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la_galeona_1_puertosantamariaEl cuadro de la Virgen del Rosario  ‘La Galeona’ vuelve a su capillita 20 años después tras una larga y dificultosa restauración o podríamos decir mas bien ‘renacer’ dado su estado de conservación. Participaron amigos que ya nos dejaron, Clemente, Faelo Poullet y otros que felizmente pueden aun disfrutarla J. Luis Villar, Ángel Pantoja etc. Es una pena el cableado tercermundista que le acompaña ¿para cuando su ordenación? /Texto y foto: Julián Flores Vencelá.

La advocación mariana protectora de los marinos y demás hombres de la mar que duró más tiempo -hasta la proclamación patronal de la Virgen del Carmen en 1901- fue la del Rosario, que en su imagen denominada La Galeona fue, durante un largo tiempo, llamada Patrona de la carrera de Indias.

La devoción al rosario se extiende en Andalucía a finales del siglo XV y continúa en el siguiente con gran intensidad. A mediados del siglo XVI, tanto en Cádiz como en El Puerto de Santa María, era cosa popular y corriente a devoción al Rosario, en la que es muy posible tuviesen influencia las colonias de genoveses y flamencos, tan numerosas en ambas poblaciones.

El ser El Puerto de Santa María fondeadero de las galeras reales originó una afluencia de aventureros y galeones extraordinaria, y existiendo una precaria beneficencia pública en aquella época, la ciudad ofrecía un lastimoso estado con los enfermos abandonados muriendo por las calles.

la_galeona_2_puertosantamariaEl sacerdote don Diego de Ojeda fundó en 1512 un hospital donde se atendiese a los forzados, cuya capilla fue elevada a la categoría de basílica lateranense por Breve de León X en 1514. /En la imagen de la izquierda, el cuadro, antes de su restauración, en 1982. Foto: Fernando Vidal.1982. Guía Histórico Artística de El Puerto de Santa María. 

Fue precisamente en este hospital y capilla donde nació el patronato de la Virgen del Rosario sobre la flota de galeones. [...] Hay datos que confirman el patronato de la Virgen del Rosario sobre el tercio de galeones y de la carrera de Indias. Por ejemplo, la imagen venerada en el convento de Santo Domingo de Manila nos lleva a deducir que el patronato ha nacido por extensión de la devoción profesada a cada una de las imágenes protectoras de la ciudad donde se iniciaban y concluían aquellas navegaciones, y, por otra parte, que existía algún vínculo por el que los navegantes se consideraban ligados al título del Rosario. En esto pudo influir el recuerdo de la batalla de Lepanto.

Al ser la Virgen del Rosario Patrona de las flotas de galeones, indudablemente lo era de las comunicaciones regulares entre la metrópoli y sus posesiones ultramarinas.

la_galeona_4_puertosantamariaLos oficiales y tripulaciones de las galeras reales construyeron, hacia 1564, una Cofradía protegida por el comendador don Luis de Requeséns. Se tituló de la Piedad y de la Caridad, y fue confirmada por el Papa San Pío V quien, a petición del Generalísimo dc la Santa Liga, don Juan de Austria, concedió no solamente la confirmación de lo ya hecho, sino que lo amplió con la facultad singularísima de investir al capellán de la Hermandad con la prerrogativa de ser el Ordinario de la Armada, siempre que se fundasen cuatro hospitales, a lo menos, para forzados, que se intitulasen de la Santa Liga, como consta en el Breve de dicho Pontífice de 19 de marzo de 1569. /Cruce de las calles Pozuelo o Federico Rubio con Pagador Natera o Dr. Palou. Foto: J.F.V.

Como El Puerto de Santa María era el fondeadero de invernada de las galeras reales y en él existía un hospital de forzados, la Cofradía comenzó el ejercicio de su piadosa misión fundiéndose con el hospital lateranense ya indicado, el que hubo de ampliarse considerablemente, inaugurándose entre tanto la hospitalidad en una caja aneja a la ermita de Santa Lucía, donde, siglos más tarde, también se instalaron las Capuchinas e intentaron erigir un hospicio los Trinitarios Descalzos.

Nombrado capellán mayor de la Armada el Inquisidor don Jerónimo Manrique, y confirmado de hecho por nueva bula del Papa San Pío V, de 27 de enero de 1570, aún hubo de tardar bastante la terminación de las obras de los nuevos hospital y capilla, que inauguró en 1613 el capitán general del mar océano don Manuel Filiberto de Saboya, quien no pudo, sin embargo, establecer definitivamente los enfermos en éste, continuando en el de Santa Lucía hasta 1630, en que se trasladaron a él de un modo definitivo.

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Otra fotografía del cuadro restaurado en su emplazamiento. /Foto: J.F.V.

Sostenían el culto los galeotes, a quienes se mermaba su mísera ración de bizcocho para este fin, restándoseles también una parte de las presas que las galeras reales hacían. El hecho de haber donado don Juan de Austria a la Cofradía una efigie de Nuestra Señora del Rosario, a quien se atribuyó la gran victoria de Lepanto, determinó el patronato de esta advocación sobre la flota de galeras, pues siendo el asiento de la jurisdicción privativa de la Armada la basílica lateranense de El Puerto de Santa María, donde se veneraba como protectora de la Cofradía de la Piedad y Caridad la imagen del Rosario, ésta quedó tácitamente constituida como Patrona de las galeras reales.

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Pilón de San Juan, a la izquierda, terrenos donde se encontraba la Iglesia de San Juan de Letrán y posteriormente se edificarían los ‘Pisos de los Marinos’.

Abandonado más tarde el hospital por la resistencia de los galeotes a seguir contribuyendo al levantamiento de sus cargas, se pensó, en la segunda mitad del siglo XVI, restablece en él un hospital de mujeres, que se llamó de la Providencia, y cerrado definitivamente en 1819 por no tener razón de ser, dado que la pena de galeras estaba abolida desde principios del siglo, se trasladó la imagen a San Fernando, donde estuvo en el Arsenal de La Carraca nueve años -1840 a 1849- pasando después a la capilla del Panteón de Marinos Ilustres, donde permaneció durante muchos años.

Actualmente la imagen de La Galeona que llevó D. Juan de Austria en la batalla de Lepanto se haya en el Viso del Marqués (Ciudad Real), en la capilla del viejo palacio del que fue ferviente católico y mariano don Álvaro de Bazán, figura destacadísima en aquella histórica contienda. /Texto: José María Blanca Carlier.

 

 

josedenavarreteyvelahidalgo_puertosantamariaEl escritor, político y militar español, José de Navarrete y Vela-Hidalgo (ver nótula núm. 1.996 en GdP), nacido en El Puerto en 1836 y fallecido en Niza (Francia), en 1901, dejó escrita esta semblanza de nuestra Ciudad, en su libro: ‘De Niza y Rota’, colección de diversos artículos periodísticos, publicado en París. Los párrafos que reproducimos, pertenecen al artículo ‘Mi tierra’. 

“... el Puerto, con su ribera del Guadalete, sus parejas de faluchos pescadores, sus puentes colgantes, su calle Larga, su Fernán Caballero y su Javier de Burgos. [...] Tierra del sol en eterno fondo azul, de las flores del saber, del arte, del júbilo, de la gracia, de la hermosura, del amor... Tierra donde nací, ¡bendita seas! ... /En la imagen superior, José de Navarrete, --la calle donde nació se llamó así entre 1901 y 1935) y en la ilustración inferior, la portada del libro de artículos 'De Niza y Rota'.

josedenavarrete_nizayrota_puertosantamaria[En un comentario que hace a una antigua tonadilla: el Trípili, evoca sus años mozos en El Puerto] Esa tonadilla se cantaba medio siglo ha en el teatro, que ya entonces llamábamos Viejo, sito en la calle de la Misericordia, en el Puerto de Santa María... Recordaba yo ese pasado en el Casino de Niza como si fuera el presente, y así mismo veía en la calle de Palacio, frontero al paseo del Vergel y a la iglesia de la Caridad, una caserón de los Duques de Medinaceli, en el cual vivía una señora joven, con los cabellos casi blancos, bien parecida y de carácter angelical, casada con un anciano valetudinario [*], seres que ya dieron sus cuerpos a los gusano y velan hoy por mí desde o alto...”.

[*] Dicho de quien sufre los achaques de la edad: Enfermizo, delicado, de salud quebrada.

JUANDEWHINTUYSENMDB_PUERTOSANTAMARIA2(continuación).

Por fin, el 10 de abril de 1844, después de este viaje que realizó enfermo, se presentó en el departamento de Cádiz y el 13 de mayo quedó asignado a la habilitación del navío Soberano,  nombrado mas tarde ayudante del capitán de fragata don Blas García de Quesada. Se encargó de la instrucción y disciplina de los Guardias Marinas que se encontraban en el Depósito del Arsenal y en otros buques fondeados en la zona. Esta tarea no le apartó de sus responsabilidades en el navío Soberano, aunque a finales de agosto cesaría su destino y asignación en este barco al ser nombrado Ayudante de esa Mayoría General (oficina del Mayor General). Se embarcó entonces en el Vapor Península, un vapor de ruedas construido en Inglaterra y adquirido en 1843 capaz de transportar 150 toneladas y armada de cuatro cañones. Uno de sus destinos fue el Ferrol, en cuyo departamento había servido de patrulla y  del que fue comandante dos meses y medio aproximadamente.

El 5 de noviembre de 1845, año en que se redactó una nueva constitución en la que se otorgaban mas poderes a la corona y al gobierno, tomó el mando de interino de un buque que le fue asignado por su entrada en balandra hasta que embarcó en el mítico Jacinto de la 1ª División de Guarda Costas en el que estuvo unos meses, tras los que, ya metidos en 1846, se le dio el nuevo destino que intentó cambiar con otro compañero (puede que también insatisfecho e interesado en el destino de Winthuysen), don Ángel Bello de Castro, homólogo suyo al que originalmente le correspondía el Apostadero de Filipinas, destino en el que puso sus miras Winthuysen. Finalmente y por Real Orden, se le concedió la permuta.

Este año de 1846 fue el comienzo en Cataluña de la segunda guerra carlista iniciada por los partidarios de Carlos Luis de Borbón y de Braganza, hijo de Carlos María Isidro.

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Crucero "Reina Cristina", buque insignia de la flota del Apostadero de Filipinas

Pasaron unos meses y Winthuysen seguía prestando sus servicios en Filipinas, en donde fue ascendido en el verano de 1847 a teniente de navío, cargo que desempeñaría durante doce años y medio.

En junio de 1848 se le concedieron cuatro meses de licencia para tomar baños minerales y a continuación embarcó a su regreso en la corbeta Venus como comandante. Esta nave fue adquirida en 1843 por la Armada como corbeta y dotada con un armamento de 16 a 20 cañones; fue  construida en el astillero particular de la Cabana, Ferrol, en 1842 como una fragata mercante de 500 toneladas. Obtuvo, además Winthuysen pasaporte para Tánger en donde pasaría un tiempo hasta que en febrero de 1849 y desembarcado de la Corbeta Venus, viajó a Cartagena para hacerse cargo del mando del falucho Saeta con el que estuvo también como comandante unos seis meses, tras los que pidió un descanso de 9 días para luego embarcar en la corbeta Ferrolana. Esta corbeta fue botada el 20 de febrero de 1848 y fue la última corbeta de vela botada en el arsenal del Ferrol. Por aquel entonces, se encontraba la Ferrolana bajo el mando del capitán de navío Jose María de Quesada y Bardalonga que por Real Orden de 7 de julio de 1849 dispuso un viaje de circunnavegación y zarpó el 5 de Octubre de 1849 del puerto de Cádiz, en donde se incorporó Winthuysen, rumbo  al cabo de Buena Esperanza para pasar al Índico en dirección a Manila. Hizo escala en varios puertos de India, China e Indonesia y  regresó a España por el océano Pacífico, recalando en Australia, Callao, Guayaquil y Valparaíso,  para entrar, por último,  en el puerto de Montevideo antes de llegar a Cádiz. Pero en este viaje de regreso ya no contarían con la presencia de Winthuysen, ya que el 20 de abril de 1850 tuvo que desembarcar de nuevo por enfermedad y esperar la primera oportunidad para regresar a la península en algún buque particular.

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Corbeta 'Ferrolana'.

En febrero de 1851  pasó a Tercios Navales y en septiembre se encargó interinamente de la Ayudantía del distrito de Puerto Real, ya que el propietario se encontraba enfermo y el Director General de la Armada  concedió a Winthuysen ese destino en el que permaneció casi dos meses.

Fue en octubre de este mismo año de 1851 cuando se casó con la joven gaditana doña Inés de Urruela y Barreda en la Iglesia Prioral de El Puerto de Santa María y con la que tuvo tres hijos: Pastora, Elena y Felipe de Winthuyssen y Urruela que criaría y educaría junto a su esposa puesto que su labor en estos años se centró principalmente y diría que únicamente, en la provincia de Cádiz salvo un corto periodo de tiempo que estuvo como comandante en Huelva,   de cuyo puerto y río elaboró un plano a principios de 1861 en el que hace advertencia de la calidad del fondo de la ría, la elevación de las aguas, la fuerza de la corriente, la variación magnética, el alcance de los faros y la situación astronómica de algunos puntos de la costa, entre otras observaciones.

En 1852 empezó a desempeñar el cargo de Ayudante de la Comandancia del Tercio de Navío de Cádiz; cargo del que fue nombrado a finales de octubre del año anterior y del que se ocuparía durante año y medio para luego, en agosto de 1853 encargarse, interinamente, de la Ayudantía del distrito de Puerto Real, previa obtención de la propiedad en este destino. En este puesto estaría casi cuatro años, hasta finales de septiembre de 1856, fecha en la que solicitó licencia para asuntos particulares y para los que le concedieron dos meses por Real Orden.

cruzdesanhermenegildoAYUDANTE DE MARINA EN EL PUERTO.

Nueve meses más tarde, el 29 de junio de 1857, fue nombrado Ayudante de Marina de El Puerto de Santa María hasta finales del mes siguiente y en octubre de 1858,  2º comandante de Marina de la provincia de Algeciras. /Estaba en posesión de la Cruz de San Hermenegildo.

A finales de 1859 solicita la Cruz de San Hermenegildo y pocos meses después se la conceden. Esta cruz es una distinción militar creada por Fernando VII al terminar la guerra de la independencia en 1814 y que se concedía como una de las mas importantes  recompensas a esos militares ejemplares que sirvieron a los ejércitos. Fue puesta por el rey  bajo la advocación de un santo, ya que éste quería que fuera distinción de alto rango y por ello decidió que fuese San Hermenegildo que había sido rey de Sevilla y mártir en defensa de la fe.

El 27 de marzo de 1865, a los 47 años de edad, se retira con el rango de capitán de fragata que desde hacía cinco años venía ocupando. A partir de entonces comienza una nueva etapa para él en El Puerto de Santa María en donde, nada mas lejos de quedarse sin tareas, se embarca en otros proyectos que le integrarían tanto política como socialmente en la ciudad que lo vio nacer, proyectos que tan bien describe Antonio Gutiérrez  en la segunda parte de su libro “los Winthuysen” al que remito para saber de esos últimos años de vida de este ilustre portuense. (ver rótula 1.987 en Gente del Puerto)

En octubre de 1884 la desgracia llegaría a su familia: su hijo Felipe, el mas pequeño y único varón, fallece pocos meses antes de  cumplir los 30 años de edad. El duro golpe deja desolada a la familia. Unos años mas tarde, el 26 de noviembre de 1899 a las ocho de la tarde fallecía su esposa Inés a los 78 años de edad y así recogió el suceso la “Revista Portuense”:

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“Ayer á las 4 y media de la tarde fue conducido al Cementerio Católico de esta ciudad, el cadáver de la Sra. D.ª Inés Urruela y Barreda de Winthuyssen, (q.s.g.g.) Era llevado a hombros por varios sirvientes de la casa. El acompañamiento, que era muy numeroso lo formaban distinguidas personas, y el duelo los Sres. Tosar(D.J.), Palacios(D.M.). Pico y Lobo, González Urruela, Ruíz de Cortázar, Figueroa (D.A.), Oneto(D.F.), Sancho (D.M.A.), Ruíz y López (D.J.), Martínez Colón (don J.A ), Cuesta (D.J.L.), Felices (D A.), Barreda (Presbítero), Luna (D.R.) y García Ruíz (D.J.L.) Presidían el Director Espiritual de la finada y los Sres. D. José Jiménez González y don Eduardo Urruela.”

Tan solo tres años después, el 27 de marzo de 1902, moriría Juan de Winthuysen en la casa número 21 de la calle Larga, donde vivió con su hija Pastora desde que enviudó, según relata la Revista Portuense:

“Falleció ayer y fue conducido al Cementerio Católico, el Sr. D. Juan Winthuyssen antiguo y respetable convecino nuestro, de ilustre apellido en la Marina española y perteneciente a una familia distinguidísima. Era Capitán de Navío graduado de 1ª clase. Reciba su apreciada familia la expresión de nuestro más sentido pésame. El sepelio se verificó ayer tarde a las cinco. La fúnebre comitiva formabanla el clero parroquial con cruz alzada, el cadáver colocado en el féretro que era conducido á hombros por dependientes de la familia, cuatro Hermanitas de los Pobres y el acompañamiento en el que figuraban muchas conocidas personas. De la caja pendían cuatro cintas que llevaban los señores D. Guillermo Pattersson, D. Antonio Peñasco, D. Manuel García Valdeavellano y D. José Jiménez González. El duelo presidíanlo el Alcalde, el capellán don Ricardo Luna y don Miguel Palacios hijo político del finado.”

Mi especial agradecimiento al Archivo General de la Administración y al Museo Naval de Madrid por haberme permitido consultar sus archivos y haberme facilitado ciertos documentos sin los cuales no habría podido escribir esta nótula. /Texto: Juan Manuel Rodríguez Gay-Palacios. Juan de Winthuyssen.

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JUANDEWHINTUYSENMDB_PUERTOSANTAMARIAEl 18 de agosto de 1818 --en una semana se cumplirán 196 años de su alumbramiento-- nació en El Puerto de Santa María Juan de Winthuysen Martínez de Baños, hijo de don Pedro de Winthuysen y Bustillo y de doña Felipa Martínez de Baños. Por aquel entonces se encontraba España en pleno Sexenio Absolutista. Tras aceptar el rey Fernando VII la propuesta para la restauración de la monarquía absoluta y con el apoyo de los antiliberales y del ejército, sometió al país a seis años en los que dominarían los sectores más reaccionarios de la sociedad. /En la imagen de la izquierda, retrato deJuan de Winthuysen a los 30 años de edad, siendo entonces teniente de navío.

Además, desde 1808 hasta  1820 comienza en las colonias americanas una etapa de rebeldía que buscaba la independencia. Las insurrecciones no tardaron en aparecer y desde España, se enviaron tropas que consiguieron neutralizar, al principio, estos alzamientos rebeldes. Pero a partir de 1818, año en el que, como antes dije, nació Winthuysen, en algunos países americanos como Venezuela, Chile, Argentina y Perú se optó por la guerra y pronto  la mayoría de ellos consiguieron su independencia. En 1824, España tan solo contaba en su poder con Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas y Marianas.

Unos años mas tarde, en 1837, mientras España se encontraba en el ecuador de la primera guerra carlista, Winthuysen, con tan solo 18 años de edad y tras examinarse de sus estudios elementales, sentó plaza de Guardia Marina el 19 de Junio. Por la absoluta falta de buques fue destinado al arsenal de La Carraca y poco después, el 18 de agosto, día en que cumplió los 19 años, fue agregado al armamento de la fragata Esperanza en la que quedó de dotación al mes siguiente.

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Arsenal de la Carraca (San Fernando). Grabado: Ministerio de Defensa.

En este año aun se notaba la decadencia que desde 1833 sufría la Marina Española y que se observaba, entre otras cosas, por el estado de los barcos, que dejaban mucho que desear, la escasez de los mismos y el descontento de la tripulación, por la sencilla razón de que no se les pagaba a tiempo y se les debía bastante dinero. Tal como describió Vázquez de Figueroa en 1834 y recogió el capitán de corbeta Antonio de la Vega en su estudio “De la vela al vapor”:

“Almacenes vacíos; los diques destruidos, los caños, balsas y ensenadas ciegos por falta de maquinaria, no hay juegos de madera para poder carenar los barcos, no hay fábricas de lona, no existe una sola braza de jarcia, habiendo tenido que salir a la mar buques sin la precisa, los edificios que quedan en pie están en ruina, habiendo sido preciso demoler alguno, en ningún Arsenal hay medios para carenar e incluso para efectuar obras de conservación.”

Diez años después la situación no había cambiado demasiado como puede comprobarse en la siguiente declaración del ministro Portillo:

“Guardan los barcos una infantería sufrida, desnuda y mal pagada, dirige la construcción de buques un Cuerpo de Prácticos que no aprenden nada de los adelantos técnicos, forman parte del Cuerpo de Artillería sujetos dignos, pero sin conocimientos suficientes, los alimentos que se dan a la marinería y tropas son escasos y generalmente se les dan adulterados.”

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Entrada al puerto de La Habana (Cuba), 1839. Frédéric Mialhe, interpretación.

En octubre, Su Majestad concedió a Winthuysen seguir sus servicios en el apostadero de la Habana hacia donde partió en la antes mencionada fragata Esperanza el 4 de Diciembre de 1837.

Tras cerca de 4 meses, llegó a la Habana el 23 de Marzo de 1838, pero el largo viaje hizo mella en su salud y por ello tuvo que solicitar una baja temporal para reponerse. Le concedieron un mes: del 9 de Abril al 10 de Mayo, fecha en la que tuvo que ser prorrogado por seguir aún enfermo,  hasta el 22 de ese mismo mes, fecha en la que se presentó ya restablecido.

A mediados de junio transbordó al bergantín General Laborde, construido en la Habana en 1829, armado con 12 cañones y dado por perdido en 1846 al ser sorprendido por un huracán que arrasó con el puerto de la capital cubana. En este bergantín estuvo casi un año y medio y en el mismo regresó a España, concretamente a la costa Cantábrica desde donde salió para Santander, esta vez a bordo de la fragata mercante Nuestra Señora del Carmen.

Según oficio del Mayor General del Departamento del Ferrol, el 20 de noviembre de 1839 fondeó en Santander, tras haber hecho el viaje en buque particular destinado a las Fuerzas Navales de la costa de Cantabria. Fue embarcado, a continuación, de transporte en el vapor Isabel II para pasar al ya mencionado departamento al que llegó 3 días después, momento en el que se puso a las órdenes del comandante del arsenal del Ferrol.

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El vapor de ruedas Isabel II, cabeza de una serie de 4 buques iguales construidos en dos astilleros londinenses para la Armada Española; pintura de Rafael Monleón

Este vapor Isabel II fue construido en Ferrol en 1836, aunque se llevó varios años en el apostadero de la Habana, en donde tenía base establecida. Hay otra versión que sostiene que se fabricó en 1831 en Quebec por George Black y John Saxton Campbell y que en 1834 fue alquilado por el gobierno español para usarlo como buque de guerra contra los carlistas. Pero también puede que se tratase de dos barcos diferentes y con el mismo nombre como sucedió con el Hernán Cortés, que pasó a ser Cortés por la aparición de otro llamada igual.

El 17 de enero de 1840, llegó Winthuysen a costas gaditanas a bordo de una fragata mercante, donde se presentó en el departamento de Cádiz y se le destinó al arsenal permaneciendo allí poco más de un mes. Mas tarde embarcó en el vapor Mazeppa,  que era un remolcador adquirido en 1835 y que fue el primer vapor mandado por un oficial español. Poco después se le daría nuevo destino a Winthuysen: las Fuerzas Navales de Cataluña y Valencia para donde se le fue expedido pasaporte saliendo de Cádiz sobre el místico (buque de vela de dos o tres palos) español Dominguito. Llegó al Puerto de Alfaques el 16 de abril y se presentó al comandante general de aquellas fuerzas al día siguiente. Tras este encuentro se embarcó en el bergantín Patriota que salió rumbo al puerto de Cartagena en 20 y fondeó en 23 de abril.

nu2713foto101Al mes siguiente, salió con la escolta de una bombarda y un falucho cargados de pólvora para el Ejército de Cataluña y otro falucho que transportaba a Valencia cuatro cañones de a 24. Cinco días después, el 17 de mayo, entró en Barcelona donde permaneció unos días. El 22 entró en los Alfaques, donde el bergantín de su destino se situaría el día 26 frente a la Rápita para proteger su ocupación  que se produciría  la noche del 31, en el momento en que   hicieron fuego desde las casas de la Rápita al Castillo de San Carlos y a las embarcaciones apostadas sobre el muelle; habiéndosele encomendado a Winthuysen la labor de encargarse del primer bote de la fragata Cortés, que allí se encontraba, con el que les hizo fuego para ahuyentarlos. /Nuestro protagonista estaba en posesión de la Cruz de la Marina.

Por otro lado, el 15 de mayo de 1840 fue sin duda un día que seguramente no olvidaría ya que declaró Su Majestad su satisfacción por la eficaz cooperación del Guardia Marina Juan de Winthuysen  por el buen resultado de sus operaciones.

El 5 de Junio salió para cruzar el Cabo de Barcelona hasta Cabo Creus y el 16 fondeó de regreso en la rada de Barcelona. El 18 salió para el mismo crucero y el 26 regresó a la misma rada para entrar en puerto en 27 de junio. Ese mismo día fue transbordado a la fragata Cortés. Esta fragata, también construida en Ferrol en 1836 y botada el 27 de julio del mismo, fue asignada al departamento marítimo del Ferrol y dos años mas tarde  acudiría a Barcelona a apoyar a las tropas del general Van Halen a causa de una insurrección que tuvo lugar en la ciudad condal. Regresó a finales de ese año a aguas gaditanas.

De nuevo, el 19 de junio, Su Majestad comunicó su contento por el comportamiento del Guardia Marina y el 14 de octubre le fue concedida la Cruz de la Marina.

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El bergantín 'Héroe'.

El 20 de agosto de 1840 se dispuso a cruzar de Peñíscola a Oropesa y Golfo de Valencia mientras se trasladaba a Su Majestad a otra ciudad. Tras varios días fondeó en la rada de Valencia y después trasbordó al bergantín Héroe anclado en la misma para partir de noche, ya que debía presentarse en el departamento de Cádiz por Real Orden. El 12 de septiembre regresó a Cádiz embarcado en dicho bergantín.

maria-cristina-borbonLa Regente, María Cristina, había estado un tiempo en Barcelona con su hija Isabel con la intención de sanar en lo posible una alergia dermatológica que sufría la futura reina,  Allí mismo se entrevistó con Espartero aunque poco después tuvo lugar una serie de altercados entre los partidarios de Maria Cristina y los de Espartero que obligaron a la Regente a trasladarse a Valencia. /En la imagen de la izquierda, la regente, María Cristina de Borbón.

A primeros de enero de 1841 trasbordó Winthuysen al bergantín Patriota, que llevaba meses frente a las costas de Cataluña y Levante transportando tropas, municiones de pólvora y expatriaciones de personas, incluso; además de intervenir junto a la fragata Cortés y el Bergantín Héroe en octubre de 1840 con la ocupación de los carlistas en san Carlos de la Rápita y con este último llegó a la Habana el día 20 del mismo mes.

El 21 de Junio de 1841, ya llevaba Winthuysen meses en Cuba y fue declarado de 1ª clase por el Excelentísimo Señor Comandante General del apostadero de la Habana, pues fue calificado de sobresaliente en un examen que hizo a mediados de mayo. El 30 de septiembre fue declarado Guardia Marina de 1ª clase y así quedaría casi año y medio.

El 22 de junio de 1842 regresó a la Habana. Al mes siguiente, el 9 de julio, trasbordó a la corbeta Liberal y el 29 de agosto a la fragata Isabel II sobre la que salió a la mar en 18 de noviembre. En este tan constante cambio de buques podemos darnos cuenta de la falta de oficiales de entonces.

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Louis Pellegrin: Goleta Victoria. Propiedad de D. Jaime Bosch y Vives. 1852

El 3 de abril de 1843, año en que Isabel II es considerada mayor de edad, tan solo con 13 años, y proclamada reina, fue ascendido Winthuysen a alférez de navío por Real Orden del 4 de marzo de 1843,  puesto que desarrollaría en los próximos cuatro años y pocos meses más. El 26 de agosto transbordó a la goleta Criolla, de la que estaba al cargo el teniente de navío Patricio Montojo y con la que salió Winthuysen a la mar en varias ocasiones hasta que transbordó al depósito de la escuadra con un mes de licencia por enfermo, tras el cual, el 7 de enero de 1844 se reincorporó, aunque casi dos meses después tuvo que desembarcar y ser dado de baja en el apostadero por otra recaída en su salud. Por ello se le envió a restituirse a la península como transporte en una fragata mercante tras habérsele concedido pasaporte. Gracias a esta recaída se libró de un desagradable accidente que sufrió la Criolla en una noche de febrero, pues  mientras estaba anclada en Punta Morantes y  a la espera de un práctico para poder acceder al puerto de Kingston, en Jamaica, embarrancó de madrugada en unas rocas a causa de las fuertes corrientes, aunque gracias a los prácticos del puerto y a una embarcación británica pudieron, tras largas horas nocturnas, rescatar tanto a la tripulación como a la carga que transportaban.  /Texto: Juan Manuel Rodríguez Gay-Palacios. Juan de Winthuyssen. (continuará)

 

Escena histórica, obra del pintor José Aparicio Inglada, que representa el desembarco de Fernando VII y la familia real en El Puerto de Santa María de Cádiz el 1 de octubre de 1823.

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En primer término la falúa real y en el muelle multitud de personajes. En el centro, el Monarca y el duque de Angulema estrechan sus manos. A ambos lados de ellos, personajes de la Casa Real y detrás, representantes de la nobleza española, generales franceses, así como el clero y personalidades del Ayuntamiento de la Ciudad. Al fondo, la Aduana (Real Fábrica de Aguardientes y Licores) y el Castillo de San Marcos, y otros edificios, en cuyas terrazas y balaustradas se agolpa la muchedumbre. 

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Vista de El Puerto de Santa María, desde el Castillo de San marcos. Los soldados al mando del Duque de Angulema, en el Patio de Armas del Castillo, al fondo Cádiz y los barcos que traían libre a Fernando VII, después de liberarlo en Cádiz, para llegar a los muelles de El Puerto. (Colección L.S.A.)

Durante el Trienio Liberal (1820-1823) Fernando VII se vió obligado a jurar la Constitución de 1812 y aceptar, por lo tanto, el modelo liberal y constitucional al que era contrario. La Santa Alianza, formada por los países que defendían el modelo absolutista en Europa, deciden en el Congreso de Verona de 1822 intervenir en España para restablecer el absolutismo en la persona de Fernando VII y, para ello, Luis Antonio de Borbón y Saboya, duque de Angulema, se puso al frente del Ejército de Los Cien Mil Hijos de San Luis. Ante el avance inminente de las tropas francesas hacia Madrid, las Cortes liberales deciden trasladar al Rey a Cádiz, reteniéndole en el Palacio de la Aduana (sede de la actual Diputación Provincial). Pero el duque de Angulema avanzará imparable hasta El Puerto de Santa María, situándose frente al edificio en el que se encontraba el Rey, por lo que las Cortes liberales no tuvieron más remedio que capitular y liberar al monarca de su cautiverio. Así, el  1 de octubre de 1823 Fernando VII embarca en la falúa real para realizar la travesía marítima más larga de su vida, y cruzar la Bahía de Cádiz. El cuadro constata este hecho histórico que, en  definitiva, significa el fin del Trienio Constitucional y da comienzo a la denominada “Década Ominosa” (1823-1833).

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“Llegada de Fernando VII en una falúa al muelle de El Puerto de Santa María”. Litografía. (Colección de Antonio Osborne Vázquez en 1959)

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Los personajes de la familia real son claramente reconocibles, gracias a que José Aparicio dejó por escrito, en un documento, la descripción del cuadro, aclarándonos entre otras cuestiones el asunto y los nombres de los personajes representados en el mismo. Así sabemos que a la izquierda del Rey aparecen: la Reina María Josefa Amalia de Sajonia; la infanta Luisa Carlota llevando de la mano a su hija mayor, su esposo don Francisco de Paula, la infanta Princesa de Beira, María Teresa de Braganza y, delante de ella, su hijo el infante Don Sebastián Gabriel, sobre cuyo hombro apoya la mano. A continuación los otros infantes niños, en brazos de sus amas de cría vestidas con trajes provinciales y en el extremo de la falúa, un guardiamarina y varios muchachos subidos a los palos, con el fin de llamar la atención con sus gritos. Los personajes a la derecha del duque de Angulema son los siguientes: los infantes María Francisca de Asís y Carlos María Isidro que lleva de la mano a su hijo el infante Carlos Luis, conde de Montemolín. Detrás y sobre la escalera aparecen varios sacerdotes y figuras eclesiásticas cubiertas con capa pluvial y bajo palio, entre ellos aparece el arcipreste de El Puerto, con el Limnum Crucis, la Cruz de Cristal de Roca y el Palio que en la se continúan conservando en la Iglesia Mayor Prioral. A continuación y algo más alejado, se ve a la comitiva del Ayuntamiento con sus maceros y, en la parte más baja, vemos a varios generales franceses y militares españoles.

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Grabado que representa una escenas del  desembarco del Rey Fernando VII y su familia en El Puerto de Santa María el año 1823, retenido en Cádiz por los liberales por sus veleidades absolutistas.  J.P. Wagner sobre dibujos de Andreas Rossi. Siglo XIX. (Colección J.S.A. Bruselas).

Texto del Grabado: «DIA 1 DE OCTUBRE DE 1825. SSMM DESEMBARCAN FELICEMENTE EN EL PUERTO DE S: MARÍA, CON SSAARR LOS YNFANTES.
SAS el S Duque de Angulema el SS Duque del Ynfantado y todas las Autoridades los reciben á su desembarque y un inmenso gentío con aclamaciones de gozo veneran al deseado FERNANDO. Segun lo dispuesto por Exmo S. Capitán General de los Reinos de Andalucía se dedica a todos los Españoles Religiosos honrados, amantes y fieles a su amable Soverano el S. D. FERNANDO VII Q.D.C.

El lienzo principal que ilustra esta nótula, que tardó cinco años en realizarse, reproduce el lienzo de gran formato (7 x 4 metros), destruido en el incendio del Convento de las Salesas Reales de Madrid en 1915, donde se encontraba instalado el Tribunal Supremo. José Aparicio, como pintor de Cámara de Fernando VII, había pedido permiso al Ayuntamiento de Madrid para representar en un monumental cuadro el acontecimiento aquí narrado. De este modo, una vez concluida la obra en 1827, el Ayuntamiento obsequió con este lienzo al Rey y pasó a formar parte de las colecciones reales del Museo del Prado y éste a su vez, lo depositó en el Tribunal Supremo en 1883. Además nos consta que los Ayuntamientos de El Puerto de Santa María y el de Jerez de la Frontera solicitaron sendas copias del mismo, sin embargo la historiografía considera que el cuadro que se conserva en el Museo del Romanticismo sería otra obra reproducida por Aparicio una vez ya concluido el primigenio, de 82 x 115 cms.

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La ciudad celebró en 1920 unas Fiestas de aviación, por iniciativa del alcalde Manuel Ruiz Calderón El Ayuntamiento contrató a un aviador que realizó unos 20 vuelos sobre la ciudad

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Imagen tomada por Bernardo Rodríguez Morgado en uno de los vuelos de Bayo Giroud en 1920

Por iniciativa del alcalde Manuel Ruiz Calderón, se celebraron brillantes fiestas de aviación en El Puerto de Santa María el sábado 21 y el domingo 22 de agosto de 1920. Contratado por el Ayuntamiento, el teniente de Infantería y piloto aviador Alberto Bayo, de 28 años, realizó durante esos dos días unos veinte vuelos sobre la ciudad y alrededores a bordo de su biplano francés Caudron G.3, con motor de 80 CV, que había adquirido recientemente por 26.000 pesetas. El terraplén de la playa de la Puntilla durante la marea baja sirvió como improvisado campo de aviación, al que el público podía acceder previo pago de 50 céntimos (tarifa general) o 25 céntimos (niños). En la mayoría de los casos el aviador se elevó con pasajeros, que subieron de dos en dos al aparato. El paseo aéreo costaba 50 pesetas por persona si el vuelo era alrededor de la playa y el doble si se sobrevolaba la población.

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Nacido en Puerto Príncipe (Cuba) el 28 de marzo de 1892, Alberto Bayo Giroud era hijo de Pedro Bayo Guía -coronel de Artillería a su fallecimiento en 1919- y de su segunda mujer, Concepción Giroud. Su hermanastro Celestino Bayo Lucía (Barcelona, 1880) fue el primer aviador militar español víctima de accidente de aviación, ocurrido en el aeródromo madrileño de Cuatro Vientos a finales de junio de 1912. En diciembre de ese mismo año obtenía el título de piloto de aeroplano otro medio hermano de Alberto Bayo: el capitán de Estado Mayor Alfonso Bayo Lucía (1883-1955), futuro Jefe de Aviación. En cuanto a Alberto Bayo, después de diplomarse -1915- en la Academia de Infantería de Toledo, realiza el curso de aeronáutica y supera las pruebas para la obtención del título de piloto de 1.ª categoría en marzo de 1917. Un mes después, siendo todavía segundo teniente, se le destina al Regimiento de Infantería Covadonga n.º 40, en Leganés. Durante el último trimestre del año 1918 practicará su especialidad en Cuatro Vientos como teniente en comisión al servicio de Aeronáutica Militar. Bayo no permanecerá mucho tiempo en su siguiente destino, el aeródromo de Tetuán (Protectorado en Marruecos), pues tras sufrir un accidente de motocicleta es enviado convaleciente de vuelta a Madrid en octubre de 1919. /Bayo Giroud, en una imagen de su etapa de piloto militar.

A principios de 1920, el teniente Alberto Bayo recibe autorización para dirigir -en las proximidades de Cuatro Vientos- la Escuela Civil de Aviación Hispano-Británica, dedicada a la enseñanza de pilotos y a exhibiciones de acrobatismo aéreo. Con esta última finalidad llegará Bayo a Cádiz, acompañado del mecánico francés Rochette, el domingo 15 de agosto de 1920, aterrizando su biplano frente al balneario de la espaciosa playa Victoria sobre las nueve y media de la mañana. A lo largo de la semana siguiente, ante un público entusiasmado, el "intrépido aviador" realizó varios ejercicios acrobáticos sobre el cielo de Cádiz (como el looping the loop), además de medio centenar de vuelos con pasajeros, quienes -explicaba la revista gaditana Deportes- "deseaban experimentar las sensaciones y emociones que han de sentirse en la aviación". Terminado su contrato en Cádiz, el viernes 20 vuela el cotizado piloto con el mecánico hasta Rota, llevando como pasajero al ingeniero Juan Carlos Lacave. Esa misma tarde hacen la travesía a El Puerto: aterrizan en la Vega de los Pérez y tras dejar el aeroplano custodiado por una pareja de la Guardia Civil, Bayo y Rochette se trasladan al chalet del Tiro de Pichón y desde allí en automóvil al Hotel París (calle Larga, 100), donde se hospedan.

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Una imagen de un avión Caudrón G-III E-2.

El sábado 21 de agosto a la hora prevista -13:30- tomó tierra en la Puntilla el aeroplano de Bayo, cuya llegada era esperada por gran número de espectadores desde casi dos horas antes. El aparato despegó en nueve ocasiones esa tarde, haciéndolo sin pasajeros solo la tercera y la cuarta vez. En la crónica del día siguiente, la Revista Portuense enumeró las personas que habían subido al Caudron: "un hijo de los señores de Echevarría" y Francisco J. García de Leániz; José Ruiz Pulito y Luis Portillo Ruiz; "la bella y distinguida señorita Pepa Luisa Jiménez Loma" y Antonio Sancho Rodríguez; Ramón García Llano y Enrique Ortega; los hermanos Pedro y José Velarde Ramos-Izquierdo (de Jerez de la Frontera); Ildefonso Santos y "su simpática y elegante sobrina Manolita, que veranean entre nosotros"; en último lugar vuela como único pasajero Antonio Muñoz, padre del torero "Carnicerito", llegado expresamente desde Jerez. "Todas las elevaciones -apostilló el diario local- fueron felicísimas, sin que sufrieran el más leve incidente, manifestándose cuantos se elevaron al descender realmente encantados de lo muy grata que les había sido la elevación (…), poniéndose de manifiesto la inteligencia y la pericia del Sr. Bayo".

Bayo-OrdenAntes de comenzar el segundo día de aviación, vuela Alberto Bayo a Cádiz para recoger a Francisco Leal, mayordomo del Ayuntamiento de esa ciudad y propietario de la Cervecería Inglesa. A las 12:30 emprenden el vuelo de regreso a El Puerto, llegando a la Puntilla ocho minutos más tarde. La playa era ya un hormiguero de gente: "A todo El Puerto que estaba allí -explicaría la Revista Portuense- se unía cerca de 2.000 jerezanos que habían venido por los trenes de la mañana y el mixto". Tras engrasar y cargar de gasolina el aeroplano, el piloto efectúa un primer recorrido de diez minutos, en los que realiza "evoluciones y ejercicios maravillosos". En el segundo vuelo montan en el aparato Pedro Hernández Carrera y el joven Bernardo Rodríguez Morgado (Sevilla, 1898), mi abuelo paterno, quien aquella tarde de domingo tomó desde el aire la fotografía que ilustra este texto, anotando después al dorso de la misma: "Puerto de Santa María, 22-8-1920. Sobre aparato Caudron, motor Le Rhône. Piloto Bayo". Volaron a casi 1.500 metros de altura "sobre El Puerto y la playa -continúa la Revista Portuense-, recorriendo el curso del río, siendo uno y otro recorrido, según esos pasajeros, realmente pintorescos e ideales". /Bayo Giroud ocupó puestos de responsabilidad durante la República.

alberto-bayoEstimulado quizás por esta experiencia aérea, Bernardo Rodríguez Morgado obtendría más tarde -3 de agosto de 1931- el título de piloto aviador civil. Se han cumplido 80 años de su muerte, acaecida al estrellarse la avioneta Fiat que pilotaba contra la azotea del Hotel Cristina de Sevilla el 18 de abril de 1934, mientras realizaba trabajos de propaganda comercial. /Bayo Giroud, en una imagen de su última etapa.

En viajes sucesivos se elevan felizmente con Bayo las siguientes personas: Juan M.ª González Setín, José L. Benjumeda, Fernando Vega, Juan Serrano e hijo, Carmen de la Cuesta, Carmen Pérez Pastor, Ricardo Isasi, Blas Candau, Alfonso Quijano, José García Pérez, Fernando de Juan Caballero, Inocencio García, José Portillo Ruiz, Federico Pico y Carmen Pérez Puerto. Vuelan además, por segunda vez, Ramón García Llano y Luis Portillo. Otros muchos que quisieron subir al aeroplano ya avanzada la tarde del 22 de agosto no pudieron hacerlo, pues la pleamar invadía la pista. Al regreso de los últimos vuelos, el piloto tuvo que aterrizar en la playa del Castillo de la Pólvora. /Texto: Bernardo Rodríguez Caparrini.

En la casona anexa a la antigua aduana ducal de los Medinaceli que se hallaba y se halla frente a la antigua iglesia de la Caridad, hoy día el abandonado y ruinoso Hospital Municipal de San Juan de Dios, casa que tiene su entrada por la calle del Palacio o de Palacio, llamada anteriormente de los Oficiales y, modernamente, Reyes Católicos, ...

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La casa natal de José Navarrete, en su fachada a Micaela Aramburu.

... aunque al igual que pasan con otras calles como Larga, Pozuelo, Arena, Nevería… el nombre oficial cuenta poco y ésta que nos ocupa es popularmente conocida como Palacio; en ese inmueble, el número 1 de dicha calle, nació José Navarrete y Vela Hidalgo hace 178 años. Su padre, Rafael Navarrete Ortega, tenía  entonces 44 años y su madre, Josefa Vela Hidalgo, roteña de nacimiento, recién cumplido los 20 y también recién casada, pues apenas había pasado un año desde que, en 1835, contrajese matrimonio con el administrador del duque de Medinaceli y padre de nuestro personaje que llevaba instalado en El Puerto poco más de un lustro en compañía de su madre viuda, abuela paterna a la que prácticamente no conoció Navarrete pues falleció dos años después.

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La casa natal de José Navarrete, en su fachada a la calle Palacios, que tomaría su nombre entre 1903 hasta 1935.

Apenas se han difundido a lo largo del pasado siglo XX datos biográficos de este ilustre paisano, amigo y camarada de Pedro Antonio de Alarcón, y de Espronceda, Campoamor, Larra o Bécquer, entre otros muchos escritores, músicos y pintores de su época. Sus simpatías republicanas y su talante liberal sin tapujos habrá influido tal vez para que las generaciones que le sucedieron y el dominante conservador imperante durante más de la mitad del pasado siglo en esta bendita ciudad negasen el “pan y la sal” a este militar y político, pacifista y adelantado a su tiempo, además de articulista, conferenciante, novelista… y, en consecuencia, no fuese resaltado entre las distinguidas “Gentes de El Puerto” de su generación años después y olvidado de la memoria colectiva de los portuenses. Hoy lo traemos a Gente y Habitantes de El Puerto.

martinezalfonso_puertoenlaliteratura_puertosantamariaMartínez Alfonso en su ensayo “El Puerto de Santa María en la literatura española” lo cita dentro de un epígrafe que rotula como “Tres nombres famosos” junto a Javier de Burgos y Federico Rubio, “los tres hijos del Puerto y ganadores de merecido renombre en el ámbito nacional”. Lo define como “militar levantisco, viajero infatigable, liberal impenitente y hasta un tanto demagogo, era, sin embargo, muy buena persona en el fondo.” Una definición inexacta e incompleta, en mi opinión. Inexacta por su calificación de militar levantisco o liberal demagogo, e incompleta por la omisión de una cualidad o característica importante de su personalidad: su gusto por las mujeres. La mejor definición la vemos en el título de una de sus pequeñas piezas teatrales: Cuantas veo, tantas quiero” comedia en un acto y en verso que fue aprobada por la censura para representarse en los teatros Cádiz, durante los carnavales de 1868 y que, posiblemente, también se estrenase en el llamado “Teatro Viejo” de la calle Misericordia, del que tanta nostalgia tenía Navarrete.

tsantasveocuantasquiero_NAVARRETE_PUERTOSANTAMARIAEn un artículo suyo publicado en el periódico capitalino “El Liberal” titulado “El Trípili”, relata que asistiendo a un concierto en el casino de Niza le sorprendió encontrar en el programa “Jota y Trípili, de M.A. Col” y comenta: “El Trípili, como sabe todo el mundo en España, es una tonadilla muy antigua, pero bonita, y que pertenece al repertorio de canciones andaluzas que no deben jamás confundirse con los cantos importantes de los gitanos. Esta tonadilla, se cantaba medio siglo há (cuando él tenía diez o doce años) en el teatro, que ya entonces llamábase viejo, sito en la calle de Misericordia, en el Puerto de Santa María.” Refiere también una jocosa anécdota de aquellos años infantiles en El Puerto, recordando “al gracioso (actor) Guerrero, un narigón que cantaba El Trípili con una real moza, la cual volvía loco al público de la cazuela con la copla de su invención:

Un capitán de navío
que ha venido de Lisboa,
quiere llevarse a Guerrero
para mascarón de proa.
Con el trípili, trípili, etc.”

Recordando su pasado juvenil y sus padres “veía en la calle de Palacio, frontero al paseo del Vergel y a la iglesia de la caridad un caserón de los duques de Medinaceli, en el cual vivía una señora joven, con los cabellos blancos, bien parecida y de carácter angelical, casada con un anciano valetudinario, seres que ya dieron sus cuerpos a los gusanos y velan por mí desde lo alto…”

Debemos insistir en su condición de “impenitente” admirador de la mujer, mejor dicho, de las mujeres en plural, a las que dedicó toda su producción poética. Fue muy conocida en su época una de estas poesías dedicada a “cierta Concha/más rica que las de nácar” dedicada a una dama madrileña anónima que quisieron identificar con la marquesa de Follevirle. En la primavera de 1879 participó con este poema: “A Concha”, lleno de gracia andaluza y de colorido, y versificado con singular facilidad, en una sesión de lectura poética en el Teatro de la Zarzuela, en la que intervinieron, entre otros, Núñez de Arce, Campoamor y Bécquer.

lasllavesdelestrecho_navarrete_puertosantamariaSu vida profesional se inicia cuando ingresa en la Escuela Militar de Segovia de la que sale con el grado de Alférez. En 1860, con 24 años y ya teniente, participa en la Guerra de África a las órdenes del general López Domínguez, al que dedicará su obra “Las llaves del Estrecho”, publicada en 1882. Por la ocupación de Tetuan, Navarrete, que formaba parte de la Compañía de cohetes del 3º Regimiento de Artillería de a píe, fue ascendido al grado de capitán. En 1862, cuando se evacuó Tetuan fue destinado a Badajoz y, posteriormente a Colmenar. Ya entonces colaboraba asiduamente en la revista “El Mundo Militar” y en otras revistas nacionales. También se adhirió a la Liga Internacional de la Paz, descubriendo en este concepto –la paz- su autentica vocación, iniciando una serie de conferencias  en el Ateneo Militar de Madrid, con títulos tan sugestivos y comprometidos como: “La fuerza pública en sus relaciones con el Derecho” o “¿Cuándo concluirá la guerra? En  otras conferencias censuraba abiertamente la organización de los ejércitos y en todas ella recibió una crítica favorable de la prensa que alabó sus conferencias, “bellas de forma y de espíritu verdaderamente liberal.”

Su alegato como abogado defensor del alcalde de Bornos, Manuel Navarro Laporte, ante el fiscal togado que le encausó como supuesto colaborador de la partida insurrecta de Paúl y Salvochea fue también sonado. El juicio se celebró el mes de diciembre de 1869 en los pabellones de Artillería de Cádiz con un fallo absolutorio a favor de su defendido  por parte del Tribunal Militar.

COMITÉ REPUBLICANO FEDERAL DE EL PUERTO.

Posteriormente, en junio de 1871, fue elegido presidente honorario del comité republicano federal de El Puerto de Santa María, comité que presidía José Asencio y del que formaba parte, entre otras ilustres personas, el bisabuelo de Luis Suarez Ávila, Bonifacio Rodríguez Ávila.  Unos meses después, en abril de 1872, el comité local de coalición republicano lo eligió como su candidato para las Cortes por el distrito de El Puerto de Santa María. Sin embargo, sus duras, aunque justificadas críticas contra el estamento militar a que él mismo pertenecía no pasaron desapercibidas, siendo desterrado a Melilla. La prensa madrileña anunció la situación en que quedaba este “atrevido y pacifista militar portuense”, comandante graduado, a raíz de este destierro que no era otra que “supernumerario sin sueldo”.

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Congreso de los Diputados ABOLICIÓN DE LA PENA DE MUERTE.

En esta situación, suponemos que solicitando su baja del cuerpo de Artillería, resultó electo como diputado a Cortes por el distrito portuense en octubre de 1872 y el 23 de ese mismo mes suscribió junto con otros siete diputados, entre los que figuraba Manuel Becerra, una proposición para abolir la pena de muerte en toda clase de delitos políticos. Presentada en el congreso, la moción fue derrotada por 98 votos en contra y solo 78 a favor. Un primer paso, sin duda, hace casi siglo y medio, para la abolición de la pena de muerte, tal como hoy día figura en nuestra Constitución. Poco después suscribiría otra proposición de ley de un tema que es polémico en nuestros días: los gastos judiciales. En su propuesta para regular los mismos contemplaba que en ningún caso los gastos de las demandas judiciales excediesen del diez por ciento de sus cuantías.

josedenavarrete_nizayrota_puertosantamariaSin embargo, frente a estas dos proposiciones tan razonables, pecando tal vez de ingenuo, encabezó una propuesta que secundaron cuatro diputados más para que fuese incluida como asignatura obligatoria en la enseñanza secundaria ¡el espiritismo!, influido sin duda por una corriente imperante y de moda en aquellos años entre algunos sectores intelectuales. Eso le valdría el mote o sobrenombre de “diputado espiritista”. /En la imagen, portada de su libro 'De Niza a Rota'

Dejando atrás su etapa en las Cortes, donde debió ligar buenas e influyentes amistades, en 1875 volvió a entrar de nuevo en el servicio de armas pues en esa fecha lo encontramos citado como comandante entre los componentes del Gobierno Militar, aunque en el arma de Caballería, si bien se le concede el retiro poco después, en el verano de 1876, con esa misma graduación. Es por esta fecha cuando publica en la Biblioteca de Instrucción y Recreo Desde Wad-Ras a Sevilla, una narración de conmovedores episodios de la Guerra de África. Dedicándose ya de lleno a la literatura, en 1879, publicó En los montes de la Mancha, crónicas de caza y a continuación la novela El drama de Valle-Alegre con prólogo de Pedro Antonio de Alarcón (tenía 500 páginas y se vendía a 14 reales).

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Niza (Francia), donde pasaba largos periodos y donde falleció.

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La Villa de Rota, lugar de nacimiento de su madre, donde solía pasar temporadas.

En 1883, su obra más conocida, la novela María de los Ángeles, elogiada por Carlos Fernández Shaw, cuya acción transcurre en Rota, la villa de su familia materna, donde pasaba temporadas, alternando con Niza, desde donde escribía interesantes artículos para la “Revista Europea” y también con la capital de España, donde era tertuliano habitual de la conocida como “El Parnasillo” que encabezaba Espronceda y asistía el pintor Madrazo y el malogrado Mariano José de Larra.

Al poco de fallecer, en marzo de 1901, la corporación tomó el acuerdo de rotular con su nombre una calle de la ciudad. Y así se llevó a efecto, aunque tardaría dos años en oficializarse dicho acuerdo, pasándose a llamar con su nombre: José Navarrete, la calle en la que había nacido, desde 1903 hasta 1935.

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El café Romántico 'El Parnasillo' en Madrid, que todavía existe.

Finalizamos esta semblanza de nuestro paisano, autor tambien de “Beso a Ud. la mano” y de La Cesta de la compra, con una descripción que de él realiza su camarada de armas y mejor amigo, el también escritor y novelista Pedro Antonio de Alarcón: “De porte robusto, bravo soldado, fumador empedernido, pulcro en el vestir y buen matemático es amigo cariñoso de sus amigos.”  /Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. Puertoguía.

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retratodelgeneralqueipodellano_oleolienzoEl general jefe del Ejército del Sur, Gonzalo Queipo de Llano, fue recibido en septiembre de 1937 en El Puerto de Santa María como un triunfador al estilo de los generales romanos. El militar había sido desterrado, con anterioridad por el gobierno monárquico, por su condición de republicano, cumpliendo su condena en El Puerto en una casa de la calle Cruces donde vivía y trabajaba en una explotación salinera de la Ciudad. Era muy amigo de Abelardo González Franco ‘el manco Guindate’ (ver nótula núm. 495 en Gente del Puerto).

Pero ya en el segundo año de la Guerra Civil, con Queipo de Llano con mando en el ejército sublevado y rebelado contra la II República cuyas ideas defendió, la Comisión Gestora Municipal, presidida Manuel Rives Brest en funciones de alcalde no electo, acordó el 31 de agosto, pocos días antes de su llegada a El Puerto,  nombrarlo Hijo Adoptivo, distinción que recibiría el 5 de septiembre del mismo año, cuando presidió en El Puerto una corrida patriótica a beneficio del acorazado "España". Era un hombre fuerte, un señor de la guerra, al que había que contentar e intentar sacar algún beneficio para la Ciudad. Como ha ocurrido y ocurrirá siempre.

revistaportuense_queipo_puertosantamariaEL PERGAMINO, UN AÑO DESPUÉS

El pergamino con el nombramiento de Hijo Adoptivo de El Puerto, realizado por el calígrafo José Luis Valero, no se expuso sin embargo hasta un año después, en septiembre de 1938, en un ‘céntrico comercio’ de la localidad. Posteriormente, claro, la entrega del pergamino... Aquel día septembrino de 1938, a primera hora de la mañana Queipo de Llano presidió la inauguración y bendición del monumento a los Caídos en la plaza de Cristobal Colón que inauguraba, (ver nótula núm. 1.257 en Gente del Puerto). En la ceremonia pronunció un  discurso el joven Augusto Haupold Agüera. Terminado aquel acto, el general dirigiría junto a su comitiva hacia el Ayuntamiento donde recibiría el el pergamino con el nombramiento de hijo adoptivo de la población que, como hemos señalado, celebró un año antes. Queipo visitó posteriormente el comedor de Auxilio Social y almorzó en la finca La Manuela. /En la imagen, portada de la Revista Portuense que recoge la visita de Queipo de Llano, en su edición del 7 de septiembre de 1937.

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En la imagen el presidente de la Comisión Gestora Municipal en funciones de alcalde en 1938, Antonio Rives Bret, acompañado del General Queipo de Llano, en la inauguración de la plaza de Colón y monumento a los Caídos, ya desaparecido. | Foto: Colección de Juan Antonio Lores Palacios, biznieto de Antonio Rives Bret,

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tomascologanosborne_puertosantamariaTomás Cólogan Osborne nació en El Puerto de Santa María, el 4 de mayo de 1920. Era hijo de Antonio Cólogan Zulueta y de Elisa Osborne Vázquez. Tenía seis hermanos más siendo Tomás el mayor. Su infancia la disfrutó en la casa paterna de la calle Pagador frente a la Iglesia Mayor Prioral, que ahora la ocupa el Museo Municipal.

Del él solo se guardan unas pocas fotos y su breve y triste historia que nunca olvidaremos en mi familia. Sólo tenía dieciocho cuando su vida se terminó y lo hizo de una manera cruel e inhumana. Su muerte cayó como un mazazo en su familia. Moría el hermano mayor, el guía para sus hermanos más pequeños y el orgullo de sus padres. Después de su muerte en 1938 ya nada fue igual.

En la madrugada del 6 de marzo de 1938, Tomás se encontraba embarcado en el crucero nacional Baleares, que navegaba acompañado de los navíos de igual clase Canarias y Almirante Cervera, todos bajo el mando del contralmirante Vierna. En el momento en que la flota partía de Palma de Mallorca se produjo un encuentro fortuito con la flota republicana, procedente de Cartagena, a las 00:45 horas de la noche. La flota republicana estaba formada por el crucero Libertad, el Méndez Núñez y dos flotillas de destructores, que representaban una fuerza superior a la nacional y necesitada de victorias, pues su inactividad estaba ocasionando un debilitamiento de la moral en su bando. A las dos de la madrugada, tras varios contactos entre ambas flotas, se encontraron a tan solo unos 2.000 metros de distancia, abriendo fuego, inicialmente, el crucero Baleares e iluminando con bengalas a la flota republicana. A este ataque respondió el crucero Libertad, y tras él, los destructores Sánchez Barcaíztegui, Antequera y Lepanto lanzaron una andanada de torpedos que impactaron en el Baleares. Inmediatamente se divisó una columna de humo de más de 1.200 metros de altura. Tras el impacto, el almirante republicano González Ubieta, ordenó el alto el fuego y ambos bandos abandonaron el combate.

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Dos destructores británicos, el Boreas y el Kempenfelt, que observaron la explosión, se dirigieron a toda máquina a la zona de combate. A las 3:50 h, el crucero Baleares seguía en llamas y se distinguía a los hombres en el agua. Cuando el Canarias intentó ir al rescate, el Baleares ya se estaba hundiendo, arrastrando a 788 hombres, pereciendo todos sus jefes, la casi totalidad de sus oficiales y la marinería. Solo se salvaron 460 hombres gracias a la ayuda recibida de los buques británicos. Fue el mayor desastre ocasionado en un buque de guerra en la historia de la marina española. A las 07:20 horas, reaparecieron los cruceros nacionales, iniciándose el traslado de los heridos. El Canarias permaneció con las máquinas en marcha y no arrió ningún bote, en previsión de otro posible ataque, que efectivamente se produjo a las 08:58 horas, cuando una formación de nueve Tupolev SB-2 Katiuska bombardearon los buques, llevándose la peor parte el Boreas, en el que se produjo un muerto y cuatro heridos. Triste tributo para una acción tan desinteresada.

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Tomás escribió en 1937 la siguiente carta desde el crucero Baleares y a sólo cinco meses del trágico hundimiento: A bordo 5 de octubre de 1937. ¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!. Sr. D. Juan Lamamié de Clairac: Querido amigo: Como verás te escribo desde el invencible Crucero «Baleares». Por fin pude embarcar y aquí me tienes en Ferrol paseando por cubiertas y sollados o por las calles de esta simpática ciudad. Estoy muy contento, ya que es la primera vez que estoy haciendo algo por la patria en un puesto de vanguardia. Creo que dentro de unos 10 días nos darán permiso a los andaluces para ir a casa, yo me figuro estaré entre ellos, si no es así el día que llegue a esa te pondré un telegrama para que vayas a la estación y podamos charlar un rato. Yo iré con un muchacho del Puerto y  pensamos parar en las principales ciudades para aprovechar la ocasión y poder verlas, así es que espero que irás y nos enseñes algo de Salamanca.  Y de tu familia, ¿tienes buenas noticias?, espero que sí. Me he encontrado aquí a un muchacho de [...] muy amigo de Semprún y que estuvo en Curia el primer año, se llama Maríano Sachamargo, quizás le conozcas.  Bueno Juan, pues hasta pronto, porque espero que me den permiso aunque no me puedo hacer muchas ilusiones. Un abrazo muy fuerte de tu mejor amigo. (Tomás Cólogan Nº 566. Crucero «Baleares». Biblioteca. Ferrol) /Texto: Carlos Cólogan Soriano.

Más información en GdP: Nótula 1.545 Cuatro portuenses en el Crucero Baleares.

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Cuando el mago apaga la vela, la oscuridad amedrenta al rey. El oráculo, la adivinación, las justas medievales, la moneda al aire, la dirección del viento o la iluminación divina, juegos físicos o juegos mentales, el diálogo con lo oculto, la alucinación de la seta, los fantasmas y los espíritus; ¡espera, espera que le pregunto a los dioses qué debería hacer! Los juegos de mesa proceden de ese galimatías en el que la humanidad siempre se ha visto inmersa; el ajedrez no es ajeno a este origen y su aparición en Europa, en la península ibérica, en los tiempos de los reinos cristianos y musulmanes, recoge sin duda esa antorcha de los tiempos arcanos. A finales del siglo trece nos imaginamos el siguiente diálogo entre Alfonso X el Sabio (ver nótula 1000 en Gente del Puerto), fundador de El Gran Puerto de Santa María  y Moisés, uno de sus desconocidos traductores:

—Mi Rey. ¿Qué queréis? —Quiero algo que llene mis días, algo que me recuerde que hay vida más allá de las persecuciones y las guerras. —Tengo lo que me pedís. Lo he visto en Fez y en las soleadas tardes de Marrakech. Puede verse, también, bajo la luz blanca de la luna en las noches claras del desierto, a gentes embelesadas, embrujadas por la atracción fatal de su geometría, desde el Atlas hasta la misma Persia. —¿De qué me habláis, traductor? —Os hablo de un maravilloso juego que es como la vida misma, como el alma de la tierra. De un juego que simula las miserias y la astucia de la gente, que enfrenta a reyes y guerreros y estimula el seso, más allá de la ventura. De un juego que puede absorber todas las horas del día, tal es su profunda complejidad. De un juego cuya belleza es inigualable, pues la simplicidad de la simetría de su tablero y las reglas sencillas de los movimientos de sus piezas dan paso a una explosión de tácticas y sacrificios y movimientos como jamás hayáis visto. –¿Y cómo se llama este juego tan peculiar? ¿Por qué no lo conozco? ¡Habla, traductor, en nombre de tu fe hereje!

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Moisés, el traductor desconocido, suspira ante la insistencia de Alfonso; sabe que tarde o temprano, él o sus descendientes volverán a marchar a otras tierras. Los reyes cristianos ponían las guerras en la península ibérica; ellos y sus reinas y sus consejeros y sus ejércitos con sus caballos y caballeros. Y en cada castillo una torre que parecía inexpugnable dominaba el paisaje; la península era un tablero jugado a varias bandas: cristianos contra musulmanes y judíos que aún podían establecer relaciones con la corte cuando no eran perseguidos, instigados por las proclamas papales o de los reyes de turno. En medio de tan desolador paisaje, Ramon Llull, un adelantado de su tiempo, escribía sus filosofías y sus artes magnas y sentaba unas bases lejanas, pero ciertas, para la teoría de la información computacional de donde beberá la incipiente ciencia de la inteligencia artificial a mediados del siglo XX.

ramonllullEl ajedrez trajo consigo un modelo de sociedad, un modelo de conocimiento y un pasatiempo que se tornó a llamar «real» (de la realeza, por supuesto) que reflejaba una gran metáfora de la situación del momento. Lo habían dejado los árabes en la Europa meridional y lo jugaban tropas y cortesanos y reyes. Frente a los otros juegos, era paradigma de la razón, de la inteligencia y así lo entendió el rey Alfonso. En ese diálogo entre un rey que busca conocimientos de sus vasallos herejes, en medio de esas guerras que se hacían en nombre de la fe, el rey y sus traductores terminaron, hacia 1283, el Libro de los juegos, ajedrez, dados y tablas, una recopilación, podríamos decir, de actividades ociosas permitidas por la gracia divina. El libro, como muchos otros que salieron de manos de los traductores de la corte alfonsina, procedía de obras árabes hechas tiempo atrás. Los traductores transmitían la cultura y el conocimiento que traían los árabes del norte de África y más allá hacia oriente, de Persia y la India y hasta de la antigua China, a una península que se había pasado demasiado tiempo absorbida en las guerras y en las inopinadas consecuencias de la misma gracia divina que permitía algunos juegos.

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Se han cumplido 190 años desde que, el 1 de Octubre de 1.823, desembarcara Fernando VII en El Puerto, tras su liberación por “Los Cien Mil Hijos de San Luís” de la prisión a la que le tenían sometido los liberales en Cádiz.

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“Desembarco de S.M. el Rey Don Fernando VII en El Puerto de Santa María, el 1 de Octubre de 1823.” José Aparicio. Óleo. El original (*) desapareció en un incendio. Esta es una copia del mismo autor (1,10 x 0,82), que se conserva en la Sala del Museo Romántico, de Madrid, propiedad de Mariano Rodríguez Rivas en 1959.

(*) El cuadro a gran tamaño estaba en el Convento de las Salesas Reales, de Madrid, donde estaba situado el Tribunal Supremo. Ardió completamente por efecto de un devastador incendio.

Poco después, el ‘malajoso’ rey del paletó derogaba la Constitución liberal, en el número 74 de la calle Larga. Un lugar, al parecer maldito, pues los comercios que alberga el actual Centro Comercial allí instalado (solo se conserva la fachada con una placa que recuerda la efemérides), no suelen tener, salvo excepciones, una larga singladura.

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Número 74 de la calle Larga, donde hoy se encuentra un Centro Comercial, (solo se conserva la fachada), donde se derogó la Constitución liberal.

Hay que recordar que cuatro años antes, aquí, en las afueras de El Puerto, se reprimió un intento de revolución el 8 de julio de 1819. Su propósito era imponer un régimen constitucional a Fernando VII, previo al ‘Trienio Liberal’, que fracasó por diversas circunstancias, siendo conocido como ‘El Pronunciamiento de El Palmar’. 

Pero volvamos a 1823. Así relata Santiago Montoto el suceso reflejado en la reproducción del óleo que acompaña estas líneas: «La hermosa ciudad, un día Capitanía General del Mar Océano, reunía en su seno lo más selecto del ejército francés y de los personajes del gobierno realista: el embajador de Luís XVIII, los de la Santa Alianza, el Presidente de la Regencia, Duque del Infantado, el ministro don Víctor Sáez, el Duque de Angulema, el Duque de Guiches… El muelle de El Puerto se hallaba engalanado con banderas y gallardetes; por las aguas de la bahía surcaban barcos empavesados. […]"

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Vista de El Puerto de Santa María, desde el Castillo de San Marcos. Los soldados al mando del Duque de Angulema, en el Patio de Armas del Castillo, al fondo Cádiz y los barcos que traían libre a Fernando VII, para llegar a los muelles de El Puerto. (Colección L.S.A.)

"La falúa real atracó al muelle… Una lluvia de flores cayó sobre Fernando y su familia. El Rey dio a besar su mano a las personas más significadas y ostensiblemente mostraba su alegría al pisar la tierra de El Puerto. Abrazó al Duque de Angulema, […] y se apresuró a buscar descanso en la hermosa casa que le habían señalado en la calle Larga, número 74, propiedad a la sazón de la familia Reinoso Mendoza de las Panelas, constituyendo el desembarco, según el Marqués de Miraflores, una de las escenas más interesantes que ofrecen los siglos»

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“Llegada de Fernando VII en una falúa al muelle de El Puerto de Santa María”. Litografía. (Colección de Antonio Osborne Vázquez en 1959)

El Puerto, por aquella época, se emperifollaba feliz por la presencia de tantos y tan principales personajes de toda índole, con repique de campanas en la Prioral. Los portuenses de 1823 vivieron en primera persona los agitados acontecimientos, violentos unos, diplomáticos otros; las conspiraciones y las traiciones, que han quedado reflejadas en tan triste momento de la historia de España: unas tropas extranjeras venían a liberar a un torpe rey de infausta memoria, que vino a derogar en nuestra Ciudad –por segunda vez- la primera carta magna que provenía del pueblo, fruto de la convulsa España de principios del XIX,  dando paso  a la que sería conocida como “Década Ominosa” (1823-1833). Autoridades y potentados, diletantes y militares, residentes o sobrevenidos se erigieron por unas fechas en protagonistas en torno a ese momento que finaliza con el desembarco real y subsiguientes decretos de anulación de lo actuado en el anterior periodo de política constitucional. A partir de ese día se produjo una fuerte represión, con especial depuración de oficiales del ejército, jueces, funcionarios y cuantos hubiesen colaborado con el gobierno liberal, faltando el rey a su palabra/manifiesto de un ‘olvido general’ para los protagonistas del periodo liberal.

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Grabado que representa una escenas del episodio de la liberación por el Duque de Angoulême y los “Cien Mil Hijos de San Luis ” del Rey Fernando VII, retenido en Cádiz por los liberales por sus veleidades absolutistas.  J.P. Wagner sobre dibujos de Andreas Rossi. Siglo XIX. (Colección J.S.A. Bruselas).

Texto del Grabado: «LLEGADA DE S.A. EL S. DUQUE DE ANGULEMA AL QARTEL GENERAL DEL PUERTO DE SANTA MARÍA EL 16.DE AGOSTO.
Al Excmo. S4. José Aznarez Navarro Sanchez y Fuertes. Consegero de Estado. Academico de honor de Nobles y bellas artes de San Luis de la Ciudad de Zaragoza, individuo de la Real Sociedad Aragoneza de Amigos del Pais. Socio honrífico de la de Sevilla y Asistente de esta Ciudad. Yntendente general de Facto de los quatro Reynos de Andalucia y de la Provincia en Comicion.

Y el portuense de a pie asistía, desde calles y plazas a un incesante ir y venir de carrozas, compañías de militares, servidumbre distinguida, acopio de avituallamientos, movimientos económicos y zarandeo a la monotonía. Era un reality show, en vivo y en directo.

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“El Puerto desde la Otra Banda”, con el puente colgante sobre el Guadalete. Litografía utilizada como cubierta del libro de Santiago Montoto ‘El Puerto de Santa María en la liberación de Fernando VII’. 1959. Edición Limitada de 500 ejemplares.

La  medalla que luego otorgara el rey al ayuntamiento de la Ciudad, como agradecimiento por los servicios prestados, venía con una cinta amarilla y hojas de laurel. Con posterioridad serviría de inspiración para los colores amarillo y verde de la Hermandad del Rocío, en el segundo tercio del siglo XX y mas tarde para definir los colores de la Ciudad. Unos colores basados en un momento indigno de la historia española. Ya hay quien aboga por el carmesí del pendón de los Duques de Medinaceli, señores de El Puerto hasta su incorporación a la corona, o el sugerido, previamente, en colores alfonsíes por su vinculación con la fundación por el rey Sabio. Que son, por otro lado, los colores del Racing Club Portuense junto con el blanco.

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Explicación de los personajes que aparecen en el cuadro de José Aparicio, que aparece al inicio de esta nótula.

Lo cierto es que el suceso, reproducido en un óleo de José Aparicio depositado en el Museo de Arte Romántico de Madrid (ojo al linnun crucis reproducido, cruz que se conserva en el tesoro de la Prioral), marca de forma clara a la Ciudad. Un lugar donde la Constitución es abolida, donde los principios de soberanía del pueblo venían a ser pisoteados por alguien que no supo interpretar su papel, en el escenario de una España que quería caminar hacia la modernidad. Se cerraron universidades y periódicos; se restableció la censura; se expurgaron bibliotecas y librerías, y no se restableció la Inquisición abolida en el Trienio Liberal, de puro milagro, valga el contrasentido. Un rey bajito de miras, corto de alcances y que pasó a la historia con semejante baldón, permaneciendo en las coplas por usar aquel gabán afrancesado, de paño grueso, largo y entallado: el paletó. Vaya prenda para un tío malaje. /Texto: José María Morillo.

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The_Battle_of_Trafalgar-puertosantamariaEn los días que sucedieron al nefasto 21 de octubre de 1805 (se cumplen hoy 208 años), penúltimo desastre naval, una decena de barcos derrotados, con sus bodegas llenas de heridos, la mayoría desarbolados y con graves averías,  fueron zarandeados a placer por la tormenta que azotó el Golfo de Cádiz, desde el cabo Trafalgar al de Santa María, desde Tarifa hasta Faro, terminando por arrojarlos, desencuadernados unos, varados otros, a las costas gaditanas y onubenses. /En el folleto inglés, se relatan las hazañas victoriosas del almirante Horacio Nelson en Trafalgar, quien pereció en la batalla naval.

Cercano a nuestra ciudad, según relata magistralmente la historiadora gaditana Lourdes Márquez Carmona en su artículo “Naufragios de la Batalla de Trafalgar y El Puerto de Santa María”, publicado hace una década en el número 30 de la “Revista de Historia de El Puerto”, zozobraron cuatro embarcaciones; dos francesas: El “Indomptable”, navío de 80 cañones al mando del capitán Hubert que se fue a pique pereciendo casi toda su tripulación, y el “Aigle”, de 74 cañones, capitaneado por Courrége que también se hundió, posiblemente frente a la Punta de los Saboneses, entre El Puerto y Puerto Real, y dos españolas: El “Neptuno” del porte de 80 cañones, mandado por el Brigadier Cayetano Valdés, el mismo que dieciocho años después dirigiría la falúa en la que Fernando VII viajó de Cádiz a El Puerto, liberado por los Cien Mil Hijos de San Luis Y el segundo barco de línea de la Armada española naufragado fue el “San Francisco de Asís”, de 74 cañones, comandado por Luis Antonio de Flores.

Cayetano_valdes_puertosantamariaHace unos años, - en 2005- con motivo de la celebración del segundo centenario vieron la luz infinidad de libros, artículos y reportajes en los que se analizaban y desmenuzaban todas las circunstancias y detalles de la efeméride. En estos días en que estas trágicas jornadas vividas por nuestros antepasados cumplen 208 años desde que se produjeron voy a relatar dos anécdotas de salvamentos de náufragos, de entre las muchas que conforman esta página de la historia moderna de España./ En la imagen de la izquierda, retrato de Cayetano Valdés y Flores capitán general de la Real Armada. Pintado por José Roldán y Martínez, realizado en Sevilla en 1847, por encargo del Museo Naval.

El “Neptuno”, que tenía 55,6 metros de eslora (largo) por 15 de manga (ancho) debió encallar en alguna de las escolleras naturales que rodean al fuerte de Santa Catalina. Podemos hacernos una idea del encaje que debió tener entre las rocas al mantenerse allí varado sus restos durante al menos dos años, tiempo que se tardó en rescatar toda su artillería. Con el mar embravecido resultaba imposible organizar el rescate de la tripulación. El método empleado en estos casos era armar una “jangada”, una especie de balsa construida con los propios restos del naufragio y con troncos de árboles, en la que se incluían numerosos asideros y dos postes, a proa y a popa, a los que ataban cabos para remolcar en las dos direcciones. A esta operación de tirar –jalar- desde el barco naufragado hacia él, y la contraria, desde tierra, cuando los náufragos se situaban encima de la balsa, se la denominaba “alar la jangada”.

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Alzados y perfiles del 'Neptuno'.

Los marineros valencianos que formaban un curtido gremio en El Puerto  intentaron acercarse con sus barcas, valiéndose de su experiencia e intrepidez, pero les resultó imposible, pudiendo llegar tan solo a voz del barco. Desde la distancia, preguntado los tripulantes, que animales vivos llevaban a bordo, dijeron que gallinas y una pareja de cerdos. Siguiendo las indicaciones de los marineros arrojaron al mar uno de los cerdos al que habían atado a una de las patas traseras una cuerda robusta, aunque fina, que a su vez enganchaba a otra más gruesa que pudiese servir de cabo a la jangada. El cerdo, a pesar del fuerte temporal, alcanzó tierra nadando y de esta forma se pudo, alando la jangada, llevar a tierra gran parte de la tripulación, siendo rescatados los heridos, entre los que se encontraban el propio Valdés, el segundo comandante Joaquín Somoza y el resto de supervivientes, días después, al amainar el temporal, por parte del capitán Ayalde, Ayudante General de la Escuadra.

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Plano y perfiles del Castillo de Santa Catalina.

El otro navío, al que simplificadamente llamaban “Asís”, debió varar frente a Vistahermosa o Fuentebravía, en mejores condiciones para poder enviar un cabo a tierra que el “Neptuno” si no hubiera sido por la furia del mar que impedía que nadie pudiera acercarse a tierra, donde estaban preparando la jangada de rescate. En esas circunstancias, se le ocurrió al comandante Flores arrojar un tonel vacío con el cabo atado y esperar a que el oleaje lo llevase a tierra. Y así fue, aunque no acababa de llegar a la orilla por el reflujo del oleaje, ante la desesperación de un nutrido grupo de militares del Regimiento de Zaragoza, que estaban de guarnición del fuerte de Santa Catalina, del Departamento marítimo y de los Carabineros Reales que esperaban en la playa poner en marcha la jangada para el rescate. Rompiendo la impotencia pasiva de sus camaradas, un carabinero, azuzó a su caballo y ambos se internaron entre las olas con gran valentía y riesgo hasta alcanzar el barril, permitiendo el inicio  del rescate de los tripulantes del “San Francisco de Asís” que estaban ya en tierra en la madrugada del día 25, contabilizándose como una buena cifra que no pasasen de treinta el número de ahogados, lo que vendría a suponer un 5% de los tripulantes, y casi todos debidos a intentos fallidos de llegar a tierra a nado.

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Combate entre el San Francisco de Asís y tres fragatas el 25 de enero de 1797

A todos los que participaron y colaboraron en el rescate y cuidado de los náufragos se les realizó público reconocimiento de su labor, y a la oficialidad se le elevó un grado, siendo especialmente elogiados el capitán de Fragata Pedro Cabrera, el teniente de Fragata Francisco Michelena y el coronel del Regimiento de Zaragoza,  el Brigadier Narciso de Pedro, que fue ascendido a Mariscal de Campo y como tal participó en la Guerra de la Independencia.

Como habéis visto, tanto el cerdo como la montura del carabinero, dos animales, fueron parte importante en el feliz rescate de numerosos náufragos. / Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz.- A.C. Puertoguía.