Antonio Gutiérrez Navarro es un artista polifacético: ha sido novillero, canta flamenco, pinta con arenas de colores y compone letras de canciones. Antonio Puerto, su nombre artístico nació en El Puerto el 8 de noviembre de 1958, en la calle Santa Fé 27, cuarto de los cinco hermanos del matrimonio formado por los porteños José Luis y Emilia. Su familia vivía en la Finca ‘El Águila’, en la carretera de Fuenterrabía, y ya de mayor en la barriada de Los Milagros. Está casado con María del Carmen Martín, con quien tiene una hija, de nombre Lidia.
1958.
El año del nacimiento de nuestro protagonista, cesaba como alcalde Luis Caballero Noguera, relevándole en el puesto Miguel Castro Merello. Ese año, El Puerto se incorporaba al Plan de Abastecimiento de Aguas de la Zona Gaditana, en el que la captación, depuración y conducción hasta las ciudades será gestionado por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, quedando la distribución a cargo de El Puerto. Se captaba el agua en el Pantano de Los Hurones, se depuraba en Cuartillos, se almacenaba y regulaba en los depósitos de San Cristóbal y La Belleza pasando a la red municipal que se hacía cargo del servicio.

Antonio, sobre una burra en la Finca 'El Águila'.
Comenzaban en 1958 las obras en el Colegio La Salle ‘Santa Natalia’, fallecía el Premio Nóbel Juan Ramón Jiménez, alumno que fue del colegio de los Jesuitas, Rafael Alberti publicaba ‘Sonríe China’ escrito conjuntamente con su primera esposa.
Se constituía la comisión reorganizadora para la refundación de la Hermandad del Rocío, se incorporaba la talla de un Cirineo, labrado por Francisco Pinto Berraquero, al paso del Cristo de la Hermandad de los Afligidos, el escritor Luis Goytisolo --vinculado a El Puerto-- iniciaba su carrera literaria con su novela ‘Las Afueras’, el 21 de septiembre en el encuentro de fútbol Portuense vs Ayamonte quedaban 2 a 1 y moría el maestro Felipe Lamadrid Gutiérrez. /En la imagen de la izquierda, cartel anunciador de la Corrida y Novillada 'a plaza partida', en 1958.
Ese año de 1958 El Puerto vería la Plaza de Toros partida, el 31 de agosto se celebrarían dos festejos: corrida y novillada. Rafael Ortega, Gregorio y Juan A. Romero formaron la terna de la corrida y Pepe Álvarez, Emilio Oliva y Rafael de Paula la de la novillada. Precisamente ese año el torero de las Pajanosas (ver nótula núm. 294 en GdP) Pepe Álvarez recibía un homenaje en el restaurante ‘El Resbaladero’. El 20 de junio siete toros en la Real Plaza para Ángel Peralta, Rafael Ortega, Gregorio Sánchez y Curro Girón.
De pequeño, Antonio estudió en el Colegio Manuel Siurot, en uno rural cuyo nombre no recuerda, en SAFA y en Cristóbal Colón. Trabajaría en las caballerizas de Terry, en el campo y en la construcción.
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Pero mientras trabaja en el despacho, no desatiende sus inquietudes artísticas y es en la casa familiar, en un desván, donde tiene su primer estudio donde comenzó a interesarse por el arte de la escultura. También se matricula en la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia. Es durante este curso, cuando se inicia la entrañable amistad vía postal con el escultor portuense Juan José Bottaro Palmer 

Esta obrita se representó previamente en La Salle en los actos navideños de 1961 y en vista del éxito les propusieron hacerla en el desaparecido Teatro de la calle Luna. El a modo de director musical y de variedades en La Salle lo fue en aquella época el Hermano Fulgencio de Andrés (de nombre Blas García, en la vida civil), primer director del centro, fallecido en Granada en 1992. /Foto: Colección Francisco M. Arniz Sanz.


Cuando le preguntábamos a Daniel Sueiras sobre la inspiración de su obra, donde los animales reemplazan y encarna la imagen de las personas, nos contestó llanamente, que: «--El ser humano descubrió tarde que procedíamos de los animales, sin embargo, se le ha olvidado muy pronto». Por ello mi obra en cierto modo es una ironía, donde pretendo llamar la atención y buscar de alguna manera, descontextualizar lo primario y lo preconcebido, y encontrar una reconciliación con la propia raza humana; humanizando a los animales y animalizando a los humanos”. Una visión del artista que pretende ser didáctica a través del arte, ya que, contemplando la obra, al mismo tiempo se crea en la mente del observador, preguntas y pensamientos jamás planteados, llegándose a una meditación que trastoca todo lo que hasta ahora dábamos por consolidado según nuestras más arcaicas creencias religiosas. Por otra parte, también le gusta jugar con la naturaleza, manipulándola con su imaginación y creando híbridos imposibles a los ojos del observador.

Camus quiso alejar su obra de la estructura teatral tradicional y concibió el espectáculo con la ambición de mezclar en él todas las formas de expresión dramática hasta entonces conocidas. Mi aportación a la recreación actual ha pretendido respetar al máximo esos anhelos, especialmente en el aspecto literario, dejando que las palabras de Camus se apareasen con las mías hasta crear un estilo y un acento que pudieran seguir siendo comprensibles para los oídos de nuestra época. Al final, espero haber pasado desapercibido y haber logrado estar a la altura de su voz, de su mensaje y de su obra.



Humberto Egoavil Parra nació en el Balneario de Barranco (Lima-Perú) el 10 de mayo de 1960, --lugar cantado por la cantautor a y folclorista peruana Chabuca Granda--, siendo el mayor de cinco hermanos del matrimonio formado por Humberto y Victoria.
AFICIÓN POR LOS TOROS.


María Luisa Cárave García nació el 19 de octubre de 1940 en la calle Pozuelo, 47, donde vivió toda su vida. Segunda hija del matrimonio formado por Juan Cárave Carrasco --fundador de la desaparecida Droguería Cárave de la calle Ganado, junto a la Divina Pastora-- y María García Escazúa, ambos de El Puerto. Milagros, Juan y Mari son sus otros hermanos. A los 7 años se quedó huérfana de padre, quien fallecería en 1947, con apenas 35 años, no así su madre que nos dejó hace ahora tres años. Luisa fallecía el 26 de diciembre de 2010, hace hoy un año.
Cada vez me asalta más la impresión de que en El Puerto hay, por día, menos portuenses. Porque hay olores, sabores, paisajes e incluso sonidos de toda la vida que no se perciben por casi nadie. Yo, el domingo pasado, día de Santiago, me partí las manos, francamente en solitario, aplaudiendo a la banda Maestro Dueñas, cuando en el paseillo, en nuestra Plaza Real, sonaron las notas del pasodoble de Manolo del Pino “Niño del Matadero”. Era como si se me hubiera llenado el cuerpo de alegría, gozo y nostalgia. Hacía lo menos veinticinco años que no lo oía. Y la última vez fue por la misma banda, pero bajo la batuta de Miguel Leveque.