
Con un paquete de leche en polvo en cada brazo y el baby azul me paré en el Ave Maria a comerme un par de dátiles y unas cuantas mecitas. Emprendí el regreso a casa y, al paso por calle Durango me paró ‘el Peluca’ y me dice: «—Dani, voy pa Urbaluz, A los tendederos, te viene?» «—No se quillo, ahora te digo, suelto esto y salgo». Mi madre estaba planchando las ropas de los seminaristas de San Luis, que antes había lavado a mano. «—Mira mamá, leche en polvo nos han traído los americanos».» «—Huy, pues me va a venir muy bien, déjalo dentro del mueble de la cocina; fuera no, que están saliendo ratas del pozo, Dani. A ver si Antonio quiere poner 4 o 5 trampas». «—Mamá, me voy a jugar a la Fábrica de Harina». «—Espera, espera, sin merendar no te vayas». Me dio un trozo de pan con chocolate y salí embalao. «Y no te pierdas, Danielito que, como salga a llamarte y no estés, el babuchazo no te lo quita ni tu abuela».
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Uno de los mayores tesoros que alberga nuestra Basílica Menor son sus dos órganos musicales. Al decir que son un tesoro no exagero. Al órgano principal, de estilo barroco andaluz, le falta un año para completar dos siglos y medio de existencia, desde que en 1772 fuera colocado en el mismo lugar que hoy ocupa en silencio. Es uno de los más antiguos e importantes de Andalucía, si no el que más, obra de un prestigioso constructor, José Casas, que lo fue también de varios de los que existen en El Escorial y del de la catedral de Jaén.



