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condeoreilly_puertosantamariaRealmente es una pena lo de las palmeras de Micaela Aramburu. Y las del Parque Calderón. Y las de tantos otros espacios portuenses y foráneos en los que el puñetero picudo rojo ha causado estragos y, quizás, la desidia y falta de previsión de las autoridades. Nunca hay que bajar la guardia en la defensa del patrimonio natural e histórico que hemos heredado de quienes nos precedieron, y por ello echaremos un vistazo atrás para conocer los antecedentes de las palmeras de tan destacado enclave urbano, donde en el último tercio del siglo XVIII se estableció un paseo público.  /En la ilustración, Alejandro O’Reilly retratado por Goya. Museo de San Telmo de San Sebastián.

EL VERGEL DEL CONDE (1779)

Según un testimonio de 1778, la plaza de las Galeras y su entorno era entonces “el paso para el tráfico en el embarco y desembarco de Cádiz y su Bahía, paseo de tarde y noche de todo el Pueblo y paradero fijo de la marinería […], un lugar pantanoso y desagradable a la vista de esta parte principal de la ciudad, cuyo desaseo influía inmediatamente contra la salud […], donde es cuasi imposible remediar los desacatos que en él se cometen por ambos sexos”.

Al año siguiente el lugar iba a presentar un aspecto bien distinto. Una vez derribada la capilla de las Galeras (levantada en 1657 para que los galeotes pudieran oír misa desde las galeras –letra e en figura adjunta), el paraje iba a realzarse con la habilitación de un paseo que por su belleza el pueblo llamó el Vergel y las autoridades apellidaron del Conde, en honor a su promotor y mecenas, el conde Alejandro O’Reilly (1722-1794), Capitán General del Mar Océano, por su cargo residente en El Puerto y a cuya gestión también se debió, entre otras obras, una nueva Pescadería –el Resbaladero- y un puente de barcas sobre el Guadalete –también en 1779- que bautizaron con su nombre.

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Entorno de la plaza de las Galeras en 1734. Plano del proyecto de construcción del nuevo muelle de Galeras. Archivo General de Simancas. 

Antonio Ponz en su Viage de España dejó escrita en 1794 esta breve impresión del paseo: “Sobre la ribera del Guadalete [O’Reilly] estableció un jardín público para paseos y diversión del pueblo, adornándolo de flores, naranjos y otras plantas, con comodidad de asientos, que es una delicia.”

Pero el paso del tiempo, que todo lo nuevo e innovador lo transforma en viejo y caduco, trajo que el aspecto del Vergel se abandonara, hasta el punto que a la altura del año 1859 los espacios que antaño ocuparon los hermosos jardines se encontraban, literalmente, sembrados de hortalizas.

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El Vergel del Conde y su entorno en el último tercio del s. XIX. Archivo Municipal de El Puerto.

El paseo arrancaba junto al Hospital de la Santa Caridad (luego de San Juan de Dios), esquina a la calle del Palacio; continuaba por la calle de la Caridad (Micaela Aramburu) hasta el centro de la plaza de las Galeras, donde se dispuso una glorieta circular, y proseguía recto hasta la perpendicular con la plaza de la Herrería, junto a la Fuente del Sobrante y el Caño de la Villa (un antiguo sumidero de aguas residuales que bajaba por la Herrería hasta el río, que antes fue el arroyo de la Zangarriana). En toda la extensión de este segundo tramo (Galeras-Herrería) el salón contaba a cada lado con zonas ajardinadas y parterres con variadas plantas y flores, cercadas para su protección con rejas de hierro. Y a lo largo de todo el paseo se intercalaban 60 naranjos y 50 canapés de piedra de Martelilla, también dispuestos en la prolongación que se estableció desde la glorieta hasta el muelle.

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El paseo del Vergel en su tramo de Micaela Aramburu. A la derecha, el Hotel Vista Alegre (1843-h.1941), derribado en 1972.

LA REFORMA DE 1870

Este panorama cambió en 1870-71, cuando se procedió a remodelar el paseo. Pero el proyecto se ejecutó, principalmente, en el espacio comprendido entre las plazas de las Galeras y de la Herrería. Y ello porque desde su misma fundación, el paseo del Vergel por las Galeras-Aramburu absorbió un nivel de ocupación y de tránsito muy diferente al de su prolongación hacia la Herrería. Por las Galeras no sólo se paseaba, que también, sino que, sobre todo, se transitaba. La plaza, desde sus orígenes, formaba parte del entramado urbano, vía principal de comunicación de la población con el muelle de las Galeras, mientras que la continuación del nuevo paseo hacia la plaza de la Herrería, aislado con verjas y encasquetado entre la muralla del río y la calle del Vergel (Ribera del Marisco), lo convertía en un lugar más reservado e íntimo, sin formar parte del viario urbano aunque inmerso en él, por lo que era el espacio más indicado para el esparcimiento y solaz de los portuenses y foráneos, especialmente a partir de 1846, año que marca el comienzo del turismo en El Puerto y la ocupación festiva del paseo del río y del propio río.

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Desde el salón del Vergel, en 1910.

...continúa leyendo "1.761. AY, PALMERAS DE MICAELA ARAMBURU"

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"Cuando yo era maestro, también tenía admiradoras, si no te lo crees dale la vuelta a esto que estás leyendo". Así reza, del puño y letra de Fernando Gago, el texto que figura al dorso de esta fotografía del álbum familiar.

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De izquierda a derecha, la gaditana Rosario Manzano, Fernando Gago, Concepción Torrent y Manuel Rincón, durante una reunión de maestros interinos, que celebraban periódicamente, cada vez, en un colegio distinto.

Fernando Gago inició estudios de Magisterio por libre y de lo libre que estaba no los concluye y su padre, que era responsable de Economato en Bodegas Terry lo pone a trabajar, con 20 años –1961– en la bodega, donde desarrollará toda su vida laboral, y donde conocería diferentes propiedades de la firma: los Terry Merello, Patrimonio del Estado, Serra Santamans, Harvey, Allied Lyons y Domecq, no cogiéndole el cambio a Beam Global. En Terry empezó como administrativo en el Departamento de Embarques y se prejubiló como Apoderado y Director de Relaciones Públicas.

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El Kiosco de Pasage fue inaugurado el 2 de julio de 1933. El local fue adquirido por los hermanos Manuel y Fernando Pasage en Sevilla, en donde prestó la misma función de kiosco de bebidas durante la Exposición Iberoamericana de 1929, acontecimiento para el que se construyó. La fotografía es del 29 de marzo de 1970, año en el que fue cedido al Club Taurino Portuense.

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De izquierda a derecha: Rogelio Sánchez Reina; Ramón; niño desconocido; 4 desconocidos, incluyendo al sentado detrás con gorra; Fernando Camacho Aguilar; Francisco Bernal Genaro “Paco Ragel”; Tadeo Sánchez; Victoriano Martínez González (Padre de los de Verinsur); Francisco Abadía Barriola. Jugando al dominó: Luis Prieto Rodríguez; desconocido; Fernando Pasage Sánchez; José Cuevas Flores “El Aguja”.  /Foto: Rafa. Colección Vicente González Lechuga.

Enrique Pérez Fernández, en su libro ‘Tabernas y Bares con Solera’ nos dice: “Usted, amigo lector, de ser portuense o antiguo visitante de esta ciudad, sin duda recordará y tendrá presente en su retina un bonito kiosco que existió en el Parque, aquel que tenía un zócalo de azulejos sevillanos y el cuerpo, con estructura de hierro fundido, acristalado. Durante muchos años fue uno de los elementos más característicos y atractivos del lugar. Lo desmontaron en 1991, cuando hacía unos 20 años que su propietario, Fernando Pasaje Sánchez, lo había cedido para convertirse en la sede del Club Taurino portuense. En sus últimos tiempos se encontraba abandonado, presentando un lamentable aspecto de conservación y siendo ocupado y destrozado por drogadictos, situación ante la que las autoridades municipales se decidieron por desmantelarlo. Medida, tal vez, un tanto apresurada dado el interés patrimonial y sentimental que representó para muchos portuenses este popular kiosco”.

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Adelina La O Laje nació el 19 de febrero de 1922, en la porteña calle de las Cruces, 32, junto al desaparecido Cine Moderno, casa en la que pasó la mayor parte de su vida y sus años más felices. Era hija de Carmen Laje y Joaquín La O quien, junto a su hermano Gabriel formaban una familia de las de aquella época.

1922.
Llegaba a El Puerto --a la iglesia de San Francisco-- una reliquia de San Francisco Javier, copatrono de la Ciudad, concretamente un brazo. Era alcalde de El Puerto, Manuel Ruiz-Calderón y Paz. Ese año la hacienda pública embargó el 66% de los ingresos al Ayuntamiento por débitos, y el 25% del sobrante por igual morosidad, con la Diputación Provincial. Desaparece la Biblioteca Popular sita en la calle Luna, que sería anexionada al Colegio de las Esclavas. Bodegas Osborne funda la la solera del oloroso medium ‘Solera India’ de al menos 25 años de vejez.

adelinalaolaje_joven_puertosantamariaEse año de 1922 año Rafael Alberti expone una muestra pictórica en el Ateneo de Madrid y publica sus primeros poemas en la revista ‘Horizonte’. Se transcriben y reproducen las Cantigas de Santa María, de Alfonso X, ‘el Sabio’ que se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid, a cargo del musicólogo Julián Ribera. En 1922 nacían también el coleccionista Ramón Bayo Valdés y América Martínez, la primera mujer catedrático de guitarra de España, que falleció el pasado 2010 en El Puerto. ABC publicaba en su edición de 17 de septiembre la crimen o suicidio por ahorcamiento, del sargento de carabineros retirado, Roque Fernández Regueira, natural de nuestra Ciudad. /En la imagen de la izquierda, Adelina, con 18 años de edad.

BODA Y NACIMIENTOS.
Adelina, siendo aún muy jovencita, se casó con Diego Suárez Herrera y, de aquel matrimonio nacieron sus seis hijos: Carmen, Diego, Milagros, Mercedes, Adela y Joaquín. Fue Joaquín su ojito derecho, porque al estar enfermo ella le tenía ‘una cosita especial’. Se quedó viuda muy joven, quedando sola con sus hijos pequeños y sin dinero para tirar para adelante. Luego vendrían los nietos de sus hijos mayores: Yolanda, Carmen, Marcos, Faly y Milagros y, también tuvo dos bisnietos: Oscar y Ernesto, con quienes deliraba.

adelinalaolaje_2010_puertosantamariaA raíz de su situación económica tuvo que salir a buscar trabajo para poder llevar adelante a sus hijos, encontrando un trabajo en el antiguo Cangrejo Rojo --luego Club Mediterráeno--, donde se llevó cinco años en los servicios hasta que, más adelante, pudo conseguir una pensión del Estado que consiguió dada su situación familiar. Mientras le llegaba la pensión, y con solo 12 pesetas y un kilo de pan, tenía que hacer maravillas para llegar a fin de mes. /En la imagen de la izquierda, Adelina en plaza de Isaac Peral, en una fotografía tomada en 2010.

CARTAS POR ENCARGO.
Especial interés tiene la faceta de Adelina --que fue una privilegiada para su época ya que sabía escribir y leer muy bien--. Las madres que tenían a sus hijos haciendo el Servicio Militar o fuera de El Puerto, la buscaban para que les redactara las cartas, cosa que ella hacía desinteresadamente y solo recibía la voluntad de sus vecinos. Aún sin tener nada, Adelina ayudaban o que podía y siempre tenía las puertas abiertas para sus amigos y vecinos del Barrio Alto, barrio que la vio nacer, donde se crió y educó a sus hijos y nietos.

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Adelina y su hijo Joaquín 'Manzanita'.

‘MANZANITA’.
Le gustaba mucho bailar y tomar sus cafés por las tardes en algunos de los bares portuenses, acompañada siempre por su hijo Joaquín. Fue para muchos, la madre de ‘Manzanita’ uno de los apodos de Joaquín por el cantante de igual nombre, o ‘la madre del que pide el durito’, pero para sus familiares y amigos más íntimos, era una gran mujer, buena hija, hermana, madre, esposa, abuela y bisabuela, porque no existe un rincón en El Puerto donde no la conocieran y hablaran de ella.

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Un posado de Primera Comunión de su hijo, Joaquín.

El 17 de diciembre de 2012, con 90 años de edad largos, nos dejaba Adelina. Pero, hasta el último instante, estuvo rodeada de sus familiares y amigos más cercanos y siempre estará en el corazón de todos ellos y en el recuerdo cariñoso de todos los portuenses que la conocieron. /Texto y fotos: Carlos Pumar Algaba.

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La imagen está tomada en el Parque Calderón por un grupo de amigos que paraban en el desaparecido Bar ‘La Colmena’ en la Ribera del Marisco, esquina a Puerto Escondido, donde José Luis Jiménez Alcázar tuvo unos años el restaurante ‘Pescados Capitales’.

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De izquierda a derecha y de arriba abajo. De pie, José Trujillo Pérez, Antonio Márquez Neto, José Antonio Cuevas Flores, desconocido detrás de Cuevas, Juan Antonio Valimaña González, desconocido, Rogelio Sánchez Reina, Ramón, desconocido. Agachados: Antonio Jiménez Zambrano, Manuel Trujillo Pérez, José Dandy y José Cuevas Mateo. /Foto: Colección Vicente González Lechuga.

«La Colmena, así bautizada por la que apareció cuando se hacían obras para inaugurar el local en 1921. La abrió en marzo del año siguiente, en aparcería con Fernando Franco, Antonio Márquez García, permaneciendo en manos de su hijo Antonio hasta 1987. De la aceptación de sus exquisitos caldos, criados en la bodega que tenían al conde de Puerto Escondido, valga contar la fidelidad de aquellos cuatro barberos jerezanos que solían venir a El Puerto exclusivamente a tomar una cuantas ‘chicas’ en La Colmena. Pero venían y volvían, que es lo meritorio, en bicicleta, cuanto la autovía era ‘la trocha’. Fue costumbre que en la puerta del local, según nos describió Ángel Lozano, «--Se vendiera pescado fresco, y también otras cosas variadas, pues allí paraban muchos charangueros que un día traían una maceta de espárragos, y otro coquinas, o pajaritos. La gente tomaba vinos de calidad y a buen precio. Chicas o medias chicas de fino, manzanilla o moscatel, acompañadas de unas tajaítas de ‘garfin’ [delfín], a las que, sobre un papel de estraza, se le añadía sal gorda». /Texto: Enrique Pérez Fernández.

justinocastroverde__puertosantamariaHace unos días escuché decir "La culpa la tiene Castroverde". Y, la verdad, hacía tiempo que este dicho que se hizo proverbial en nuestra Ciudad no lo escuchaba. Pero es que hay dichos y giros que han dejado de usarse, o si se usan, la gente que los oye, no les dan el sentido, ni saben su significado.

"La culpa la tiene Castroverde". Es un dicho portuense con personaje, como aquellos dichos que Don Luis Montoto Raustentrauch estudió en su rara obra de "Personajes, personas y personillas que andan por tierras de ambas Castillas" (Sevilla, 1902): refranes, dichos y proverbios en que se cita a una persona, verbi gratia, "Eres más feo que Picio" y daba toda una papeleta erudita sobre el personaje.

Pues bien, en El Puerto siempre, al menos desde finales del XIX, se le ha echado la culpa de todo a Castroverde. ¿Pero, quién era el tal Castroverde? Pues era don Justino Castroverde y García, natural y vecino de esta Ciudad desde el 2 de febrero de 1876, en que nació, hasta el 19 de diciembre de 1956, en que falleció, después de una azarosa vida.

Fue pionero de la fotografía en nuestra Ciudad, arte que aprendió del gaditano Reymundo, magnífico fotógrafo que se había formado en Barcelona y París. Castroverde tuvo su estudio en la portuense calle Castelar, 32 (Neverías), laboratorio de donde salieron las mejores colecciones de vistas de nuestra Ciudad y donde acudían toda clase personas a quedar inmortalizados ante la cámara de Castroverde.

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Escena costumbrista tomada por Castroverde en la Playa de la Puntilla. /Foto: Centro Municipal de Patrimonio Histórico.

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Foto profesional de Castroverde: escritorio de Bodegas Osborne. 1948. /Colección J.M.M.

Era muy apreciado en los retratos de niños de poca edad, a los que colocaba, encueritos vivos, sobre un cojín de terciopelo inevitablemente. También de niños de Primera Comunión, de novios en las bodas, de bautizos... y de toda clase de actos sociales.

Pero el dicho viene de lo repetido por las madres cuando mostraban las fotos de algún hijo particularmente feo. Ya se sabe aquel otro dicho de que "A nadie le huelen sus propios peos, ni les parecen sus hijos feos". Pues bien, ante la fotografía de un niño feo, feo, pero feo, la madre, al enseñarla, se justificaba: "¡Hay que ver cómo ha sacado a mi hijo Castroverde!", a lo que el interlocutor o la interlocutora respondía sarcástico/a: "La culpa la tiene Castroverde". Y el pobre Justino Castroverde, como un nuevo Redentor, ha cargado sobre sus hombros, desde finales del XIX, con todas nuestras culpas y deslices. Porque cuando no hay a quien echarle las culpas, aquí, en El Puerto, se le echan a él, inevitablemente. /Texto: Luis Suárez Ávila

Más información de Castroverde en GdP. Nótula 705.

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Don José, en una imagen tomada el 1 de julio de 1994, seis meses antes de su óbito.

José María Rivas Rodríguez nació en Sanlúcar de Barrameda el 1 de julio de 1919. En El Puerto era alcalde Eduardo S. Piury Dagnino. Era el tercer hijo del matrimonio formado por los sanluqueños José y Carmen: Carmen, Joaquina --fallecida de niña--, José María --nuestro protagonista--, Joaquín, Rosa, Lola y Rosario (religiosa). Vivió en la Casa Trillo estudiando en La Salle para, con 11 años, marchar al Seminario de Pilas (Sevilla).

Era una persona muy campechana, amable y extrovertida, que se emocionaba fácilmente y que ayudaba a cuantos podía desde el ejercicio de su ministerio sacerdotal. Pedía a quienes tenían para distribuirlo entre los más necesitados.

jmrivas_joven_puertosantamariaDe amena conversación en torno a una copa de vino, era una persona que estaba con cuantos le necesitaban y sabía escuchar y atender a cuantos se le acercaban. Tenía un corazón de doble ancho.

Perteneció a una familia humilde que trabajaba en un campito de su propiedad. El padre murió muy joven, quedando los hijos a cargo de la madre quien, con mucho esfuerzo sacó a sus hijos adelante. Dado que José María quería estudiar para sacerdote y su madre no tenía posibilidad de costearle la carrera, por mediación de unos amigos se puso en contacto con los Marqueses del Mérito, de Jerez, quienes fueron los que le costearon los estudios en el seminario. /En la imagen, el cura en una insólita imagen con chaqueta y corbata, en la playa de Sanlúcar de Barrameda.

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Los seminaristas, un día de comida campestre. Don José aparece a la izquierda de la imagen.

ORDENACIÓN.
El 26 de mayo de 1945 se ordena sacerdote en Sevilla, celebrando su primera misa en la Colegiata de Jerez, hoy Catedral, siendo apadrinado por la marquesa del Mérito y un sobrino de ésta. Durante un año, mientras le llegaba su primer destino, estuvo de capellán en la Capilla de la Merced, que se encontraba en el palacio de unos familiares de la Duquesa de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda.

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El párroco con sus acólitos. A uno le picó una pulga en el momento de disparar la foto [sic], leyenda que aparece al dorso de la imagen tomada en noviembre de 1947 en Espera.

En 1947 lo destinan a Espera (Cádiz), donde ejerció de párroco algo más de tres años. Entonces, sería destinado al Seminario de Sevilla, donde ejerció de profesor durante dos cursos, llegando a seer Superior en 1952.

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Don José, profesor en el Seminario Metropolitano de Sevilla con unos seminaristas. El primer seminarista de la izquierda es Ignacio Noguer, que luego sería obispo de Huelva.

Allí tendría como alumnos a sacerdotes que luego serían conocidos: Rafael Bellido Caro, el que fuera primer Obispo de Jerez Asidonia, o los hermanos Ramón y Antonio González Montaño (ver nótulas en GdP)

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En una alocución desde un balcón en el municipio sevillano de Herrera.

Entre 1952 y 1957 estuvo destina o en un pequeño municipio sevillano: Herrera, donde, además de párroco ejerció de profesor de Religión en un colegio.

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Participando su toma de posesión en El Puerto.

LLEGADA A EL PUERTO.
Tras una oposiciones toma posesión el 3 de julio de 1957 con la plaza de Cura Propio --o plaza de párroco en propiedad-- en la Iglesia de San Joaquín, sucediendo a Manuel Salido Gutiérrez, que pasaría a la iglesia Mayor Prioral. En la casa del Cura vivirá junto a su madre y su hermana Rosa. Su otra hermana, Rosario, religiosa, estuvo destinada en Burdeos y San Sebastián, adonde aprovechaba para ir a verla en vacaciones. Además de atender la parroquia, ejercía de capellán en el Penal y en los conventos del Espíritu Santo, Esclavas y Capuchinas.

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El 21 de agosto de 1960. durante la bendición de la Peluquería Mary.

Desde las Capuchinas impulsó la Hermandad del Rocío, de la que a su vez fue capellán durante muchos años. También lo fue del colegio de las Hermanas de San Vicente de Paul o Asilo de Huérfanas, así como de los actos religiosos del colegio La Salle, tales fueron las primeras comuniones de los alumnos. En el templo también asistió a las hermandades de la Flagelación y la Veracruz.

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De izquierda a derecha, Manuel Román Ruiloba, coadjutor de la Prioral, Manuel Vargas Dodero, presidente de la Asociación de Padres de Alumnos de La Salle, el reverendo Rivas y el director de La Salle, el Hermano Salvador Juan. Comida de hermandad celebrada el 15 de mayo de 1966.

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El 5 de junio de 1970, celebró las Bodas de Plata Sacerdotales. De izquierda a derecha, el coadjutor de San Joaquín, Juan Luis Calvo, el franciscano Eugenio Gómez Carmona quien luego sería coadjutor del Carmen y San Marcos, el Dean de la Catedral de Jerez, Repeto Betes, Don José, Rafael Zambrano, desconocido y el franciscano José María Juez Ahedo.

En El Puerto coincidió con dos paisanos suyos, que también tomarían los hábitos, los presbíteros Rafael Zambrano Pulet y Juan González Lagomazzini.

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El 15 de diciembre de 1974 se fundó la primera Comunidad Neocatecumenal en San Joaquín, que aparecen en la fotografía. Esta imagen está tomada 20 años después, el 1 de julio de 1994, en el homenaje que le tributaron las comunidades, a seis meses de su fallecimiento.

CAMINO NEOCATECUMENAL.
A mediados de la década de los setenta, en diciembre de 1974 un grupo de fieles, bajo su dirección espiritual, creó en la parroquia el Camino Neocatecumenal, siendo la primera iglesia en El Puerto en adscribirse a este tipo de comunidades, luego vendrían San Marcos, la Prioral, la Milagrosa, ...

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De izquierda a derecha, Don José, el obispo José María Cirarda Lachiondo y el coadjutor, Juan Luis Calvo, en una visita pastoral el 18 de octubre de 1966.

Se preocupó y mucho de las necesidades de los vecinos del Barrio Alto, donde todavía, hoy, le recuerdan con cariño. Organizó un comedor con la ayuda de muchísimos feligreses existente en la calle de la Rosa, en un inmueble que pertenecía a la parroquia, situado a espaldas de ésta.

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De izquierda a derecha, Sabas Martín Repollet, Don José y Vicente González Bruzón, camino de Ronda a comprar 'Los Tosantos'. El rengue o 'Viacrucis' lo salpicaban de copas y tapas.

RONDA
Eran muy frecuentes sus viajes a Ronda para visitar a su hermano Joaquín y a la familia, a los que solía ver en verano. No faltaba ningún año que fuera a la ciudad malagueña por la festividad de los ‘Tosantos’ acompañado por sus amigos, los hermanos Francisco y Sebas Manuel Martín Repollet y Vicente González Bruzón.

En la población serrana compartía con los hijos y los nietos de su hermano Joaquín y de Francisca las horas de la tarde en una mesa de ping pong que servía para el juego y que se adaptaba como mesa de lectura. Ahí “el Tate Cura”, así le llamaban en la casa familiar, leía las vísperas mientras los más pequeños garabateaban entretenidos o alguno estudiaba las pendientes del verano. Y es que, aquellos veranos debían pertenecer a su ideario sentimental y parecerle algo entrañable porque los tres últimos meses de su vida decidió pasarlos en Ronda

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De izquierda a derecha, Domingo Prieto Cressi, Rafael González Bruzón, Francisco González Rivera, Sabas Manuel Martín Repollet, Francisco Martín Repollet, Don José, José González Narváez y Vicente González Lechuga. Imagen tomada con motivo de las Bodas de Plata Sacerdotales de nuestro protagonista.

AMIGOS.
Se contaban por docenas y es imposible acertar dada la cantidad de amigos con los que contaba, entre ellos Jacinto Cossi Ochoa, Miguel Castro Merello, Rafael y José González Bruzón, Antonio Ruiz de Cortazar, José González Narváez, los hermanos Antonio y Francisco Sánchez Ruiz, Domingo Prieto Cressi, los hermanos Francisco, Vicente y Fernando González Rivera, etc., casi todos asiduos clientes la Bodeguilla de González, del Bar La Perdiz, del Puerto Bar, entre otros, donde le gustaba mucho alternar con los amigos y donde de vez en cuando aprovechaba para “pegar algunos sablazos” para sus pobres de la Parroquia. Sevillista, era muy aficionado al fútbol desde pequeño.

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En 1966, en Sanlúcar, con su madre, Carmen, su hermana religiosa Rosario y su otra hermana, Rosa, que lo asistió en su casa de El Puerto, hasta el fallecimiento de ésta.

E1 de julio de 1994, próximo a su retiro y ya enfermo, las comunidades neocatecumenales le ofrecieron un homenaje con motivo de su 75 cumpleaños.

...continúa leyendo "1.741. JOSÉ MARÍA RIVAS RODRÍGUEZ. El cura de San Joaquín."

Estamos preparando la biografía del que fuera párroco de San Joaquín muchos años, persona muy querida y muy relacionada con todos, hombre sencillo que ayudaba a tantos y que a tantos pedía, desde su ministerio para paliar lasa necesidades de los más humildes. Si hoy viviera estaría sumamente preocupado para intentar llegar a muchos que hoy lo están pasando francamente mal.

 

De izquierda a derecha, Chano Colón, Paco Ferrer, Paco Guerrero, Pepe Adame, Pepín Cantera de pie, José María Rivas Rodríguez y Juan Perea Gandulla, en un día de campo en la parcela de Antonio García Flores en 1974.

El mundo de los toros era para el desaparecido presidente de la Plaza de Toros, Fernando Gago, punto y aparte. Por las peculiaridades que se dan en el planeta de los toros y por los amores y odios que concitaba en el ejercicio de la presidencia del centenario coso taurino porteño.

De izquierda a derecha, el veterinario Antonio Ruiz, Fernando Gago y el asesor José Feria, presidiendo el festejo del 29 de julio de 2001. /Foto: Bellido.

Conocedor del reglamento lo aplicaba escrupulosamente y se regodeaba con que el ejercicio de su presidencia fuese un espectáculo más, dentro del festejo taurino. «Ha habido división de opiniones, unos se han acordado de mi madre y otros se han cagado en mi padre», afirmaba al finalizar una corrida de toros. Corrida para la que, durante muchos años, se pagaba su entrada de toros, con el objeto de no ser sometido al ‘gañote vil’, como señalaba  de cuantos le solicitaban un pase de favor. «Si el presidente de la Plaza se paga su entrada --afirmaba para disuadir a los peticionarios  mostrándola--  no veo por que los demás ciudadanos no han de hacerlo». Y aunque no es menos cierto que tuvo un grupo de detractores en el mundo de las peñas, se llegó a crear una que lo apoyaba: la Peña Taurina Fernando Gago. He aquí algunas imágenes de su paso por la Plaza de Toros de El Puerto.

De izquierda a derecha, Fernando Gago, Jesulín de Ubrique y Carmelo Garcia, actual empresario de la Plaza de Toros de Sanlúcar, en el callejón el 4 de agosto de 2001. Foto: Núñez.

Fernando Gago con el maestro Javier Conde, el 5 de agosto de 2001. /Foto: Núñez.

Fernando Gago y el empresario de la Plaza de Toros de El Puerto, Justo Ojeda.

El clarinero Jesús Rosso Morro, el veterinario, Fernando Gago, el asesor Feria y el clarinero Juan Antonio Tur. 6 de julio de 2003.

Fernando Gago y José Tomás.

Fernando Gago y 'El Juli'. 8 de agosto de 2004. /Foto: Núñez.

Fernando Gago y el torero porteño Alejandro Morilla.

Fernando Gago y el diestro local José Luis Galloso.

Fernando Gago y Vicente Barrera

Fernando Gago y el torero Cesar Rincón.

Fernando Gago y Manuel Díaz, ‘el Cordobés’, arropados por los clarineros jesús Otero y Jesús Rosso, (ambos ya no están en activo). Podemos observar el clarín que porta Otero y sendos sombreros bicornios en manos de los clarineros.

Fernando Gago y Jesuli de Torrecera, en la corrida goyesca donde actuaba con Pepín Liria, quien indultó un toro del 16 de agosto de 2008 del Marqués de Domecq y de nombre ‘Insensato’.

De izquierda a derecha, el veterinario Martín, Fernando Gago, el asesor Feria y el clarinero Abraham Padilla. Entre el público podemos ver a Torriguera, Volpa o al electricista del Ayuntamiento ya jubilado.

 

La Peña Taurina 'Fernando Gago', en uno de los balconcillos de la plaza.

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Permítanme que les cuente una historia tal y como me la narró uno de los paisanos que la protagonizaron. Hace treinta y cuatro  años, en plena transición, nuestra ciudad vivía un momento esperanzador tras décadas de régimen franquista. No obstante, aún quedaba por derribar el muro que impedía la llegada de la democracia a las instituciones portuenses. Varias generaciones sentían que aquel paso que iban a dar con su participación en las primeras elecciones municipales desde la Segunda República abría un horizonte nuevo para El Puerto.

Aquellos fueron los tiempos de Esteban Caamaño Bernal. Arrumbador de la Bodega Terry, sus inquietudes sociales le llevaron a defender a los trabajadores dentro del sindicato USO. Su labor no pasó desapercibida para el partido socialista de Tierno Galván, llegando a la política de la mano del viejo profesor. En 1977 fue elegido Diputado a Cortes, siendo el único en Andalucía de la formación de Tierno. Cuando se produjo en 1978 la integración del PSP en el PSOE, Caamaño, acompañado de una veintena de militantes, se incorporó a la agrupación socialista portuense. El PSOE local estaba formado por tres grupos – “telefónicos”, los “cristianos” de Esteban Caamaño y los militantes fundacionales en torno a Francisco Lara, figura clave en la refundación del partido en El Puerto – que convivían no sin dificultades ni discrepancias internas, como ocurrió a la hora de decidir quién iba a ser el candidato a la Alcaldía.

De izquierda a derecha, Pepe Marroquín ‘el Bloque’, Antonio Álvarez Herrera, Pepe Marco y Esteban Caamaño Bernal.

Finalmente, el cabeza de cartel del PSOE fue Caamaño, reelegido diputado apenas un mes antes. Caamaño sabía que la razón de que fuera el alcaldable socialista era meramente electoral, ante la necesidad de oponer una figura popular y de cierto prestigio a Antonio Álvarez. Aunque la pugna en las urnas acabó con la derrota de Esteban Caamaño, sí consiguió frenar la escalada del PSA que un mes antes, en las elecciones generales, se había convertido en la segunda fuerza de la ciudad. Después de aquel envite, la trayectoria de Caamaño se encaminó con éxito por los senderos de la política nacional, autonómica e, incluso, europea.

En la imagen tomada el 3 de febrero de 1982 en el homenaje popular a Rafael Alberti en El Puerto, de izquierda a derecha, el diputado socialista Esteban Caamaño, el alcalde de la Ciudad, Rafael Gómez, el poeta universal, Canogar, el Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía, Rafael Román, el director del Museo Municipal, Francisco Giles, en la inauguración de la exposición que se organizó con tal motivo.  (Foto Rafa).

De izquierda a derecha, Elias Py, desconocido, Rafael Valiente Moreno, desconocido, Esteban Caamaño Bernal, Ramón Rubial Cavia, Tina Aguinaco, Pepe Valiente, Pablo Expósito, Milagros Sanz Ganaza, desconocida, Fernando Mena, y Rogelio, ante el desamortizado Penal, donde estuviera preso Rubial.

Sirva este breve relato de su participación en un momento decisivo de El Puerto para homenajear a un portuense que se nos fue, pero que dejó el recuerdo de un hombre bueno e íntegro que dedicó los últimos años de su vida a explicar a los jóvenes, entre los que yo tuve el placer de encontrarme, aquella bella página que escribieron “nuestros constituyentes”. /Texto: Daniel Gatica Cote.

Iniciamos nuestro relato situándonos en los últimos meses del siglo XIX. En estos años todo está en crisis en España y El Puerto no iba a ser una excepción. Las malas cosechas se contabilizan por lustros, originando una gran masa de parados y la consiguiente hambruna. Los temporales se sucedían unos a otros casi sin interrupción, mermando las capturas y propiciando numerosos naufragios que llenaron de luto y miseria a muchas familias marineras. Para colmo de desgracia, el sector vinícola, las numerosas bodegas que habían germinado durante el primer tercio de ese siglo y fueron el motor de la economía local durante muchas décadas, estaba inmerso en uno de los periodos de decadencia que, con carácter cíclico, han sufrido y sufren estas industrias. En líneas generales, este es era el panorama local en el duro invierno de 1899, con las calles portuenses llenas de mendigos y pordioseros de día y bandas de mocosos harapientos y desvergonzados de noche, disputándose las escasas y apuradas colillas arrojadas en la vía pública por los transeúntes. /Sodados en Cuba. Ilustración de José María Bueno.

La otra cara de la moneda la encontramos en algunas familias acomodadas que vivían, generalmente, de las rentas generadas por sus antepasados, a los que se mencionaban en los padrones como de profesión: “propietario” y, también, en las adineradas familias de indianos establecidos en las últimas décadas, los nuevos ricos de la época, alguno de los cuales invirtieron los capitales que pudieron salvar de las antiguas colonias en nuevas industrias o en la adquisición de inmuebles. Ellos, junto con los integrantes de la tradicional clase media: comerciantes, pequeños empresarios, funcionarios públicos, mandos militares y otras profesiones de las denominadas liberales ocupaban la zona céntrica de la ciudad, las calles Larga, Luna, Nevería, Palacio, etcétera… eran socios de alguno de los casinos y solían acudir los fines de semana con sus familias, empavesadas como veleros, a los palcos del teatro en el invierno y al tiro de pichón en el verano. El resto del vecindario local no contemplado en estos “clichés” improvisados, es decir, la gran mayoría de ciudadanos, intentaba sobrevivir de la mejor manera posible, ejerciendo oficios variopintos, “peonás” ellos y “mediosdías” ellas.

Esquina de las calles Ganado y Zarza, donde se encontraba la tienda de montañés donde se ambienta esta historia.

JUAN RODRÍGUEZ ARANA.
De este último universo humano estaba poblado el “Barrio Alto” y, en concreto, la calle Zarza, en la que residían una decena de repatriados de la guerra colonial. En la esquina de esta calle y la de Ganado había una tienda de montañés con puertas a las dos calles; una, por la que se accedía al almacén de coloniales, todo un supermercado de la época, en el que se podía adquirir cualquier género comestible excepto carne, pescado fresco o pan, y la otra puerta era la entrada al despacho de vino y taberna. Ambos recintos estaban comunicados interiormente por una especie de zaguán, utilizado por las amas de casa para comprar de una forma más discreta, sin penetrar en la taberna, bebidas alcohólicas, normalmente vino común para acompañar a las comidas. En un  rincón de la taberna, acodados en el mostrador de cedro ante sendas copas del rasposo aguardiente con que se desayunaban nuestros abuelos encontramos a dos hombres; uno de ellos, el de mayor edad se llamaba Juan Rodríguez Arana.

Era un veterano de la Guerra de Cuba, sargento del Regimiento de Infantería de Soria Nª 9. Había sido repatriado meses atrás, llegando a El Puerto, donde vivía con una hermana mayor que él, casada con un tonelero, -matrimonio sin hijos- en la casa número 55 de la calle Zarza. Le acompañaba un joven soldado de remplazo que aún no había cumplido los veinte años y estuvo tan solo unos meses en aquel infierno antes de ser repatriado. Vecino de la casa contigua a la suya, lo había visto crecer y ahora, compañero de fatigas e infortunios, querían celebrar con otros paisanos repatriados, vecinos todos ellos de la misma calle (Joaquín Ponce de León, que vivía en el nº 7, Enrique Camacho González, en el 15, Ramón Leonisio Mata, en el 28, José Ruibal Rodríguez, en el 30, José González Robles, en el 33, Manuel Ponce Díaz, en el 47, Juan Santilario Renzo, en el 62 y Juan García Martín, en el número 64) a los que aguardaban, el haber regresado y poder contar sus vivencias y penalidades a sus familiares y amigos. /En la imagen de la izquierda, escudo del Regimiento de Infantería Ligera Soria nº9 en el que sirvió Juan Rodríguez Arana.

ANTONIO GALLARDO PEINADO.
Este segundo joven repatriado era Antonio Gallardo Peinado, residente en la casa número 57, segundo hijo del matrimonio formado por Francisco Gallardo Quintelo, maquinista de profesión y Dolores Peinado Sánchez, inquilinos de esa casona junto con la totalidad de su prole que ascendía a seis hijos con edades que oscilaban entre los 24 años del mayor, barbero de profesión y los tiernos tres añitos de la hija más pequeña. La madre, que en esa fecha contaba tan solo cuarenta años de edad, el día que Antonio llegó por sorpresa, sin avisar, estuvo a punto de costarle un disgusto, tanta fue la emoción que sintió. Todo el tiempo que duró su ausencia rumió para sí una especie de remordimiento por no haber movido cielo y tierra en busca del dinero necesario para la redención del hijo, que tan mala suerte tuvo en el sorteo, según pensaba ella. Siendo adolescente –apenas una quinceañera- quedó embarazada del que luego cumpliría y se convertiría en su marido, 30 años mayor que ella, que entonces era fogonero y aunque la familia pudo vivir modestamente bien, con justeza y sin holguras, durante los veinticinco años que llevaba casada, gracias al duro trabajo paterno y la ayuda de los dos mayores en los últimos años, la cuantía del rescate exigido para librar a los mozos destinados a ultramar, que ascendía a 2.000 pesetas, era una cifra excesiva, muy alejada de las posibilidades de la familia. /En la imagen, la casa donde vivió Antonio Gallardo Peinado, antes de su restauración.

Similar alegría experimentaron todos los vecinos de la casa, especialmente las mujeres, cuando abrazaron al Antoñito. La viuda del mirador, que trabajaba de cocinera para adelante a sus tres hijos y estaba haciendo esa mañana una colada en el corralón que servía de lavadero y tendedero, se apresuró a bajar un tazón de caldo de gallina al verlo tan pálido y demacrado y las dos señoras del bajo, curiosamente ambas casadas con sendos oficiales zapateros y cada una con un solo retoño, formaron coro con la madre, los hermanos pequeños y la cocinera y sus hijos, abrumándolo con tantas preguntas y todos a la vez que fue un alivio que llegase el vecino de la casa de al lado y se marchasen juntos a tomar unos vinos, naciendo de este encuentro la idea de reunir a todos los camaradas de la misma calle un día para celebrarlo todos juntos.

Poco a poco fueron llegando los repatriados convocados a la taberna, acompañados de amigos y familiares que deseaban saludar a los demás, añadiéndose otros repatriados que vivían en las calles del entorno: Arena, Yerba, Mazuela, Espelete, Meleros, Ganado… y un buen número de curiosos que pronto hizo que se llenase el local, las aceras y toda la esquina. Agrupados en corrillos, las conversaciones giraban en torno, lógicamente, al mismo tema: unos referían las dificultades con que se encontraron para poder llegar desde La Coruña o Santander, que es donde lo habían dejado, hasta El Puerto; otros, comentaban la cuarentena que debieron pasar en el antiguo convento de la Victoria; los más, relataban las acciones militares en las que habían participado, exagerando por supuesto y dando un tinte de comicidad a tan dramática experiencia y los menos maldecían a políticos y mandos militares, culpándoles de las fatiguitas que padecieron. Todos, sin excepción, mentaban con respetuoso pánico a su mayor enemigo: la fiebre amarilla, mal de que poco escaparon, que seguiría pasándole una costosa factura el resto de sus vidas a muchos de ellos.

Soldados ante el cuartel de la Plaza del Polvorista, hoy Teatro Municipal y viviendas de trabajadores de Osborne. /Imagen cedida por Doña Ángeles Zamorano, a través del Centro Municipal de Patrimonio Histórico.

El sargento Rodríguez Arana explicaba a quien quisiera escucharle las dificultades que debieron superar tanto el gobierno como los responsables militares, después de haber perdido guerra y escuadra, para encontrar barcos en los que poder repatriar a tan tos efectivos acumulados en la isla de Cuba.

Y en el guirigay en que se había convertido la reunión de repatriados y afines aparecieron guitarras y espontáneos cantaores, entre ellos nuestro protagonista quien, antes de entrar a servir en el Batallón de Cazadores de Parma Nª 25 en el que había destinado en Cuba, estuvo trabajando como herrero en la fragua de los Suarez, en la calle de la Yerba, oficio en el que se solía acompañar con cantes rítmicos el batido del hierro sobre el yunque. Con esta y otras cantiñas, estimuladas por la sucesión de “convidás” a cargo de los parientes, se fue diluyendo la tristeza de los primeros momentos, durando la jarana hasta la hora de la siesta que resultaría de obligado cumplimiento para la gran mayoría pues casi todos marcharon dando tumbos a sus cercanos domicilios, no sin antes prometerse unos a otros repetir la convivencia de ese día. (Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz.- A.C. PUERTOGUÍA).

2

De izquierda a derecha, una vecina, Juan Ponce Sánchez y sus sobrinas, Lola Ojeda y su hermana María. 

 Juan Ponce Sánchez tiene todo los merecimientos para ser un hombre querido y recordado. Trabajó toda su vida en la Fábrica de Harinas de Esteban Fernández Rosado, en la calle Postigo. Formó parte durante muchos años de la vida de El Puerto: árbitro, miembro de la Rondalla Portuense, concejal del Ayuntamiento en tiempos de Fernando T. de Terry Galarza de alcalde.

Casado con Isabel Martínez García, tía por parte de madre de mi marido, Francisco Alcántara y Barba, hijo de Enrique Alcántara López, durante algunos años, Comandante de la Guardia Municipal de El Puerto. Era una maravillosa persona, tío, amigo y consejero de mi marido y sus hermanos, que perdieron a su padre, siendo muy jóvenes. Ayudaba a todo el mundo, siempre con la sonrisa por delante, con afecto para todos.

 

Concejales de la Corporación Municipal el 13 de diciembre de 1975, con Fernando T. de Terry, como alcalde de la Ciudad.  De izquierda a derecha: Francisco Manzano Ortega, Juan Ponce Sánchez, Rafael Sevilla López, Cólogan Osborne, Fernando T. de Terry, Francisco J. Merello Gaztelu, Eligio Pastor Nimo, Enrique Pedregal Valenzuela, Manuel Perez Pichado, el Oficial Mayor Federico Aguirre Fernández. Debajo: Antonio Benjumeda Abreu, Manuel Lojo Espinosa, Manuel Camacho, Diego Mora, el Secretario Jaime Fernández Criado, Manuel Martínez Alfonso y el Depositario. (Foto: Archivo Municipal).

Falleció su esposa el 5 de enero de 1973, permaneciendo muchos años viudo. Aún se le recuerda con los trajes de chaqueta y la camisa negra. Volvería a unirse sentimentalmente, años después.  (Texto: Lola Ojeda y Blanco). 

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