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A mediodía del pasado lunes 28 de mayo fallecía e los 89 años el ‘decano’ de la hostelería porteña, Vicente Sordo Díaz (ver nótula núm. 014 en GdP), propietario hasta la fecha del Bar Vicente, también conocido como ‘Los Pepes’ o, con anterioridad ‘El Rubio’ o ‘Las Mellizas’. Nacido en Camijanes (Cantabria), llegó a El Puerto con 15 años siendo un claro ejemplo de montañés afincado y emprendedor en nuestra Ciudad. Casado con Ascensión Gómez Recalde (de otra afamada familia cántabra, dedicada a los negocios de la alimentación) de la que era viudo, fue padre de Ciony, Lola y Vicente. Precisamente sus hijo y nieto  --los dos del mismo nombre que el desaparecido Vicente-- siguen al frente del negocio.

El pasado sábado 26 de mayo, cuando las rosas y  geranios de encaje declinan en su exuberante belleza primaveral, tras sublimar su esencia en un suspiro, sentí la necesidad de escribir unas notas premonitorias. Estuve sentado  ante un velador que sirve de puente entre la puerta de entrada y la ventana del Bar Vicente. No es un velador más, porque los demás no tienen una tapa de mármol veteado de sesenta por sesenta, de color café con leche, ni se asientan sobre un soporte de madera en palillería torneada y dos reposapiés, uno frente al otro, para acoger a un contertulio dispuesto a oír la voz de la experiencia además de la sabiduría.

Tres Vicente Sordo, tres.

El lado que da a la puerta de salida, es el que hasta hace muy poco estaba siempre reservado para el Patriarca. A la altura de su cabeza, un manifiesto que resalta los valores de la especie humana como objetivo y un banderín de enganche para el que sienta en su corazón los valores que destaca. Allí permanecía durante los últimos años la matriosca mayor, como centinela alerta para dar la bienvenida al que llegaba y el adiós al que partía. Casi siempre en silencio. Solo una sonrisa bondadosa sobre su rostro venerable. Dispuesto a contar si se le pedía. Pacientemente callado mientras escuchaba. Complacido, recreaba su vista sobre las otras matrioscas, sus dos Vicentes y sus fieles colaboradores que siguen acumulando trienios.

Nunca un gesto de desaprobación. Tampoco había motivos. Había sabido esculpir en el sistema límbico de su saga, las letras de oro de sus éxitos como persona y como profesional. Me tomé una copa. Me sirvió como siempre Vicente II. Pregunté por su padre y si mantenía aún la ilusión de ver por TV las corridas de toros. Sonriendo con un gesto de amargura y brillo en los ojos, me confesó que su padre ya estaba intimando con los querubines, que le había entregado los anillos suyo  y de su esposa mostrándomelos ensartados en una cadena colgada de su cuello. Sentí tristeza, pero también la admiración al comprobar la capacidad de abnegación ante el ineluctable hecho natural de la vida y su consecuencia final. El lunes 29 se consumó la crónica que me avanzó desde nuestro afecto mutuo Vicente II. Se rompió el cascarón de la matriosca y dejó huérfanos a los Vicentes y a tantos como recordaremos su patriarcal figura que ya va camino de las estrellas. (Texto: Alberto Boutellier Caparrós). (Fotos: Bar Vicente).

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Hablar de Muñoz-Seca es chocar con eso del ‘astracán' aunque yo quiero pasar sobre él sin detenerme, porque para mí el astracán, que según Sáinz Robles lo inventó Enrique García Alvarez, pero que como él dice fue el inolvidable autor portuense, su ‘máximo pontífice', para mí el astracán es algo que no lo tengo en cuenta. Pedro Muñoz-Seca, 'un hombre bueno, un corazón limpio, una gracia fresca, una modestia clara', como ha escrito José María Pemán, es una figura indiscutible en el teatro cómico español de todos los tiempos, al lado por ejemplo, de Jardiel Poncela o de Miguel Mihura. Cada uno, eso sí, con sus características inconfundibles, pero a una igual altura. Por tanto a Muñoz-Seca no hay que relegarlo al olvido, como es el caso de algunos que parecen ignorarlo, tal ves porque existe una creencia, de la que yo no participo, de que el teatro cómico es, diríase, un teatro menor al que no debe prestársele demasiada atención. Admito que Pedro Muñoz-Seca tengan sus detractores pero de eso a punto menos que ignorarlo, me parece un error lamentable. Con astracán o sin él, no siempre sus obras de las cerca de trescientas que escribió, han de ser consideradas como productos tan sólo para la risa, lo cual es ya un bien, porque el hacer reír no sienta mal a nadie. En Muñoz-Seca, muchas veces, tras la escena disparatada y regocijante, se esconde un fondo humano y serio.

En la fotografía aparecen, de izquierda a derecha, Pedro Muñoz-Seca, don Alfonso de Borbón y Tirso Escudero. Fue obtenida en el saloncito del Teatro de la Comedia (Madrid), en el entreacto de un estreno.

He leído no hace mucho, en un libro de publicación reciente, que Muñoz-Seca "no es que fuera un hombre inculto, aunque en su teatro, generalmente, brilla por su ausencia la literatura, arrastrando por el torbellino de su peregrino ingenio, de su fecundidad fabulosa". Me permitirán no esté conforme con ese parecer, porque no es que don Pedro rodease a sus obras de un marcado tinte de literatura, lo cual hasta cierto punto, no conviene a un tipo de teatro como el suyo, pero de eso a decir que los valores literarios en su teatro brillan por su ausencia, me parece hablar en términos muy expeditivos. Más prudente encuentro a Gonzalo Torrente Ballester cuando afirma que, 'aunque parezca raro, el teatro de Muñoz-Seca supone un pensamiento'. De ahí lo que dije antes de que muchas de sus obras esconden una idea formal y seria, pese a su envoltura superficial y cómica.

En la imagen,  Pedro Muñoz-Seca y su mujer Asunción Ariza, con su hermano el Dr. Muñoz Seca y Elisa Bela Marchena, en Sevilla.

Una de las virtudes del autor portuense es que su teatro gustaba a todos los públicos, con sus excepciones claro. Es de notar en el teatro muñozsequista dos perfectas y definidas facetas, las que corresponde a las obras escritas por Muñoz-Seca solo y las debidas a su estrecha y continuada colaboración con Pérez Fernández.

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Fernando Gago, recién elegido alcalde en agosto de 2006.

«--¡Que mala suerte!» Fueron las palabras que Fernando pronunció ante el médico que le comunicó que su enfermedad tomaba una deriva irreversible, hace un par de semanas. Fernando que siempre proclamaba ante cualquier situación, --en clave taurina-- ‘Que Dios reparta suerte’, no recogió en este último lance un poco de esa suerte que pedía para todos. Los que pensamos que después de la lucha que mantuvo lo iba a conseguir no renunciábamos a pesar de las prescripciones médicas. Lo mejor, que se ha ido sin dolor y querido por todos. Lo mas mejor, que ha dejado una escuela de portuensismo. Como dijera un común amigo hace unos años en una reunión-homenaje a Manolo Bejarano, ‘Si Fernando Gago no existiera, habría que inventarlo’.  Y lo insuperable es que, a los que hace años no entendíamos su ‘sangre gorda’ es aquella sentencia con la que nos bombardeaba, impertérrito, ante cualquier situación de emergencia: «--Si tiene solución no te preocupes, porque la tiene. Si no tiene solución, no te preocupes, porque no la tiene».

La Real Plaza de Toros, hoy, con la bandera a media asta, en señal de luto oficial. /Foto F.A. Gallardo.

Y así, el señor Gago ponía distancia entre las cosas para que las cosas no dominaran la situación. Era Fernando Gago ‘el Diplomático’. En las asociaciones, en el trabajo, en la política… Son tantos los recuerdos que se agolpan desde hace 30 años que difícilmente podemos atinar en este pensamiento de urgencia y de dolor, pero con humor, como a él le gustaba mirar a la muerte. Así, el magistrado Gago se marchó de la política con humor, con imaginación, con la diplomacia y educación exquisitas de la que siempre hizo gala. Acordándose de aquellos que le jaleaban ‘presidente hijoputa’ cuando presidía un festejo en la Plaza Real, con el mismo sentido del humor con el que asistía a un pleno, encaraba la vida, disfrutaba de sus hijos y nos enaltecía a los que fuimos su gente en Turismo, sus compañeros, de quien tanto aprendimos. «--No me descuajaringues, Fernando», por los siglos de  los siglos. (Texto: José María Morillo).

Pulsar aquí para acceder a la biografía de Fernando Gago García.

A continuación, reproducimos la crónica que se publicaba en Diario de Cádiz, firmada por Francisco Andrés Gallardo, el día 3 de agosto de 2006, el día que Fernando Gago llegó a la alcaldía de El Puerto, donde permaneció por espacio de nueve meses.

FERNANDO GAGO, EMBAJADOR EN LAS TERMÓPILAS.
Hernán nunca gobernó. Siempre mandó en el Ayuntamiento de El Puerto. Fernando Agustín Gago García si no gobierna, al menos reinará. Su traje planchado y su palabra calculada lo visten de perfecto representante, con su cruz al Mérito Naval en la solapa. No le gusta desagradar. Será imagen y estará al quite. España se perdió un magnífico embajador. Sus dotes se agradecerán en estas Termópilas  portuenses de francotiradores y emboscadas. /Fernando Gago versionado por Matt Groening, creador de Los Simpson.

Baqueteado durante bastantes trienios como relaciones públicas de Bodegas Terry, terminó de forjarse en el Consistorio de la plaza del Polvorista. En el 91, cuando accedió a la Corporación como concejal socialista, se planteó estar "doce años al servicio de El Puerto". Como mínimo, estará dieciséis, con una propina de un año como alcalde, lo que siempre había concebido como una irrealizable quimera: la vida es tan imprevisible que a veces da muchísimo más de lo que se pidió. La paciencia, la supervivencia, sortean regalos y a él le ha tocado un apartamento en Torrevieja.

A la edad en la que otros se jubilan, a los 65 años, ha tomado el bastón de mando de El Puerto, pocos años después de sus segundas nupcias y con sus cuatro hijos (tres chicas y un varón) bien criados. Gago  acudía a todas las fiestas bien que se preciaran en los contornos portuenses años ha. Aquel conductor de una voluntariosa lambretta cubierto por un guardapolvos escondía debajo un esmoquin, con el que tras una batida de kilómetros, impecable, se presentaba en la puerta del jolgorio sin una arruga.

Estar ahí supone un sacrificio que asume con gusto sin reparar en gastos. Nunca le ha faltado una palabra amable, ni una sonrisa, aunque nunca se ha callado cuando le han pisado un meñique. En 1999 se negó a ceder su puesto de aspirante a Jiménez Portela como le había solicitado Hernán Díaz. El desplante le costó caro, pero no se torció el brazo. Segundo de cuatro hermanos (uno de ellos fallecido), su afán autodidacto le hizo progresar en la empresa bodeguera donde recaló muy joven en el departamento de contabilidad. Más que números, él prefería las frases, como había demostrado en sus pinitos teatrales y en Radio Puerto, junto a su buen amigo el periodista Agustín Merello. Su facilidad políglota lo llevó a las relaciones públicas y a ser jefe de ventas de Terry en Norteamérica. Aprendió mucho en sus visitas estadounidenses. /En la imagen de la izquierda, Manolo, Fernando e Ignacio Gago García, falta Benito.

De izquierda a derecha Antonio Bollullo, Fernando Gago, Rafael Alberti y Juan Manuel Torres, entonces alcalde de El Puerto.

En 1990 Antonio Bollullo lo presenta al alcalde socialista Juan Manuel Torres como "un buen fichaje" para este partido, inmerso a nivel local en constantes guerras internas. Bollullo, Gago  o el entonces edil Vicente Sucino improvisaban tertulias para solucionar el mundo en la librería Babel y ahí nació el espíritu político del actual alcalde. Torres se lo reservó como gran baza en el congreso local para elaborar la lista electoral.

...continúa leyendo "1.395. MAGISTRADO GAGO."

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El 12 de enero de 1912, hace poco mas de cien años, nacía en Sevilla José de la Rosa Coria, conocido como ‘El Venta’, obteniendo el apodo de su padre quien se trasladaría a San Fernando donde trabajó en la Venta de Vargas y donde se criaría hasta bien entrada la adolescencia y con posterioridad a El Puerto, regentando una venta junto a la Estación de Ferrocarril, cuando José tenía apenas 18 años y era ‘e niño de El Venta’. Desde muy pequeño le gustó la bicicleta y el mismo aprendió a arreglarla, de ahí su afición a este deporte, donde sería profesional de la Vuelta Ciclista de Andalucía hasta bien entrada la treintena, obteniendo premios y distinciones.

Puerto Escondido, donde nuestro protagonista tuvo el primer taller de bicicletas.

1912.
En 1912 era alcalde de El Puerto, Luis Portillo de Pineda, padre, precisamente de quien lo fuera años mas tarde, --en la década de los sesenta-- Luis Portillo Ruiz. La población rondaba los 18.000 habitantes circunscribiéndose prácticamente al casco antiguo. Rafael Alberti ingresaba en el colegio de San Luis Gonzaga. Pedro Muñoz Seca publica en Madrid, en colaboración con Pedro Pérez Fernández el sainete ‘Coba Fina. Nacen el autor del toro de Osborne, Manolo Prieto;  el imaginero y escultor José Ovando Merino.

José de la Rosa, con su mujer Concha y su hijo Lolo.

Recién llegado El Puerto, ‘el Venta’  conoció a la que sería su mujer, Concha Vela Mariscal, con quien tendría un hijo, Lolo, actual concesionario de motos de BMW en El Puerto y Algeciras. A la vuelta del servicio militar en el Marruecos español y después de la Guerra Civil, José monta un taller de reparación de bicicletas en Puerto Escondido, donde también viviría la familia para, con posterioridad, trasladarse a la calle Misericordia esquina con Plaza de la Herrería, donde instala el taller de bicicletas, en cuyos locales se encuentra actualmente el Bar ‘La Esquina’.

José, con su hijo Lolo, en las playas portuenses.

En aquel taller de la calle Misericordia alquilaba las bicicletas de la marca ‘Orbea’ por horas y estaba abierto a diario, incluso domingos, acompañado por su esposa Concha. Más adelante el negocio fue prosperando y de las bicicletas pasó a las motos, reparando y vendiendo entre otras las marcas ‘Torrox’ o ‘Velosolex’. Allí ayudaban Fernando Camacho ‘Nani’ en el banco de la Veloxolex y con las motos mas grandes (Guzzi, Iresa, Ossa…), por las tardes y por horas colaboraban Fosco Valimaña y Marín (ver nótula núm. 095 en GdP) así como ‘el Manga’. En cierta ocasión se desplazó a Madrid a traerse una motocicleta marca BSA, acompañado por su mujer y su hijo, y se vinieron con aquella máquina hasta El Puerto.

TALLER EL VENTA JR.
Su hijo Lolo, empezó a colaborar con su padre en el taller de bicicletas primero y luego con las motos, mientras estudiaba. Será a partir de 1969, instalaría un local de motocicletas en frente del local paterno, en la esquina de la calle Misericordia con Ricardo Alcón, donde en la actualidad se encuentra una pizzería. Mas tarde se desplazaría a la calle Chanca donde en la actualidad representa la representación de las motos BMW, así como en Algeciras, donde ofrecen un servicio de posventa reconocido a nivel nacional y buscado, afanosamente, durante los días del Gran Premio de Motocilismo de Jerez. Desde hace 4 años colaboran en el encuentro BMW RIDERS que organiza la marca, disponiendo en El Puerto de un ‘banco de potencia’ y contando con un equipo humano de 17 personas. /En la imagen de la izquierda, el ciclista Manuel de la Rosa Vela, 'Lolo', actual titular de Talleres 'El Venta'.

Imagen de abajo: 100 Cumpleaños de 'El Venta'. De izquierda a derecha, Gregorio Cruz Vélez, María Jesús Vela Durán, Rosario Cairón García, Kika Vela Durán, Margarita nuera de 'el Venta' y María del Carmen Vela Durán. Sentados de izquierda a derecha, Manuel de la Rosa Vela 'Lolo' hijo de nuestro protagonista, Antonio Vela Leal (de Chiclana, conocido como la 'Familia del 22'), José de la Rosa Coria el homenajeado y Lorenzo Vela Leal.

El pasado 12 de enero José de la Rosa cumplía 100 años rodeado de su familia y compañeros del Centro ‘La Torre’ en El Puerto, donde vivía desde hacía dos años. Hasta hace uno entrenaba en una bicicleta estática recordando sus tiempos de ciclista profesional y hasta el final, con la mente lúcida era él mismo el que empujaba su silla de ruedas.  Nos dejaba el 26 de febrero de 2012.

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Estas imágenes tienen en común el Bar Santa María y el fotógrafo de la época ‘Cuellar’, a principio de la década de los setenta del siglo pasado, (ver nótula núm. 399 en GdP).  Es muy difícil que cualquiera de entonces no tuviera alguna foto hecha por él, y en la palmera, que estaba junto a una heladería de Camy, deberían de haber puesto una placa en homenaje a este peculiar fotógrafo. Fueron muchos los portuenses, y los que no lo eran, que dejaron su imagen ahí.

En la imagen uno de los hermanos Sánchez, Francisco Áspera Jiménez del grupo Chiqui Fly Travel Nirvana (ver nótula núm. 677 en GdP), Angelín Lozano y Méndez, entre otros.

En las imágenes  estamos entre otros Paco Guerra, que en paz descanse, Mary Carmen, de la que en la actualidad soy viudo y Ángel Lozano, actual propietario del establecimiento. Y ‘Cuellar’ , en el bar Santa María, era de la familia. Corría el año 1974 o 75. Paco Guerra y yo estábamos haciendo el servicio militar, en  el Arsenal de la Carraca (San Fernando). Angelín Lozano se fue unos meses mas tarde a El Aaiún, aún colonia española. Allí vivió la Marcha Verde. Paco Guerra y yo, arrestados en La Carraca, cargábamos municiones y víveres en los barcos que salían para allí. A los tres nos cogió la muerte de Franco en la mili. Y ahora, cada uno, recordamos aquellos desde distintos lugares de España y el mundo, los mas en El Puerto, otros ya tristemente desaparecidos. / En la imagen de la izquierda, el desaparecido Paco Guerra.

Reunión en el Bar Santa María.

Los hermanos José y Ángel Lozano, segundo y cuarto, de izquierda a derecha.

Durante un tiempo, este bar se convirtió en el punto de reunión de aquellos  que despertábamos a otra forma de vivir la vida, algunos incluido el ‘porro’. Era conocido en Cadiz, Jerez, Sevilla y hasta de Madrid venían buscando el bar y su ambiente. Fuimos acogidos, en principio, muy bien, ya que la madre de Angelín tenía unas cualidades humanas extraordinarias, hasta que empezamos a perjudicar la imagen del bar y la caja registradora. Ninguno teníamos un duro y estuvimos a punto de cargarnos el medio de vida de la familia.  El testigo pasó al Kiosko de Luis, pero esa es… otra historia.


El fallecido Paco Guerra, Ángel Lozano, Manolo 'el Casca', de la barriada de la playa y José Antonio Zambrano.

TIERRA MAR Y VINO.
La auténtica revolución social de Los Radar´s tuvo lugar años mas tarde, en la inolvidable caseta de feroa de Crevillet ‘Tierra, Mar y Vino’, que se convirtió en un lugar estable. Se esperaba con impaciencia al domingo y una vez allí, comenzaban a surgir todo tipo de emociones y experiencias que hacían unirse con mas fuerza a los jóvenes emergentes. Marcó época. Allí nacía, cada domingo, la experiencia, el amor y... los niños, ya que teníamos el pinar enfrente. (Texto: José Antonio Zambrano. Fotos: Cuellar, de la colección de J.A.Z.).

El 7 de abril de 1962 hace 50 años, se inauguraba el Motel Meliá Caballo Blanco, situado en el entonces Coto de Valdelagrana, hoy urbanización del mismo nombre que permanece cerrado desde el año 2005. Las autoridades primero tardaron en dar la renovada licencia --compatibilizando una galería comercial con los alojamientos-- y cuando ésta llegó, fueron los bancos los que, en plena crisis, no apoyaron la operación de reconstrucción, a cargo de la firma Hogarsur y otro socio gaditano.

El obispo  de Cádiz, Tomás Gutiérrez y el alcalde Luis Portillo, durante la inauguración del hotel.

El entonces obispo de la diócesis gaditana a la que pertenece Valdelagrana, Tomás Gutiérrez, procedió a la bendición de las instalaciones hoteleras, junto al alcalde de la Ciudad, Luis Portillo Ruiz y otras autoridades civiles y militares de El Puerto y la provincia, siendo recibidos por el presidente del consejo de administración de la propiedad, José Meliá, leyéndose en el acto unas cuartillas enviadas para la ocasión por el escritor gaditano José María Pemán. En el accionariado participaba también bodegas Caballero y José Guerrero Misa.

La piscina del hotel, entre pinares, contaba con cafetería y era escenario de importantes acontecimientos de los veranos portuenses. Hasta la aparición del Casino Bahía de Cádiz, cualquier acontecimiento de nivel en la Bahía se celebraba en El Caballo Blanco.

El establecimiento contaba con cincuenta habitaciones con baño privado y teléfono, siendo su director Jerónimo Tavira. Los mas modernos adelantos para un hotel de cuatro estrellas los tenía El Caballo Blanco: baño privado, teléfono, aire acondicionado, piscina iluminada y una zona acotada, entonces, en la playa. La celebración finalizó por la noche con una fiesta flamenca.

Vidriera con escudo de El Puerto que todavía existe en el inmueble.

El establecimiento pionero, moderno de este sector en nuestra ciudad, en la que solo había fondas,  pensiones y hostales hasta esas fechas, fue un navarro: Jose Luis Kurt Muñagorri (ver nótula núm. 897 en GdP), quien construyó y dirigió un hotel “sur la mer”, a pie de playa, el Hotel Fuentebravía, ampliado posteriormente con el nombre de ‘Parador Fuentebravía’.  También hay que anotar en su haber e iniciativa la creación junto con otros portuenses, del Centro de Iniciativas Turisticas, precursor del Patronato Municipal de Turismo que vería la luz en 1984.  Pronto siguieron, escalonadamente, nuevos centros de alojamientos: Motel Caballo Blanco, “El Cangrejo Rojo” –después Club Mediterráneo- y ya avanzados los setenta el Hotel Puertobahía, también en Valdelagrana.

Remozadas instalaciones para congresos en el Motel.

En la década de los ochenta experimentaría una profunda reforma y modernización, siendo director del establecimiento Juan Luis Ortega Rosillo y Director General Adjunto de Hoteles Meliá el porteño Ignacio Gago García (ver nótula 081 en GdP), recibiendo en 1986 el Premio a la Promoción Turística del Ayuntamiento de El Puerto de Santa María.

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“Desde el balcón de mi cuarto se ve la entrada del Guadalete. En el barro del río hay un casco viejo de un barco que están componiendo; un poco más lejos, al lado de una barraca, se ven las costillas de otro barco sostenidas por puntales. Sobre el muelle de la Ribera, unos cuantos hombres y chicos hacen cuerda de cáñamo; los hombres marchan hacia atrás con una madeja de estopa en la cintura y los chicos dan vuelta, mientras tanto, a una manivela que retuerce la maroma. Cerca, a la izquierda, hay junto al río una antigua fuente, pintada de rojo, que se llama la Galera.”
PÍO BAROJA: El mundo es ansí.

“El Puerto, que también llaman Puerto de Santa María, está situado en la desembocadura del Guadalete, que va a verter sus aguas en la bahía de Cádiz. Es el almacén y el puerto de los vinos de Jerez. La ciudad, que es blanca, alegre y limpia, es como un Cádiz diminuto. Visitamos sus bodegas, grandes cuevas, anticipo de las de Jerez, y su plaza de toros, una de las mejores de toda España y mucho más frecuentada por los aficionados que la de Cádiz.”
BARÓN DE DAVILLIER: Viaje por España.

"El Colegio estaba sobre el mar y rodeado de grandes parques; cerca de mi dormitorio había una ventana que daba a la playa y por donde, las noches de primavera, se veía el cielo profundo y dormido sobre el agua, y Cádiz, a lo lejos, con la luz triste de su faro."
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: Autorretrato.

"Sin cenar apenas, me acosté, durmiéndome en seguida, cruzado el sueño de azoteas azules, que ella saltaba alegremente, perseguida por mí y los ladridos de su perro, entre la algarabía de todo el barrio, encaramado hasta en la punta de las veletas. Pero a ninguno de los tres nos importaba. Sin Treviño, que jamás supe por qué rincón del sueño se había extraviado, seguíamos corriendo, a caballo sobre los pretiles, más lejos cada vez de los que nos gritaban, desvaneciéndonos al fin por la penumbra fresca de aquella manzana con chimeneas que se iba hacia el mar..."
RAFAEL ALBERTI: La arboleda perdida.

Fotos y selección de textos: Rubén Pérez Fernández.

En la década comprendida entre 1950-1960 se organizaban espectáculos de Variedades -Varietés- y festivales cantantes noveles, además de obras de teatro y bailes en dicho espacio, algo que se añora hoy en esa misma plaza y otros parques de El Puerto.


En la imagen aparecen Manuel Rodríguez Ceballos (hermano de Paco) quien tenía la concesión de instalar un bar en dicha plaza. La fotografía está tomada en 1958 en el mes de agosto. Aparecen, además de Manuel Rodríguez, su hijo Manuel Rodríguez Lores y Pepe, hijo del conocido industrial propietario del establecimiento de ‘Los Dos Pepes’ de la Placilla.

En aquellos bailes la orquesta la componían Miguel Leveque, Pepichi Nogués, Quijano, Benítez y Pedro Pablo como vocalista. Por cierto que este grupo tocaba, al ritmo de salsa, el cuento de Caperucita Roja. También cantaba Luis Aranda con ‘Su cara bonita’, los bailes de los ‘Loliti’, la orquestan de doña Virginia Hernández al piano con su hijo Ramón Zarco al violín, las poesías de Manolo Astorga, Bononato en lo lírico y todo ello perfectamente organizado por Manolo Carillo. (Ver nótula núm. 076 en Gente del Puerto).

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Hace poco más de dos meses, 121 años atrás, moría de un tiro en la frente en un salón de baile bonaerense una cantaora y bailaora flamenca llamada Soledad Montoya. Los que presenciaron el infortunado hecho no lo describieron  como un crimen, sino como un trágico accidente, a pesar de que el autor del disparo, plenamente identificado, había sido la pareja que le acompañaba, un joven de 22 años llamado Carlos Rivero. En el periódico madrileño “La Epoca” del 4 de marzo de 1891 y también en “La Correspondencia de España” del día siguiente figuraba un breve suelto en una de las columnas de sus páginas interiores que decía textualmente:

«En Buenos Aires ha sido muerta una flamenca llamada Soledad Montoya en un baile público. Al querer el individuo que le acompañaba disparar un tiro a otra mujer que había en el salón de baile se le disparó el arma, yendo a clavarse el proyectil en la frente de la cantaora, que quedó muerta en el acto.»

Días después, parte de la prensa madrileña –“El Imparcial” y “La República” entre otros- se hacían eco de la noticia,  encabezada con el título de “Muerte de una Flamenca”, más ampliada. En la crónica del suceso, haciéndose eco de la prensa de la capital porteña, describían a la víctima “más bien baja que alta, delgada y nerviosa, blanca como la palidez de la luna…” Asimismo hacían referencia a sus aptitudes artísticas: “bailando con muchísima gracia y moviendo la cimbreada cintura con un acento particular; en la boca, un nido de jilgueros: cantaba la pobre por seguidillas lo mismo que por polos o se arrancaba por malagueñas y así todo el repertorio del cante jondo.”

Al parecer, Soledad Montoya formaba parte de un cuadro flamenco formado por emigrantes andaluces que alternaban sus actuaciones en el “Prado Español” de la Avenida Quintana, “la calle Larga de la Recoleta” el popular barrio de la zona Norte de Buenos Aires y un café cantante de la calle Suipacha, ahora convertida en peatonal, en el Barrio de San Nicolás, cerquita de la famosa calle Corrientes, una zona de tránsito y parada de toda la bohemia porteña.

El cronista del suceso continúa definiendo la personalidad de Soledad: “Amiga de correr una juerga fina después de su trabajo, nunca sabia decir que no cuando un  amigo la invitaba a pasar un par de horas en un baile” Uno de estos amigos ocasionales la invitó al baile de “La Sin Rival” y allí se fue Soledad Montoya “muy linda y jacarandosa, envuelta en su mantón de Manila, largo de flecos y amarillo de tonos, y muy calladita y reservada como siempre que iba a ‘reuniones de personas finas’, como ella solía decir…”  El acompañante, Carlos Rivero, tal vez la utilizó para encelar a alguna novia o amante, pienso yo, pues a estas alturas resulta imposible conocer las circunstancias que rodearon al trágico incidente, aunque todo lo que sucedió en el salón de baile tiene el color rojo pasión de los celos y la ira, el mismo de la sangre de la infeliz Soledad, ajena a lo que realmente pudo suceder.

El Prado Español en la Avenida Quintana de Buenos Aires.

...continúa leyendo "1.374. SOLEDAD MONTOYA. Muerte de una flamenca."

A veces, los que viajamos tanto o más a través de las páginas de viejos libros, que por  caminos que nos llevan a lugares reales, nos podemos encontrar realizando viajes tan inesperados   como apasionantes. Es lo que me sucedió hace unos días,  donde por casualidad me topé con un curioso libro. Curioso porque resultó ser una rareza bibliográfica apenas localizable en alguna biblioteca y, además, porque el libro en cuestión, de literatura viajera, recogía algunas referencias a la provincia de Cádiz, incluyendo en ellas al Puerto de Santa María, por unos desconocidos para mí, hasta este momento, viajeros polacos. Pues bien, en este 'Viajeros por España y Portugal' de Javier Liske, se nos dan noticias de tres viajeros polacos, que enrolados en los ejércitos, primero de Carlos V y luego de Felipe II, recorrerán España camino de sus compromisos bélicos.

Portada del Libro 'Viajes de Extranjeros por España y Portugal en los siglos XV, XVI y XVII'.

Hay en el libro algunas  referencias, como comentaba más arriba, al Puerto de Santa María, cuyo interés reside principalmente en ser estas anteriores a la eclosión del fenómeno viajero por nuestro país, primero por los viajeros ilustrados y luego, y muy especialmente, por los románticos. Por ello el libro de Liske tiene un doble interés ya que, por un lado, nos descubre a viajeros que por una razón u otra pasaron por nuestra población en fechas muy anteriores al fenómeno viajero, pero sobre todo descubrimos en estos testimonios la imagen de una ciudad , más cercana a la imagen medieval y sus servidumbres bélicas que a la que dos siglos después nos dejarían los viajeros románticos. No son extensas las referencias encontradas, pero sí muy curiosas, sobre todo en el más extenso de los textos sobre nuestra ciudad, obra del germano polaco Erich Lassota que el 6 de Octubre de  1583 desembarca en Cádiz después de distintas campañas militares con un regimiento alemán al servicio de España.

El Puerto  de Santa María visto en 1567 por Anton van Wyngaerden. Detalle.

Dos días después Lassota se acerca acompañado de dos compañeros de armas, Felipe Molfritz y  Juan Stridel, a la vecina ciudad de El Puerto, y  de aquella efímera visita nos dejaba el siguiente texto:

«Porto Santa María es una grande y  hermosa villa, propiedad del duque de Medina Celi. Atraviesa esta localidad un bello río que corre dentro del país y ofrece mucha seguridad, las galeras de España suelen estacionar allí. Posee algunas magnificas iglesias y conventos. De este lugar nos fuimos a pie a una milla más adelante, a una venta donde comimos y luego dos millas, a Sanlúcar de Barrameda».

Los siguientes días nuestro viajero recorrerá, siguiendo el río, poblaciones vecinas como Lebrija, Puebla, Coria, hasta llegar a Sevilla. Permaneció en la provincia, una veces acuartelado en Cádiz, otras en Jerez y el Puerto, hasta Mayo de 1584, periodo que le permitió conocer otras poblaciones como Trebujena, Medina, Puerto Real, etc. Fue entonces cuando todas las banderas alemanas acampadas por entonces en el Monasterio de Nuestra Señora de la Victoria en El Puerto de Santa María, recibieron orden de embarcar. Nuestro personaje Erik Lassota lo haría en la nave capitana Vicenzo de Pola, que al frente de una flotilla de galeras partió rumbo a Italia a la llamada de nuevos servicios militares, y por lo que sabemos fue la última vez que este viajero estuvo por  estos parajes del sur peninsular.   (Texto: Ramón Clavijo Provencio).

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De entre todos los maestros plateros portuenses que trabajaron en nuestra Ciudad durante el siglo XVIII, queremos destacar a Jacobo Vanderheiden, un extraordinario artista representativo de ese mundo plural y cosmopolita que definía a la sociedad portuense de entonces y a su Congregación y Hermandad de Artistas Plateros de San Eloy. /En la imagen, Pedro de Villarelo, grabado por Vanderheiden.

Jacobo Guillermo Vanderheiden [deturpación de van der Heyden] Lechuga nació en El Puerto de Santa María el 22 de marzo de 1740, recibió el bautismo dos días más tarde en la Prioral, actuando de padrino Jacobo Knudden, de quien tomaría su nombre. Su padre, un comerciante de origen flamenco [de Flandes], Guillermo Vanderheidenm pertenecía a una familia oriunda de la ciudad de Amberes, establecida en El Puerto en torno a los años cuarenta del siglo XVI. En estos años se fecha el matrimonio de Pedro Vanderheyden con Margriete Bosschaert, antepasados de la familia de Vos, perteneciente a la aristocracia portuense y posibles ancestros de nuestro artista. El origen flamenco de Jacobo  no nos resulta extraño en el contexto dieciochesco de El Puerto. Las especiales características de este enclave comercial atrajeron a numerosos comerciantes y artistas europeos y, entre ellos a plateros flamencos, italianos y franceses.

EN 1771, TALLER EN LA CALLE LARGA.
Pocos son los datos que poseemos del transcurrir cotidiano de Vanderheiden. En 1771 con apenas 31 años, lo encontramos establecido en su taller de platería situado en la calle Larga, en la casa del Convernto de San Juan de Dios, perteneciente al cuartel de San Agustín (hoy edificio municipal recientemente restaurado), circunscripción en la que se asentaron la mayoría de los talleres de platería a  lo largo de toda la Edad Moderna. Tutor de cuatro hermanos, Josefa, Cornelia, María y Francisco, este último perteneció al taller de Jacobo, formándose en los secretos del arte de la platería a la sombra de su hermano.

FORMACIÓN.
Con respecto a la formación de nuestro protagonista conocemos su aprendizaje como platero de oro con el maestro portuense José Fernando de Sierra, en cuyo taller, coincidiría con Esteban José de Sierra, siete años mayor que Vahderheiden, copando ambos condiscípulos la mayoría de los honores y encargos de la platería portuense del último tercio del siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XIX.

Tesoro artísitco de la Prioral en la década de los setenta del siglo pasado, expuesto en un desaparecido museo donde aparecen piezas de plateros, orfebres y grabadores. / Foto: Rafa.

FIEL CONTRASTE MARCADOR.
En el año 1774 el Ayuntamiento de El Puerto eligió a nuestro artista 'fiel contraste marcador de oro y plata' sucediendo en el cargo a su maestro José Fernando de Sierra, fallecido el 7 del mismo mes. Tal nombramiento suponía el reconocimiento de la valía y honradez del platero, ya que el Fiel Contraste Marcador era el encargado de vigilar que todas las obras realizadas en plata y oro se ajustasen a la ley, garantizando con su prestigio la calidad de la pieza.

Grabados de Vanderheiden, 'Ntra. Sra. de la Soledad. 1780'. Túmulo funerario de Carlos II,  cuyos elementos sirvieron para hacer el monumento del Jueves Santo de la Prioral hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX.

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Las cantigas estan en un género medieval propio de la zona gallegoportuguesa en la que los trovadores ponían música a los poemas, que solían cantarlos los juglares. Ya he traído en otra ocasión las famosas Cantigas de Amigo del trovador gallego Martín Codax. Hoy te traigo una de la que sin duda es el corpus más conocidos de cantigas. Además, con una dedicación muy especial... ¡A mi ciudad donde vivo! Vamos a ello

Estoy hablando de las Cantigas de Santa María del rey Alfonso X el Sabio (1221-1284), rey de Castilla e hijo del también rey Fernando III el Santo (es decir, san Fernando). El apelativo de sabio no es algo gratuito ya que, además de sus habituales contiendas guerreras y de conquista, tenía tiempo de dedicarse a las bellas artes y la poesía. /En la imagen “Aparición de la Virgen a Alfonso X” Cuadro de grandes dimensiones que se exhibe en el Auditorio Municipal San Miguel. Anteriormente se encontraba situado en la escalera del antiguo Ayuntamiento de Plaza de Peral. Ha sido restaurado por los técnicos de Museo Municipal, Javier de Lucas y Juan José L.  Amador. (Foto Servicio Municipal de Restauración del Excmo. Ayuntamiento).

¿Quién no conoce las Cantigas de Santa María? Son unas 420 composiciones dedicadas a la Virgen María. A pesar de que tradicionalmente se las asigna al rey Alfonso, no puede comprobarse que fuese el autor de las mismas; es más, es algo muy improbable. El rey era un amante de las bellas artes, y seguro que era el impulsor de la composición de las cantigas, e incluso seguramente supervisor de muchas de ella, pero no pudo componerlas todas. La autoría del rey está asegurada en unas 10 o 12, y poco más; y esta autoría no es porque aparezca la firma del monarca sino por la temática y porque tratan temas muy personales.

Hoy traigo la Cantiga número 364 titulada Quen por serviço da Virgen. La cantiga cuenta cómo Santa María del Puerto protegió a treinta obreros que cavaban la tierra para construir una iglesia y se cayó sobre ellos la torre. Les contaré que Santa María del Puerto hace referencia a una advocación que radicaba en El Puerto de Santa María (sitio donde orgullosamente vivo), llamado Alcanate en la época del rey sabio. Dicho rey transformó la mezquita en un santuario sobre el que hoy se construye el Castillo de San Marcos. La imagen (aunque no completa) se conserva hoy día con la advocación de Nuestra Señora de los Milagros.

Aquí tienen esta cantiga interpretada por el conjunto Música Antigua dirigido por Eduardo Paniagua. Pueden leer el texto de esta cantiga haciendo clic aquí.

(Hacer clic en botón de PLAY abajo. Es posible que antes de la música tenga que escuchar algo de publicidad. Espere que pase y comenzará la música automáticamente. En la parte superior derecha verás dos controles que puedes deslizar con el ratón; el de la izquierda es con el que puedes controlar el volumen.) (Texto: José Gallardo Alberni).