
A mediodía del pasado lunes 28 de mayo fallecía e los 89 años el ‘decano’ de la hostelería porteña, Vicente Sordo Díaz (ver nótula núm. 014 en GdP), propietario hasta la fecha del Bar Vicente, también conocido como ‘Los Pepes’ o, con anterioridad ‘El Rubio’ o ‘Las Mellizas’. Nacido en Camijanes (Cantabria), llegó a El Puerto con 15 años siendo un claro ejemplo de montañés afincado y emprendedor en nuestra Ciudad. Casado con Ascensión Gómez Recalde (de otra afamada familia cántabra, dedicada a los negocios de la alimentación) de la que era viudo, fue padre de Ciony, Lola y Vicente. Precisamente sus hijo y nieto --los dos del mismo nombre que el desaparecido Vicente-- siguen al frente del negocio.
El pasado sábado 26 de mayo, cuando las rosas y geranios de encaje declinan en su exuberante belleza primaveral, tras sublimar su esencia en un suspiro, sentí la necesidad de escribir unas notas premonitorias. Estuve sentado ante un velador que sirve de puente entre la puerta de entrada y la ventana del Bar Vicente. No es un velador más, porque los demás no tienen una tapa de mármol veteado de sesenta por sesenta, de color café con leche, ni se asientan sobre un soporte de madera en palillería torneada y dos reposapiés, uno frente al otro, para acoger a un contertulio dispuesto a oír la voz de la experiencia además de la sabiduría.

Tres Vicente Sordo, tres.
El lado que da a la puerta de salida, es el que hasta hace muy poco estaba siempre reservado para el Patriarca. A la altura de su cabeza, un manifiesto que resalta los valores de la especie humana como objetivo y un banderín de enganche para el que sienta en su corazón los valores que destaca. Allí permanecía durante los últimos años la matriosca mayor, como centinela alerta para dar la bienvenida al que llegaba y el adiós al que partía. Casi siempre en silencio. Solo una sonrisa bondadosa sobre su rostro venerable. Dispuesto a contar si se le pedía. Pacientemente callado mientras escuchaba. Complacido, recreaba su vista sobre las otras matrioscas, sus dos Vicentes y sus fieles colaboradores que siguen acumulando trienios.

Nunca un gesto de desaprobación. Tampoco había motivos. Había sabido esculpir en el sistema límbico de su saga, las letras de oro de sus éxitos como persona y como profesional. Me tomé una copa. Me sirvió como siempre Vicente II. Pregunté por su padre y si mantenía aún la ilusión de ver por TV las corridas de toros. Sonriendo con un gesto de amargura y brillo en los ojos, me confesó que su padre ya estaba intimando con los querubines, que le había entregado los anillos suyo y de su esposa mostrándomelos ensartados en una cadena colgada de su cuello. Sentí tristeza, pero también la admiración al comprobar la capacidad de abnegación ante el ineluctable hecho natural de la vida y su consecuencia final. El lunes 29 se consumó la crónica que me avanzó desde nuestro afecto mutuo Vicente II. Se rompió el cascarón de la matriosca y dejó huérfanos a los Vicentes y a tantos como recordaremos su patriarcal figura que ya va camino de las estrellas. (Texto: Alberto Boutellier Caparrós). (Fotos: Bar Vicente).

Hablar de Muñoz-Seca es chocar con eso del ‘astracán' aunque yo quiero pasar sobre él sin detenerme, porque para mí el astracán, que según Sáinz Robles lo inventó Enrique García Alvarez, pero que como él dice fue el inolvidable autor portuense, su ‘máximo pontífice', para mí el astracán es algo que no lo tengo en cuenta. Pedro Muñoz-Seca, 'un hombre bueno, un corazón limpio, una gracia fresca, una modestia clara', como ha escrito José María Pemán, es una figura indiscutible en el teatro cómico español de todos los tiempos, al lado por ejemplo, de Jardiel Poncela o de Miguel Mihura. Cada uno, eso sí, con sus características inconfundibles, pero a una igual altura. Por tanto a Muñoz-Seca no hay que relegarlo al olvido, como es el caso de algunos que parecen ignorarlo, tal ves porque existe una creencia, de la que yo no participo, de que el teatro cómico es, diríase, un teatro menor al que no debe prestársele demasiada atención. Admito que Pedro Muñoz-Seca tengan sus detractores pero de eso a punto menos que ignorarlo, me parece un error lamentable. Con astracán o sin él, no siempre sus obras de las cerca de trescientas que escribió, han de ser consideradas como productos tan sólo para la risa, lo cual es ya un bien, porque el hacer reír no sienta mal a nadie. En Muñoz-Seca, muchas veces, tras la escena disparatada y regocijante, se esconde un fondo humano y serio.



FERNANDO GAGO, EMBAJADOR EN LAS TERMÓPILAS.
Estar ahí supone un sacrificio que asume con gusto sin reparar en gastos. Nunca le ha faltado una palabra amable, ni una sonrisa, aunque nunca se ha callado cuando le han pisado un meñique. En 1999 se negó a ceder su puesto de aspirante a Jiménez Portela como le había solicitado Hernán Díaz. El desplante le costó caro, pero no se torció el brazo. Segundo de cuatro hermanos (uno de ellos fallecido), su afán autodidacto le hizo progresar en la empresa bodeguera donde recaló muy joven en el departamento de contabilidad. Más que números, él prefería las frases, como había demostrado en sus pinitos teatrales y en Radio Puerto, junto a su buen amigo el periodista Agustín Merello. Su facilidad políglota lo llevó a las relaciones públicas y a ser jefe de ventas de Terry en Norteamérica. Aprendió mucho en sus visitas estadounidenses. /En la imagen de la izquierda, Manolo, Fernando e Ignacio Gago García, falta Benito.




TALLER EL VENTA JR.


En las imágenes estamos entre otros Paco Guerra, que en paz descanse, Mary Carmen, de la que en la actualidad soy viudo y Ángel Lozano, actual propietario del establecimiento. Y ‘Cuellar’ , en el bar Santa María, era de la familia. Corría el año 1974 o 75. Paco Guerra y yo estábamos haciendo el servicio militar, en el Arsenal de la Carraca (San Fernando). Angelín Lozano se fue unos meses mas tarde a El Aaiún, aún colonia española. Allí vivió la Marcha Verde. Paco Guerra y yo, arrestados en La Carraca, cargábamos municiones y víveres en los barcos que salían para allí. A los tres nos cogió la muerte de Franco en la mili. Y ahora, cada uno, recordamos aquellos desde distintos lugares de España y el mundo, los mas en El Puerto, otros ya tristemente desaparecidos. / En la imagen de la izquierda, el desaparecido Paco Guerra.


surgir todo tipo de emociones y experiencias que hacían unirse con mas fuerza a los jóvenes emergentes. Marcó época. Allí nacía, cada domingo, la experiencia, el amor y... los niños, ya que teníamos el pinar enfrente. (Texto: José Antonio Zambrano. Fotos: Cuellar, de la colección de J.A.Z.).


Vidriera con escudo de El Puerto que todavía existe en el inmueble.






Días después, parte de la prensa madrileña –“El Imparcial” y “La República” entre otros- se hacían eco de la noticia, encabezada con el título de “Muerte de una Flamenca”, más ampliada. En la crónica del suceso, haciéndose eco de la prensa de la capital porteña, describían a la víctima “más bien baja que alta, delgada y nerviosa, blanca como la palidez de la luna…” Asimismo hacían referencia a sus aptitudes artísticas: “bailando con muchísima gracia y moviendo la cimbreada cintura con un acento particular; en la boca, un nido de jilgueros: cantaba la pobre por seguidillas lo mismo que por polos o se arrancaba por malagueñas y así todo el repertorio del cante jondo.”

Portada del Libro 'Viajes de Extranjeros por España y Portugal en los siglos XV, XVI y XVII'.
De entre todos los maestros plateros portuenses que trabajaron en nuestra Ciudad durante el siglo XVIII, queremos destacar a Jacobo Vanderheiden, un extraordinario artista representativo de ese mundo plural y cosmopolita que definía a la sociedad portuense de entonces y a su Congregación y Hermandad de Artistas Plateros de San Eloy. /En la imagen, Pedro de Villarelo, grabado por Vanderheiden.
EN 1771, TALLER EN LA CALLE LARGA.

Las cantigas estan en un género medieval propio de la zona gallegoportuguesa en la que los trovadores ponían música a los poemas, que solían cantarlos los juglares. Ya he traído en otra ocasión las famosas Cantigas de Amigo del trovador gallego Martín Codax. Hoy te traigo una de la que sin duda es el corpus más conocidos de cantigas. Además, con una dedicación muy especial... ¡A mi ciudad donde vivo! Vamos a ello