrano Pulet y Juan González Lagomazzini.

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El 15 de diciembre de 1974 se fundó la primera Comunidad Neocatecumenal en San Joaquín, que aparecen en la fotografía. Esta imagen está tomada 20 años después, el 1 de julio de 1994, en el homenaje que le tributaron las comunidades, a seis meses de su fallecimiento.

CAMINO NEOCATECUMENAL.
A mediados de la década de los setenta, en diciembre de 1974 un grupo de fieles, bajo su dirección espiritual, creó en la parroquia el Camino Neocatecumenal, siendo la primera iglesia en El Puerto en adscribirse a este tipo de comunidades, luego vendrían San Marcos, la Prioral, la Milagrosa, …

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De izquierda a derecha, Don José, el obispo José María Cirarda Lachiondo y el coadjutor, Juan Luis Calvo, en una visita pastoral el 18 de octubre de 1966.

Se preocupó y mucho de las necesidades de los vecinos del Barrio Alto, donde todavía, hoy, le recuerdan con cariño. Organizó un comedor con la ayuda de muchísimos feligreses existente en la calle de la Rosa, en un inmueble que pertenecía a la parroquia, situado a espaldas de ésta.

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De izquierda a derecha, Sabas Martín Repollet, Don José y Vicente González Bruzón, camino de Ronda a comprar ‘Los Tosantos’. El rengue o ‘Viacrucis’ lo salpicaban de copas y tapas.

RONDA
Eran muy frecuentes sus viajes a Ronda para visitar a su hermano Joaquín y a la familia, a los que solía ver en verano. No faltaba ningún año que fuera a la ciudad malagueña por la festividad de los ‘Tosantos’ acompañado por sus amigos, los hermanos Francisco y Sebas Manuel Martín Repollet y Vicente González Bruzón.

En la población serrana compartía con los hijos y los nietos de su hermano Joaquín y de Francisca las horas de la tarde en una mesa de ping pong que servía para el juego y que se adaptaba como mesa de lectura. Ahí “el Tate Cura”, así le llamaban en la casa familiar, leía las vísperas mientras los más pequeños garabateaban entretenidos o alguno estudiaba las pendientes del verano. Y es que, aquellos veranos debían pertenecer a su ideario sentimental y parecerle algo entrañable porque los tres últimos meses de su vida decidió pasarlos en Ronda

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De izquierda a derecha, Domingo Prieto Cressi, Rafael González Bruzón, Francisco González Rivera, Sabas Manuel Martín Repollet, Francisco Martín Repollet, Don José, José González Narváez y Vicente González Lechuga. Imagen tomada con motivo de las Bodas de Plata Sacerdotales de nuestro protagonista.

AMIGOS.
Se contaban por docenas y es imposible acertar dada la cantidad de amigos con los que contaba, entre ellos Jacinto Cossi Ochoa, Miguel Castro Merello, Rafael y José González Bruzón, Antonio Ruiz de Cortazar, José González Narváez, los hermanos Antonio y Francisco Sánchez Ruiz, Domingo Prieto Cressi, los hermanos Francisco, Vicente y Fernando González Rivera, etc., casi todos asiduos clientes la Bodeguilla de González, del Bar La Perdiz, del Puerto Bar, entre otros, donde le gustaba mucho alternar con los amigos y donde de vez en cuando aprovechaba para “pegar algunos sablazos” para sus pobres de la Parroquia. Sevillista, era muy aficionado al fútbol desde pequeño.

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En 1966, en Sanlúcar, con su madre, Carmen, su hermana religiosa Rosario y su otra hermana, Rosa, que lo asistió en su casa de El Puerto, hasta el fallecimiento de ésta.

E1 de julio de 1994, próximo a su retiro y ya enfermo, las comunidades neocatecumenales le ofrecieron un homenaje con motivo de su 75 cumpleaños.

EL FINAL.
En octubre de 1994, debido a una afección pulmonar –fue un gran fumador– se fue a vivir a Ronda dado que el aire de la serranía le era muy favorable para su enfermedad. Se llevó sus bártulos, ligero de equipaje, y su familia estableció en ese mismo lugar de los veraneos de siempre un pequeño hospital casero para que su enfermedad terminal no lo obligara a vivir fuera de la familia esos últimos meses.

Como recuerda su sobrina María del Carmen: «–Cuando decidió traerse su equipaje y terminar en Ronda en un ambiente familiar, agradable, estaba en un estado casi permanente buen humo,r como él estaba acostumbrado a disfrutar cuando venía».

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Don José con su familia.

Y volvió a ser como siempre: el ‘Tate Cura’. Como había hecho siempre, vivió aquel último invierno rodeado de sus sobrinos y su familia de Ronda. Su hermano Joaquín le hacía todos los ‘mandaos’ del mundo y su cuñada Francisca, después de tantos años, sabía a la perfección como tratar a su cuñado para que se sintiera como en su propio hogar.

jmrivas__puertosantamariaA eso añadiremos que, prácticamente a diario, iban a verlo todos los amigos que había dejado en El Puerto de Santa María. Eran auténticas peregrinaciones a Ronda de todos aquellos que lo querían. Celebraron misa en alguna ocasión en el mismo lugar en el que vivía a diario

Fallecía el 1 de enero de 1995. El Obispo de Jerez, Rafael Bellido Caro se desplazó el día de su funeral a Ronda para decirle el último adiós con una misa en familia, celebrada en la casa. En el funeral de El Puerto, además del Obispo concelebraron la ceremonia otros 34 sacerdotes, estando junto a Bellido Caro el vicario general de la diócesis, Luis Nuñez Rodríguez, el vicario de pastoral y párroco del Carmen, Ramón González Montaño (ver nótula núm. 232 en GdP), y los diáconos Juan Antonio Villarreal y Antonio Tinajero, el primero de ellos al frente de San Joaquin, desde que el párroco fuera trasladado a Ronda por la enfermedad. El capellán Apellániz en su funeral en el Puerto de Santa María comentó, con palabras muy hermosas, cómo «Don José nos dejó de la mejor manera posible, rodeado de su familia».

En el año 2000, sus restos mortales fueron trasladados a la cripta de la Capilla de San Pedro, en la Iglesia Mayor Prioral, donde reposan los presbíteros que han servido a la iglesia en El Puerto.

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Con el capellán de la Ciudad, Anastasio Pérez de Andrés, a la derecha.

ANÉCDOTAS.
Cuando la familia de Rafael Sevilla (ver nótula núm. 1302 en GdP) y la de los Cruz Vélez (ver nótula núm. 771 en GdP) iban algún que otro domingo a Pilas a visitar a sus hijos seminaristas, el padre de los Cruz Vélez llevaba la furgoneta y Don José dejaba a Rafael Sevilla que sacara algún que otro banco de la iglesia que ponía en la furgoneta para que pudieran ir todos sentados. Desde luego si la Benemérita los pillaran ahora con esas medidas de seguridad iban a la cárcel hasta el párroco por prestar los bancos.

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Una imagen peculiar del Cura, con el sombrero canoa y manteo, abordando un taxi en Madrid en una visita en los años cincuenta del siglo pasado.

Contada por Antonio Cristo: «Una anécdota de la Perla, fue en busca de Don José, párroco de San Joaquín, para que le diera una manta que pasaba mucho frío y no se encontraba bien. Se pintó la cara con azafrán, para que diera sensación de estar pálida y enferma. El cura, que no tenía nada de tonto, le dijo: «–Perla, veta a casa, te lavas la cara con agua y jabón, y vente a recoger la manta, con la cara limpia, como Dios manda». Don José, era amigo de mi padre, en muchas ocasiones le comentaba: «–Lino, ¿cuando voy tener el placer de verte algún día por la Iglesia?». A lo que mi padre le respondía: «–Don José, con las de visitas que hace mi mujer a la Iglesia, ya reza para toda la familia».