En 1971, Manuel Álvarez abrió al público como bar el Tabernón de Merello, en la calle Santa Lucía, casi esquina con la calle Federico Rubio, cuya cercanía con la Plaza de Toros, influyó en fisonomía y su propia historia; con anterioridad había sido Despacho de Vinos.

Manuel Álvarez sascando vino de la bota. /Foto: Colección Vicente González Lechuga.
En el Tabernón, recuerdo de otros tiempos, se conservaban algunos carteles amarillentos y ennegrecidos por el tiempo y los vapores alcohólicos que emanaban de las botas. También una colección de programas de mano de las corridas, que con el paso del tiempo cogieron el cuerpo de aquellas soleras. Manuel le tenía una especial estima al cartel anunciador de la corrida en la que el diestro local José Luis Galloso (con nótula núm. 368 en GdP), recibió la alternativa de manos de Antonio Bienvenida y Palomo Linares, el 18 de julio de 1971.
Manuel Álvarez recordaba cuando «los días que había corrida de toros se cerraba y engalanaba la calle Santa Lucía, desde la plaza de la Iglesia hasta la plaza de Elías Ahuja, transformándose en un paseo peatonal por el que pasaban los aficionados camino del coso». Y en ese paseo muchos se paraban y tomaban una ‘morenita’ antes de entrar a ver la corrida.

El tabernón de Merello, en su etapa final. /Foto: Colección Antonio Gutiérrez Ruiz - Asoc. Cultural Puertoguía.
Entre las anécdota Álvarez recordaba que, «en cierta ocasión Juan Bernal, matador que era entonces peón de cuadrilla, se entretuvo más de la cuenta en el Tabernón. Llevaba una maletita y me preguntó si había algún sitio donde pudiera cambiarse. Yo me quedé un poco extrañado, pero acto seguido el mozo sacó un traje de luces de la maleta y me dijo que le ayudase a vestirse, después se puso una chaqueta y un pantalón vaquero sobre el traje y salió corriendo para la Plaza». Era costumbre que, al finalizar el festejo, los diestros, camino de la Pensión en la que se hospedaban y cambiaban --habitualmente el Hostal Loreto o el Hotel España-- cogían por la calle Santa Lucía, saliendo la clientela a aplaudirles y obsequiarles con una botella de vino o a silbarles, según estuviera la faena.

Manuel Álvarez despachando desde el mostrador que daba al local.
Apenas quedan tabernas y bodegones en El Puerto: Obregón y las Siete Esquinas se reconvirtieron de Despacho de Vinos a tabernas. Iniciativas nuevas como ‘La Media Chica’ en la calle Alquiladores o ‘El Bodegon’ en calle Pagador, vienen a recordarnos que lo que fue El Puerto de otros tiempos donde las Bodegas y el Vino jugaban un papel preponderante, junto a la pesca, en la economía de la Ciudad.

El establecimiento, cerrado, en una imagen tomada en la actualidad. /Foto: Adrián Morillo González.
Carlos Benjumeda escribía en Diario de Cádiz en 1992: «Los Despachos de Vino en El Puerto se han ido perdiendo. Los cambios en los hábitos de consumo de la población, sobre todo en los jóvenes, que han sustituido el vino por el licor, han afectado a la pervivencia de estas tasquitas. No obstante se conservan algunas, en las cuales se puede encontrar el sabor típico de antaño, adherido a la solera de sus botas, los clásicos arcos bodegueros, las vigas ennegrecidas por el vapor del alcohol, y los viejos recuerdos taurinos». Para Enrique Pérez Fernández, en su libro de Tabernas y Bares con Solera publicado en 1999, escribía: «No podemos sino dejar patente nuestra pena y rabia --sabemos que compartidas por muchos portuenses-- por la pérdida de este emblemático bodegón. Aquí, como en casi todo este cochino mundo, sigue primando, y va a más, sólo el dinero; no el valor intrínseco de las cosas y de las gentes. Los yanquis hubiesen conservado el bodegón de Merello como ore en paño. Aquí lo tiramos»·.





La primera vez que este Cristo de las devociones salió a la calle fue con motivo de una procesión en acción de gracias en 1941. Cuando decimos que vivimos un año complicado, sólo nuestros mayores muy mayores pueden hablarnos de la hambruna y de la cartilla de racionamiento, de las privaciones y las desesperaciones de una posguerra donde en cada alborada sonaban trágicos disparos, cada día, en ese penal de El Puerto, Puerto de Santa María. En 1943 los jóvenes de Acción Católica instituyeron ese vía crucis del Cristo del Perdón del que se conservan muchas imágenes fotográficas porque se celebraba el Viernes Santo al mediodía. Discurría desde la iglesia de San Joaquín, con recogida en el templo capuchino sobre las tres de la tarde, recorriendo las calles de ese Barrio Alto, de gitanos saeteros y patios tan floridos como humildes, siempre necesitado y latiendo como corazón de la esencia de El Puerto. /En la imagen, Vía Crucis por la calle Santa Clara en 1943.

Esteban Fernández Rosado y Joaquín Gaztelu eran los dos nombres fundamentales de los desvelos del capellán para llevar adelante la asociación. Con una riada de cruces exaltadas formada por Pepe Calvario, Enrique García Máiquez, Eduardo Ballesteros, Enrique Esteban Poullet, Vicente González Lechuga, Vicente Zuasti, Benito Gago, Luis Ramos, Luis Puentes o Juan Macías Figuereo. Algunos de los hermanos que con su estampa impresionaban en el Jueves Santo, mientras 16 personas conducían el recoleto paso que entre cuatro hachones dibujaba sombras de dolor en las fachadas de la calle Cielo y que en silencio transcurría como una estrella fugaz por la noche de la primavera temprana porteña… /En la imagen, el Cristo del Amor portado por 16 hermanos, a su paso por la Carrera Oficial por la calle Larga. /Texto: Francisco Andrés Gallardo.



O el que relata la muerte, en El Puerto, de José Cándido, el 24 de junio de 1771, primer torero de a pie que sucumbió de una cornada. O la canción “Toros en El Puerto” de Don Luis González Bravo, estrenada en 1841 y, desde entonces, la canción más repetida y famosa de todo el siglo XIX... /En la imagen, anuncio de la zarzuela de ambiente portuense 'El Tío Caniyitas'.


En 1774 marchó Gregorio de Urruela a bordo de la fragata “San Juan Bautista” a Guatemala, estableciéndose en la Nueva Guatemala de la Asunción, donde desempeñó, entre otros más o menos importantes cargos, el de regidor del ayuntamiento en 1779, año en el que, además, contrajo matrimonio el 26 de abril en la parroquia de la Ermita, con María Josefa de Casares y Olaberrieta, madre de Julián, nacida el 23 de noviembre de 1756 en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (actualmente Antigua Guatemala). /En la iamgen, Gregorio Ignacio de Urruela y Angulo.
En 1802 y como ya mencioné en mi anterior 


Francisco Javier Merello Gaztelu nació en El Puerto el 23 de noviembre de 1928, único hijo del matrimonio formado por Francisco Javier Merello Docavo y Dolores Gaztelu Tirado. Siendo sus abuelos paternos Eduardo Merello Alberti y Ramona Docavo Alberti. Los fundadores de la saga familiar de este apellido fueron Julio Vicente Merello Cherisola, natural de Génova y Catalina Alberti Ravina, gaditana, que se casan en El Puerto en 1839 y aquí se instalan, dedicándose al negocio vinícola. Han sido estudiados por el investigador Antonio Gutiérrez Ruiz y podemos ver dicha genealogía explicada en la nótula núm. 


El nombre antiguo de la calle Federico Rubio es Pozuelo. Tiene una extensión aproximada de 830 metros de longitud, naciendo en la calle Santa Fe y terminando en la calle Micaela Aramburu de Mora, aunque, en realidad, continúa hasta el río Guadalete con la denominación de calle Domingo Veneroni.
NOMBRES.
Lo primero que nos llama la atención de la calle, es que, llamándose Federico Rubio, no aparezca ninguna placa conmemorativa en toda ella, llegando a pensar que el insigne Doctor, no habría nacido en la citada vía urbana. Para el grupo ha supuesto un autentico descubrimiento, tanto la biografía como la calidad humana de Federico Rubio y Gali, del que sólo teníamos una vaga referencia, sorprendiéndonos favorablemente la importancia de sus actuaciones en los campos político, social, literario, científico, etc. /En la imagen, dibujo de Federico Rubio.












La presencia del ejército invasor va a llevar consigo la ocupación de edificios y casas para soldados y oficiales: la requisa de caballerías y efectos; la imposición de tributos y gravámenes para el mantenimiento de dichas tropas. Así la contribución que se realizó desde febrero a diciembre de 1810 fué de 4.602.403 reales, superior a los cálculos previstos en el Padrón General de Enero de 1812, que escendía a 4.007.009 reales. La diferencia entre presupuestos y gastos reales, su compensaban con exacciones extraordinarias. Claro está que frente a las imposiciones contributivas de la administración ‘intrusa’ --terminología de la época-- sólo cabía la ocultación de bienes y la resistencia pasiva que se hizo a pesar de las amenzas y conminaciones de los jefes franceses. / En la imagen, documento de contribuciones especiales que debían satisfacer ciudadanos de El Puerto para cubrir los gastos de aprovisionamiento del ejército imperial francés. /Archivo Municipal de El Puerto de Santa María, Actas Capitulares 1812. Legajo 73, Tomo I, pág. 639.