
| Texto: Pepe Mendoza.
Como la lluvia, la Navidad es una fiesta que siempre sucede en el pasado. Y en blanco y negro, para los que ya frisamos una edad. De aquellas pobres pero felices pascuas infantiles recuerdo mi primer viaje iniciático fuera del hogar. Yo debía tener seis o siete años. Anochecía en la calle San Sebastián. Aproveché que los mayores andaban en sus afanes y abrí con sigilo el portón de mi casa, la número 17. Con más cuidado aún lo cerré. Un niño en la calle. Fuera del nido. Solo. Recorrí, con temor y temblor, una distancia de apenas veinte metros. Crucé la acera y entré en el belén de la iglesia de la Aurora. No había nadie en la puerta. Nadie había tampoco contemplando aquel sagrado paisaje con figuras que eran más grandes que yo. Allí dentro, a resguardo de los rigores de la intemperie, con la luz reverberando entre amaneceres y noches cerradas, el susurro del agua de la fuente agrandaba la soledad y el silencio. Vuelvo a recrear aquel deslumbramiento y siento la punzada culpable y a la vez gozosa del recuerdo.


Esta casa que me vio nacer, y en la que viví hasta los 12 años con mi abuela paterna (Mercedes), mis padres (Bernardo y Antonia) y mis dos hermanas (María Antonia y Mercedes), había sido adquirida en 1864 por José Vicente Sancho Díez de Alda-Sopranis (1826-1894), uno de los cuatro socios de la empresa vinatera Sancho Hermanos. Dicha firma exportadora portuense, propietaria más tarde de las viñas El Caribe, La Magdalena y La Peña, utilizó provisionalmente el inmueble para almacenar sus vinos de Jerez, hasta que en abril de 1868 compró la bodega de Santa Ana en la calle Aurora (Campo de Guía), actual bodega Gutiérrez Colosía.
